martes, 17 de octubre de 2006

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

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10 de enero de 2003. Opinión política. El futuro de la monarquía. por Carlos Ibáñez Quintana

     

 

«El presidente republicano debe su elección a un partido. Llega al poder condicionado por grupos de los que dependerá mientras ocupe el cargo. El rey solamente se debe a la ley sucesoria»

 

Consideramos que la Corona es un elemento fundamental en la Monarquía. Pero no el único. La Corona ha de ser colocada sobre el edificio de la Monarquía. Y la Monarquía es la sociedad estructurada en familias, municipios, profesiones, ... lo que se denominan «cuerpos intermedios». El sistema hereditario hace que el poder sea «perpetuo». La prevista sucesión permite la continuidad -necesaria para el buen gobierno de los pueblos- de quien ejerce la autoridad, sin interrupción de ninguna clase. Ya se comprende que por la herencia no llega al poder el mejor de los gobernantes posibles. Pero sí llega la persona que mejor preparación ha recibido para ejercer ese cargo, por el conocimiento del arte de gobernar que ha adquirido junto a su padre.

 

Entre el sistema republicano que cada cierto número de años (de cuatro a siete) coloca en el poder a un desconocido y el monárquico, que en cada generación eleva al trono al heredero que todos conocen, es preferible este último. Porque esa elección que se hace de un desconocido promocionado por los medios de comunicación no eleva al cargo al gobernante más apto. Ni siquiera a uno apto. Eleva «al que el pueblo quiere», según dicen los defensores de este sistema. Pero la realidad es que se elige al que han convencido al pueblo que tiene que «querer». En la monarquía se efectúa la sucesión sin traumas, luchas ni intrigas. En la república a cada acceso al poder le precede una lucha, una «campaña electoral». En la república el poder se «conquista». En la monarquía se «recibe». El presidente republicano debe su elección a un partido. Llega al poder condicionado por grupos de los que dependerá mientras ocupe el cargo. El rey solamente se debe a la ley sucesoria. Es decir: al pueblo que acepta esa ley. A todo el pueblo sin distinción. Eso supone que no depende de nadie en particular. Por eso la monarquía es el régimen ideal para mantener unidos a pueblos de distinta lengua, cultura e incluso religión. Para el caso de España es el régimen necesario. La unidad política de los distintos reinos medievales la hizo la monarquía. Los problemas de nacionalismos periféricos surgieron como consecuencia de las constituciones liberales que impusieron un modelo centralista.

 

El sistema hereditario es tan «democrático» como el electivo. Si en este el pueblo elige a la persona que quiere, en aquel ha elegido el sistema que ha querido. Cada nueva jura de heredero y sucesión es un respaldo que el pueblo da a sus reyes. Dios no designa a los gobernantes. Pero definida, por las leyes y costumbres de los pueblos, la persona que ha de gobernar, por el medio que sea, (elección en una república, herencia en una monarquía) recibe el poder de Dios. En la monarquía el poder se hace, «perpetuo» porque se apoya en una familia. Pero además, en la monarquía española, ese poder es «limitado» por los Fueros y por la ley de Dios. La monarquía absoluta es una falsificación de la tradicional.

 

Los tradicionalistas estimamos que el mejor sistema de gobierno para Es­paña es la monarquía. Pero tal como se entendió siempre en estas tierras. Repetimos: «Un»poder (el del monarca) «perpetuo» (radicado en la familia real) y «limitado» (por la ley de Dios y por los fueros). Otra cosa ya no es lo que defendemos. Por eso estamos empeñados en la protección de la familia, la restauración de las autonomías municipales y de los Fueros, la limitación de los poderes del Estado (hoy absolutos y tiránicos)... etc., que constituyen el fundamento de la Monarquía. Y vemos que el régimen monárquico es hoy más necesario que nunca. Por tanto, de actualidad.

 

El poder absoluto y tiránico que han adquirido los grupos económicos, solo puede ser contrarrestado por un poder político fuerte e indiscutido, como lo es la Monarquía.

 

Somos conscientes de la dificultad de restaurar la Corona que remate la sociedad por la que luchamos. No existe la familia con la que el pueblo español pueda reanudar el pacto de gobierno. Y vemos muy difícil encontrarla, una vez que en D. Alfonso Carlos se extinguió la sucesión varonil de D. Carlos V. Pero como la monarquía tradicional española es el régimen político que mejor va a España, tenemos que proclamar con nuestra palabra lo que nuestros mayores defendieron con las armas.

 

Por ahora tenemos bastante trabajo con organizar un movimiento político que influya en la sociedad, de manera que se logre la restauración necesaria para que haya una monarquía. Eso nos llevará unos años. Cuando lo hayamos logrado será el momento de plantear el problema. A nosotros no nos corresponde hacerlo pues no somos profetas, sino políticos. No olvidemos que dice el Evangelio que cada día tiene su propio afán. ¿Podría ser la solución una república presidencialista o una regencia vitalicia electiva? No como solución ideal sino como la única posible en este momento. Del mismo modo que a los desplazados se les aloja en tiendas de campaña. Y eso hasta que las circunstancias cambien, que pueden cambiar y se pueda volver a la Monarquía Tradicional. De todas formas, cualquiera que sea la modalidad adoptada, sería indispensable prever un mecanismo de designación adecuado, de modo que en la persona designada concurran, en lo posible, las circunstancias de independencia y experiencia de que goza el Rey.

 

 

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