domingo, 27 de julio de 2008

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

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Monografías. La epopeya vandeana. Primera cruzada contra los sin Dios jacobinos. Primer genocidio de la modernidad. por Lic. Gustavo Carrère Cadirant

 

Le coeur chouan, Insignia de los realistas durante la guerra de Vendée

1. Prólogo

La Revolución Francesa, invocó los derechos del hombre para aplastar los derechos naturales de las personas humanas; alzó la bandera de la tolerancia para destruir a los discrepantes, y la de la libertad para practicar el terror y el genocidio. No obstante se la suele llamar “cuna del orden democrático actual”; pero en verdad la debemos considerar fuente del caos, de la subversión, del desorden, de los revolucionarismos totalitarios, hijos del jacobinismo galo, que como el comunismo y el nazismo, sembraron el terror, el genocidio, la guerra total, con millones de víctimas en su haber.

Vaya este humilde aporte personal, que intenta rescatar el “Amor a Cristo Crucificado”, de estos verdaderos “Amigos de la Cruz”, para resaltar el obrar de quienes que se ofrecieron en alma y cuerpo, desde sus sencillos lugares del hacer cotidiano, dando testimonio martirial, a fin de que no solo nos sensibilice sino, nos lleve a la modificación de nuestras conductas en el actuar diario, y exclamemos, junto a San Luis María Grignión de Montfort estos cuatro versos:

 

“Escógete una cruz de las tres del Calvario;

Escoge sabiamente, puesto que es necesario

Padecer como santo o como penitente,

o como sufre un réprobo que pena eternamente”

 

Si bien todo se doblegaba ante los comisarios de la Convención, y se paralizaba por el terror instaurado, sólo en algunos Departamentos de Occidente hubo fuerza y valor para resistir, fortaleza sustentada en la fe y religión de los padres.

 

Así, al norte del Loire, en la Bretaña y Normandía, país de los bretones y normandos, de sangre caliente, valerosa y de tenaz perseverancia, la agitación partió de la nobleza, que esperaba arrastrar consigo al pueblo.

 

Al sur del Loire, al contrario, país descendiente de los antiguos vénetos, el levantamiento partió del pueblo y arrastró consigo a la nobleza.

 

Ambos pueblos eran sencillos, laboriosos y píos; no corrompidos por el iluminismo ni por la literatura disolvente del siglo XVIII. La nobleza no se había arruinado por la prodigalidad y la frivolidad de aquella época, característica en París. Como bien nos señala en sus Memorias, Madame Larochejaquelein: “Los señores no cercaban su terreno; repartían la cosecha con el masovero que lo trabajaba; cada día tenían, por lo tanto, comunes provechos y relaciones que presuponían mutua confianza y honradez”.

 

No deseamos la guerra, pero tampoco la tememos. Queremos volver a tener nuestros sacerdotes legítimos, y no intrusos, nuestros antiguos párrocos que eran nuestros bienhechores y nuestros mejores amigos, que compartían nuestras penas y afanes, y por su piadosa instrucción y sus ejemplos, nos enseñaban a soportarlas. Estamos dispuestos a derramar la última gota de nuestra sangre por la religión de nuestros padres. Queremos de nuevo la monarquía, no queremos vivir bajo un gobierno republicano, que no trae más que la división, confusión y guerra”, señalará un manifiesto recogido por Mortimer Ternaux, sintetizando el sentir de los campesinos.

 

En la pureza de las costumbres y en la fe, ambos poseyeron la fuerza para acciones heroicas hasta el martirio, en defensa de Dios, de la Religión Católica, Apostólica y Romana, de la Santa Madre Iglesia y del Rey, pilares fundantes de la Francia Católica, Monárquica y Tradicionalista.

 

Imbuidos de este noble espíritu de Amor a la Cruz, cierro con esas sabias palabras que el Santo de Montfort expresara para Los Amigos de la Cruz:

 

Decidíos, queridos Amigos de la Cruz, a padecer toda clase de cruces, sin elegirlas ni seleccionarlas; toda clase de pobreza, humillación, contradicción, sequedad, abandono, dolor psíquico o físico, diciendo siempre: Pronto está mi corazón, ¡oh Dios!- está mi corazón dispuesto (Sal. 57). Disponeos, pues, a ser abandonados de los hombres y de los ángeles y hasta del mismo Dios; a ser perseguidos, envidiados, traicionados, calumniados, desacreditados y abandonados de todos; a padecer hambre, sed, mendicidad, desnudez, destierro, cárcel, horca y toda clase de suplicios, aunque no los hayáis merecido por los crímenes que se os imputan. Imaginaos, por último, que después de haber perdido los bienes y el honor, después de haber sido arrojados de vuestra casa -como Job y Santa Isabel de Hungría, se os lanza al lodo, como a está Santa, o se os arrastra a un estercolero, como a Job, maloliente y cubierto de úlceras, sin un retazo de tela para cubrir vuestras llagas, sin un trozo de pan -que no se niega al perro ni al caballo-, y que, en medio de tales extremos, Dios os abandona a todas las tentaciones del demonio, sin derramar en vuestra alma el más leve consuelo espiritual. Ahí tenéis, creedlo firmemente, la meta suprema de la gloria divina y la felicidad verdadera de un auténtico y perfecto Amigo de la Cruz”.

«Mitis depone colla, Sicamber, adora quod incendisti, incende quod adorasti»

Remigio, Obispo de Reims

 

Charles Melchior Arthus, marqués de Bonchamps

2. Introducción

 

En la Santa Navidad de 496, durante el bautismo solemne del Rey de los Francos—Clodoveo— y tres mil de sus súbditos en la Catedral de Reims, el obispo Remigio pronunció las siguientes palabras: "Doblega tu cabeza, oh Sicambro; venera lo que hasta ahora perseguías, y persigue lo que adorabas". Cuenta una leyenda que como el sacerdote que debía llevar el óleo sagrado de la consagración no podía atravesar la ciudad por la multitud, una paloma blanca llevó en el pico la botellita de óleo —ampulla— y un ángel trajo una bandera bordada con flores de lis, símbolo que sería enseña de los Reyes de Francia.

 

Desde entonces guardó una intensa fidelidad al catolicismo y los caballeros franceses fueron los que aniquilaron a los herejes cátaros del mediodía francés y junto a San Luis participaron en la Cruzada contra los musulmanes en Oriente Próximo.

 

No obstante su pasado católico, poco a poco Francia dejó de reconocerse a sí misma como La fille aînée de l’Eglise (La hija primogénita de la Iglesia). No era injusto ese título, ni mucho menos, porque la nación más extensa, más moderna y la más culta del continente europeo tenía una sociedad católica. De los 26 millones de franceses, sólo 40.000 eran judíos y 500.000 protestantes. Sí, se sabían parte de la Iglesia universal, pero conscientes de su peso específico: 139 diócesis y 40.000 parroquias, en 1789; 135 obispos, alrededor de 70.000 sacerdotes seculares —un sacerdote por cada 364 feligreses—, unos 30.000 religiosos y 40.000 religiosas. Con razón escribió François Furet que Francia, en vísperas de la Revolución Francesa, "…tenía un paisaje católico, pues iglesias, ermitas, santuarios y monasterios integraban y, no pocas veces, modelaban pueblos y ciudades".

 

A parte, la Iglesia también era un poder económico independiente; calculada su riqueza en propiedades en 3 mil millones de libras, que le daba unas rentas de 150 millones de libras de intereses.

 

En definitiva el 6 % de la tierra francesa estaba bajo el dominio de la Iglesia y le permitía sostener su independencia del poder real. Además existían unas 50 mil cofradías de carácter religioso que reunían a la mayor parte del laicado católico francés en un asociacionismo fuera del control del Estado.

 

Sin embargo, a pesar de las cifras que describían a una Iglesia francesa poderosa e influyente en la sociedad francesa, existían síntomas complicaban su salud.

 

Desde 1750 se comprobaba un progresivo descenso en el número de vocaciones religiosas. Las razones para este descenso venían en parte por el retraso, desde 1768, a los 21 años del ingreso de los jóvenes en las órdenes religiosas; la hostilidad de algunas familias, influidas por las lecturas de los ilustrados a que sus vástagos entren en religión; relajación del modo de vida de algunas órdenes al reducir el tiempo de oración, consumir té y café y salir a la calle sin permiso del superior.

 

Además, de estas causas persistía la división entre los miembros del clero francés, al permanecer enquistados defensores de las tendencias galicanas y jansenistas. Los primeros eran favorables a una cierta autonomía de la Iglesia francesa con respecto a Roma y un acercamiento al poder civil y defendían la superioridad del concilio con respecto a la figura del Papa. En cuanto a los segundos, a parte de la defensa de la predestinación favorecían el poder de los obispos a costa del Pontífice romano.

 

No obstante, aunque la Iglesia francesa tuviese que soportar a estos colectivos disolventes en su seno, que serían utilizados en su contra hábilmente por el poder político, la calidad del clero galo no planteará problemas a la fidelidad de la Iglesia.

 

Los miembros del clero estaban preparados e instruidos, y no se les conocía ningún tipo de escándalo. La preparación que tenían en el seminario duraba de dos a tres años, especializándose en Teología o Sagrada Escritura.

 

Tomando como ejemplo algunas localidades, en Burdeos el 50 % de los canónigos eran doctores en Teología, un tercio del clero del Périgord tenía título universitario. En cuanto a los obispos, cumplían con sus obligaciones pastorales, pero en su mayor parte pertenecían a la aristocracia, mientras que el resto del clero era reclutado entre las nacientes clases medias del tercer estado francés.

 

Además la Iglesia protagonizaba la ayuda social de una manera determinante al disponer de la totalidad del personal de los hospitales y centros de beneficencia y al escolarizar a dos tercios de los niños en centros regidos por órdenes religiosas femeninas. A parte, el estado francés se encontraba muy necesitado de liquidez monetaria por las deudas contraídas en las diversas guerras coloniales realizadas contra el Imperio Británico.

 

La Iglesia Católica aportó en 1780 7.300.000 libras al erario francés y en los últimos cinco años anteriores a la revolución, la cantidad donada por la Iglesia al Estado para hacer frente a las deudas sumaba 76.000.000 de libras.

 

A partir del siglo XVIII los pensadores ilustrados defienden tesis racionalistas y atacan los fundamentos dogmáticos de la Iglesia Católica:

 

1         El análisis de la religión cristiana, de Dumarsais.

2         El hombre máquina, de La Mettrie.

3         El espíritu, de Helvetius.

4         La carta sobre los ciegos, de Diderot.

5         El Belisario, de Marmontel.

6         El sistema de la naturaleza, de D´Holbach.

7         Las obras de Voltaire y Rousseau.

 

Todos ellos difundieron una imagen negativa de la Iglesia en círculos minoritarios, pero influyentes por su posición social e intelectual, especialmente en los centros urbanos.

 

El estallido, el 14 de julio de 1789, de la Revolución Francesa de neto contenido Liberal y Masónico— como nueva etapa del proceso histórico del alejamiento del hombre de Dios, lleva a la creación de un nuevo concepto de Estado y sociedad, bajo el lema: "Libertad, igualdad, fraternidad, o la muerte", verdadera parodia de la tolerancia democrática, uno de los valores más cotizados y pregonados en el mercado revolucionario; en la teoría, todo se puede tolerar, pero en la práctica no se tolera que se pongan límites a la «libertad». No se tolera el orden, ni la autoridad, ni la jerarquía, ni nada que ponga obstáculos a la «libertad». Todos gritan a coro que el valor absoluto a defender es la «libertad»; y olvidan que ésta, para ser verdadera, debe estar cimentada en la Verdad y ordenada al Bien.

 

La Ilustración difundida por los enciclopedistas franceses— consigue hacerse con los resortes del poder político, sobre todo a través de la masonería y a partir de la Revolución francesa, extendiendo poco a poco su influjo mediante el liberalismo; error que lleva a la afirmación de la voluntad (de la libertad) del hombre por sí misma, por encima de la voluntad de Dios o incluso frente a ella. Es, pues, el rechazo de la soberanía de Dios sobre el hombre y el mundo, dando lugar a la revolución como proceso histórico del alejamiento del hombre de Dios. Por ello, en el nuevo régimen, los estamentos propios del orden natural deben desaparecer en beneficio de la nación francesa, ente subversivo.

 

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana en Francia, institución vital en la sociedad gala y pilar fundamental para el sostenimiento de la Monarquía, sufrió desde los inicios un ataque sistemático y perverso; surgieron los adoradores de la diosa Razón, de la diosa Libertad y de la diosa Humanidad, que buscaban reemplazar la fe católica.

 

Comienza así la descristianización de Francia, signada por una verdadera apostasía de sus hombres, religiosos y laicos.

 

El mundo moderno liberal —en el pensamiento y las instituciones, las leyes y las costumbres— se va, pues, constituyendo ya en Occidente como una contra-Iglesia, pues quiere vivir sin–Dios y sin–Cristo. Y es apóstata, pues todo él procede del cristianismo: rechazando la guía de Cristo, en realidad se va configurando contra– Cristo. Este mundo liberal cree que «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (San Pío X, Syllabus, 1864, 3).

 

Así, con la finalidad de desmantelar la Iglesia Católica, Apostólica y Romana — ya que la revolución se caracteriza por la idea de la rebelión del hombre frente a Dios— se van sucediendo cronológicamente una serie de disposiciones revolucionarias:

 

  • 4 de agosto de 1789: Abolición de los derechos feudales por la Asamblea Nacional.

 

  • 24 de agosto de 1789: Votación por la supresión de los diezmos.

 

  • 2 de noviembre de 1789: Nacionalización de los bienes del clero y su conversión en bienes nacionales para su posterior venta en beneficio del Estado.

 

Estas medidas, que anulan en definitiva el poder de la Iglesia Católica en Francia, tienen diversas consecuencias, tales como: la separación Iglesia-Estado y la formación del primer Estado aconfesional, la desaparición del patrimonio artístico francés, la asunción por el Estado de la educación y la asistencia social por el desmantelamiento de la red educativa, y asistencia de la Iglesia y la manutención del clero por el Estado.

 

Esta última consecuencia —la desamortización de los bienes de la Iglesia— la lleva a la pérdida de su independencia económica.

 

·         Febrero de 1790: Primer juramento de obediencia a la Constitución; se trataba de una simple declaración de fidelidad a la nación, al monarca y a las decisiones de la Asamblea Constituyente. La totalidad del clero prestó su juramento, con la excepción del obispo de Narbona, Mons. Dillon.

 

·         13 de febrero de 1790: Abolición de los votos religiosos, lo que significa la supresión de las órdenes regulares. Se exclaustra a monjas y frailes, se incautan o incendian muchos conventos.

 

·         12 de julio de 1790: Aprobación de la Constitución Civil del Clero, que es la base angular de la instauración de una nueva iglesia y la destrucción total de la vigente hasta entonces. Esta reordenación consiste en diseñar de nuevo las diócesis, que deben coincidir con los límites de los departamentos. Sin embargo, esta medida significa la supresión de 53 diócesis. Al mismo tiempo que se produce la reordenación parroquial, en realidad, se da la supresión de cuatro mil parroquias.

 

·         18 de agosto de 1791: Supresión de las congregaciones seculares. Estas medidas reducen los efectivos de la Iglesia Católica a los sacerdotes diocesanos; y para ellos también hay una medida de reorganización, que les pondrá a las órdenes directas del Estado.

 

En cuanto al personal de la nueva iglesia, la elección de los obispos y párrocos por una asamblea de electores (ciudadanos activos), pero que por el censo está reducido a las clases más acomodadas de la sociedad. Además, la ordenación de los sacerdotes será por los obispos, pero estos serán por el metropolitano y no por el Papa: es la ruptura con Roma. Se reorganiza la Iglesia Francesa sin contar con Roma. Se introduce el culto a la Diosa Razón. Se obliga a jurar la Constitución a obispos, sacerdotes y religiosos, con lo cual se origina un cisma (juramentados y refractarios). Se persigue (muerte o deportación) a quienes no juran. La enseñanza, antes muy dirigida por la Iglesia, ahora es pública y laica. La Primaria queda abandonada.

 

Como el nuevo clero depende del Estado en su organización y manutención y cumple una función pública como el resto de los funcionarios del Estado, sus miembros deben jurar ser fieles a la nación y apoyar con todo su poder la constitución decretada por la asamblea nacional. Empero, estas medidas que eliminan a la Iglesia Católica francesa cuentan con la total oposición del Papa Pío VI, con lo que se da comienzo al cisma de una iglesia galicana subordinada al poder civil, al margen de la autoridad pontificia, de estructura episcopalista y presbiteriana, donde los obispos y los párrocos eran elegidos por el pueblo y los nombramientos episcopales serían solamente notificados a Roma. Entre los miembros del episcopado únicamente cuatro renegarán de la fidelidad a Roma: Talleyrand, obispo de Autun; Loménie de Brieme, Cardenal arzobispo de Sens; Jarente, obispo de Orleans; y Lafont, obispo de Viviers. Entre los miembros del clero se calcula en un 53% los refractarios al juramento y reconocimiento de la ruptura con Roma. En cuanto al pueblo creyente, éste se suma a la oposición al clero oficial y asiste a ceremonias clandestinas. El Papa Pío VI prohibió el juramento y excomulgó, el 12 de marzo de 1791, a los sacerdotes que lo prestaran.

 

El rechazo a la reorganización eclesial es respondido por las autoridades civiles revolucionarias con fuertes medidas:

 

  • 29 de noviembre de 1791: el clérigo que no jure en ocho días será puesto bajo vigilancia.

 

  • 27 de mayo de 1792: se vota un decreto que sometía a la deportación más allá de las fronteras a cualquier eclesiástico al que veinte ciudadanos denunciaran como no juramentado y al que el distrito reconociera como tal.

 

  • 10 de agosto de 1792: se aprueba la famosa ley de sospechosos, donde el clero refractario forma uno de los colectivos considerados enemigos declarados de la revolución.

 

  • 26 de agosto de 1792: se redacta la ley de deportación general de todos los miembros del clero que se hayan opuesto al juramento.

 

  • 2 de septiembre de 1792: una banda de revolucionarios sacó del carruaje en que se conducía a la prisión a tres sacerdotes refractarios y los colgó; comienzan así las Matanzas de Septiembre. Las masacres empezaron con el degüello de 23 sacerdotes encarcelados en la prisión de la Abadía por unos federados marselleses y bretones. Un grupo de los 150 sacerdotes que estaban encarcelados en el convento de las Carmelitas, se rindió. Cuando llegó el grupo ejecutor al convento, los sacerdotes se dirigieron a la capilla en la que fueron asesinados a golpes de pico, de hacha y bastón. En este lugar fueron "juzgadas" y "ejecutadas" más de 300 personas. Stanislas-Marie Maillart ejecutor de las órdenes del Comité de vigilancia, condenó, uno a uno, a todos aquellos que se presentaron ante él "a la fuerza". Cuando se abrieron las puertas del convento y salieron, los condenados cayeron todos bajo las picas o las bayonetas; esta masacre duró toda la noche. Ese mismo día, 4 sacerdotes fueron asesinados en la iglesia de Saint-Paul Saint Louis. Las matanzas se llevaron a cabo durante cinco días en las demás cárceles: en la Conserjería, en la Prison du Grand Châtelet, en la Force en Salpêtriére, Bicêtre y en la Prison des Carmes. Más de mil monárquicos —aproximadamente unos doscientos cincuenta sacerdotes— y presuntos traidores apresados en diversos lugares de Francia, fueron sometidos a juicio y ejecutados; es el primer asesinato colectivo.

 

  • 3 de septiembre de 1792: se redacta un nuevo juramento en el cual se debe comprometer el juramentado a mantener la libertad, la igualdad y la seguridad de las personas y propiedades.

 

  • Marzo de 1793: los sacerdotes subsistentes en territorio francés que se negaron a jurar la Constitución Civil del Clero —llamados curas refractarios— quedan condenados a muerte. Estas medidas causan la salida de más de cuarenta mil exiliados de condición religiosa, seis mil de los cuales recalan en España y ayudarán a acrecentar desde el catolicismo español un sentimiento contrario al revolucionario francés, que se materializará en 1808 en la lucha contra Napoleón.

 

  • 5 de octubre de 1793: se sustituye el domingo por el decadi.

 

  • A partir del 6 de noviembre de 1793, la Convención permite la supresión del culto y los miembros del clero constitucional se ven obligados por las circunstancias adversas a renunciar a sus cargos. El único culto cristiano que permanece es el que se celebra de forma clandestina.

 

23 de noviembre de 1793: se decreta que todas las iglesias y templos serían cerrados.

 

Jacques Cathelineau

3. La epopeya vandeana

 

a) Antecedentes

 

La política religiosa del nuevo régimen y las medidas de excepción contra los sacerdotes no juramentados trajeron una consecuencia cuya trascendencia iba a ser considerable: la sublevación del oeste de Francia, no solamente La Vendée, sino más o menos todo el país que se extiende desde el norte del Poitu hasta la Bretaña y a los confines de Normandía, en los territorios actuales de los obispados de Poitiers, Angers, Lucon y Nantes. Si bien la adhesión a la causa realista intervendría también en su estallido, la fidelidad a la Fe Católica y a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana constituyó sin duda el móvil mayor de aquella epopeya.

 

La "Epopeya de La Vendée" refiere a la gesta católica emprendida por campesinos y sus familias —acompañados por nobles y sacerdotes— que llevaban prendidos escarapelas del Sagrado Corazón y se autodenominaban como ejército católico y real; se resistían a que la presencia social de Cristo Rey fuera desterrada de sus pueblos, de gran mayoría cristiana.

 

Esta región, evangelizada un siglo atrás por San Luis María Grignion de Montfort, terciario dominico —que insistía en la devoción filial a Nuestra Señora— fue tan inmunizada contra el virus de la Revolución, que se levantó en armas contra el gobierno republicano y anticatólico de Paris.

 

San Luis María Grignion de Montfort tenía a la Santísima Virgen la devoción más ardiente, y hasta compuso en su alabanza el "Tratado de la Verdadera Devoción", que constituye hoy el fundamento más fuerte de toda la piedad mariana profunda.

 

Por otro lado, con sus misiones aproximaba al pueblo a los sacramentos y lo enfervorizaba en la devoción al Rosario. También la sagrada insignia difundida por el santo —el Sagrado Corazón en tela roja, encuadrado por las iniciales de Jesús y María— fue colocado por los combatientes sobre sus chalecos, blusas, o dispuesto como escarapela en los sombreros de amplias alas.

 

El día de la beatificación de este apasionado apóstol, el ilustre obispo de Angers, Mons. Freppel, lo proclamaba solemnemente ante 20.000 vandeanos en St. Laurent-Sur-Sèvre, lugar donde reposan los restos del extraordinario conmovedor de almas:

 

«…fue por Montfort y sus hijos espirituales, los Misioneros de San Lorenzo, por quienes corrió el flujo fecundo de savia cristiana en los campos del Oeste durante todo el siglo XVIII. Si ese siglo fue en otros lugares un tiempo de decadencia moral, en el Oeste, por el contrario, salvo en las grandes ciudades, fue una época de vivificación cristiana durante la cual el pueblo de esta región estuvo como lleno de dos sentimientos igualmente apropiados para engendrar el heroísmo: la Fe religiosa y la fidelidad al poder legítimo. Por ello es que, cuando en un día de odio y de obcecación se llegó a atacar a los ungidos del Señor, a todo lo que representaba Cristo en el estado y en la Iglesia, este pueblo se estremeció y se levantó para defender todo lo que amaba y todo lo que respetaba».

 

 

b) 1er. levantamiento en La Vendée: 1792

 

El 27 de noviembre de 1791 la Asamblea decreta "que enviaba a la cabeza de partido a los curas refractarios", alejándolos de su comuna, de su centro de actividad pastoral; los trasladaba a la gran ciudad, sometidos a la inspección, a la inquieta vigilancia de las sociedades patrióticas. Imposible referir todos los clamores que suscitó este decreto; el aldeano estaba unido al sacerdote por una razón muy natural: el sacerdote era el mismo aldeano, su hijo, su hermano o su primo.

 

Los sacerdotes refractarios, reunidos en la cabeza del partido, conocían perfectamente el estado de las campiñas, el dolor profundo de las familias y la sombría indignación de los hombres. Esto les infundió una gran esperanza, y se propusieron comunicárselo al rey. En una multitud de cartas que le escribieron en la primavera de 1792, le animaban para que se mantuviera firme, que no tuviera miedo a la Revolución y que la paralizara valiéndose del derecho constitucional: el veto.

 

El 9 de febrero de 1792, sacerdotes refractarios reunidos en Angers, redactaron una carta para el Rey, que puede considerarse como el "Acta originaria de la Epopeya de La Vendée", ya que la anuncia y predice:

 

"(...) Señor, sois un hombre piadoso, no lo ignoramos. Haréis lo que podáis... Pero sabedlo, al fin, el pueblo está cansado de la Revolución. Su espíritu ha cambiado; le ha vuelto el fervor, frecuenta los sacramentos. A las canciones han sucedido los cánticos... El pueblo está con nosotros..." "(...) ¿Se dice que excitamos a las poblaciones?... Pero es todo lo contrario. ¿Qué sería del reino si no contuviéramos al pueblo? Vuestro trono no se apoyaría más que en un montón de cadáveres y ruinas... Ya sabéis, demasiado sabéis, señor, lo que puede hacer un pueblo que se cree patriota. Pero no sabéis de lo que sería capaz un pueblo que se ve arrebatar su culto, sus templos y sus altares".

 

Las dificultades comenzaron con la Constitución del Clero y su juramento: apenas uno de entre cuatro o cinco sacerdotes estuvo dispuesto a jurar. La resuelta hostilidad de los paisanos de La Vendée para con el clero constitucional se empezó a manifestar: en mayo de 1792 los alcaldes y oficiales municipales de treinta y cuatro comunas de las Mauges se reunieron para tratar esta situación.

 

El 12 de julio de 1792, la Asamblea Nacional proclamó la "Patria en peligro"; decretó la leva de nuevos batallones de voluntarios. En cumplimiento de dicha ley, el Director del Departamento de Deux-Sèvres ordenó a todos los municipios, por resolución del 22 de julio, confeccionar dos listas de ciudadanos: una con aquellos que se alisten y otra con aquellos que se nieguen. Esta novedad causó una profunda agitación en la región. El domingo 19 de agosto la noticia de la inscripción de voluntarios y de las persecuciones religiosas provocó la "primera explosión". Los jóvenes de doce municipios vecinos, armados de guadañas y horquillas para recoger paja, se reunieron en Moncoutant; se agruparon alrededor del alcalde de Bressuire, Adrien Joseph Delouche y llamaron a todos los hombres para que acudieran a las armas con ellos contra un gobierno de tiranos al que se negaban servir, pidiendo el restablecimiento del Rey en su plena autoridad como único medio de retorno al orden social y a la libertad religiosa. Los campesinos se dirigieron hacia el castillo de Pugny, residencia del Marqués de Mouroy, antiguo coronel del regimiento de Mèdoc, para constituir a éste en jefe y fortificarse en sus tierras; no lo encontraron allí, pero obtuvieron de su regidor la bandera de su antiguo regimiento: de seda blanca sembrada de flores de lis en oro, con las armas reales en el centro; fue el primer estandarte de la guerra de La Vendèe.

 

De Pugny, los campesinos se dirigieron a la morada de Brachain, a casa de un noble de la región, antiguo oficial, M. Gabriel Baudry d‘Asson, quien, después de haber titubeado, aceptó el mando de los casi dos mil hombres presentes y lanzó un llamado a las armas. El 22 de agosto, en Chantillón, hubo una revuelta de unos seis a diez mil hombres. La población de la villa, siempre hostil a los principios revolucionarios, no opuso resistencia al ejército de M. Baudry d‘Asson, que entró vigilante y triunfante al son de tambores y pífanos. Se dirigieron a la sede de la administración del distrito, quemando los archivos. El 23 de agosto, Bressuire opuso sus viejos muros a los sublevados, mechados no obstante por los fusiles de caza y las guadañas de los aldeanos. El 24 de agosto, día de San Bartolomé, se dio un último combate, en el lugar llamado "les Moulins de Cornet". Los aldeanos, en número de seis mil y a órdenes del M. Baudry d‘Asson, seguido por M. Richeteau de la Coindrie, M. Calais de Puylouet y M. de Feu, armados con algunas escopetas de caza, barras de hierros, picas, largas horcas, y otras armas improvisadas, hicieron frente a las fuerzas republicanas, reforzadas con las tropas enviadas por el director del departamento de Deux-Sévres: dos compañías de infantería de marina de Rochefort con dos piezas de artillería, las guardias nacionales de Niort, La Mothe-Sain-Héraye, San Maixent y Parthenay, bien armadas con fusiles. Éstas hicieron fuego sobre los campesinos y los dispersaron. Más de cien perecieron, cerca de quinientos fueron apresados y el resto corrió huyendo a través del campo.

 

El "Journal des Deux-Sèvres" escribió que ciento dieciocho sublevados se quedaron allí y añade que "estaban cubiertos de cruces y rosarios". Los soldados republicanos, llenos de cólera, se ensañaron con los cadáveres: cortaron las orejas para hacer escarapelas para los sombreros, que serían exhibidas en la villa de Bressuire. Los prisioneros fueron llevados ante el tribunal criminal de Niort; este consideró que debía ser indulgente y los puso en libertad. Así, el primer levantamiento en La Vendée se frustró.

 

Paralelamente a estos acontecimientos los sacerdotes juramentados, muy mal recibidos, debían apelar a la guardia nacional para mantenerse; la mayoría de los feligreses deseaban y preferían quedarse sin sacerdote que tener a un constitucional al que no conocían. Ante estos hechos, las autoridades departamentales dejan estallar su resentimiento contra los sacerdotes refractarios. Comienza la deportación: cerca de cuatrocientos padres de Maine-et-Loires de la Sarthe, atados de a dos, son conducidos bajo guardia a Paimboeuf o son embarcados para España. Otros, cerca de doscientos cuarenta, parten de Saint-Gilles-sur-Vie o de Sables-d‘Olonne.

 

Maurice Joseph Louis Gigost d´Elbe

c) 2do. Levantamiento en La Vendée: 1793

 

Introducción

 

La Convención Nacional vota la condena a muerte del rey Luis XVI; los votantes son 721. De ellos, 361 dicen «sí» a la guillotina, 360 dicen «no»; la diferencia es de un solo voto, pero para el rey y la monarquía es el fin.

 

Ilustran bien el clima en que se desarrollaron la discusión y el voto, declaraciones como la del diputado jacobino Legendre, quien dijo estar convencido de la necesidad de «degollar al puerco» y enviar luego un trozo a cada departamento, como advertencia a los reaccionarios y exhortación para los revolucionarios. Danton recuerda en la Convención: «No queremos juzgar al rey, queremos matarlo». Y Robespierre: «Ustedes no son jueces, no hay que hacer ningún proceso. Decapitar al rey es una medida indispensable para la salud pública». El abbé Grégoire, el obispo líder de la Iglesia cortesana, quien ha jurado fidelidad al nuevo régimen, truena: «Los reyes son, en el orden espiritual, lo que la gangrena es en el orden material».

 

La ejecución de Luis XVI, el 21 de enero de 1793, conmocionó a toda Europa. Ello, unido a la política anexionista de la Convención, hizo que la hostilidad exterior contra la Revolución aumentara. La Francia, entusiasmada, declaró la guerra a Inglaterra y Holanda (1 de febrero de 1793), a España (7 de marzo) y a los Estados italianos. La Francia revolucionaria estaba en guerra contra toda Europa (excepto Suiza y los países escandinavos); por ello decreta el 24 de febrero de 1793 la movilización de 300.000 hombres.

 

Las primeras proscripciones de sacerdotes habían comenzado en otoño, y la noticia de las matanzas de septiembre llegó hasta las más apartadas aldeas; a fines de enero, la de la ejecución del Rey causó peor impresión. El incendio finalmente estalló en marzo de 1793.

 

El 3 de marzo, en el mercado de Cholet, se supo que los funcionarios de Paris habían decidido que los jóvenes entre dieciocho y veinticinco años fueran alistados y enviados al ejército; aproximadamente unos quinientos jóvenes juraron públicamente no aceptar jamás la milicia revolucionaria. Las autoridades locales, desoyendo el clima que se vivía, ordenaron el sorteo de los alistados en los centros de distrito, lo que suponía la reunión de ellos en grandes grupos; en muchísimos lugares estallaron incidentes.

 

El 11 de marzo, en Machecoul, los guardias nacionales intentaron imponer el sorteo, lo que costó la vida a treinta de ellos. “La pretensión de reclutar 3.520 soldados en la Vendée y 5.920 en el departamento de Deux-Sèvres-de conformidad con el decreto de 7 de febrero, que disponía la movilización de 300.000 hombres- suministró la ocasión para la insurrección”.[1]

 

El 12 de marzo, en Saint- Florent, se realizó la convocatoria de los conscriptos; estos exigieron la rendición de las fuerzas republicanas, que si bien eran inferiores en número, contaban con sesenta armas de fuego y soldados de oficio. Los vandeanos declararon: "Han matado a nuestro Rey, expulsaron a nuestros sacerdotes, robaron los bienes de nuestra Iglesia, comieron todo lo que teníamos, y ahora quieren nuestros cuerpos. ¡No los tendrán!". Ante la negativa de los republicanos, se lanzaron sobre ellos; los cañonearon sin éxito y tuvieron que replegarse; los paisanos quemaron las listas de conscripción.

 

El 13 de marzo, Jacques Cathelineau —de profesión carretero, conocido y respetado por su devoción religiosa, de tan solo 34 años, casado y con cinco hijos— es anoticiado por su cuñado Jean Blon de lo sucedido en Saint-Florent; al poco tiempo entran preocupados en su casa varios vecinos: el sastre, el carpintero, el herrero, el zapatero y labradores en número de veintisiete, para consultarlo. Entonces se armó de una pistola, ató a la cintura el santo rosario y fijando sobre el pecho la imagen del sagrado Corazón de Jesús, salió a la plaza pública para hablar con sus paisanos; antes de llegar al extremo del pueblo, quinientos hombre lo seguían: toda la población de Pin-en-Mauges. Marcharon al castillo de Jallais, donde había un pequeño destacamento de la guardia nacional con un cañón y lo tomaron; luego cayó la población de Chemillé.

 

El 14 de marzo, el abate Barbotin, vicario de Gardes dio una misa de campaña, en latín y de cara a Dios, al incipiente ejército paisano y católico de aproximadamente unos quince mil hombres; cantaron el Te Deum, se repartieron escapularios y todos tenían cosidos en sus ropas los Sagrados Corazones, y habiendo recibido del sacerdote la absolución de sus faltas, se lanzaron a las órdenes de Cathelineau sobre la ciudad de Cholet. Ni un solo campesino, frente a la cruz que se elevaba en aquella plaza, quedó sin arrodillarse y descubrirse, mostrando una fe inquebrantable.

 

A veinte pasos de la cruz, bajo las balas enemigas, los vandeanos rezaban con la misma tranquilidad que si estuvieran en sus iglesias. Cholet fue la primera villa importante que cayó dentro de la escarcela realista. Así, al grito de "¡Viva la Religión!", se levantaba en armas toda La Vendée.

 

 

Desarrollo

 

El clima de los ejércitos vandeanos, que iban al asalto detrás de los estandartes con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el lema “Dieu et le Roy”, fue profundamente religioso: las columnas avanzaban rezando el santo rosario; no podían pasar frente a una cruz sin arrodillarse y rezar, aunque muy rápidamente, un Pater Noster; lanzábanse al asalto cantando el Vexilla Regis; los capellanes impartían la absolución antes de que se trabara el combate.

 

Ese espíritu religioso se daba también entre aquellos jefes salidos del pueblo, como el buhonero Jacques Cathelineau, llamado el "Santo de Anjou" y el ex-soldado y leñador Jean Nicolas Stofflet. Entre los nobles, a quienes los campesinos buscaron en sus propias mansiones y castillos para ponerlos al frente de sus fuerzas, esa religiosidad fue menos espontánea al principio; pero una vez tomada la decisión, todos ellos: Maurice Louis Joseph Gigost d‘Elbée; Louis-Marie de Salgues, Marquis de Lescure; Charles Melchior Artus, Marquis de Bonchamps; Bernard de Marigny; Louis Celestin de Sapinaud; François Athanase Charette de la Contrie; Henri du Vergier, Marquis de La Rochejaquelein y Antoine Philippe de La Tremoille, Prince de Talmont, se mostraron dignos de la fe sólida y simple de sus hombres.

 

            En forma general se puede dividir la Guerra de Vendée en los siguientes períodos:

 

1         La Primer Guerra: marzo a octubre de 1793.

2         El Gran Viraje: octubre a diciembre de 1793.

3         Las Columnas Infernales: enero a marzo de 1794.

4         El Camino a la Paz: abril de 1794 a febrero de 1795.

5         La Segunda Guerra: junio de 1795 a marzo de 1796.

 

La zona llamada "Vendée Militar" comprendió aproximadamente unos 14.000 km² y 800.000 habitantes.

 

Límites geográficos:

  1. El Loire, al norte.

  2. Les Pont-de-Cé, al nordeste.

  3. Thouars, al este.

4.       Fontenay le Comte al sudeste.

  1. Les Sables d' Olonnes, al sudoeste.

 

Regiones:

  1. El “Pays de Retz”, es llano, pantanoso y de poca madera. Las praderas están rodeadas de canales llamados "zanjas".

2.       El “Marais”, terreno de costas bajas y anegadizas, que formaban extensos pantanos. Los caminos son raros: cuatro parten de Nantes y empalman respectivamente con Beaupréau, La Rochelle, aux Sables por Légé y con Saint Gilles. De Saumur otros tres parten hacia Poitiers, Niort por Thouars y Parthenay y les Sables por Doué, Vihiers, Cholet y Mortagne.

3.       El  “Pays de Mauges”, al sur del Loire

4.       El “Bocage”, caracterizado por sus caminos hondos, angostos y sinuosos; un laberinto de arroyos, ríos y hondonadas cubiertas de malezas. Es un terreno ideal para la guerra de emboscadas.

5.       La “Llanura” de Aunis, entre Niort y La Rochelle.

6.      La “Gâtine”, terreno casi  idéntico al del bocage.

 

Como bien nos señala Daniel Rops:

 

«A decir verdad, dos Francias se enfrentaron en aquella lucha fraticida. La una, católica y tradicionalista, en la que se confundían convicciones cristianas y realistas hasta el punto de borrar en ella el sentido de la comunidad nacional y aceptar el lanzarse a una revuelta en el instante en que la Patria era invadida por todas partes»; al tomar las armas contra un gobierno al que consideraban ilegítimo y tiránico, no pensaban en absoluto en “traicionar a Francia”. «La otra, la Francia "de la montaña", vagamente deísta, violentamente anticlerical, que no tenía en el fondo otra religión que la de la Patria».


 

Consecuencias

 

La Vendée fue un levantamiento popular, que forzó a los titubeantes clérigos a tomar partido y produjo la salida de incógnito de muchos nobles temerosos de comprometerse: nada de aristócratas y clero que incitaban al pueblo a defender sus privilegios.

 

Rebelión religiosa frente al feroz volterianismo ideológico que se imponía a sangre y fuego desde París. Una insurrección en defensa del cristianismo, que constituye un hecho único en la historia por sus proporciones y el alcance de su brutal represión y exterminio, siendo sin duda el "Primer Genocidio de la Modernidad".

 

Muchos de los Comisarios Revolucionarios enviados a La Vendée han pasado a engrosar la galería universal de genocidas. En ella tenemos a Le Bon, que en Pas-de-Calais asistía a las masivas decapitaciones y reía burlonamente ante la chusma sedienta de sangre, porque ninguno de los guillotinados recogía la cabeza como hizo San Dionisio; Albitte, que obligaba a los Sacerdotes, antes de subir al Cadalso del Martirio, a seguir por las calles, en irreverente procesión, a un asno revestido con las vestiduras de Obispo; Carrier, el sádico criminal que inventó como método de ejecución, los ahogamientos de cientos de campesinos en Nantes; el terrible Fiscal de la Revolución, Fouche, sacerdote renegado convertido al Jacobinismo más izquierdista y radical, conocido como “el cañoneador”, por idear como rápido procedimiento de exterminio el masacrar a cañonazos a los prisioneros de Lyon. Las matanzas son seguidas de enterramientos sin identificación o simplemente los cadáveres son arrojados a los ríos y a los pozos.

 

Las “guillotinas secas”, que eran barcos donde fueron asesinados cientos de prisioneros, sometidos a atroces torturas en horribles condiciones higiénicas, y dejados ahí a morir de hambre, de sed y de epidemias.

 

El "Matrimonio republicano", procedimiento macabro que consistía en amarrar desnudos a los prisioneros laicos y religiosos, de distintos sexos, y ahogarlos con horquetas en los ríos utilizando barcos especialmente construidos para estos fines.

 

Se encerraban a las víctimas en un edificio, por lo general, en la Iglesia, y se abatía el edificio a cañonazos.

 

Oficiales republicanos luciendo botas hechas de pieles curtidas de los campesinos de La Vendée; en el ejército escaseaban las botas, y la idea de utilizar la piel humana fue de Saint-Just. Todavía hoy se puede contemplar en el museo de Historia Natural de Nantes una piel de vandeano debidamente curtida; finos y suaves guantes hechos de mujeres por tener la piel más aterciopelada; centenares de cadáveres hervidos para extraer grasa y jabón, que se empleaba en los hospitales y para engrasar los fusiles, son solo algunas muestras del salvajismo de la revolución.

 

Todos estos sicarios, a las órdenes del Sicario Mayor, Robespierre, fueron los que levantaron la democracia liberal sobre una montaña de cadáveres mutilados.

 

Las cifras más conservadoras —en relación con el programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios— llevan a los siguientes resultados: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 km2, fueron eliminadas 120.000 personas, por lo menos el 15% de la población total; diez mil edificios fueron completamente destruidos, el 20% de los de La Vendée.

 

En tal sentido resultan muy ilustrativas las siguientes expresiones:

 

  • "La destrucción de La Vendée, el castigo de los traidores, la extirpación del monarquismo, he aquí nuestras necesidades...".[2]

 

  • "¡Soldados de la libertad! Los ladrones de La Vendée han de ser exterminados antes del fin de octubre. (...)".[3]

 

  • "¡Valientes defensores que lleváis el nombre de columnas infernales! ¡Os conjuro en nombre de la ley: pegad fuego en todas partes, y no perdonéis a nadie, ni siquiera mujeres y niños, fusilad a todos, incendiad todo!". [4]

 

  • “La Vendée, compatriotas republicanos, ya no existe. Murió bajo nuestros sables, con sus mujeres y niños. Yo la enterré en los pantanos y selvas de Savenay. Siguiendo las órdenes que vosotros me disteis, he pisoteado a muerte a los niños con nuestros caballos. Y he masacrado a las mujeres: no alumbrarán más bandoleros. No pueden acusarme de tomar un sólo prisionero: los he exterminado a todos... los caminos están cubiertos de cadáveres, y abundan en varios sitios formando pirámides. Pero los pelotones de fusilamiento aún trabajan incesantemente en Savenay, porque a cada momento llegan bandoleros que pretenden rendirse como prisioneros. ¡Y ya no más prisioneros! Estaríamos obligados a alimentarlos con el pan de la libertad, mas la compasión no es una virtud revolucionaria". [5]