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Lo más curioso de esta
reforma es la celeridad con la que se ha
llevado a cabo. Una celeridad que cuanto
menos parece sospechosa, dado que la
sociedad valenciana ni la tenía como una de
sus prioridades, ni ha tenido voz en lo que
se estaba gestando dentro del Palau de
Benicarló. Cabría preguntarse al respecto si
la reforma estatutaria pactada por el PP y
el PSOE no es sino un aviso a los navegantes
respecto a qué reformas caben dentro del
marco constitucional.
Por lo que hemos podido leer
en el Título I de la Proposición de Ley
Orgánica para la Reforma del Estatuto, los
valencianos ya no somos una vulgar región de
España sino nada más y nada menos que toda
una nacionalidad histórica; la unidad de
España está de rebajas y es menos
indisoluble que antes; y en el ejercicio de
una profesión de fe foralista la Proposición
para la Reforma del Estatuto nos asegura
que “se procurará la recuperación de los
contenidos correspondientes de los Fueros
del antiguo Reino de Valencia en plena
armonía con la Constitución y con las
exigencias de la realidad social y económica
valenciana”.
En primer lugar no me
sorprende que nuestros representantes estén
haciendo el juego a los nacionalismos y en
lugar de una España de las Autonomías hayan
creado la España de las castas, con
autonomías de primera, de segunda y de
tercera categoría. Quizás sea porque así
entiende el Liberalismo a su hijo
predilecto, el Nacionalismo. Los políticos
valencianos ya no están conformes con su
pedigrí y quieren ponerse al mismo nivel que
las autonomías de primera. ¡Qué ingenuos!
¿Acaso pensarán que Ibarretxe, Carod y
Maragall van a consentir tener un nivel de
autogobierno similar al del resto de las
Comunidades Autónomas? Y mientras, nosotros
haciendo de conejillos de Indias de los
grandes partidos nacionales, pues lejos de
que a los valencianos nos hayan dejado
opinar al respecto, se han aprovechado de
nuestro aparente “meninfotisme” para
colarnos una reforma estatutaria de la que
tengo fundadas sospechas que intenta hacer
de tope competencial a las reivindicaciones
in aeternum de otras regiones menos
conformistas que la nuestra.
Lo más cómico de todo es el
toque foralista que le han intentado dar a
la reforma del Estatuto, pues no logro
comprender cómo han podido entrelazar este
presunto foralismo con los esquemas
liberales de la Constitución española,
fundamento -dicen- del nuevo statu quo
foral. Foralismo y Liberalismo son como el
perro y el gato en lo que a vertebración
política se refiere. El liberalismo, tiene
como base de su ordenamiento jurídico a la
Nación, que comprende al conjunto abstracto
de los ciudadanos de un país al que están
unidos por vínculos de sangre -ius
sanguinis- o nacimiento –ius soli-.
El umbral del Estado liberal comienza a
gestarse cuando la Nación, “reunida” en unas
Cortes Constituyentes, cede al Estado todas
las competencias y facultades existentes,
una vez lo cual el omnipotente Estado
traspasa, si lo considera oportuno, algunas
de sus competencias a entes jerárquicamente
inferiores.
El foralismo, en contraste
con el liberalismo, no parte de una
abstracción -la Nación- sino de una realidad
-la sociedad- para configurar el
ordenamiento político del Estado. El
foralismo evita esa abstracción que llamamos
Nación y se constituye como el principal
valedor de la sociedad, a la que confiere
una representación directa en las
instituciones. Una España foral implica una
vertebración de abajo arriba, permitiendo
que cada individuo tenga una representación
efectiva en las instituciones que
directamente le atañen. Por ejemplo, un
padre de familia que sea médico, ejercerá su
voto para designar a su representante en las
instituciones (Cortes, Municipio, etc) tanto
por su Colegio Pofesional como por la
Institución Familiar. Estos representantes
estarán limitados por mandado imperativo a
lo que su representado les haya encomendado
que hagan y digan en su nombre, es decir,
todo lo contrario de lo que nos permite la
Partitocracia liberal, en la una papeleta
depositada en una urna cada cuatro años
atribuye a los partidos políticos una
representación omnímoda sobre esa entelequia
que llamamos Nación. Y he dicho que el
foralismo implica una vertebración de arriba
abajo. Cada segmento de la sociedad –lo que
los carlistas llamamos “cuerpos
intermedios”- como la Familia, los Gremios,
los Sindicatos, los Colegios Profesionales,
las Universidades, etc. poseen su propio
Fuero, un conjunto de derechos y
obligaciones que ellos mismos se atribuyen
sin depender de las limitaciones que una
Constitución les pretenda imponer.
Casar Fueros y Liberalismo es
tan fácil como mezclar agua y aceite. O
fueros o Constitución. Que nos quieran colar
un presunto foralismo constitucional no deja
de ser un sentido pretexto para que los
políticos valencianos tengan tanto pedigrí
como Maragall. Volvemos a la España de las
taifas…y de las castas.
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