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Detrás fueron los cuerpos intermedios de la
sociedad: las universidades, politizadas, y
sus enseñanzas, tuteladas por los
ministerios de educación; los gremios y
colegios profesionales cercenados en sus
atribuciones y vigilados continuamente como
si fuesen criminales en busca de
privilegios; los sindicatos infiltrados por
corrientes ideológicas de izquierdas o
directamente por grupos mafiosos, de modo
que ahora tenemos sindicatos que anteponen
sus proyectos políticos y sus beneficios
personales a la defensa de los trabajadores
que dicen representar; las asociaciones
culturales o benéficas, constreñidas a negar
públicamente su representatividad social;
las cajas de ahorros asaltadas y convertidas
en financieras y pesebres de los partidos
políticos.
Así el Estado se hace con el control de la
sociedad, que pierde su poder de influir por
medio de sus asociaciones naturales en el
curso de la política. Para articular mejor
el dominio del estado por las minorías se
crea el parlamento liberal, donde los
representantes del pueblo se encuadran en
partidos políticos que marcan su voto.
Posteriormente el rey, cuyo atributo más
precioso es el de ser el juez imparcial de
todos, es despojado de su poder real o
directamente derrocado. Ahora los poderosos
ya pueden manipular a su antojo a los
tribunales y los políticos, pues ningún
poder está por encima de ellos.
Posteriormente el patriotismo, que unía a
todos los españoles de bien, tanto a un lado
como a otro del Atlántico, en una misma
religión y cultura, fue dinamitado: la
España americana no sólo se separó, sino que
se fragmentó en decenas de unidades siempre
en guerra una contra otra, siempre divididas
pese a ser hijos de una misma Madre, pobres
y débiles: fácilmente manejables. El mismo
modelo se importa para España desde hace un
siglo: fragmentarla en regiones enfrentadas
unas a otras bajo el espejismo de tener un
estado propio cada una. Acabar, al fin, con
la Hispanidad.
¿Qué le queda a la Revolución para triunfar
definitivamente y dejar desarmado al
ciudadano, frente a frente al estado, sin
institución alguna que le pueda proteger? No
cabe duda alguna: la familia. La familia es
la más antigua y básica de las células
sociales, la que componen los padres y sus
hijos. Los lazos de afecto y fidelidad que
los familiares expresan unos por otros son
los más sólidos que existen. Para romper
esos lazos no basta con la propaganda y el
adoctrinamiento: hay que demoler la familia
como institución.
Es evidente que para destruir la familia el
medio más sencillo y eficaz es romper su
piedra angular: el matrimonio. El matrimonio
es la primera y mayor de las instituciones
naturales. 30 siglos de vida le contemplan y
es anterior a estados y códigos civiles. El
matrimonio, la unión de un hombre y una
mujer para engendrar y criar a los hijos es
la causa y razón de que pueda existir la
sociedad, así de sencillo. Todos los códigos
civiles, desde el de Hammurabi, han regulado
el matrimonio y sus condiciones, le han
conferido protección legal y beneficios en
reconocimiento de una institución previa al
estado y que es la más benéfica para la
sociedad, cuanto que es la base de la misma:
la transmisión de vida, de valores, de
tradiciones, de cultura, de religión y de
modelos sociales. Los códigos legales pueden
proteger más o menos el matrimonio, pero no
pueden modificar su estructura puesto que
esta es anterior a la existencia de
cualquier estado o código civil. El
matrimonio se acepta o no como tal, pero no
se puede adulterar.
Por último, como expresión de su mayor
perfección, Jesucristo consagra el
matrimonio de hombre y mujer, indisoluble y
bendecido a los ojos de Dios como
institución sacra. La institución natural
elevada a sacramento.
Estamos inmersos en el último asalto: el
asalto a la familia, el asalto al
matrimonio. La revolución sólo halla ante sí
ese obstáculo para dominar definitivamente
al hombre. El gobierno actual, socialista en
el papel, laicista y anticristiano en su
sustancia, se ha lanzado concienzudamente a
esa tarea. En menos de un año ha preparado y
aprobado varias modificaciones a la ley de
matrimonio civil que suponen el mayor ataque
a la familia jamás practicado por gobierno
alguno en la historia de España. La excusa
ha sido la presunta ampliación de derechos y
de igualdad de los invertidos. Las
asociaciones gay han jugado de mil amores el
papel de ariete, ya que se hallan inmersas
completamente en su papel de peón de la
revolución social, vertiente revolución
sexual. Sin embargo, pese a que se haya
establecido el debate social sobre el
“matrimonio homosexual”, tal no es más que
una cortina de humo, humo de satanás, sería
más que nunca adecuado decir.
Porque el verdadero problema es la
desnaturalización completa del matrimonio
civil. No es casual que la ley de
modificación del matrimonio en la que se
sustituye las palabras hombre y mujer por
cónyuges se haya aprobado simultáneamente (y
con el significativo voto a favor o
abstención de todos los grupos) con la
legalización del repudio. A partir de ahora
el contrato matrimonial es un contrato
privado entre dos personas (¿quién va a
preguntar a dos hombres que se casan si son
o no homosexuales?) con beneficios fiscales
y comunidad de patrimonio, sin ningún objeto
social (es decir, sin la misión de engendrar
y criar a la siguiente generación), y con
una validez tan escasa que uno de los dos
contrayentes de este contrato puede romperlo
unilateralmente sin aducir razón alguna y
obtener a los tres meses la nulidad de dicho
contrato, sin penalización y con la mitad de
los bienes de la sociedad en el bolsillo. Un
contrato basura. Un contrato que nadie
querrá, finalmente, contraer. Objetivo
cumplido.
Ese es el verdadero objetivo de la nueva ley
de matrimonio civil: destruir por completo
una institución a base de degradarla
legalmente para confundir a la sociedad.
Convertir al matrimonio civil en un contrato
sin trascendencia, sin compromiso, vacío de
contenido. La ruptura definitiva con las
raíces latinas y, sobre todo, cristianas del
matrimonio es el objeto de esta modificación
de la ley. No dejemos que nos engañen: no se
ha creado una nueva figura jurídica donde se
unan los invertidos en una parodia de
matrimonio, sino que se ha degradado
completamente el significado del matrimonio
con la excusa de las demandas de los
colectivos gay. El asalto definitivo al
matrimonio natural y cristiano.
Sus efectos no se notarán hoy, ni mañana,
pero al igual que todas las otras
modificaciones de las instituciones, se irán
infiltrando poco a poco en el imaginario
común. No engañarán a los firmes, pero sí
confundirán, y mucho, a los incautos e
indocumentados. La sociedad corrupta y
desorientada en la que los católicos
habitamos es en gran medida producto de una
educación y legislación que iguala lo
correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo
malo. Ahí están sus frutos.
Esta sociedad, y este estado, que es su
reflejo, se alejan cada vez más de Dios. No
debemos tener temor. Todo esto ya estaba
anunciado desde hace tiempo. Muchos son los
llamados y pocos los elegidos. Eso sí,
debemos ser perfectamente conscientes de que
si la sociedad se aleja de Cristo, la
Iglesia y todos cuantos formamos parte de
ella ya sabemos cual es nuestro sitio: Junto
a nuestro Redentor y, si la sociedad actual
se aleja de Él, lejos en la misma medida de
ella. Llega el tiempo de la marginación y de
la persecución, donde, de un modo u otro,
los cristianos deberemos de probar día a día
nuestra fidelidad.
Llega el momento, ahora más que nunca, de
decir: este no es nuestro estado, esta no es
nuestra Patria, este no es nuestro
matrimonio. Gracias a Dios nosotros tenemos
algo mucho más grande que un contrato para
testificar nuestros matrimonios, nada menos
que un sacramento: ese es nuestro
matrimonio. Ese es nuestro compromiso y esa
es nuestra responsabilidad y nuestra
liberación.
Llega el momento de hacer una verdadera
objeción de conciencia. Pero una objeción de
conciencia no a una ley, sino a todo un
sistema y toda una filosofía de vida
anticristiana que nos quieren imponer.
Llega el momento en que el emperador
publicará el edicto en el que obligue a
todos a sacrificar carne a sus estatuas y
prestarles fidelidad pública, y los
cristianos ya conocemos, demasiado bien,
cual es la respuesta que debemos dar. |