domingo, 15 de octubre de 2006

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

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4 de junio de 2005. Opinión política. ¿Ha dejado de existir España? por Víctor Puigdengolas Sustaeta

 

Cuando hace unas pocas semanas el prestigioso historiador don Luís Suárez afirmaba en el semanario “Época” que España había dejado de existir muchos de los lectores nos quedamos estupefactos ante una afirmación de tal calibre. ¿Cómo es posible que España haya dejado de existir si todavía tenemos unas Cortes, un Jefe del Estado, una Constitución y unas fronteras hasta hace poco bien delimitadas?

 

     

La gravedad de esta aseveración me ha obligado a reflexionar respecto al porqué de ella, pero antes de pasar a la génesis de la desaparición de España como realidad, me gustaría repasar un poco, ahora que se habla tanto de ella, nuestra memoria colectiva.

 

Para nuestros ancestros, España no era únicamente un “Estado”, esto es, una Administración al uso que se limitaba, entre otras muchas cosas, a cobrar impuestos, generar funcionarios y mantener relaciones institucionales con otros países. Para aquellas generaciones de españoles España era mucho más que eso: era su Patria. Una Patria que no solo significaba su arraigo con una tierra, una gente y una historia sino también su compromiso con el fin trascendental que la Patria tenía en el Orbe; una Patria por la que había que dar hasta la vida si la ocasión lo requería. Piense el lector que sin este sentido trascendental habría carecido de sentido para muchas generaciones de españoles el haber  derramado su sangre en la Reconquista al grito de Santiago y Cierra España; en el Descubrimiento y posterior evangelización del Nuevo Mundo o en las guerras contra el Turco infiel, que amenazaba temerariamente la integridad de la Cristiandad. Así bien, y sin este sentido trascendente de España, aquellos españoles tampoco habrían combatido con verdadero heroísmo contra los dogmas revolucionarios que acechaban el espíritu católico y monárquico de la tradición española en la Guerra de la Independencia o en las tres Carlistadas, pues para todos ellos España era algo más que unos límites geográficos.

 

La Fe fue el primer pilar de nuestra unidad milenaria que se hizo tambalear. La Revolución liberal, introducida en España por la fuerza de las armas y la presión de las logias, fue soltando el lastre que a sus oscuros intereses le suponía la Fe católica y consiguió que paulatinamente la Religión de los españoles fuera postergada en el baúl de los recuerdos. La Fe ya no sustentaba la unidad de la Patria y si los textos constitucionales la mencionaban era para evitar revueltas de imprevisibles consecuencias. La “monarquía” instalada por la Revolución había dejado de ser católica y sancionaba desamortizaciones, reformas educativas que sacaban a Dios de las escuelas y leyes que pretendían, en una sociedad plenamente católica como la nuestra, acabar con la influencia social de la Iglesia. Este laicismo institucional consiguió que se fuera corrompiendo la honda significación espiritual que para los españoles tenía su Patria hasta llegar a nuestros días, donde solo unos pocos mantenemos intacta la misión trascendental que sustenta la unidad de las tierras de España.

 

El segundo pilar demolido por la Revolución liberal fue la tradición política de España. La tradición española, definida por Vázquez de Mella como una fuente de renovación continua, simplificaba el quehacer político en mantener lo bueno del pasado y renovar tanto lo malo como lo inútil de éste. No cabía en las mentes de aquellos compatriotas el suprimir instituciones, derechos y costumbres que seguían siendo efectivas por el mero hecho de estar de moda  ideologías extranjerizantes. Nuestra tradición había conseguido con el devenir de los siglos, regir de manera quasi perfecta las relaciones entre todas las instituciones y cuerpos intermedios de la sociedad. Corona, Regiones, Gremios, Municipios, Iglesia o Familias ejercían sus funciones mediante la lógica del principio de la subsidiariedad, un principio que es simple y llanamente la aplicación del sentido común en la gestión de los intereses públicos, y que logró hacer convivir en perfecta armonía a las distintas regiones españolas. Mediante la subsidiaridad las distintas sociedades accedían directamente a la gestión de sus intereses dado que las competencias no las tenía de por sí ese mastodonte en lo que se ha convertido el Estado moderno, sino que las tenía directamente la persona, quien en función de sus posibilidades las ejercía o las delegaba en un ente jerárquicamente superior. Para poner un ejemplo, si se quería asfaltar una calle no era la Corona quien hacía delegar sus competencias en entes inmediatamente inferiores como las regiones o las comarcas, sino que era la persona quien las que delegaba a éstas, pues era de la persona, de acuerdo con la concepción cristiana de la sociedad, de quien partían todas las competencias. Por esta regla de tres, la comarca podía delegar una facultad a la región y ésta a su vez a la Corona. En conclusión, conforme a la tradición política española la construcción del Estado se hacía de abajo a arriba, de acuerdo con la lógica del sentido común de la que tan desabastecidos estamos en estos momentos.

 

Sin los dos pilares -Fe y la tradición política- que sustentan la razón de ser de España, los liberales que dicen defender la “idea” de España han visto cómo se desvanecen sus pobres argumentos frente a los argüidos por los nacionalismos separatistas, quienes han convertido su odio a España en la auténtica piedra angular de sus reivindicaciones. Y carecen de argumentos porque la España que dicen preservar los liberales del PP y del PSOE es una España sin raíces, sin tradición y sin espíritu, es decir, una España muerta que no tiene razón de ser, pese a aquel pretencioso artefacto lingüístico del “patriotismo constitucional” que no terminó de ser una argucia del PP para disimular el complejo que le ocasiona promover el auténtico patriotismo. Una lámpara es útil cuando ilumina, y si la lámpara ya no es capaz de iluminar deviene inútil y su propietario puede bien arreglarla para que vuelva a dar luz, bien sustituirla por velones o por linternas. La lámpara que era España está apagada, y los separatismos han comenzado a sacar sus cirios, que aunque están igualmente apagados han colocado la espada de Damocles encima de la cabeza del moribundo Estado que combaten.

 

Pero no quiero apesadumbrar más al lector, pues como decía Don Carlos VII los que se hunden son los desalentados, los cobardes y los hombres de poca fe. España, si bien don Luís Suárez nos ha hecho ver el peligro de descomposición que le acecha, puede subsistir si reedificamos los dos pilares que la sustentan. En primer lugar la Fe, gestando las bases de una sociedad de nuevo católica y creando una legislación acorde con la Ley Natural y Divina, y después la Tradición, devolviendo a los españoles la tradición política que heredaron de sus abuelos, fruto de la experiencia de los años y del sentido común que posee quien está en continuo trato con Dios.

 

Hemos de recuperar España para Dios y para lograrlo el Carlismo tendrá que volver a ser la fuerza principal que lidere este proceso de regeneración nacional.

 

 

 

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