|
Desde el principio, todas las
reivindicaciones tomaban como barómetro o
punto de referencia los derechos del hombre:
¡Pedimos el derecho al voto como los
hombres!, ¡un trabajo remunerado como el de
los hombres!, etc. Según se iban logrando
objetivos, se pedía más y más, hasta que se
ha llegado a un punto en el que se entra en
conflicto con la diferenciación sexual más
obvia. La mujer rechaza la carga de la
maternidad porque los hombres no la tienen.
Reivindica su derecho a un embarazo
optativo, a "ser dueña de su cuerpo",
a desarrollar su personalidad y sus
aspiraciones sociales y económicas, "a
realizarse" como dicen, antes de ser
madre. El movimiento feminista ha terminado
por rechazar lo más característicamente
femenino y por frustrar la vocación natural
de la mujer.
De esta manera el "Feminismo"
ha terminado por defender una doctrina mucho
más machista que cualquiera de las culturas
y sistemas ideados por los hombres. Así es,
pues no existe mayor elogio que la
imitación. Si una persona admira tanto a
otra que trabaja y se esfuerza para llegar a
parecerse a ella, y se hace violencia a sí
misma para conseguir ponerse a la altura de
su modelo, ¿no está dando la mayor prueba de
admiración que existe?
La mujer es diferente del
hombre
En esta discusión se ha
llegado a una confusión tal que es necesario
empezar por establecer la definición de los
términos.
El ser humano, en sentido
general, se define como animal racional.
Animal porque posee un cuerpo con
necesidades materiales; racional porque
posee un principio vital de numerosas
facultades, que están o debieran estar
subordinadas al más perfecto modo de
conocimiento que tienen los seres
materiales, el conocimiento racional.
Ahora bien, el ser humano
como tal no existe, no es más que el nombre
de la especie, que se singulariza o
materializa de múltiples maneras, ninguna de
las cuales constituye en su esencia al
hombre. Una de esas concreciones
accidentales es el sexo. Ya Aristóteles se
preguntaba cuál es la importancia de esta
característica para el ser humano. La
respuesta que da en su Metafísica no
puede ser más clara:
Las contrariedades que están
en el concepto producen diferencia
específica, pero las que están en el
compuesto con la materia no la producen. Por
eso del hombre no la produce la blancura y
la negrura, y no hay diferencia específica
entre hombre blanco y hombre negro... El ser
macho y el ser hembra son ciertamente
afecciones propias del animal, pero no en
cuanto a su substancia, sino en la materia y
en el cuerpo.
En otras palabras los sexos,
como el color de la piel, son para él algo
de la materia, no de la forma o de la
esencia del hombre. Hombre y mujer cuentan
con los dos elementos, cuerpo y razón, que
los definen como seres humanos.
Sin embargo, al estar alma y
cuerpo substancialmente unidos, nada tiene
de extraño que el ser mujer u hombre
conlleve diferencias accidentales en ambos
elementos: la anatomía -y la simple
evidencia- enseña que el cuerpo del hombre
no es igual al de la mujer y que cada uno
está capacitado para funciones muy
distintas. Por su parte, de manera mucho
menos probatoria y clara, basándose sólo en
la estadística, la psiquiatría explica que
los procesos mentales de la mujer y del
hombre difieren, pero que ambos pueden
llegar a las mismas conclusiones y
desarrollo, pues aunque sean distintos sus
métodos, poseen la misma capacidad.
El último término de esta
controversia es la palabra "diferente".
Quiere decir desigualdad, disparidad entre
dos o más elementos. Pero no implica que uno
sea mejor que otro. Es un adjetivo relativo,
no cualitativo; sólo designa la no identidad
de algunos aspectos accidentales entre
hombre y mujer, pero no conlleva un juicio
de valor sobre el sustantivo al que
acompaña. Además, expresa una relación
recíproca entre los dos términos: si uno es
diferente de otro, éste será también
diferente de aquél. En cambio, si uno fuera
inferior a otro, éste no sería inferior a
aquél.
Entender que la proposición
"la mujer es diferente del hombre" es lo
mismo que "la mujer es inferior al hombre"
constituye un salto sofístico sin fundamento
lógico. Este error que comete el "Feminismo"
moderno, debiera llevarnos a dudar de la
bondad de su fundamento.
Admitida, pues, la esencial
identidad de hombre y mujer se entiende
también la identidad de su fin o destino,
que no es otro que la salvación. Este punto
es fundamental para entender la postura de
la Iglesia Católica en esta cuestión que,
por su virulencia, ha dado en llamarse "la
guerra de los sexos". Los Mandamientos de la
Ley de Dios son comunes para todos los seres
humanos, no existen los Diez Mandamientos
del Hombre ni los Diez Mandamientos de la
Mujer; son los mismos y han de obedecerse
cada uno en su estado y condición. Las
Bienaventuranzas, las Virtudes y los Vicios,
el Cielo y el Infierno son los mismos para
ambos sexos. Ante el Juicio de Dios, los
hombres y las mujeres son iguales.
Deber de estado
Sin embargo, cada uno debe
perseguir el mismo fin último según su
vocación y según las condiciones que Dios le
ha dado. En otras palabras, cada cual tiene
que atender a su deber de estado. ¿Qué tiene
que ver con esto la diferencia sexual? Si no
me equivoco, tal disparidad, desde el punto
de vista de la doctrina católica estricta,
sólo tiene que ver con la vocación religiosa
y con el matrimonio. En lo demás la Iglesia
no parece meterse: que una mujer quiere ser
general de carabineros, albañil de primera o
levantadora de pesos en una feria, allá
ella. Con tal de que se guarde la decencia
necesaria no pone más inconvenientes la
doctrina cristiana más inconvenientes que
los que ofrecerá la propia naturaleza.
El auténtico problema reside
en el matrimonio y en la familia que es
donde se plantea con toda su crudeza la
llamada "guerra de los sexos". Ahí es donde
se confluyen todos los factores arriba
enumerados, hasta que por remota influencia
marxista se ha acabado por concebir la
complementariedad matrimonial como
enfrentamiento similar a la lucha de clases.
Y para concebir adecuadamente
el problema que a diario viven los
matrimonios, entre el trabajo de los
cónyuges, o de uno de los dos, fuera de casa
y las tareas domésticas, creo que basta con
enunciar el principio fundamental al
respecto: nadie está obligado al matrimonio,
pero una vez casados su obligación de estado
ya no es la de la profesión, sino la que se
sigue de su condición de casados (a no ser
que un bien mayor exija otra cosa).
Esto se complementa con otra
idea muy contraria al espíritu moderno: el
éxito personal entendido como reconocimiento
público de la labor individual es ilícito
perseguirlo por sí mismo, y más aún en el
caso de que ello perturbe el fin de los
casados.
Para entender esta doctrina,
que podría servir de fundamento a un
"Feminismo" cristiano, no es malo recordar
por qué, con independencia de las corrientes
hoy jaleadas por los medios de comunicación,
la familia y dentro de ella las tareas de
procreación y educación de la prole deben
prevalecer sobre los intereses individuales
de los cónyuges.
La familia, célula de la
sociedad
Uno de los principios
fundamentales de la doctrina tradicional es
el de defender la supremacía de la sociedad
sobre el Estado que suele resumirse en el
conocido lema "Más Sociedad y menos Estado".
El Estado no es más que la organización de
la sociedad y debe servirla, no al revés.
Queda así reconocida la primacía natural del
hombre sobre el Estado.
A su vez, el hombre, que es
un ser sociable, ordena sus relaciones en
varios órganos o cuerpos intermedios a
partir de la familia. Es en la familia donde
se forman los individuos que integran la
sociedad y el Estado. Es decir, la familia
es la base de la sociedad y de toda su
organización, incluyendo, en último término,
al Estado.
Si la familia juega ese papel
fundamental en la sociedad, entonces,
siguiendo el orden natural establecido por
Dios, la doctrina tradicional reconoce la
importancia de la mujer. Por obvias
necesidades primarias es la madre la que
está más cerca del hijo en los primeros años
de vida. Y todos los psiquiatras, psicólogos
y pedagogos coinciden en afirmar que estos
primeros años son decisivos en la vida de
cada persona. Es el período en que se
adquieren las nociones generales del mundo
en el que han de vivir, cuando se aprenden
unos principios morales básicos según los
cuales se ordenará la educación y se
adquieren unos primeros hábitos con los que
se conformará la personalidad del hijo.
Durante estos primeros años
que se pasan en el hogar se ponen los
fundamentos de toda educación de cada
individuo que el día de mañana integrará la
sociedad y el Estado. Los niños de hoy son
el futuro de cada nación. Es decir, la
educación es una cuestión fundamental para
la sociedad y el estado. Así lo afirma
cualquiera al que se le pregunte, y de
hecho, ésta es la razón de que los programas
educativos sean uno de los puntos de debate
constantes en los programas políticos.
Falta de valoración social
Sin embargo, el educador, el
responsable de esa importante tarea, no
recibe esa consideración. Los mismos que
reconocen la importancia de la educación
afirman poco después que la mujer debe ser
rescatada de la esclavitud que supone
ocuparse de la formación de sus hijos. No se
dan cuenta de que caen en una flagrante
contradicción: la educación y formación es
una labor necesaria y excelsa pero la
mujeres que se dedican a ello son
despreciadas por la sociedad. Algo tan
absurdo como si pretendiéramos llegar justo
a tiempo de salvar a un príncipe de ser rey
o a un obispo de ser Papa.
¿Por qué es valorada una
profesora que enseña un área especializada
de conocimiento a muchos alumnos unas horas
a la semana y en cambio, esa misma mujer
cuando dedica muchas más horas a la
formación integral de su hijo sobre todos
los aspectos de la vida sólo recibe
desprecio, más o menos velado? Y no digamos
en el caso de las madres que no trabajan
fuera de casa.
El criterio nace en parte de
razones económicas, pero sobre todo en la
búsqueda del éxito: la mujer que tiene una
profesión fuera de casa recibe un salario y
cómo tal, es tomada en consideración por la
sociedad. En cambio, las horas que dedica a
su familia no las remunera nadie y no
cotizan en la Seguridad Social, por tanto la
sociedad no las valora. Y lo grave es que no
sólo la sociedad, sino ella misma sólo se
"siente realizada" cuando desempeña su
profesión y todo el tiempo que emplea en sus
obligaciones como madre y esposa y ama de
casa le parecen horas robadas a su verdadera
función.
Las causas de esta alteración
de valores son múltiples: entre ellas, la
ñoña conciencia romántica que en el siglo
XIX (del que nada bueno ha salido) hizo de
la mujer un objeto débil, decorativo y algo
tonto. A ello se unió en esa misma época la
transformación social que produjo la
concepción política que centralizó todo el
poder en manos de un todopoderoso Estado. La
educación estatalizada llevada a cabo contra
la Iglesia y las prerrogativas de los
padres, el trabajo asalariado propio del
capitalismo, la valoración suprema del éxito
individual nacida de la sociedad
protestante; todo ello contribuyó a
despreciar las tareas propias del hogar y a
la vocación familiar.
De todas estas obligaciones
el hombre se liberó creyendo que con traer
el salario a casa y mantener económicamente
a la familia ya cumplía con sus deberes de
estado. Además, todo el tiempo que no
dedicaba a su profesión, procuraba emplearlo
en cultivar una vida social completamente
ajena al entorno familiar.
Quizá el ejemplo más
expresivo sean los Clubes ingleses del XIX...
No es simple casualidad que precisamente en
la Inglaterra del XIX donde triunfó el
movimiento Feminista, que utilizó como
pretexto el derecho al voto de las mujeres.
Si el hombre había podido liberarse de todas
esas tareas que él mismo había conceptuado
de denigrantes, la mujer reclamaba el mismo
derecho: los hijos quedaban a cargo de
institutrices o de internados, la casa la
atendía el servicio –naturalmente, esta
"liberación" sólo podían conseguirla los que
tenían recursos económicos suficientes- y
los cónyuges quedaban libres para
"realizarse" y cultivar sus intereses, cada
uno por su lado. La sociedad se horrorizó de
los resultados de su propia actitud: el
desprecio de las obligaciones que conlleva
el matrimonio conducía irremediablemente a
la destrucción de la familia. De ahí la
reacción airada de los políticos y de los
prohombres de la Inglaterra del XIX.
"Feminismo" católico
Contra estos valores y usos
sociales erróneos, el "Feminismo" se propuso
como la solución.
Desgraciadamente el término
feminista está tan corrompido que todo el
mundo lo asocia con esas reivindicaciones
antinaturales y contrarias a la moral que
terminan necesariamente en el rebajamiento
de todo aquello que es característico de la
mujer. Es decir, la solución es peor que el
problema.
Todos los que no están de
acuerdo con exigencias tales como el aborto,
rechazan esa postura extrema, pero se
contentan con un "Feminismo" aguado, sin
base doctrinal definida. Es ese "Feminismo"
vergonzante, pues ni siquiera admiten la
etiqueta de "Feminismo", que se limita a
celebrar el "Día de la Mujer trabajadora"
-el 8 de Marzo- o exigir un porcentaje de
candidatas femeninas en las listas de los
partidos -lo cual en realidad es denigrante,
pues ocupan esos puestos por ser mujeres, no
porque sean capaces de desempeñarlo: un
recurso propagandístico más - y que
contabiliza como éxito importante el lanzar
una campaña de carteles con el lema "A
partes iguales".
Estas dos versiones del
"Feminismo" son incorrectas, aunque en
distinto grado, pues la extrema es activa,
la intermedia es pasiva.
Pero debe existir una
respuesta correcta a este problema. Y es una
tercera postura, que aún no está articulada
como tal, incluso ni siquiera tiene nombre y
que, provisionalmente, podría llamarse
"Feminismo" católico o tradicional.
Este "Feminismo" Católico
consiste en aplicar el principio cristiano
de igualdad entre ambos sexos a la sociedad,
poner en práctica la doctrina de la Iglesia
Católica. Debe centrarse en defender a la
familia, pues ha sido el objeto principal de
los ataques, tanto por parte del desprecio
de una sociedad individualista y
economicista, como por parte del "Feminismo"
extremo que rechaza la maternidad y las
obligaciones que conlleva, porque
precisamente ésa es la característica que
diferencia a la mujer del hombre.
Por tanto, es necesario
desterrar todo ese desprecio social,
comenzando por los complejos inconfesados de
las propias mujeres. Dos caminos deben
seguirse: el primero consiste en reivindicar
y difundir la valoración positiva de la
maternidad, la dedicación a la formación los
hijos y las tareas del ama de casa en la
sociedad actual; y el segundo, en transmitir
estos mismos valores católicos a los niños y
jóvenes de hoy, que serán la sociedad del
mañana .
La relevancia de esta defensa
sólo se calibra adecuadamente si se tiene en
cuenta que la consecuencia inmediata de la
denigración de la institución familiar es la
desaparición del orden social católico.
|