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Introducción
¿Es Europa algo más que un hecho jurídico?
¿algo más que una definición geográfica?
¿algo más que un montón de papeles? ¿existe
una identidad europea? ¿ha existido alguna
vez? ¿cuándo nació Europa? ¿es Europa algo
más que la voluntad coyuntural de algunos
políticos de los siglos XX y XXI? ¿dónde
empieza y dónde termina Europa? ¿qué es lo
que empieza allí donde Europa termina? ¿qué
ciudad debiera ser su capital? ¿hasta dónde
llega la tierra europea? ¿por qué son
europeos los bosnios musulmanes? ¿por qué
son europeos los canarios? ¿por qué no son
europeos los blancos estadounidenses? ¿por
qué no son europeos todos los rusos? ¿son
europeos los esquimales? ¿son europeos los
gitanos?
Estas y algunas otras preguntillas
intrascendentes son las que me vienen a la
cabeza al pensar sobre Europa como
“comunidad de valores y orden jurídico” y en
las dos o en las mil caras en que se
descompone. Hagamos algunas reflexiones
haciendo cinco estaciones en la Historia
para tratar de llegar a alguna conclusión.
Europa es un continente... Bueno, un
subcontinente
La prehistoria. Dentro de las tierras
emergidas Europa no es más que el gran
apéndice occidental del gran continente
euroasiático. Es una “península de
penínsulas” caracterizada por una enorme
diversidad geográfica. Antes del Neolítico y
mucho tiempo después aquella variedad
geográfica era variedad de lenguas, razas,
culturas, formas de vida, etc. ¿En qué
momento alcanzan las tierras de este
subcontinente algo parecido a la unidad? La
respuesta no solamente afecta a Europa sino
a tal cantidad de tierras cartográficamente
extraeuropeas que es fácil volver a insistir
en lo que ya sabíamos: que Europa es algo
más que un continente. Groenlandia, Turquía,
Las islas del Atlántico, toda Rusia, el
norte de Africa, y de alguna manera todas
las ex-colonias europeas son o han sido de
una u otra forma tan “europeas” como
Estrasburgo. Es importante recordar los
tremendos problemas de coherencia geográfica
que surgen cuando intentamos hacer mapas de
Europa. ¿Por qué íbamos a decir “Europa, sé
tu misma” si Europa fuera sólo un
continente? Nadie le dice “sé tu misma” a
una piedra. Si le pedimos que sea ella misma
es porque reconocemos que hay algo más.
Roma no era la capital de Europa
Roma. La romanidad no inventó Europa. El
imperio de los romanos supo aglutinar
pueblos diversos bajo la tolerancia del
panteón pagano y mediante la mano dura del
Derecho y las legiones. Pero aquellos
pueblos que por las buenas o por las malas
tuvieron su capital en la ciudad eterna no
se hicieron europeos sino mediterráneos. Los
de la orilla norte eran europeos según los
criterios de la geografía física aunque ese
detalle decía poco en aquel tiempo. Había en
el mundo clásico romanos muy romanos en
Anatolia y en Hispania. Lo mismo de romanos
en Túnez que en Croacia. Cuando llegó el
momento de la división en dos de aquel gran
imperio no se separaron los Europeos de los
Asiáticos; ni los Europeos de los Africanos.
Todo el imperio se desgajó en dos partes:
Oriente y Occidente; Roma y Bizancio. Ambas
partes igualmente “europeas”, ambas
igualmente mediterráneas. El latín se había
extendido hacia el norte, lo mismo que hacia
el sur; y no pasó de los “limes” del Rin y
el Danubio: le faltaba todavía mucho para
llegar a ser la “lengua europea” que mucho
después llegaría a ser.
Tampoco los cristianos pensaban en Europa
El Cristianismo. En el tiempo que va desde
la caída del Imperio Romano de Occidente y
la expansión fulgurante del Islam los
misioneros cristianos ocuparon y
sobrepasaron con creces las fronteras del
viejo mundo grecorromano. Eran transmisores
de un Evangelio llamado a impregnar todas
las culturas y que no trataba por ello de
establecer una única cultura común. La
Cristiandad, conjunto de pueblos
cristianizados, - incluidos los que fueron
víctimas de las herejías de moda como el
arrianismo -, crecía por el norte entre los
pueblos bárbaros, y si algo detenía su
avance por el sur era el desierto africano.
En Armenia, en Egipto, en Túnez, hasta en la
India... cristianos como San Agustín vivían
con los mismos valores, los mismos ideales y
los mismos problemas que sus hermanos de la
Europa más europea. Tampoco fue la
Cristiandad la que inventó Europa. Después
de la Resurrección de Jesús la noticia
evangélica se encaminó lo mismo a Oriente
que a Occidente, al Norte que al Sur, a
Europa que a los demás continentes. Santiago
el Mayor, el apóstol del “primer itinerario
europeo”, ni pretendió ni dejó de pretender
la unidad cristiana de Europa. San Pedro
acabó sus días en Roma buscando desde la
Urbe simplemente una mayor eficacia en su
predicación. Era la capital del mundo -no de
Europa- y es por eso que se afincó allí la
cabeza de la Iglesia.
¿Es el Islam el padre de Europa?
El Islam. Y llegamos por fin al punto en el
que trataremos de explicar el título que
encabeza la comunicación y el capítulo. Ahí
va una batería de preguntas que desemboca en
una única respuesta. ¿En qué momento
histórico la Europa geográfica llegó
prácticamente a coincidir con la Europa
cristiana? ¿Qué fenómeno es el que casi
borró el cristianismo al sur y al este del
Mediterráneo? ¿Por qué la expansión natural
de los misioneros europeos continuó hasta
los confines del Círculo Polar y se adentró
entre los pueblos eslavos pero retrocedió y
no pudo avanzar ni por Africa ni por Oriente
medio? ¿Qué es lo que obligó a los
cristianos a permanecer asentados y como
“encerrados” en el subcontinente europeo sin
posibilidad de expandirse por Persia, por la
India, por China? ¿Qué obstáculo presente en
las fronteras al sur y al este de Europa no
pudo impedir en cambio la evangelización de
todo el continente Americano? ¿Por qué la
conquista y colonización de América supuso
de forma natural su paralela evangelización?
¿Por qué América e incluso Oceanía son
considerados parte de “Occidente”? La
respuesta es siempre el Islam. El Islam
entendido no sólo como la religión de los
musulmanes; no sólo como una doctrina que
pretende ser superación del cristianismo y
culminación de la Revelación; no sólo como
unas creencias o ritos diferentes a los de
los cristianos. Es el Islam como concreción
política, territorial y casi nacionalista de
una filosofía de vida. Es el Islam real y
concreto que arraigado en las fronteras de
Europa hizo que la Cristiandad se
identificara sobre el mapa - de hecho y a la
fuerza- con el continente Europeo. Es el
Islam, un enemigo común al que la Europa
acorralada y frustrada se enfrentó en la
Reconquista española, en las Cruzadas, en
Viena, en Lepanto. Es el Islam, padre a su
pesar de la Europa cristiana.
Europa, Laicista o Creyente, es siempre
“Católica”
La Expansión Misional. La vigorosa y rápida
propagación del Islam en sus primeros años
contrasta con su posterior estancamiento.
Estancamiento que afecta no solo al dominio
territorial sino también al desarrollo
social, cultural, literario, artístico y
científico de los países musulmanes. En
cambio la expansión de Europa en todos los
órdenes hizo que pasando por encima del
mundo islámico -y haciéndolo retroceder en
ocasiones como en España o en Grecia-
evangelizara América, dominara todos los
mares, conquistara y explotara las riquezas
de medio mundo convertido en colonias...
Todo ello, incluso con lo que conlleva de
pecado (herejías, abusos, injusticias,
opresión, guerras, liberalismo, filosofías
apóstatas...) demuestra la fecunda y
auténtica vocación “católica” de Europa. Un
catolicismo o universalismo que impelía a
los europeos a misionar o a conquistar, pero
siempre a expandirse. Inquietos en sus
pequeñas penínsulas, consumidos en guerras
intestinas y abrumados por una riqueza
cultural y material desbordante, los
europeos inventaron la globalización
católica, la universalidad. Los que tenían
fe no luchaban por una cristiandad europea
sino universal. Y lo más sorprendente es que
los que a partir del siglo XVI fueron
trastocando o perdiendo esa fe cristiana por
culpa de las revoluciones protestantes y
liberales ni trastocaron ni perdieron ese
anhelo de universalidad que había sido
inculcado en ellos por los primeros
evangelizadores de Europa.
Conclusiones
Creo que puedo explicar el tratamiento
conjunto e indiferenciado que acabo de hacer
de creyentes y apóstatas; de jacobeos y
jacobinos; de la Iglesia y la masonería. En
ese sentido la Europa de los últimos
doscientos o tal vez quinientos años es una
permanente guerra civil; tiene dos caras,
una cara y una cruz antagónicas,
enfrentadas, que se simultanean y que luchan
por conseguir la hegemonía y el control de
toda Europa y sus pueblos diversos. Cuando
se habla de la unidad de Europa es preciso
hablar de su identidad, de sus raíces.
Pasaron los intentos de basar la unidad
europea en la fuerza, o en una etnia o
cultura. El debate es ahora más profundo y
por eso no es casualidad que se haya
convertido recientemente en cuestión
fundamental la inclusión o no de una
referencia a las “raíces cristianas de
Europa” en el proyecto de constitución
europea. Los espíritus despiertos saben que
una vez alcanzada la unidad formal de
Europa, el que sea su identidad cristiana o
sea pagana, creyente o laicista, realista o
relativista será fundamental a la hora de
prolongar en uno u otro sentido esa idea de
expansión que de manera vocacional llevan
dentro de sí todos los europeos. Saben que
no sería igual la expansión misional de una
“nueva evangelización” (que todavía podría
tener un puntal en la Iglesia europea), que
esa otra especie de expansión misional del
laicismo que es capaz de infiltrarse incluso
en las clases dirigentes de muchos países
árabes y que hace soñar a algunos con la
inclusión de Turquía y otras naciones
islámicas en un gran conglomerado
relativista.
La batalla pues continúa. Europa sigue
siendo - como nos enseña la historia que
hemos repasado- esa parte del Planeta que
está ocupada por cristianos y postcristianos
y rodeada por países musulmanes. Europa
sigue siendo una comunidad de naciones en
búsqueda de su identidad. Dependiendo de la
respuesta que seamos capaces de dar a esa
identidad Europa será de una u otra manera.
Europa será ella misma o será otra cosa. Y
con ella todas las demás partes del mundo.
Esa y no otra es la grandeza de Europa.
Francisco Javier Garisoain Otero
Revista Arbil. Nº 89
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