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Al ver mi cara de asombro añadió “en
realidad es negra y es roja, ya que tú la
ves negra y yo la veo roja, y como nuestras
opiniones son igual de válidas ya que somos
ambos hombres iguales, ambas son ciertas”.
Eso es el relativismo. Y podríamos terminar
aquí el artículo, pues todo lo que se añada
será redundante.
La vieja enciclopedia de mis padres que, en
los anaqueles de la estantería, resiste
estoicamente las llamadas “nuevas
tecnologías” con humilde papel de hace casi
cuarenta años define el relativismo como la
doctrina según la cual la realidad carece de
substrato permanente y consiste en la pura
relación de los fenómenos, negando la
existencia de lo absoluto.
El triunfo numérico de la moral relativista
en nuestra sociedad (coherente con el amor
de los relativistas a la fuerza del número)
es un hecho objetivo que no debemos tener
pudor en reconocer. La inexistencia de
verdades absolutas es uno de los paradigmas
de esta moral triunfante. Como comentaba en
otro artículo, la “democratización” de
cualesquier asunto del que se trate es uno
de los grandes tótems de nuestra sociedad.
Había que democratizar el parlamento, luego
el gobierno, las leyes, las
administraciones... hasta llegar a
democratizaciones tan pintorescas como las
del matrimonio (sería interesante asistir a
una votación en un parlamento de dos), de la
familia, de los centros penitenciarios, de
la justicia y hasta la de la Iglesia, tan
anhelada por los que la odian. La
democratización de la moral debía llegar
tarde o temprano. Y, en efecto, desde hace
unos años asistimos a una campaña
políticamente complaciente que lucha por la
relativización moral bajo el supuesto de un
“avance democrático”.
La doctrina tiene una base principal: no
existe una Verdad superior. De esa fuente
relativista bebe todo el resto de las
consecuencias, que básicamente son dos. Una,
cada individuo genera su propia moral con
respecto a sus actos. Dos, aquellos actos
comunitarios serán morales o no en función
de la suma de moralidades de los miembros de
la comunidad.
Consecuentemente aquellos que pensamos que
existen una serie de verdades morales por
encima de la voluntad del hombre somos
autoritarios y “antidemocráticos” (sambenito
moderno para espanto de beatas demócratas,
equivalente al “sindiós” de tiempos
pretéritos).
El mayor enemigo del relativismo moral es
una moral superior, y en nuestra sociedad
ese enemigo es la moral cristiana. La moral
cristiana, mayoritariamente profesada en
nuestro país dentro del seno de la Santa
Iglesia Católica impone una jerarquía de
valores basada en la existencia de una
voluntad superior, la de Dios Padre Creador
del mundo. Todo aquello que nos hace cumplir
Su voluntad y nos acerca a Dios es definido
como virtud. Todo aquello que tuerce sus
mandatos y nos aleja de Dios es el pecado.
La moral cristiana, y la Iglesia, no pueden,
por su propia naturaleza, obligar al hombre
a hacer el bien, ya que Dios, tanto en el
Antiguo Testamento como en los Evangelios
dota al hombre del libre albedrío de escoger
en cada ocasión entre el bien o el mal. Es
por tanto el cristianismo no sólo respetuoso
con la libertad, sino el verdadero germen de
la misma en nuestra cultura. La aceptación
voluntaria de la fe, del “dulce yugo de
Jesús” es lo que dota de sentido a toda la
existencia del cristiano, al libre albedrío,
a la virtud y al pecado.
No obstante es, curiosamente, la libertad,
el argumento que emplea la moral relativista
para tratar de combatir al cristianismo y su
sistema de valores. Naturalmente se presenta
como libertad frente a la Iglesia o “los
curas”, y no rebelión frente a Cristo, cual
es su verdadera naturaleza, ya que son los
valores establecidos por Cristo los que
defiende su Esposa. Bajo la excusa de
antropocentrismo, de presentar a un hombre
libre de todas las ataduras se consagra la
libertad de ese mismo hombre para decidir
qué es bueno o es malo. Ya no se trata de la
elección para obrar o no según las reglas,
sino la creación de las propias reglas.
El relativismo tiene un enorme atractivo
para la persona escasamente formada: supone
una coartada o justificación de todos los
apetitos. El relativismo concede a la
persona la capacidad de ser su propio juez,
con lo cual las autoabsoluciones están a la
orden del día, ya que todos tendemos a ser
sumamente indulgentes con nosotros mismos.
Naturalmente, como el ser humano, al
contrario de lo que pensaba Rousseu, no es
bueno por naturaleza, el relativismo
justifica todos los males que surgen del
corazón del hombre: el egoísmo, la pereza,
la crueldad... siempre que uno no los
perciba como tales. Así, el relativismo se
convierte en la puerta que nos conduce al
hedonismo y al embrutecimiento. A una
sociedad donde los débiles o molestos son
marginados, donde la vida humana deja de ser
un bien sagrado y se categoriza en función
de su supuesta “calidad”... siempre, por
supuesto, que la sociedad así lo decida
“democráticamente”.
Con la proclamación de la ausencia de una
Verdad objetiva, el relativismo rompe con
Dios y con la naturaleza, que sí tiene unas
reglas precisas. Como podemos comprobar
cotidianamente el relativismo hace que los
preceptos morales varíen constantemente. Lo
que hoy es correcto mañana puede ser erróneo
en función de la opinión de la “voluble
muchedumbre”, impresionable por lo común y,
como saben todos los “creadores de opinión”,
fácilmente manipulable si se cuenta con los
resortes adecuados. No debe extrañarnos, ya
que existe una profesión, la de los
publicistas, especializada únicamente en
influir sobre los comportamientos de las
personas. Se trata simplemente de contratar
al profesional más adecuado.
Para el poder siempre es preferible una
sociedad rota, disgregada, sin estructuras
naturales que le den una identidad, de modo
que sea el estado, siempre dominado por el
poder, la única referencia ante la que se
encuentra el ciudadano. En el aspecto moral
se produce un fenómeno semejante: si no
existen una serie de valores y principios
que sostenga la sociedad independientemente
del gobierno de turno, a este no le
resultará difícil conseguir introducir
aquellas leyes y estructuras que favorezcan
sus intereses amparado en que “todo es
opinable” y, por tanto, el que manda decide.
El relativismo moral, contrariamente a ser
un posicionamiento liberador o rebelde de
morales impuestas, como se pretende vender,
es un perfecto instrumento para conseguir
una sociedad pastueña que acepte mansamente
aquellos valores que los poderosos quieran
imponer en cada momento.
Tal presunta “libertad” para encaminarnos
hacia una sociedad peor sólo tiene enfrente
en nuestra sociedad actual a la moral
cristiana, encarnada en la Iglesia católica.
Al deberse por entero a Señor que no se le
ha de morir, la Iglesia es una roca firme en
medio de un mar de barquichuelas que lleva
la corriente de un lugar a otro. Sobre tan
firme cimiento,
y sobre su moral y normas, reveladas
directamente por Cristo Redentor del mundo,
hemos puesto los carlistas nuestro edificio.
Sus palabras de sabiduría nos desvelan la
Verdad ya revelada por la fe. Son palabras
de liberación, de liberación de nuestro
verdadero enemigo: nuestros peores impulsos,
nuestros pecados.
Frente a una sociedad que propugna reglas
cambiantes en función de la fuerza de los
poderosos que las defienden, Cristo nos
enseña una simple regla con la que podemos,
tal como suena, solucionar todos los
problemas: amar a Dios Padre Creador por
encima de todas las cosas y a nuestro
prójimo como a nosotros mismos.
Con tan formidable fórmula, nunca estaremos
perdidos en el mundo. El bien será siempre
el bien, y el mal siempre el mal, aunque el
demonio intente mezclarlos. La carpeta será
siempre negra por mucho que nos intenten
confundir los malvados. |