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Bajo todas estas medidas subyace una
filosofía o visión política que se
caracteriza por una indisimulada cristofobia,
esto es, un rechazo de entrada al fenómeno
religioso cristiano y a su Iglesia. Esta
filosofía es ciertamente minoritaria en el
conjunto de la sociedad española, pero
cuenta con poderosos portavoces y está
firmemente asentada en medios de
comunicación y grupos de poder.
De todos los movimientos o grupos
anticristianos, el más significativo y el
que marca las directrices es el llamado
laicismo. Se trata de una corriente
filosófica reducida pero influyente,
encabezada en la actualidad por dos
conspicuos socialistas, el catedrático
Gregorio Peces-Barba y el diputado Victorino
Mayoral. Cuenta con el respaldo de varios
importantes políticos de izquierdas como
Carmen Alborch e intelectuales y artistas
como Fernando Savater o Elvira Lindo. Su
objetivo es sustituir la aconfesionalidad
actual del estado español por un ateísmo
oficial, esto es, que el estado asume
oficialmente la no existencia de Dios, y que
por tanto los españoles con fe deben
practicar sus creencias en privado y no
propagarlas, ya que oficialmente se
consideran falsas. Asimismo debe desaparecer
todo signo externo de religiosidad: los
símbolos religiosos, los actos públicos de
religiosidad, las festividades religiosas...
Igualmente se considera negativa la
enseñanza de la religión en las escuelas
(tal vez el mayor caballo de batalla) o la
financiación con dinero público de
instituciones o iniciativas sociales
relacionadas con la Iglesia católica. Dicho
grupo ha trazado ya una “hoja de ruta” para
imponer progresivamente la laización forzosa
de España aprovechando el indiferentismo
religioso de la mayoría de los españoles.
Para ello ha contado con la colaboración de
un alto cargo del gobierno, la
vicepresidenta María Teresa Fernández de la
Vega, que se ha comprometido a poner en
marcha las medidas precisas para cumplir esa
“hoja de ruta”, como desveló el diario “El
Mundo” (24 de septiembre de 2004).
El laicismo no es más que el heredero
intelectual del anticlericalismo jacobino.
Hallamos, pues, aquí, al enemigo más antiguo
y puro del tradicionalismo. La construcción
de una sociedad de espaldas a Dios en su
faceta más descarnada. No es extraño que
adyacentes a este grupo y en ocasiones
entremezclados con él se hallen otros viejos
conocidos de la Ilustración revolucionaria:
la masonería, por ejemplo, de la que forman
parte socialistas tan relevantes como José
Borrell o Valerie Giscard, y de la cual
forman parte 8 ministros del actual gobierno
según palabras de uno de los responsables
máximos del Gran Oriente Español.
Otro grupo internacional en estrecha
relación con la masonería (en numerosas
ocasiones confundiéndose) es el movimiento
llamado mundialismo. El mundialismo,
preconizado por organizaciones como la
Trilateral o el Club Bildeberg es un
proyecto filantrópico de mestizaje universal
urdido por algunas de las personas más
poderosas de la Tierra. Su objetivo es crear
una cultura universal, mezcla de todas las
existentes, borrando fronteras culturales y
políticas y logrando un mundo uniforme y
fácilmente controlable. Tal proyecto es
ambicioso y ciertamente difícil, pero cuenta
con promotores decididos y poderosos. Sus
dos grandes líneas de actuación son, en
primer lugar, el gobierno mundial, para el
cual cuentan con utilizar la ONU, ya en gran
medida infiltrada por el mundialismo, y como
modelo la Unión Europea diseñada en el
tratado para una Constitución europea, tan
maltrecho actualmente tras la negativa de
franceses y holandeses a aprobarlo. La otra
línea, que más nos interesa, es la
consecución de una religión universal, que
englobe y anule a todas las religiones
previas. La parte constructiva de este plan
la constituye el panteísmo New Age, que
propugna una espiritualidad vaga,
acomprometida y sin trascendencia, que
pretende confundir a los desinformados
afirmando que todos los dioses y profetas
representan en realidad una sola religión,
en la que es el hombre el ídolo del hombre a
la postre. Su propuesta es el relativismo
moral y su gran enemigo son las religiones
reveladas. Dado que la religión católica es
la más poderosa de las cristianas, y que
estas son las dominantes en Occidente, campo
de acción inicial del mundialismo, la guerra
sucia se lleva a cabo a base de crear una
auténtica leyenda negra, al más puro estilo
anglo-holandés del siglo XVI, en la que el
catolicismo es pintado con sus colores más
oscuros, sin ahorrar calumnias y falsos
testimonios, y de la que la exitosa novela
“El código Da Vinci” sólo es la más visible
de sus ramas.
Para aquellos que desprecian la tendencia
espiritual que alienta en cada hombre, se
ofrece el ciencismo, esto es, la filosofía
que transforma una herramienta para conocer
la naturaleza, cual es la ciencia, en el
origen y explicación de la misma. Su
fundamento supone trasplantar lo que el
método científico supuso como norma
universal a la ciencia al terreno de lo
moral. Se deduce de este que todo aquello
demostrable científicamente tiene idéntico
reflejo moral. Las opiniones son inválidas
si no se pueden demostrar, y toda aquella
percepción o experiencia no reproducible y
múltiplemente observable es automáticamente
una falacia. En realidad el ciencismo viene
a ser como si entráramos en una cueva oscura
con una linterna, que nos fuera iluminando
partes de la cueva, y consideráramos que es
la linterna la que en realidad está creando
esa cueva, ya que nosotros no veríamos esas
partes sin la linterna. Es decir, deificamos
a aquella parte de nuestro conocimiento que
nos permite conocer el mundo, en vez de
rendir culto a quién ha creado realmente ese
mundo.
Otro de los grupos de presión social que
estimula el odio a la Iglesia son los
llamados grupos feministas. Resulta curioso
constatar que el feminismo nació en grupos
de mujeres cristianas de parroquias de
Boston en la segunda mitad del siglo XIX. Su
principal reivindicación era la igualdad de
derechos políticos para las mujeres,
principalmente el derecho a votar, de ahí
que se les conociera popularmente como
sufragistas. Como anécdota podemos constatar
que a Pablo Iglesias, fundador del PSOE, no
le gustaba que el voto se extendiese a las
mujeres porque, decía, “a la hora de votar
harían más caso a su confesor que a su
marido”, retrasando así el triunfo de la
revolución social. Admirable frase en la que
con las mínimas palabras necesarias se
condensan anticlericalismo, machismo y
caciquismo. La otra gran cruzada de las
sufragistas era contra el alcohol, por ser
causante de la adicción destructiva de
tantos maridos y la desgracia de muchas
familias, que quedaban destrozadas.
Significativo (y lógico) que las primeras
feministas fueran defensoras a ultranza de
la familia, en triste comparación con el
feminismo actual. Nace este de la aplicación
de la revolución marxista que sacudió a
Occidente en la década de los 60 del siglo
pasado. La introducción de la teoría de la
lucha de una clase oprimida contra la clase
opresora se trasladó a la lucha de sexos.
Aparece así el feminismo tal y como hoy lo
conocemos: una guerra larvada en la que las
feministas crean un enemigo imaginario al
que llaman patriarcado y contra el que
combaten. Sus teorías se llenan de hipótesis
antropológicas donde abundan amazonas,
matriarcados en sociedades primitivas y
diosas-madre por doquier. Su proyección: la
guerra a la mitad masculina de la sociedad y
la equiparación forzada de mujeres y hombres
obviando su naturaleza disímil. El feminismo
revolucionario quiere imponer por ley no la
justa paridad sino la antinatural igualdad.
Dentro de esta ofensiva, una de las
instituciones más odiadas es la Iglesia
católica. La excusa es la falta de mujeres
en el clero regular, que la Iglesia ha
mantenido siguiendo el criterio de su
fundador, Jesucristo; esta excusa olvida que
más de la mitad de fieles, catequistas o
voluntarios relacionados con la Iglesia son
mujeres, o algo tan fundamental como que el
ser humano que más venera la Iglesia
católica (dado que Cristo era tan humano
como divino) es una mujer, María de Nazaret.
La razón es que esa veneración se deriva de
su condición de Madre de Dios. Asimismo toda
la teología cristiana tiende a considerar
tan valiosos al hombre como a la mujer, pero
dentro de sus cualidades específicas. Así,
el cristianismo es un constante canto a la
maternidad. Para el feminismo contemporáneo,
no obstante, la maternidad y la transmisión
de la vida no es un don de Dios a su sexo,
sino más bien una carga de la naturaleza que
les impide alcanzar la completa igualdad con
el hombre, ya que les limita físicamente.
Eso convierte al catolicismo en mortal
enemigo de esta nueva faceta de la
revolución: el feminismo.
Relacionados estrechamente con los grupos
feministas hallamos a los abortistas, ya que
para el feminismo el derecho de la mujer a
disponer de su maternidad se sobrepone al
derecho a la vida de su propio hijo. El odio
a los católicos, que anteponemos la vida a
toda otra consideración humana, es la fuente
de la que beben otros grupos cristófobos,
como los eugenistas que defienden la
eutanasia en orden a un mejoramiento social,
desprendiéndose esta de sus elementos menos
productivos y más prescindibles. Igualmente
los genetistas decididos a explorar todos
los límites de la manipulación genética sin
pararse en barras de la dignidad de los
embriones, en cuanto que personas en sus
primeras fases de la vida, cual nuevos
doctores Mabuse, habitualmente por motivos
crematísticos y no precisamente de
filantropía. El fin justifica los medios
podría ser la enseña de todos estos grupos.
La Iglesia proclama, con Jesucristo, que
toda vida es valiosa, por enferma que se
halle o limitado sea el tiempo que le quede
en la tierra. El valor supremo y objetivo de
la vida frente a la productividad y la
óptima eficacia del materialismo, nuevamente
frente a frente.
Por último tenemos al grupo de mayor
actualidad y agresividad en nuestros días:
el lobby gay, concebido como una “fuerza de
choque” agresiva que ejerce la amenaza como
forma de obtener sus objetivos, a semejanza
de su modelo americano de San Francisco. Su
objetivo confeso es lograr ser reconocido,
no como una desviación de la inclinación
sexual normal, más o menos implantada, sino
como un tercer sexo, cuyo antinatural
comportamiento sexual debe ser aceptado en
pie de igualdad con los otros dos sexos.
Naturalmente, en esta sociedad sin valores
inmutables, el único obstáculo firme que
encuentran es la Iglesia Católica, que
afirma sólidamente lo que siempre se ha
considerado, tanto en las sociedades
cristianas como en las de otras religiones:
que el matrimonio es la unión de un hombre y
una mujer para engendrar y criar hijos (bien
objetivo para la sociedad) y compartir
juntos un proyecto vital y perpetuo basado
en el amor y la fidelidad mutua. El insulto,
la calumnia y descalificación, o la abierta
blasfemia, son los usos habituales de estos
lobbies, amparados en la permisividad
hacia ellos que tiene una sociedad
acomplejada por una falsa culpabilidad.
Todos estos grupos, más o menos coordinados,
de forma más o menos evidente, están
lanzados a una campaña destinada a terminar
con la religión cristiana y su Iglesia, a
base de descalificarla. Hallarán eco en una
sociedad española mayoritariamente
desacralizada, vencida por el materialismo,
el relativismo y el hedonismo. También, por
desgracia, en muchos que se dicen católicos
pero prestan oídos, siquiera en parte, a
cualquier insidia que se lance contra sus
pastores o los dogmas de su fe. Unos, los
menos culpables, lo harán por ignorancia;
otros, auténtico humo de satanás en la
Iglesia, se convertirán en cómplices de los
ataques al Pueblo de Dios desde dentro.
Convertidos aparentemente en unos cuasi-protestantes,
los cómplices de los enemigos de la Iglesia
(verdaderamente ateos infiltrados) utilizan
argumentos de modernismo o revolución para
dinamitarla: democratizar la Iglesia o
adaptarla a los tiempos actuales, son formas
“políticamente correctas” de proponer su
desnaturalización, hasta que pierda su
misión apostólica y su carácter de Esposa de
Cristo.
Sin embargo, la Providencia no abandona a
sus fieles: muchos católicos bien formados
quedan aún en esta sociedad enferma y
corrupta. Muchas familias que siguen orando,
evangelizando y esperando. No debemos perder
la calma por los acontecimientos que nos
rodean, ni arrojar la toalla o dejarnos
llevar por la desesperanza. Todo esto se nos
anunció ya. Las persecuciones, los insultos
y el desprecio de los hombres. Si al maestro
crucificaron ¿qué no harán a los discípulos?
La sociedad española se aleja de forma
continua e imperceptible de Cristo. Cuando
esto ocurre la Iglesia sabe cual es su
lugar. Y los católicos también.
Más Dios no abandona a los suyos. Debemos,
pues, luchar. Sin odio ni violencia, pero
sin fatalidad. Con firmeza, con astucia y
hasta con agresividad, si llega el caso.
Razonemos nuestros argumentos con paciencia,
aún conociendo que no es contra la razón,
sino contra la mala fe, contra la que
luchamos. Devolvamos bien por mal como
Cristo nos enseñó. Esa es nuestra misión.
Proclamar nuestra fe allá donde nos
hallemos, predicar de palabra y de obra, y
fundamentalmente con nuestro ejemplo, a
Cristo en esta sociedad cínica y cansada que
rechaza a Cristo porque cree conocerle.
Respetarán los paganos a la Iglesia cuando
vean que nosotros la respetamos. Honremos
nuestros sacramentos y nuestras tradiciones
y los demás verán como algo natural
honrarlas. Purifiquemos primero nuestra
Iglesia de las tibiezas y componendas con
esta sociedad nacida de la revolución
anticristiana. Una Iglesia fuerte y
coherente podrá convertir de nuevo a los
españoles. Una Iglesia debilitada y
carcomida por falta de fe será presa fácil
de sus enemigos.
Y una vez más los tradicionalistas somos
llamados a nuestra misión. No ciertamente
para tomar el fusil (por el momento) como
tantas otras veces hicimos, más sí para
oponernos con similar brío a los enemigos de
Dios y de España que vuelven a acechar bajo
una nueva forma. Somos los carlistas los que
con mayor rapidez vemos que se trata de
nuevo (una vez más) de la vieja Revolución
bajo nuevas formas, que intenta borrar el
nombre de Dios y aplastar a sus fieles, como
anunciaron las Escrituras. Nuestro ya largo
camino nos da la clarividencia suficiente
para separar el grano de la paja y ver quién
está detrás de tantos movimientos
anticristianos simultáneos y aparentemente
casuales. Seamos, como tantas otras veces
fuimos, sino los más numerosos de los
católicos, sí aquellos que portan la luz que
ilumina e infunde valor al resto. Tal es
nuestra misión, que precisa de valor y
esperanza inquebrantable en el triunfo final
de Nuestro Salvador.
Cuando el Hijo del Hombre vuelva ¿quedará fe
en la Tierra? A esa pregunta que Jesús
formuló, nos levantaremos siempre los
carlistas para dar cumplida respuesta.
Así sea y Gloria por siempre al Redentor del
Mundo. |