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La gravedad de esta
aseveración me ha obligado a reflexionar
respecto al porqué de ella, pero antes de
pasar a la génesis de la desaparición de
España como realidad, me gustaría repasar un
poco, ahora que se habla tanto de ella,
nuestra memoria colectiva.
Para nuestros ancestros,
España no era únicamente un “Estado”, esto
es, una Administración al uso que se
limitaba, entre otras muchas cosas, a cobrar
impuestos, generar funcionarios y mantener
relaciones institucionales con otros países.
Para aquellas generaciones de españoles
España era mucho más que eso: era su Patria.
Una Patria que no solo significaba su
arraigo con una tierra, una gente y una
historia sino también su compromiso con el
fin trascendental que la Patria tenía en el
Orbe; una Patria por la que había que dar
hasta la vida si la ocasión lo requería.
Piense el lector que sin este sentido
trascendental habría carecido de sentido
para muchas generaciones de españoles el
haber derramado su sangre en la Reconquista
al grito de Santiago y Cierra España; en el
Descubrimiento y posterior evangelización
del Nuevo Mundo o en las guerras contra el
Turco infiel, que amenazaba temerariamente
la integridad de la Cristiandad. Así bien, y
sin este sentido trascendente de España,
aquellos españoles tampoco habrían combatido
con verdadero heroísmo contra los dogmas
revolucionarios que acechaban el espíritu
católico y monárquico de la tradición
española en la Guerra de la Independencia o
en las tres Carlistadas, pues para todos
ellos España era algo más que unos límites
geográficos.
La Fe fue el primer pilar de
nuestra unidad milenaria que se hizo
tambalear. La Revolución liberal,
introducida en España por la fuerza de las
armas y la presión de las logias, fue
soltando el lastre que a sus oscuros
intereses le suponía la Fe católica y
consiguió que paulatinamente la Religión de
los españoles fuera postergada en el baúl de
los recuerdos. La Fe ya no sustentaba la
unidad de la Patria y si los textos
constitucionales la mencionaban era para
evitar revueltas de imprevisibles
consecuencias. La “monarquía” instalada por
la Revolución había dejado de ser católica y
sancionaba desamortizaciones, reformas
educativas que sacaban a Dios de las
escuelas y leyes que pretendían, en una
sociedad plenamente católica como la
nuestra, acabar con la influencia social de
la Iglesia. Este laicismo institucional
consiguió que se fuera corrompiendo la honda
significación espiritual que para los
españoles tenía su Patria hasta llegar a
nuestros días, donde solo unos pocos
mantenemos intacta la misión trascendental
que sustenta la unidad de las tierras de
España.
El segundo pilar demolido por
la Revolución liberal fue la tradición
política de España. La tradición española,
definida por Vázquez de Mella como una
fuente de renovación continua, simplificaba
el quehacer político en mantener lo bueno
del pasado y renovar tanto lo malo como lo
inútil de éste. No cabía en las mentes de
aquellos compatriotas el suprimir
instituciones, derechos y costumbres que
seguían siendo efectivas por el mero hecho
de estar de moda ideologías
extranjerizantes. Nuestra tradición había
conseguido con el devenir de los siglos,
regir de manera quasi perfecta las
relaciones entre todas las instituciones y
cuerpos intermedios de la sociedad. Corona,
Regiones, Gremios, Municipios, Iglesia o
Familias ejercían sus funciones mediante la
lógica del principio de la subsidiariedad,
un principio que es simple y llanamente la
aplicación del sentido común en la gestión
de los intereses públicos, y que logró hacer
convivir en perfecta armonía a las distintas
regiones españolas. Mediante la
subsidiaridad las distintas sociedades
accedían directamente a la gestión de sus
intereses dado que las competencias no las
tenía de por sí ese mastodonte en lo que se
ha convertido el Estado moderno, sino que
las tenía directamente la persona, quien en
función de sus posibilidades las ejercía o
las delegaba en un ente jerárquicamente
superior. Para poner un ejemplo, si se
quería asfaltar una calle no era la Corona
quien hacía delegar sus competencias en
entes inmediatamente inferiores como las
regiones o las comarcas, sino que era la
persona quien las que delegaba a éstas, pues
era de la persona, de acuerdo con la
concepción cristiana de la sociedad, de
quien partían todas las competencias. Por
esta regla de tres, la comarca podía delegar
una facultad a la región y ésta a su vez a
la Corona. En conclusión, conforme a la
tradición política española la construcción
del Estado se hacía de abajo a arriba, de
acuerdo con la lógica del sentido común de
la que tan desabastecidos estamos en estos
momentos.
Sin los dos pilares -Fe y la
tradición política- que sustentan la razón
de ser de España, los liberales que dicen
defender la “idea” de España han visto cómo
se desvanecen sus pobres argumentos frente a
los argüidos por los nacionalismos
separatistas, quienes han convertido su odio
a España en la auténtica piedra angular de
sus reivindicaciones. Y carecen de
argumentos porque la España que dicen
preservar los liberales del PP y del PSOE es
una España sin raíces, sin tradición y sin
espíritu, es decir, una España muerta que no
tiene razón de ser, pese a aquel pretencioso
artefacto lingüístico del “patriotismo
constitucional” que no terminó de ser una
argucia del PP para disimular el complejo
que le ocasiona promover el auténtico
patriotismo. Una lámpara es útil cuando
ilumina, y si la lámpara ya no es capaz de
iluminar deviene inútil y su propietario
puede bien arreglarla para que vuelva a dar
luz, bien sustituirla por velones o por
linternas. La lámpara que era España está
apagada, y los separatismos han comenzado a
sacar sus cirios, que aunque están
igualmente apagados han colocado la espada
de Damocles encima de la cabeza del
moribundo Estado que combaten.
Pero no quiero apesadumbrar
más al lector, pues como decía Don Carlos
VII los que se hunden son los desalentados,
los cobardes y los hombres de poca fe.
España, si bien don Luís Suárez nos ha hecho
ver el peligro de descomposición que le
acecha, puede subsistir si reedificamos los
dos pilares que la sustentan. En primer
lugar la Fe, gestando las bases de una
sociedad de nuevo católica y creando una
legislación acorde con la Ley Natural y
Divina, y después la Tradición, devolviendo
a los españoles la tradición política que
heredaron de sus abuelos, fruto de la
experiencia de los años y del sentido común
que posee quien está en continuo trato con
Dios.
Hemos de recuperar España
para Dios y para lograrlo el Carlismo tendrá
que volver a ser la fuerza principal que
lidere este proceso de regeneración
nacional.
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