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Madeleine, socia de ADELA (la asociación de
enfermos de ELA) desde marzo de 2006,
todavía se hallaba en las fases primeras del
mal, ya que en palabras de su hijo atendía
perfectamente a sus necesidades personales y
tenía autonomía para tareas cotidianas, como
demuestra el hecho de que viviera sola.
Desde septiembre de 2006, Madeleine, que
sufría temporadas de dolor que controlaba
con un tratamiento de morfina proporcionado
por un médico especialista del hospital de
San Juan, se puso en contacto con la
asociación DMD (derecho a morir dignamente),
donde le proporcionaron un manual (llamado
“guía de autoliberación”) en el que le
indicaban los pasos a seguir para poder
quitarse la vida. A su familia le contó que
asistía a un grupo de ayuda a enfermos
crónicos, ocultándole que se trataba de un
colectivo proeutanasia. Durante un tiempo
indeterminado, la francesa meditó sobre la
posibilidad de matarse por miedo a afrontar
las consecuencias de la progresión de su
enfermedad, anotando sus reflexiones en un
diario, en el que consignó sus miedos a
terminar como un vegetal y manifestó su
deseo de no “vivir sin vivir”. El día 12 de
enero, Madelaine adquirió una combinación
letal de medicamentos en una farmacia y,
acompañada de dos miembros de DMD y una
periodista del diario El País, se
quitó la vida en su domicilio ingiriendo el
cóctel de estos medicamentos con un helado.
Los testigos, tras cerciorarse de su muerte,
abandonaron la vivienda, arrojando a un
contenedor los fármacos empleados y la guía
de la asociación. El cuerpo de Madeleine fue
hallado por una vecina, que dio parte a las
autoridades.
Domingo Biver, hijo de la fallecida, al
conocer las circunstancias de la muerte de
su madre, interpuso una demanda contra los
colaboradores de su suicidio en el juzgado
de instrucción número 7 de Alicante,
acusando a DMD de provocar o no prestar
auxilio para evitar la muerte de su madre.
El portavoz de la asociación ha negado que
ésta aconsejara el suicidio a Madeleine o le
proporcionara fármacos con ese fin pese a
que, entre los principios fundacionales de
esta asociación, se halla precisamente
ayudar a los asociados a “morir dignamente”.
En el momento de escribir estas líneas, el
caso está siendo investigado por la policía
científica.
En palabras de Jerome Sobel, presidente de
la asociación DMD de Suiza, en el caso de
Madeleine “hay una enorme diferencia entre
la eutanasia y la asistencia al suicidio” (El
País, 24-01-2007). En efecto, la
eutanasia, “buena muerte” (del griego eu,
bueno, y tanatos, muerte), o como se
tiende a decir actualmente, “muerte digna”,
es la acción por la que no se evita o se
acelera la muerte natural de una persona
enferma gravemente y sin posibilidad de
curación. Es equivalente al término clásico
“homicidio por compasión”. No es este el
caso de Madeleine, en el que fue ella misma
la que, más o menos mediatizada por las
doctrinas de la DMD acerca de la inutilidad
de la vida en ciertos casos, se quitó la
vida activamente. Aquellos que asistieron y
colaboraron en su muerte pueden ser acusados
de colaboración al suicidio, no de
eutanasia. A pesar de ello, es precisamente
un editorial del diario El País,
verdadero promotor del caso, el que
relaciona directamente el caso de Madeleine
con la regulación de la eutanasia (El
País, 18-01-2007). Tras la palabrería
habitual del relativismo acerca de la
dulzura de la muerte consciente o las
libertades de elección en la vida, se
esconde en sus líneas el futuro que nos
tienen reservados aquellos que diseñan las
directrices amorales de la sociedad del
futuro: hay vidas de mayor calidad que
otras, hay vidas que no merecen ser vividas.
De momento, dan a elegir a cada uno (con el
adecuado “asesoramiento”) la posibilidad de
decidir si su vida vale la pena vivir, pero
no será siempre así, principalmente cuando
no exista la fuerza para defenderse, como
ocurre en el caso de las eutanasias
avoluntarias, cuando el médico o la familia
decide si un enfermo con su raciocinio
afectado debe o no vivir, al estilo del
tristemente célebre doctor Montes del
hospital de Leganés. A ese respecto es
sumamente revelador que en el mismo
editorial se ponga el caso del aborto como
ejemplo de las modificaciones legislativas
que se deben hacer.
El suicidio es la más negativa de las
pulsiones que un ser humano puede sentir.
Atenta directamente contra el más básico de
los principios de la Ley natural: la propia
supervivencia. Asimismo atenta contra el más
sagrado de los principios: la vida es de
Dios. Sólo Él puede darla y sólo Él puede
quitarla; tan pecaminoso es arrebatar la
vida ajena como acabar con la propia. Con
todo, cuando alguien siente ese impulso, la
caridad cristiana nos debe llevar a indagar
qué razones conducen a tan horrible acto. En
muchas ocasiones se trata de una pura
enfermedad, tanto psicológica como moral: la
depresión. En otras, el desprecio a la vida.
En ambos casos, la persona afecta pone en
riesgo grave la salvación de su alma.
El quid de la cuestión es si ante la
expresión del deseo de suicidio de otro,
debemos de ayudar a esa persona a superarlo,
llenando de contenido su vida, atendiendo a
aquello de lo que carece; en una palabra,
respondiendo al grito de desesperación que
supone que un ser humano quiera poner fin a
su vida, una interpelación directa que cada
uno de nosotros debe responder. Nuestra
obligación como cristianos es llevar a
nuestros semejantes a Cristo, no sólo
disuadiéndoles de tales pensamientos, sino
también descubriendo qué carencias le llevan
a tal situación, y compensándolas, siempre
con gran amor. Del mismo modo que como
personas hemos de cumplir esa obligación,
debemos hacerlo como sociedades, impulsando
asociaciones y leyes que ayuden realmente a
sobrellevar las enfermedades crónicas a las
personas afectas, de forma que se sientan
acompañadas y confortadas hasta el último
momento.
El camino fácil, la puerta ancha a la
perdición, es proporcionarles el arma para
condenarse cuando su ánimo vacila; ayudarle
a quitarse de en medio, para que no moleste
a los que vivimos vidas libres de
sufrimiento. Lo difícil, lo evangélico, es
caminar a su lado hasta el último momento,
sostenerle cuando desfallezca. Dios es
misericordioso, y puede perdonar a quién se
quita la vida llevado por la desesperación,
pero ¿cómo juzgará a quienes (desde simples
particulares a legisladores) pudieron
ayudarle cuando estaba desesperado y le
negaron su compasión, cerrando su corazón?
La eutanasia es enemiga de la medicina
paliativa, aquella que verdaderamente trata
de lograr una muerte digna a los enfermos
terminales, como lo prueba el caso holandés,
donde la implantación de la eutanasia legal
ha hecho casi desaparecer las unidades de
atención paliativa.
Es indicativo, para concluir este artículo,
citar las palabras de Emilio Ferreres,
presidente de ADELA en el reino de Valencia:
“Ha sido un tremendo palo. No entendemos a
los medios que hacen héroes a los que
suicidan y no a los que se levantan cada día
y luchan”. Una reflexión que debería hacerse
El País. Más interesante y revelador
es lo que sigue: “nos
ha sorprendido la noticia de su muerte, porque hace
poco ella no quería suicidarse, incluso nos
pidió un vídeo para ver películas en su
casa. En mi opinión, tomó la decisión en un
momento de bajón que los que estamos
enfermos comprendemos bien, porque la
sociedad a veces te deja de lado y es muy
duro el vacío y la soledad”. Esa es la
verdadera enseñanza, esa es la verdadera
reflexión que debemos hacernos todos. La
enfermedad crónica e incurable lleva consigo
episodios de depresión, en los que puede
haber ideación de muerte. ¿Vamos a
aprovecharlos para eliminar a los miembros
más débiles e inútiles de la sociedad, como
propugna DMD o El País, o vamos a ver
en ellos el rostro doliente de Nuestro Señor
y ayudarles?
El sueño de todo hombre antaño era morir en
su casa, rodeado de sus hijos y de sus
nietos, y con los auxilios espirituales
necesarios. Resulta verdaderamente triste
constatar como Madeleine alejó a su familia
de sus últimos momentos, decidió poner fin a
su propia vida y se rodeó de aquellos que la
indujeron y ayudaron al suicidio, dando la
espalda a Dios. La cultura de la muerte,
denunciada en tantas ocasiones por Juan
Pablo II, avanza y se impone en nuestra
sociedad. ¿Qué respuesta vamos a dar los
católicos a esto?
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