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Monografías.
La epopeya vandeana. Primera cruzada contra
los sin Dios jacobinos. Primer genocidio de
la modernidad. por Lic. Gustavo Carrère
Cadirant |
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Le coeur chouan, Insignia de los
realistas durante la guerra de Vendée |
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1. Prólogo
La Revolución Francesa, invocó los derechos del hombre para
aplastar los derechos naturales de las
personas humanas; alzó la bandera de la
tolerancia para destruir a los discrepantes,
y la de la libertad para practicar el terror
y el genocidio. No obstante se la suele
llamar “cuna del orden democrático actual”;
pero en verdad la debemos considerar fuente
del caos, de la subversión, del desorden, de
los revolucionarismos totalitarios, hijos
del jacobinismo galo, que como el comunismo
y el nazismo, sembraron el terror, el
genocidio, la guerra total, con millones de
víctimas en su haber.
Vaya este humilde aporte personal, que intenta rescatar el “Amor
a Cristo Crucificado”, de estos
verdaderos “Amigos de la Cruz”, para
resaltar el obrar de quienes que se
ofrecieron en alma y cuerpo, desde sus
sencillos lugares del hacer cotidiano, dando
testimonio martirial, a fin de que no solo
nos sensibilice sino, nos lleve a la
modificación de nuestras conductas en el
actuar diario, y exclamemos, junto a San
Luis María Grignión de Montfort estos cuatro
versos:
“Escógete una cruz de las tres del Calvario;
Escoge sabiamente, puesto que es necesario
Padecer como santo o como penitente,
o como sufre un réprobo que pena eternamente”
Si bien todo se doblegaba ante los comisarios de la Convención, y
se paralizaba por el terror instaurado, sólo
en algunos Departamentos de Occidente hubo
fuerza y valor para resistir, fortaleza
sustentada en la fe y religión de los
padres.
Así, al norte del Loire, en la Bretaña y Normandía, país de los
bretones y normandos, de sangre caliente,
valerosa y de tenaz perseverancia, la
agitación partió de la nobleza, que esperaba
arrastrar consigo al pueblo.
Al sur del Loire, al contrario, país descendiente de los antiguos
vénetos, el levantamiento partió del pueblo
y arrastró consigo a la nobleza.
Ambos pueblos eran sencillos, laboriosos y píos; no corrompidos por
el iluminismo ni por la literatura
disolvente del siglo XVIII. La nobleza no se
había arruinado por la prodigalidad y la
frivolidad de aquella época, característica
en París. Como bien nos señala en sus
Memorias, Madame Larochejaquelein: “Los
señores no cercaban su terreno; repartían la
cosecha con el masovero que lo trabajaba;
cada día tenían, por lo tanto, comunes
provechos y relaciones que presuponían mutua
confianza y honradez”.
No deseamos la guerra, pero tampoco la tememos. Queremos volver a
tener nuestros sacerdotes legítimos, y no
intrusos, nuestros antiguos párrocos que
eran nuestros bienhechores y nuestros
mejores amigos, que compartían nuestras
penas y afanes, y por su piadosa instrucción
y sus ejemplos, nos enseñaban a soportarlas.
Estamos dispuestos a derramar la última gota
de nuestra sangre por la religión de
nuestros padres. Queremos de nuevo la
monarquía, no queremos vivir bajo un
gobierno republicano, que no trae más que la
división, confusión y guerra”, señalará un manifiesto recogido por Mortimer
Ternaux, sintetizando el sentir de los
campesinos.
En la pureza de las costumbres y en la fe, ambos poseyeron la
fuerza para acciones heroicas hasta el
martirio, en defensa de Dios, de la Religión
Católica, Apostólica y Romana, de la Santa
Madre Iglesia y del Rey, pilares fundantes
de la Francia Católica, Monárquica y
Tradicionalista.
Imbuidos de este noble espíritu de Amor a la Cruz, cierro con esas
sabias palabras que el Santo de Montfort
expresara para Los Amigos de la Cruz:
“Decidíos, queridos Amigos de la Cruz, a padecer toda clase de
cruces, sin elegirlas ni seleccionarlas;
toda clase de pobreza, humillación,
contradicción, sequedad, abandono, dolor
psíquico o físico, diciendo siempre:
Pronto está mi corazón, ¡oh Dios!- está mi
corazón dispuesto (Sal. 57). Disponeos,
pues, a ser abandonados de los hombres y de
los ángeles y hasta del mismo Dios; a ser
perseguidos, envidiados, traicionados,
calumniados, desacreditados y abandonados de
todos; a padecer hambre, sed, mendicidad,
desnudez, destierro, cárcel, horca y toda
clase de suplicios, aunque no los hayáis
merecido por los crímenes que se os imputan.
Imaginaos, por último, que después de haber
perdido los bienes y el honor, después de
haber sido arrojados de vuestra casa -como
Job y Santa Isabel de Hungría, se os lanza
al lodo, como a está Santa, o se os arrastra
a un estercolero, como a Job, maloliente y
cubierto de úlceras, sin un retazo de tela
para cubrir vuestras llagas, sin un trozo de
pan -que no se niega al perro ni al
caballo-, y que, en medio de tales extremos,
Dios os abandona a todas las tentaciones del
demonio, sin derramar en vuestra alma el más
leve consuelo espiritual. Ahí tenéis,
creedlo firmemente, la meta suprema de la
gloria divina y la felicidad verdadera de un
auténtico y perfecto Amigo de la Cruz”.
«Mitis depone colla, Sicamber, adora quod
incendisti, incende quod adorasti»
Remigio, Obispo de Reims
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Charles Melchior Arthus, marqués de
Bonchamps |
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2. Introducción
En la Santa Navidad de 496, durante el bautismo solemne del Rey de
los Francos—Clodoveo— y tres mil de sus
súbditos en la Catedral de Reims, el obispo
Remigio pronunció las siguientes palabras:
"Doblega tu cabeza, oh Sicambro; venera
lo que hasta ahora perseguías, y persigue
lo que adorabas". Cuenta una leyenda que
como el sacerdote que debía llevar el óleo
sagrado de la consagración no podía
atravesar la ciudad por la multitud, una
paloma blanca llevó en el pico la botellita
de óleo —ampulla— y un ángel trajo
una bandera bordada con flores de lis,
símbolo que sería enseña de los Reyes de
Francia.
Desde entonces guardó una intensa fidelidad al catolicismo y los
caballeros franceses fueron los que
aniquilaron a los herejes cátaros del
mediodía francés y junto a San Luis
participaron en la Cruzada contra los
musulmanes en Oriente Próximo.
No obstante su pasado católico, poco a poco Francia dejó de
reconocerse a sí misma como La fille
aînée de l’Eglise (La hija primogénita
de la Iglesia). No era injusto ese título,
ni mucho menos, porque la nación más
extensa, más moderna y la más culta del
continente europeo tenía una sociedad
católica. De los 26 millones de franceses,
sólo 40.000 eran judíos y 500.000
protestantes. Sí, se sabían parte de la
Iglesia universal, pero conscientes de su
peso específico: 139 diócesis y 40.000
parroquias, en 1789; 135 obispos, alrededor
de 70.000 sacerdotes seculares —un sacerdote
por cada 364 feligreses—, unos 30.000
religiosos y 40.000 religiosas. Con razón
escribió François Furet que Francia, en
vísperas de la Revolución Francesa,
"…tenía un paisaje católico, pues iglesias,
ermitas, santuarios y monasterios
integraban y, no pocas veces, modelaban
pueblos y ciudades".
A parte, la Iglesia también era un poder económico independiente;
calculada su riqueza en propiedades en 3 mil
millones de libras, que le daba unas rentas
de 150 millones de libras de intereses.
En definitiva el 6 % de la tierra francesa estaba bajo el dominio
de la Iglesia y le permitía sostener su
independencia del poder real. Además
existían unas 50 mil cofradías de carácter
religioso que reunían a la mayor parte del
laicado católico francés en un
asociacionismo fuera del control del Estado.
Sin embargo, a pesar de las cifras que describían a una Iglesia
francesa poderosa e influyente en la
sociedad francesa, existían síntomas
complicaban su salud.
Desde 1750 se comprobaba un progresivo descenso en el número de
vocaciones religiosas. Las razones para este
descenso venían en parte por el retraso,
desde 1768, a los 21 años del ingreso de los
jóvenes en las órdenes religiosas; la
hostilidad de algunas familias, influidas
por las lecturas de los ilustrados a que sus
vástagos entren en religión; relajación del
modo de vida de algunas órdenes al reducir
el tiempo de oración, consumir té y café y
salir a la calle sin permiso del superior.
Además, de estas causas persistía la división entre los miembros
del clero francés, al permanecer enquistados
defensores de las tendencias galicanas y
jansenistas. Los primeros eran favorables a
una cierta autonomía de la Iglesia francesa
con respecto a Roma y un acercamiento al
poder civil y defendían la superioridad del
concilio con respecto a la figura del Papa.
En cuanto a los segundos, a parte de la
defensa de la predestinación favorecían el
poder de los obispos a costa del Pontífice
romano.
No obstante, aunque la Iglesia francesa tuviese que soportar a
estos colectivos disolventes en su seno, que
serían utilizados en su contra hábilmente
por el poder político, la calidad del clero
galo no planteará problemas a la fidelidad
de la Iglesia.
Los miembros del clero estaban preparados e instruidos, y no se les
conocía ningún tipo de escándalo. La
preparación que tenían en el seminario
duraba de dos a tres años, especializándose
en Teología o Sagrada Escritura.
Tomando como ejemplo algunas localidades, en Burdeos el 50 % de los
canónigos eran doctores en Teología, un
tercio del clero del Périgord tenía título
universitario. En cuanto a los obispos,
cumplían con sus obligaciones pastorales,
pero en su mayor parte pertenecían a la
aristocracia, mientras que el resto del
clero era reclutado entre las nacientes
clases medias del tercer estado francés.
Además la Iglesia protagonizaba la ayuda social de una manera
determinante al disponer de la totalidad del
personal de los hospitales y centros de
beneficencia y al escolarizar a dos tercios
de los niños en centros regidos por órdenes
religiosas femeninas. A parte, el estado
francés se encontraba muy necesitado de
liquidez monetaria por las deudas contraídas
en las diversas guerras coloniales
realizadas contra el Imperio Británico.
La Iglesia Católica aportó en 1780 7.300.000 libras al erario
francés y en los últimos cinco años
anteriores a la revolución, la cantidad
donada por la Iglesia al Estado para hacer
frente a las deudas sumaba 76.000.000 de
libras.
A partir del siglo XVIII los pensadores ilustrados defienden tesis
racionalistas y atacan los fundamentos
dogmáticos de la Iglesia Católica:
1
El análisis de la religión cristiana,
de Dumarsais.
2
El hombre máquina,
de La Mettrie.
3
El espíritu,
de Helvetius.
4
La carta sobre los ciegos, de Diderot.
5
El Belisario,
de Marmontel.
6
El sistema de la naturaleza,
de D´Holbach.
7
Las obras de Voltaire y Rousseau.
Todos ellos difundieron una imagen negativa
de la Iglesia en círculos minoritarios, pero
influyentes por su posición social e
intelectual, especialmente en los centros
urbanos.
El estallido, el 14 de julio de 1789, de la Revolución Francesa
—de neto contenido Liberal y Masónico—
como nueva etapa del proceso histórico del
alejamiento del hombre de Dios, lleva a la
creación de un nuevo concepto de Estado y
sociedad, bajo el lema: "Libertad,
igualdad, fraternidad, o la
muerte", verdadera parodia de la
tolerancia democrática, uno de los valores
más cotizados y pregonados en el mercado
revolucionario; en la teoría, todo se puede
tolerar, pero en la práctica no se tolera
que se pongan límites a la «libertad».
No se tolera el orden, ni la autoridad, ni
la jerarquía, ni nada que ponga obstáculos a
la «libertad». Todos gritan a coro
que el valor absoluto a defender es la
«libertad»; y olvidan que ésta, para ser
verdadera, debe estar cimentada en la Verdad
y ordenada al Bien.
La Ilustración —difundida por los enciclopedistas
franceses— consigue hacerse con los
resortes del poder político, sobre todo a
través de la masonería y a partir de la
Revolución francesa, extendiendo poco a poco
su influjo mediante el liberalismo; error
que lleva a la afirmación de la voluntad (de
la libertad) del hombre por sí misma, por
encima de la voluntad de Dios o incluso
frente a ella. Es, pues, el rechazo de la
soberanía de Dios sobre el hombre y el
mundo, dando lugar a la revolución como
proceso histórico del alejamiento del hombre
de Dios. Por ello, en el nuevo régimen, los
estamentos propios del orden natural deben
desaparecer en beneficio de la nación
francesa, ente subversivo.
La Iglesia Católica, Apostólica y Romana en Francia, institución
vital en la sociedad gala y pilar
fundamental para el sostenimiento de la
Monarquía, sufrió desde los inicios un
ataque sistemático y perverso; surgieron los
adoradores de la diosa Razón, de la diosa
Libertad y de la diosa Humanidad, que
buscaban reemplazar la fe católica.
Comienza así la descristianización de Francia, signada por una
verdadera apostasía de sus hombres,
religiosos y laicos.
El mundo moderno liberal —en el pensamiento y las instituciones,
las leyes y las costumbres— se va, pues,
constituyendo ya en Occidente como una
contra-Iglesia, pues quiere vivir
sin–Dios y sin–Cristo. Y es
apóstata, pues todo él procede del
cristianismo: rechazando la guía de Cristo,
en realidad se va configurando contra–
Cristo. Este mundo liberal cree que
«la razón humana, sin tener para nada en
cuenta a Dios, es el único árbitro de lo
verdadero y de lo falso, del bien y del
mal; es ley de sí misma; y bastan sus
fuerzas naturales para procurar el bien de
los hombres y de los pueblos» (San Pío
X, Syllabus, 1864, 3).
Así, con la finalidad de desmantelar la Iglesia Católica,
Apostólica y Romana — ya que la revolución
se caracteriza por la idea de la rebelión
del hombre frente a Dios— se van sucediendo
cronológicamente una serie de disposiciones
revolucionarias:
Estas medidas, que anulan en definitiva el poder de la Iglesia
Católica en Francia, tienen diversas
consecuencias, tales como: la separación
Iglesia-Estado y la formación del primer
Estado aconfesional, la desaparición del
patrimonio artístico francés, la asunción
por el Estado de la educación y la
asistencia social por el desmantelamiento de
la red educativa, y asistencia de la Iglesia
y la manutención del clero por el Estado.
Esta última consecuencia —la desamortización de los bienes de la
Iglesia— la lleva a la pérdida de su
independencia económica.
·
Febrero de 1790: Primer juramento de obediencia a la
Constitución; se trataba de una simple
declaración de fidelidad a la nación, al
monarca y a las decisiones de la Asamblea
Constituyente. La totalidad del clero prestó
su juramento, con la excepción del obispo de
Narbona, Mons. Dillon.
·
13 de febrero de 1790: Abolición de los votos religiosos, lo
que significa la supresión de las órdenes
regulares. Se exclaustra a monjas y frailes,
se incautan o incendian muchos conventos.
·
12 de julio de 1790: Aprobación de la Constitución Civil del Clero,
que es la base angular de la instauración de
una nueva iglesia y la destrucción total de
la vigente hasta entonces. Esta reordenación
consiste en diseñar de nuevo las diócesis,
que deben coincidir con los límites de los
departamentos. Sin embargo, esta medida
significa la supresión de 53 diócesis. Al
mismo tiempo que se produce la reordenación
parroquial, en realidad, se da la supresión
de cuatro mil parroquias.
·
18 de agosto de 1791: Supresión de las congregaciones seculares.
Estas medidas reducen los efectivos de la
Iglesia Católica a los sacerdotes
diocesanos; y para ellos también hay una
medida de reorganización, que les pondrá a
las órdenes directas del Estado.
En cuanto al personal de la nueva iglesia, la elección de los
obispos y párrocos por una asamblea de
electores (ciudadanos activos), pero que por
el censo está reducido a las clases más
acomodadas de la sociedad. Además, la
ordenación de los sacerdotes será por los
obispos, pero estos serán por el
metropolitano y no por el Papa: es la
ruptura con Roma. Se reorganiza la Iglesia
Francesa sin contar con Roma. Se introduce
el culto a la Diosa Razón. Se obliga a jurar
la Constitución a obispos, sacerdotes y
religiosos, con lo cual se origina un cisma
(juramentados y refractarios). Se persigue
(muerte o deportación) a quienes no juran.
La enseñanza, antes muy dirigida por la
Iglesia, ahora es pública y laica. La
Primaria queda abandonada.
Como el nuevo clero depende del Estado en su organización y
manutención y cumple una función pública
como el resto de los funcionarios del
Estado, sus miembros deben jurar ser fieles
a la nación y apoyar con todo su poder la
constitución decretada por la asamblea
nacional. Empero, estas medidas que eliminan
a la Iglesia Católica francesa cuentan con
la total oposición del Papa Pío VI, con lo
que se da comienzo al cisma de una iglesia
galicana subordinada al poder civil, al
margen de la autoridad pontificia, de
estructura episcopalista y presbiteriana,
donde los obispos y los párrocos eran
elegidos por el pueblo y los nombramientos
episcopales serían solamente notificados a
Roma. Entre los miembros del episcopado
únicamente cuatro renegarán de la fidelidad
a Roma: Talleyrand, obispo de Autun; Loménie
de Brieme, Cardenal arzobispo de Sens;
Jarente, obispo de Orleans; y Lafont, obispo
de Viviers. Entre los miembros del clero se
calcula en un 53% los refractarios al
juramento y reconocimiento de la ruptura con
Roma. En cuanto al pueblo creyente, éste se
suma a la oposición al clero oficial y
asiste a ceremonias clandestinas. El Papa
Pío VI prohibió el juramento y excomulgó, el
12 de marzo de 1791, a los sacerdotes que lo
prestaran.
El rechazo a la reorganización eclesial es respondido por las
autoridades civiles revolucionarias con
fuertes medidas:
-
2 de septiembre de 1792:
una banda de revolucionarios sacó del
carruaje en que se conducía a la prisión
a tres sacerdotes refractarios y los
colgó; comienzan así las Matanzas de
Septiembre. Las masacres empezaron con
el degüello de 23 sacerdotes
encarcelados en la prisión de la Abadía
por unos federados marselleses y
bretones. Un grupo de los 150 sacerdotes
que estaban encarcelados en el convento
de las Carmelitas, se rindió. Cuando
llegó el grupo ejecutor al convento, los
sacerdotes se dirigieron a la capilla en
la que fueron asesinados a golpes de
pico, de hacha y bastón. En este lugar
fueron "juzgadas" y "ejecutadas" más de
300 personas. Stanislas-Marie Maillart
ejecutor de las órdenes del Comité de
vigilancia, condenó, uno a uno, a todos
aquellos que se presentaron ante él "a
la fuerza". Cuando se abrieron las
puertas del convento y salieron, los
condenados cayeron todos bajo las picas
o las bayonetas; esta masacre duró toda
la noche. Ese mismo día, 4 sacerdotes
fueron asesinados en la iglesia de
Saint-Paul Saint Louis. Las matanzas se
llevaron a cabo durante cinco días en
las demás cárceles: en la Conserjería,
en la Prison du Grand Châtelet, en la
Force en Salpêtriére, Bicêtre y en la
Prison des Carmes. Más de mil
monárquicos —aproximadamente unos
doscientos cincuenta sacerdotes— y
presuntos traidores apresados en
diversos lugares de Francia, fueron
sometidos a juicio y ejecutados; es el
primer asesinato colectivo.
-
Marzo de 1793:
los sacerdotes subsistentes en
territorio francés que se negaron a
jurar la Constitución Civil del Clero
—llamados curas refractarios—
quedan condenados a muerte. Estas
medidas causan la salida de más de
cuarenta mil exiliados de condición
religiosa, seis mil de los cuales
recalan en España y ayudarán a
acrecentar desde el catolicismo español
un sentimiento contrario al
revolucionario francés, que se
materializará en 1808 en la lucha contra
Napoleón.
23 de noviembre de 1793:
se decreta que todas las iglesias y templos
serían cerrados.
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Jacques Cathelineau |
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3. La epopeya vandeana
a) Antecedentes
La política religiosa del nuevo régimen y las medidas de excepción
contra los sacerdotes no juramentados
trajeron una consecuencia cuya trascendencia
iba a ser considerable: la sublevación del
oeste de Francia, no solamente La Vendée,
sino más o menos todo el país que se
extiende desde el norte del Poitu hasta la
Bretaña y a los confines de Normandía, en
los territorios actuales de los obispados de
Poitiers, Angers, Lucon y Nantes. Si bien la
adhesión a la causa realista intervendría
también en su estallido, la fidelidad a la
Fe Católica y a la Iglesia Católica,
Apostólica y Romana constituyó sin duda el
móvil mayor de aquella epopeya.
La "Epopeya de La Vendée" refiere a la gesta católica
emprendida por campesinos y sus familias
—acompañados por nobles y sacerdotes— que
llevaban prendidos escarapelas del Sagrado
Corazón y se autodenominaban como ejército
católico y real; se resistían a que la
presencia social de Cristo Rey fuera
desterrada de sus pueblos, de gran mayoría
cristiana.
Esta región, evangelizada un siglo atrás por San Luis María
Grignion de Montfort, terciario dominico
—que insistía en la devoción filial a
Nuestra Señora— fue tan inmunizada contra el
virus de la Revolución, que se levantó en
armas contra el gobierno republicano y
anticatólico de Paris.
San Luis María Grignion de Montfort tenía a la Santísima Virgen la
devoción más ardiente, y hasta compuso en su
alabanza el "Tratado de la Verdadera
Devoción", que constituye hoy el
fundamento más fuerte de toda la piedad
mariana profunda.
Por otro lado, con sus misiones aproximaba al pueblo a los
sacramentos y lo enfervorizaba en la
devoción al Rosario. También la sagrada
insignia difundida por el santo —el
Sagrado Corazón en tela roja, encuadrado por
las iniciales de Jesús y María— fue
colocado por los combatientes sobre sus
chalecos, blusas, o dispuesto como
escarapela en los sombreros de amplias alas.
El día de la beatificación de este apasionado apóstol, el ilustre
obispo de Angers, Mons. Freppel, lo
proclamaba solemnemente ante 20.000
vandeanos en St. Laurent-Sur-Sèvre, lugar
donde reposan los restos del extraordinario
conmovedor de almas:
«…fue por Montfort y sus hijos espirituales, los Misioneros de San
Lorenzo, por quienes corrió el flujo fecundo
de savia cristiana en los campos del Oeste
durante todo el siglo XVIII. Si ese siglo
fue en otros lugares un tiempo de decadencia
moral, en el Oeste, por el contrario, salvo
en las grandes ciudades, fue una época de
vivificación cristiana durante la cual el
pueblo de esta región estuvo como lleno de
dos sentimientos igualmente apropiados para
engendrar el heroísmo: la Fe religiosa y la
fidelidad al poder legítimo. Por ello es
que, cuando en un día de odio y de
obcecación se llegó a atacar a los ungidos
del Señor, a todo lo que representaba Cristo
en el estado y en la Iglesia, este pueblo se
estremeció y se levantó para defender todo
lo que amaba y todo lo que respetaba».
b) 1er. levantamiento en La Vendée: 1792
El 27 de noviembre de 1791 la Asamblea decreta "que enviaba a la
cabeza de partido a los curas refractarios",
alejándolos de su comuna, de su centro de
actividad pastoral; los trasladaba a la
gran ciudad, sometidos a la inspección, a la
inquieta vigilancia de las sociedades
patrióticas. Imposible referir todos los
clamores que suscitó este decreto; el
aldeano estaba unido al sacerdote por una
razón muy natural: el sacerdote era el mismo
aldeano, su hijo, su hermano o su primo.
Los sacerdotes refractarios, reunidos en la cabeza del partido,
conocían perfectamente el estado de las
campiñas, el dolor profundo de las familias
y la sombría indignación de los hombres.
Esto les infundió una gran esperanza, y se
propusieron comunicárselo al rey. En una
multitud de cartas que le escribieron en la
primavera de 1792, le animaban para que se
mantuviera firme, que no tuviera miedo a la
Revolución y que la paralizara valiéndose
del derecho constitucional: el veto.
El 9 de febrero de 1792, sacerdotes refractarios reunidos en Angers,
redactaron una carta para el Rey, que puede
considerarse como el "Acta originaria de
la Epopeya de La Vendée", ya que la
anuncia y predice:
"(...) Señor, sois un hombre piadoso, no lo
ignoramos. Haréis lo que podáis... Pero
sabedlo, al fin, el pueblo está cansado de
la Revolución. Su espíritu ha cambiado; le
ha vuelto el fervor, frecuenta los
sacramentos. A las canciones han sucedido
los cánticos... El pueblo está con
nosotros..." "(...) ¿Se dice que excitamos a
las poblaciones?... Pero es todo lo
contrario. ¿Qué sería del reino si no
contuviéramos al pueblo? Vuestro trono no se
apoyaría más que en un montón de cadáveres y
ruinas... Ya sabéis, demasiado sabéis,
señor, lo que puede hacer un pueblo que se
cree patriota. Pero no sabéis de lo que
sería capaz un pueblo que se ve arrebatar su
culto, sus templos y sus altares".
Las dificultades comenzaron con la Constitución del Clero y su
juramento: apenas uno de entre cuatro o
cinco sacerdotes estuvo dispuesto a jurar.
La resuelta hostilidad de los paisanos de La
Vendée para con el clero constitucional se
empezó a manifestar: en mayo de 1792 los
alcaldes y oficiales municipales de treinta
y cuatro comunas de las Mauges se reunieron
para tratar esta situación.
El 12 de julio de 1792, la Asamblea Nacional proclamó la "Patria
en peligro"; decretó la leva de nuevos
batallones de voluntarios. En cumplimiento
de dicha ley, el Director del Departamento
de Deux-Sèvres ordenó a todos los
municipios, por resolución del 22 de julio,
confeccionar dos listas de ciudadanos: una
con aquellos que se alisten y otra con
aquellos que se nieguen. Esta novedad causó
una profunda agitación en la región. El
domingo 19 de agosto la noticia de la
inscripción de voluntarios y de las
persecuciones religiosas provocó la "primera
explosión". Los jóvenes de doce municipios
vecinos, armados de guadañas y horquillas
para recoger paja, se reunieron en
Moncoutant; se agruparon alrededor del
alcalde de Bressuire, Adrien Joseph Delouche
y llamaron a todos los hombres para que
acudieran a las armas con ellos contra un
gobierno de tiranos al que se negaban
servir, pidiendo el restablecimiento del Rey
en su plena autoridad como único medio de
retorno al orden social y a la libertad
religiosa. Los campesinos se dirigieron
hacia el castillo de Pugny, residencia del
Marqués de Mouroy, antiguo coronel del
regimiento de Mèdoc, para constituir a éste
en jefe y fortificarse en sus tierras; no lo
encontraron allí, pero obtuvieron de su
regidor la bandera de su antiguo regimiento:
de seda blanca sembrada de flores de lis en
oro, con las armas reales en el centro; fue
el primer estandarte de la guerra de La
Vendèe.
De Pugny, los campesinos se dirigieron a la morada de Brachain, a
casa de un noble de la región, antiguo
oficial, M. Gabriel Baudry d‘Asson, quien,
después de haber titubeado, aceptó el mando
de los casi dos mil hombres presentes y
lanzó un llamado a las armas. El 22 de
agosto, en Chantillón, hubo una revuelta de
unos seis a diez mil hombres. La población
de la villa, siempre hostil a los principios
revolucionarios, no opuso resistencia al
ejército de M. Baudry d‘Asson, que entró
vigilante y triunfante al son de tambores y
pífanos. Se dirigieron a la sede de la
administración del distrito, quemando los
archivos. El 23 de agosto, Bressuire opuso
sus viejos muros a los sublevados, mechados
no obstante por los fusiles de caza y las
guadañas de los aldeanos. El 24 de agosto,
día de San Bartolomé, se dio un último
combate, en el lugar llamado "les Moulins
de Cornet". Los aldeanos, en número de
seis mil y a órdenes del M. Baudry d‘Asson,
seguido por M. Richeteau de la Coindrie, M.
Calais de Puylouet y M. de Feu, armados con
algunas escopetas de caza, barras de
hierros, picas, largas horcas, y otras armas
improvisadas, hicieron frente a las fuerzas
republicanas, reforzadas con las tropas
enviadas por el director del departamento de
Deux-Sévres: dos compañías de infantería de
marina de Rochefort con dos piezas de
artillería, las guardias nacionales de Niort,
La Mothe-Sain-Héraye, San Maixent y
Parthenay, bien armadas con fusiles. Éstas
hicieron fuego sobre los campesinos y los
dispersaron. Más de cien perecieron, cerca
de quinientos fueron apresados y el resto
corrió huyendo a través del campo.
El "Journal des Deux-Sèvres"
escribió que ciento dieciocho sublevados se
quedaron allí y añade que "estaban
cubiertos de cruces y rosarios". Los
soldados republicanos, llenos de cólera, se
ensañaron con los cadáveres: cortaron las
orejas para hacer escarapelas para los
sombreros, que serían exhibidas en la villa
de Bressuire. Los prisioneros fueron
llevados ante el tribunal criminal de Niort;
este consideró que debía ser indulgente y
los puso en libertad. Así, el primer
levantamiento en La Vendée se frustró.
Paralelamente a estos acontecimientos los sacerdotes juramentados,
muy mal recibidos, debían apelar a la
guardia nacional para mantenerse; la mayoría
de los feligreses deseaban y preferían
quedarse sin sacerdote que tener a un
constitucional al que no conocían. Ante
estos hechos, las autoridades
departamentales dejan estallar su
resentimiento contra los sacerdotes
refractarios. Comienza la deportación: cerca
de cuatrocientos padres de Maine-et-Loires
de la Sarthe, atados de a dos, son
conducidos bajo guardia a Paimboeuf o son
embarcados para España. Otros, cerca de
doscientos cuarenta, parten de Saint-Gilles-sur-Vie
o de Sables-d‘Olonne.
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Maurice Joseph Louis Gigost d´Elbe |
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c) 2do. Levantamiento en La Vendée: 1793
Introducción
La Convención Nacional vota la condena a muerte
del rey Luis XVI; los votantes son 721. De
ellos, 361 dicen «sí» a la guillotina, 360
dicen «no»; la diferencia es de un solo
voto, pero para el rey y la monarquía es el
fin.
Ilustran bien el clima en que se
desarrollaron la discusión y el voto,
declaraciones como la del diputado jacobino
Legendre, quien dijo estar convencido de la
necesidad de «degollar al puerco» y
enviar luego un trozo a cada departamento,
como advertencia a los reaccionarios y
exhortación para los revolucionarios. Danton
recuerda en la Convención: «No queremos
juzgar al rey, queremos matarlo». Y
Robespierre: «Ustedes no son jueces, no
hay que hacer ningún proceso. Decapitar al
rey es una medida indispensable para la
salud pública». El abbé Grégoire,
el obispo líder de la Iglesia cortesana,
quien ha jurado fidelidad al nuevo régimen,
truena: «Los reyes son, en el orden
espiritual, lo que la gangrena es en el
orden material».
La ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, conmocionó a toda
Europa. Ello, unido a la política
anexionista de la Convención, hizo que la
hostilidad exterior contra la Revolución
aumentara. La Francia, entusiasmada, declaró
la guerra a Inglaterra y Holanda (1 de
febrero de 1793), a España (7 de marzo) y a
los Estados italianos. La Francia
revolucionaria estaba en guerra contra toda
Europa (excepto Suiza y los países
escandinavos); por ello decreta el 24 de
febrero de 1793 la movilización de 300.000
hombres.
Las primeras proscripciones de sacerdotes habían comenzado en
otoño, y la noticia de las matanzas de
septiembre llegó hasta las más apartadas
aldeas; a fines de enero, la de la ejecución
del Rey causó peor impresión. El incendio
finalmente estalló en marzo de 1793.
El 3 de marzo, en el mercado de Cholet, se supo que los
funcionarios de Paris habían decidido que
los jóvenes entre dieciocho y veinticinco
años fueran alistados y enviados al
ejército; aproximadamente unos quinientos
jóvenes juraron públicamente no aceptar
jamás la milicia revolucionaria. Las
autoridades locales, desoyendo el clima que
se vivía, ordenaron el sorteo de los
alistados en los centros de distrito, lo que
suponía la reunión de ellos en grandes
grupos; en muchísimos lugares estallaron
incidentes.
El 11 de marzo, en Machecoul, los guardias nacionales intentaron
imponer el sorteo, lo que costó la vida a
treinta de ellos. “La pretensión de
reclutar 3.520 soldados en la Vendée y 5.920
en el departamento de Deux-Sèvres-de
conformidad con el decreto de 7 de febrero,
que disponía la movilización de 300.000
hombres- suministró la ocasión para la
insurrección”.
El 12 de marzo, en Saint- Florent, se realizó la convocatoria de
los conscriptos; estos exigieron la
rendición de las fuerzas republicanas, que
si bien eran inferiores en número, contaban
con sesenta armas de fuego y soldados de
oficio. Los vandeanos declararon: "Han
matado a nuestro Rey, expulsaron a
nuestros sacerdotes, robaron los bienes de
nuestra Iglesia, comieron todo lo que
teníamos, y ahora quieren nuestros cuerpos.
¡No los tendrán!". Ante la
negativa de los republicanos, se lanzaron
sobre ellos; los cañonearon sin éxito y
tuvieron que replegarse; los paisanos
quemaron las listas de conscripción.
El 13 de marzo, Jacques Cathelineau —de profesión carretero,
conocido y respetado por su devoción
religiosa, de tan solo 34 años, casado y con
cinco hijos— es anoticiado por su cuñado
Jean Blon de lo sucedido en Saint-Florent;
al poco tiempo entran preocupados en su casa
varios vecinos: el sastre, el carpintero, el
herrero, el zapatero y labradores en número
de veintisiete, para consultarlo. Entonces
se armó de una pistola, ató a la cintura el
santo rosario y fijando sobre el pecho la
imagen del sagrado Corazón de Jesús, salió a
la plaza pública para hablar con sus
paisanos; antes de llegar al extremo del
pueblo, quinientos hombre lo seguían: toda
la población de Pin-en-Mauges. Marcharon al
castillo de Jallais, donde había un pequeño
destacamento de la guardia nacional con un
cañón y lo tomaron; luego cayó la población
de Chemillé.
El 14 de marzo, el abate Barbotin, vicario de Gardes dio una misa
de campaña, en latín y de cara a Dios, al
incipiente ejército paisano y católico de
aproximadamente unos quince mil hombres;
cantaron el Te Deum, se repartieron
escapularios y todos tenían cosidos en sus
ropas los Sagrados Corazones, y habiendo
recibido del sacerdote la absolución de sus
faltas, se lanzaron a las órdenes de
Cathelineau sobre la ciudad de Cholet. Ni un
solo campesino, frente a la cruz que se
elevaba en aquella plaza, quedó sin
arrodillarse y descubrirse, mostrando una fe
inquebrantable.
A veinte pasos de la cruz, bajo las balas enemigas, los vandeanos
rezaban con la misma tranquilidad que si
estuvieran en sus iglesias. Cholet fue la
primera villa importante que cayó dentro de
la escarcela realista. Así, al grito de
"¡Viva la Religión!", se
levantaba en armas toda La Vendée.
Desarrollo
El clima de los ejércitos vandeanos,
que iban al asalto detrás de los estandartes
con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el
lema “Dieu et le Roy”,
fue profundamente religioso: las columnas avanzaban rezando el
santo rosario; no podían pasar frente a una
cruz sin arrodillarse y rezar, aunque muy
rápidamente, un Pater Noster;
lanzábanse al asalto cantando el Vexilla
Regis; los capellanes impartían la
absolución antes de que se trabara el
combate.
Ese espíritu religioso se daba también entre aquellos jefes salidos
del pueblo, como el buhonero Jacques
Cathelineau, llamado el "Santo de Anjou"
y el ex-soldado y leñador Jean Nicolas
Stofflet. Entre los nobles, a quienes los
campesinos buscaron en sus propias mansiones
y castillos para ponerlos al frente de sus
fuerzas, esa religiosidad fue menos
espontánea al principio; pero una vez tomada
la decisión, todos
ellos: Maurice Louis Joseph Gigost d‘Elbée;
Louis-Marie de Salgues, Marquis de
Lescure; Charles Melchior Artus, Marquis de
Bonchamps; Bernard de Marigny; Louis
Celestin de Sapinaud; François Athanase
Charette de la Contrie; Henri du Vergier,
Marquis de La Rochejaquelein y Antoine
Philippe de La Tremoille, Prince de Talmont,
se mostraron dignos de la fe sólida y simple
de sus hombres.
En forma general se puede dividir la Guerra de Vendée
en los siguientes períodos:
1
La Primer Guerra:
marzo a octubre de 1793.
2
El Gran Viraje:
octubre a diciembre de 1793.
3
Las Columnas Infernales:
enero a marzo de 1794.
4
El Camino a la Paz:
abril de 1794 a febrero de 1795.
5
La Segunda Guerra:
junio de 1795 a marzo de 1796.
La zona llamada "Vendée Militar" comprendió aproximadamente
unos 14.000 km² y 800.000 habitantes.
Límites geográficos:
-
El Loire, al norte.
-
Les
Pont-de-Cé, al nordeste.
-
Thouars,
al este.
4.
Fontenay le Comte al sudeste.
-
Les Sables d' Olonnes, al sudoeste.
Regiones:
-
El “Pays de Retz”, es llano,
pantanoso y de poca madera. Las praderas
están rodeadas de canales llamados
"zanjas".
2.
El “Marais”, terreno de costas bajas y anegadizas, que
formaban extensos pantanos. Los caminos son
raros: cuatro parten de Nantes y empalman
respectivamente con Beaupréau, La Rochelle,
aux Sables por Légé y con Saint Gilles. De
Saumur otros tres parten hacia Poitiers,
Niort por Thouars y Parthenay y les Sables
por Doué, Vihiers, Cholet y Mortagne.
3.
El “Pays de Mauges”, al sur del Loire
4.
El “Bocage”, caracterizado por sus caminos hondos, angostos
y sinuosos; un laberinto de arroyos, ríos y
hondonadas cubiertas de malezas. Es un
terreno ideal para la guerra de emboscadas.
5.
La “Llanura” de Aunis, entre Niort y La Rochelle.
6.
La “Gâtine”, terreno casi idéntico al del bocage.
Como bien nos señala Daniel Rops:
«A decir verdad, dos Francias se enfrentaron en aquella lucha
fraticida. La una, católica y
tradicionalista, en la que se confundían
convicciones cristianas y realistas hasta el
punto de borrar en ella el sentido de la
comunidad nacional y aceptar el lanzarse a
una revuelta en el instante en que la Patria
era invadida por todas partes»;
al tomar las armas contra un
gobierno al que consideraban ilegítimo y
tiránico, no pensaban en absoluto en
“traicionar a Francia”. «La otra, la
Francia "de la montaña", vagamente deísta,
violentamente anticlerical, que no tenía en
el fondo otra religión que la de la Patria».
Consecuencias
La Vendée fue un levantamiento popular, que forzó a los titubeantes
clérigos a tomar partido y produjo la salida
de incógnito de muchos nobles temerosos de
comprometerse: nada de aristócratas y clero
que incitaban al pueblo a defender sus
privilegios.
Rebelión religiosa frente al feroz volterianismo ideológico que se
imponía a sangre y fuego desde París. Una
insurrección en defensa del cristianismo,
que constituye un hecho único en la historia
por sus proporciones y el alcance de su
brutal represión y exterminio, siendo sin
duda el "Primer Genocidio de la
Modernidad".
Muchos de los Comisarios Revolucionarios enviados a La Vendée han
pasado a engrosar la galería universal de
genocidas. En ella tenemos a Le Bon, que en
Pas-de-Calais asistía a las masivas
decapitaciones y reía burlonamente ante la
chusma sedienta de sangre, porque ninguno de
los guillotinados recogía la cabeza como
hizo San Dionisio; Albitte, que obligaba a
los Sacerdotes, antes de subir al Cadalso
del Martirio, a seguir por las calles, en
irreverente procesión, a un asno revestido
con las vestiduras de Obispo; Carrier, el
sádico criminal que inventó como método de
ejecución, los ahogamientos de cientos de
campesinos en Nantes; el terrible Fiscal de
la Revolución, Fouche, sacerdote renegado
convertido al Jacobinismo más izquierdista y
radical, conocido como “el cañoneador”,
por idear como rápido procedimiento de
exterminio el masacrar a cañonazos a los
prisioneros de Lyon. Las matanzas son
seguidas de enterramientos sin
identificación o simplemente los cadáveres
son arrojados a los ríos y a los pozos.
Las “guillotinas secas”, que eran barcos donde fueron
asesinados cientos de prisioneros, sometidos
a atroces torturas en horribles condiciones
higiénicas, y dejados ahí a morir de hambre,
de sed y de epidemias.
El "Matrimonio republicano", procedimiento macabro que
consistía en amarrar desnudos a los
prisioneros laicos y religiosos, de
distintos sexos, y ahogarlos con horquetas
en los ríos utilizando barcos especialmente
construidos para estos fines.
Se encerraban a las víctimas en un edificio, por lo general, en la
Iglesia, y se abatía el edificio a
cañonazos.
Oficiales republicanos luciendo botas hechas de pieles curtidas de
los campesinos de La Vendée; en el ejército
escaseaban las botas, y la idea de utilizar
la piel humana fue de Saint-Just. Todavía
hoy se puede contemplar en el museo de
Historia Natural de Nantes una piel de
vandeano debidamente curtida; finos y suaves
guantes hechos de mujeres por tener la piel
más aterciopelada; centenares de cadáveres
hervidos para extraer grasa y jabón, que se
empleaba en los hospitales y para engrasar
los fusiles, son solo algunas muestras del
salvajismo de la revolución.
Todos estos sicarios, a las órdenes del Sicario Mayor, Robespierre,
fueron los que levantaron la democracia
liberal sobre una montaña de cadáveres
mutilados.
Las cifras más conservadoras —en relación con el programa de
exterminio establecido en París y realizado
por los oficiales revolucionarios— llevan a
los siguientes resultados: en dieciocho
meses, en un territorio de sólo 10.000 km2,
fueron eliminadas 120.000 personas, por lo
menos el 15% de la población total; diez mil
edificios fueron completamente destruidos,
el 20% de los de La Vendée.
En tal sentido resultan muy ilustrativas las siguientes
expresiones:
-
"La destrucción de La Vendée, el castigo
de los traidores, la extirpación del
monarquismo, he aquí nuestras
necesidades...".
-
"¡Valientes defensores que lleváis el
nombre de columnas infernales! ¡Os
conjuro en nombre de la ley: pegad fuego
en todas partes, y no perdonéis a nadie,
ni siquiera mujeres y niños, fusilad a
todos, incendiad todo!".
-
“La Vendée, compatriotas republicanos,
ya no existe. Murió bajo nuestros
sables, con sus mujeres y niños. Yo la
enterré en los pantanos y selvas de
Savenay. Siguiendo las órdenes que
vosotros me disteis, he pisoteado a
muerte a los niños con nuestros
caballos. Y he masacrado a las mujeres:
no alumbrarán más bandoleros. No pueden
acusarme de tomar un sólo prisionero:
los he exterminado a todos... los
caminos están cubiertos de cadáveres, y
abundan en varios sitios formando
pirámides. Pero los pelotones de
fusilamiento aún trabajan incesantemente
en Savenay, porque a cada momento llegan
bandoleros que pretenden rendirse como
prisioneros. ¡Y ya no más prisioneros!
Estaríamos obligados a alimentarlos con
el pan de la libertad, mas la compasión
no es una virtud revolucionaria".
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