domingo, 15 de octubre de 2006

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13 de junio de 2005. Opinión política. Fueros y pedigrí estatutario. por Víctor Puigdengolas Sustaeta

 

Esta vez nos hemos librado de una nueva guerra de las banderas. En contraste con los prolegómenos habidos para la aprobación del Estatuto de Autonomía de 1982, los principales partidos valencianos han consensuado casi con unanimidad la reforma de nuestro Estatuto, adelantándose a las reformas estatutarias que en un futuro no muy lejano tienen previsto presentar al Congreso los Parlamentos catalán y vasco

Lo más curioso de esta reforma es la celeridad con la que se ha llevado a cabo. Una celeridad que cuanto menos parece sospechosa, dado que la sociedad valenciana ni la tenía como una de sus prioridades, ni ha tenido voz en lo que se estaba gestando dentro del Palau de Benicarló. Cabría preguntarse al respecto si la reforma estatutaria pactada por el PP y el PSOE no es sino un aviso a los navegantes respecto a qué reformas caben dentro del marco constitucional.

 

Por lo que hemos podido leer en el Título I de la Proposición de Ley Orgánica para la Reforma del Estatuto, los valencianos ya no somos una vulgar región de España sino nada más y nada menos que toda una nacionalidad histórica; la unidad de España está de rebajas y es menos indisoluble que antes; y en el ejercicio de una profesión de fe foralista la Proposición para la Reforma del Estatuto nos asegura que  “se procurará la recuperación de los contenidos correspondientes de los Fueros del antiguo Reino de Valencia en plena armonía con la Constitución y con las exigencias de la realidad social y económica valenciana”.

 

En primer lugar no me sorprende que nuestros representantes estén haciendo el juego a los nacionalismos y en lugar de una España de las Autonomías hayan creado la España de las castas, con autonomías de primera, de segunda y de tercera categoría. Quizás sea porque así entiende el Liberalismo a su hijo predilecto, el Nacionalismo. Los políticos valencianos ya no están conformes con su pedigrí y quieren ponerse al mismo nivel que las autonomías de primera. ¡Qué ingenuos! ¿Acaso pensarán que Ibarretxe, Carod y Maragall van a consentir tener un nivel de autogobierno similar al del resto de las Comunidades Autónomas? Y mientras, nosotros haciendo de conejillos de Indias de los grandes partidos nacionales, pues lejos de que a los valencianos nos hayan dejado opinar al respecto, se han aprovechado de nuestro aparente “meninfotisme” para colarnos una reforma estatutaria de la que tengo fundadas sospechas que intenta hacer de tope competencial a las reivindicaciones in aeternum de otras regiones menos conformistas que la nuestra.

 

Lo más cómico de todo es el toque foralista que le han intentado dar a la reforma del Estatuto, pues no logro comprender cómo han podido entrelazar este presunto foralismo  con los esquemas liberales de la Constitución española, fundamento -dicen- del nuevo statu quo foral. Foralismo y Liberalismo son como el perro y el gato en lo que a vertebración política se refiere. El liberalismo, tiene como base de su ordenamiento jurídico a la Nación, que comprende al conjunto abstracto de los ciudadanos de un país al que están unidos por vínculos de sangre -ius sanguinis- o nacimiento –ius soli-. El umbral del Estado liberal comienza a gestarse cuando la Nación, “reunida” en unas Cortes Constituyentes, cede al Estado todas las competencias y facultades existentes, una vez lo cual el omnipotente Estado traspasa, si lo considera oportuno, algunas de sus competencias a entes jerárquicamente inferiores.

 

El foralismo, en contraste con el liberalismo, no parte de una abstracción -la Nación- sino de una realidad -la sociedad- para configurar el ordenamiento político del Estado. El foralismo evita esa abstracción que llamamos Nación y se constituye como el principal valedor de la sociedad, a la que confiere una representación directa en las instituciones. Una España foral implica una vertebración de abajo arriba, permitiendo que cada individuo tenga una representación efectiva en las instituciones que directamente le atañen. Por ejemplo, un padre de familia que sea médico, ejercerá su voto para designar a su representante en las instituciones (Cortes, Municipio, etc) tanto por su Colegio Pofesional como por la Institución Familiar. Estos representantes estarán limitados por mandado imperativo a lo que su representado les haya encomendado que hagan y digan en su nombre, es decir, todo lo contrario de lo que nos permite la Partitocracia liberal, en la una papeleta depositada en una urna cada cuatro años atribuye a los partidos políticos una representación omnímoda sobre esa entelequia que llamamos Nación. Y he dicho que el foralismo implica una vertebración de arriba abajo. Cada segmento de la sociedad –lo que los carlistas llamamos “cuerpos intermedios”- como la Familia, los Gremios, los Sindicatos, los Colegios Profesionales, las Universidades, etc. poseen su propio Fuero, un conjunto de derechos y obligaciones que ellos mismos se atribuyen sin depender de las limitaciones que una Constitución les pretenda imponer.

 

Casar Fueros y Liberalismo es tan fácil como mezclar agua y aceite. O fueros o Constitución. Que nos quieran colar un presunto foralismo constitucional no deja de ser un sentido pretexto para que los políticos valencianos tengan tanto pedigrí como Maragall. Volvemos a la España de las taifas…y de las castas.

 

 

 

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