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El caso se resolvió en los juzgados con la
permisividad hacia dicha prenda por parte
del tribunal. En Italia el denunciante fue
un conocido líder musulmán, tristemente
célebre por declararse ofendido públicamente
por la exhibición del crucifijo cristiano,
al que muy irrespetuosamente tildó de
“cadáver clavado”. Semejante intolerante
solicitó a un juez que se prohibieran los
símbolos cristianos en las aulas públicas.
El juez le dio la razón en base a la
igualdad de todas las religiones recogida
por la laica constitución de la república
italiana. La reacción de las instancias
públicas y privadas ante el ataque del juez
a una costumbre tradicional en Italia ha
llevado a un recurso ante el tribunal
supremo aún por resolver.
Sin embargo el caso francés ha sido el más
significativo. En este caso ha sido el
propio gobierno el que ha tratado de tomar
alguna medida para prohibir el uso del velo
por las muchachas musulmanas que acuden a
los centros de enseñanza públicos en un país
con un elevado porcentaje de inmigrantes
musulmanes provenientes sobre todo del norte
de África. La razón argumentada es la misma
de España: el velo exterioriza el
sometimiento de la mujer al varón, opuesto a
las leyes de igualdad de la república
francesa. Los musulmanes se defienden
afirmando que forma parte de sus creencias,
al recogerse dicha costumbre en el Corán.
Aprovechando la circunstancia el gobierno
francés, por medio de una supuesta comisión
multirreligosa (habría que ver a los
representantes, vistas las conclusiones de
la comisión), que recomienda prohibir las
manifestaciones religiosas personales de
cualquier índole.
Nótese como lo que inicialmente se trata de
una repulsa a un abuso por cuestión de
género se convierte por arte de magia en una
restricción de la libertad religiosa. Las
protestas no se han hecho esperar y el
presidente Chirac ha tenido que salir a la
palestra para matizar la propuesta de ley
con argumentos tan absurdos como que los
símbolos que se prohibirán serán los
ostentosos, y no los discretos. No han
tardado en aparecer los chuscos que han
solicitado al señor presidente que indique
los centímetros máximos que puede medir un
crucifijo para no ser considerado ostentoso
en el pecho de un joven (o jóvena, que diría
la impagable señora Romero de González) por
la nueva policía política del laicismo.
Leo en el diccionario la definición de
laicismo: “doctrina que defiende la
independencia del hombre o de la sociedad, y
más particularmente del estado, de toda
influencia eclesiástica o religiosa”.
Habitualmente se nos vende la concepción de
laicismo como la de una neutralidad del
estado frente a todas las ideas religiosas,
permitiéndolas y respetándolas por igual,
negando privilegios a ninguna. Sin embargo
esta imagen “tolerante” del relativismo (del
que el laicismo sólo es una versión) se ve
truncada ante la ley con que el gobierno
heredero de la Revolución por excelencia
reprime la libertad religiosa. Ya no se
trata de una neutralidad. El estado toma
ahora partido por una creencia religiosa: el
agnosticismo, o mejor dicho, el ateísmo o
negación de Dios, por el ataque a la
religión que supone esta medida. Pese a que
la minoría musulmana en Francia es
creciente, la mayoría del país es católica y
evidentemente no tiene ninguna tradición que
pueda ofender a ningún occidental, ya que la
mayoría de la cultura occidental tiene
raíces cristianas. Es a esa mayoría a la que
va dirigida esta indisimulada bofetada.
Creer en la inocencia de esta ley es pecar
de una ingenuidad intolerable. El velo ha
sido la excusa para que los liberales
franceses expulsen a la religión católica de
las escuelas públicas, no sólo en las aulas
(que ya lo está desde 1791) sino también de
la indumentaria personal de los alumnos.
Usar el machismo musulmán o el rechazo que
genera en occidente el Islam desde el 11-S
es una pobre pantalla. Es evidente que
ningún escándalo se hubiese generado si las
muchachas musulmanas llevaran bordado en el
vestido un versículo del Corán en árabe,
aunque proclamara la destrucción de los
infieles (que los hay), pues nadie lo
entendería, salvo los musulmanes, que no lo
criticarían.
Dicha costumbre machista del velo podría
haber sido prohibida desde el punto
puramente de género, pero el gobierno
francés ha tomado el derrotero religioso y
sabe muy bien porqué. Nuevamente los
católicos somos un poco más marginados, un
poco más perseguidos. Ahora en Francia los
alumnos de las escuelas públicas deben
llevar sus signos religiosos ocultos a la
vista de los demás. ¿Qué se diría de un
estado confesional cristiano si obligara a
los seguidores de otras religiones o a los
ateos a ocultar sus creencias o sus símbolos
religiosos? Sin duda se convertiría en un
gran escándalo por parte de los modernos
relativistas y “progres” de todo pelaje.
Pues eso es exactamente lo que se propone
hacer el gobierno francés ante la
complacencia, cuando no el aplauso, de los
medios de comunicación públicos y privados.
Bien saben los hijos de la revolución que,
junto a los medios de comunicación, el otro
pilar de la destrucción de los valores de la
sociedad cristiana es la escuela, donde la
expulsión de Dios produce un efecto más
tardío pero mucho más duradero. Es por eso
que es en la escuela donde el gobierno
liberal va a plantear la batalla más dura
contra la Iglesia y Dios. Este paso dado en
Francia es otro hito más en esa dirección.
No queda otro remedio que aceptar que detrás
de leyes y sentencias tan aparentemente
casuales que van en la misma dirección en
diversos países tradicionalmente católicos
hay una voluntad anticristiana. El hecho de
que Chirac (como D´Estaign, el padre de la
constitución europea anticristiana, y tantos
otros políticos franceses) sea masón puede
ser considerado accesorio por muchos
incautos, pero resulta ya difícil no verle
una relación, dado que la masonería no tiene
ningún reparo en asumir públicamente que
persigue la abolición de la Iglesia de
Cristo.
Leo la definición de jacobino: “dícese del
individuo perteneciente al partido político
revolucionario francés más demagógico,
exaltado y sanguinario”. Esta definición me
cuadra más. |