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La Iglesia Católica, así como la mayoría de
las iglesias y comunidades eclesiales
separadas de ella, condena sin paliativos la
aniquilación de seres humanos en el seno de
sus madres. Dado que la Biblia apenas habla
específicamente del aborto, aunque
obviamente hay indicios muy claros de que
las Escrituras consideran que el feto es una
vida humana (p.e Jueces 16,17; Salmo
22,9-10; Lucas 1, 15-16 y 41-44; Galatas
1,15), es importante que estudiemos lo que
creían los primeros cristianos acerca de
este tema. Su testimonio es unánime y no
deja lugar a dudas en la condena del aborto.
La Didajé, que pudo haber sido escrita
incluso en el siglo I, es quizás el primer
testimonio patrístico en el que se introduce
dicha condena:
“He aquí el segundo precepto de la
Doctrina: No matarás; no cometerás
adulterio; no prostituirás a los niños, ni
los inducirás al vicio; no robarás; no te
entregarás a la magia, ni a la brujería;
no harás abortar a la criatura engendrada en
la orgía, y después de nacida no la
harás morir.”
(Didajé II)
En la Epístola de Bernabé, escrita en la
tercera década del siglo II, se llama hijo
al feto que está en el vientre de la madre,
se prohíbe expresamente el aborto y se le
equipara al asesinato:
“No vacilarás sobre si será o no será. No
tomes en vano el nombre de Dios. Amarás a tu
prójimo más que a tu propia vida. No
matarás a tu hijo en el seno de la madre
ni, una vez nacido, le quitarás la vida. No
levantes tu mano de tu hijo o de tu hija,
sino que, desde su juventud, les enseñarás
el temor del Señor.”
(Ep Bernabé XIX,5)
y
“Perseguidores de los buenos,
aborrecedores de la verdad, amadores de la
mentira, desconocedores de la recompensa de
la justicia, que no se adhieren al bien ni
al juicio justo, que no atienden a la viuda
y al huérfano, que valen no para el temor de
Dios, si no para el mal, de quienes está
lejos y remota la mansedumbre y la
paciencia, que aman la vanidad, que
persiguen la recompensa, que no se
compadecen del menesteroso, que no sufren
con el atribulado, prontos a la
maledicencia, desconocedores de Aquel que
los creó, matadores de sus hijos por el
aborto, destructores de la obra de Dios,
que echan de sí al necesitado, que
sobreatribulan al atribulado, abogados de
los ricos, jueces inicuos de los pobres,
pecadores en todo.”
(Ep Bernabé XX, 2)
El primer apologista latino Minucio Félix,
llama parricidio al aborto en su obra
Octavius de finales del siglo II:
“Hay algunas mujeres que, bebiendo
preparados médicos, extinguen los cimientos
del hombre futuro en sus propias entrañas,
y de esa forma cometen parricidio antes
de parirlo.”
(Octavius XXXIII)
El apologeta cristiano Atenágoras es
igualmente tajante en su consideración sobre
el aborto cuando escribió al Emperador Marco
Aurelio:
“Decimos a las mujeres que utilizan
medicamentos para provocar un aborto que
están cometiendo un asesinato, y que
tendrán que dar cuentas a Dios por el
aborto... contemplamos al feto que está en
el vientre como un ser creado, y por lo
tanto como un objeto al cuidado de Dios... y
no abandonamos a los niños, porque los que
los exponen son culpables de asesinar niños”
(Atenágoras, En defensa de los cristianos,
XXXV)
Los testimonios se multiplican por doquier.
Así leemos en la Epístola a Diogneto que los
cristianos:
“Se casan como todos los demás hombres y
engendran hijos; pero no se desembarazan
de su descendencia (fetos)”
(Ep a Diogneto V,6)
Tertuliano condena el aborto como homicidio
y reconoce la identidad humana del no
nacido:
“Es un homicidio anticipado impedir el
nacimiento; poco importa que se suprima
el alma ya nacida o que se la haga
desaparecer en el nacimiento. Es ya un
hombre aquél que lo será.”
(Apologeticum IX,8)
Ya en el siglo IV San Basilio va incluso más
allá al llamar asesinos no sólo a la mujer
que aborta sino a quienes proporcionan lo
necesario para abortar, lo cual sería
perfectamente aplicable a quienes fabrican o
prescriben la píldora abortiva:
“ Las mujeres que proporcionan medicinas
para causar el aborto así como las que toman
las pociones para destruir a los niños no
nacidos, son asesinas”
(San Basilio, ep 188, VIII)
San Jerónimo trata la situación de la mujer
que muere mientras procura abortar a su
criatura:
“Algunas, al darse cuenta de que han
quedado embarazadas por su pecado, toman
medicinas para procurar el aborto, y
cuando (como ocurre a menudo) mueren a la
vez que su retoño, entran en el bajo
mundo cargadas no sólo con la culpa de
adulterio contra Cristo sino también con
la del suicidio y del asesinato de niños.
”
(San Jerónimo, Carta a Eustoquio)
Quizás el texto más dramático en relación al
aborto sea un párrafo que aparece en el
libro apócrifo conocido como Apocalipsis de
Pedro. El libro seguramente es de origen
gnóstico, lo cual supone que no debemos
considerarlo del mismo valor que las citas
anteriores, pero he decidido copiar este
pequeño párrafo como muestra de hasta qué
punto la condena del aborto estaba presente
incluso entre los heterodoxos de los
primeros siglos:
“Muy cerca de allí vi otro lugar angosto,
donde iban a parar el desagüe y la hediondez
de los que allí sufrían tormento, y se
formaba allí como un lago. Y allí había
mujeres sentadas, sumergidas en aquel
albañal hasta la garganta; y frente a ellas,
sentados y llorando, muchos niños que habían
nacido antes de tiempo; y de ellos salían
unos rayos como de fuego que herían los ojos
de las mujeres; éstas eran las que habían
concebido fuera del matrimonio y se habían
procurado aborto.”
(Ap Pedro 26)
Todos esos testimonios en contra del aborto
tienen un doble valor para nosotros en las
circunstancias que nos toca vivir en nuestro
tiempo. Por una parte deben servirnos de
aviso para que bajo ningún concepto nos
acomodemos a un estado de opinión en nuestra
sociedad cada vez más favorable a la
aceptación del aborto como algo normal.
Hacer tal cosa sería ir justo en la
dirección opuesta a la que tomaron nuestros
antepasados en la fe. Ellos ni se callaron
ni fueron tibios a la hora de condenar esa
lacra. Por otra lado, debemos ser sinceros y
reconocer que vivimos en un mundo donde gran
parte de lo más abominable del paganismo
antiguo, el aborto y la profusión de todo
tipo de amoralidad sexual, no sólo ha
resurgido con fuerza sino que ha conseguido
“legitimarse” socialmente echando sus raíces
incluso en las legislaciones de nuestros
países. La Iglesia, hoy igual que ayer, alza
su voz contra esta infamia. Podría decirse
que Juan Pablo II, paladín de la cultura de
la vida y por tanto enemigo declarado de la
cultura de la muerte que impera en nuestra
sociedad, ha llevado la condena del aborto
casi hasta el nivel de dogma de fe en la
Encíclica Evangelium Vitae:
“Por tanto, con la autoridad que
Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores,
en comunión con todos los Obispos —que en
varias ocasiones han condenado el aborto y
que en la consulta citada anteriormente,
aunque dispersos por el mundo, han
concordado unánimemente sobre esta
doctrina—, declaro que el aborto directo,
es decir, querido como fin o como medio, es
siempre un desorden moral grave, en cuanto
eliminación deliberada de un ser humano
inocente. Esta doctrina se fundamenta en
la ley natural y en la Palabra de Dios
escrita; es transmitida por la Tradición de
la Iglesia y enseñada por el Magisterio
ordinario y universal.”
Nadie pues que se precie de tener el nombre
de cristiano y el apellido de católico,
puede justificar, aprobar, legislar o
colaborar, por activa o por pasiva, con el
aborto. Es nuestro deber como cristianos
combatir en la guerra por salvar a millones
de inocentes. Ellos no tienen voz, no tienen
fuerza para oponerse a quienes desean
asesinarlos. Seamos nosotros la voz y la
fuerza que, como en el pasado, venza la
batalla por la vida, por la esperanza y por
el amor hacia toda criatura humana desde su
concepción.
Luis Fernando Pérez Bustamante
Revista Arbil nº 88. Enero de 2005
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