martes, 17 de octubre de 2006

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3 de marzo de 2005. Opinión política. Naturaleza y Tradicionalismo. por El Señor de Bembibre

     

 

Dicen los medios estos días que entra en vigor el llamado Protocolo de Kioto, pues parece que hay que ir hasta Japón para buscar el nombre a algo de sentido común. Pues bien, entra en vigor sin la firma de los mayores contaminantes, con la sonrisa tácita de los ecologistas ("untados" de dinero y preocupados por divertirse jugando a rebeldes), la izquierda y la derecha. 

 

     

¿Hay un problema hoy con la naturaleza (palabra mucho más bella que ese "medio ambiente" del que nunca encuentran el otro medio) o es todo cuento? Bien, miremos alrededor. Los mares rebosan de contaminación. Aquí y allá manchas de petróleo, latas viejas, bolsas... el día menos pensado aparece algún marciano flotando en la playa. ¿Y el aire? Sólo hace falta ir a cualquier gran ciudad para llenarse las fosas respiratorias de hollín. La "casta hermana agua" que decía Francisco tiene hoy poco de casta, los buenos pescadores sabemos bien que hay más detergente que truchas en la mayoría de los ríos. ¿La temperatura? Dicen los "expertos" (parte importante del problema, es cierto) que sube a pasos agigantados. Los bosques arden como cerillas a manos del "progreso de la humanidad", y dentro de poco no nos quedará más que la "selva de asfalto".

 

Y bien, ¿qué falla? Permitidme una respuesta: lo de siempre. El hombre se equivocó de camino en la encruicijada de la Historia en 1789, si es que no antes. ¿Desde entonces? El "progreso" se ha llevado por delante los valores, vidas, sueños... y la naturaleza. Sólo el carlismo, como hizo siempre, puede proponer una vuelta a la encrucijada, coger el otro camino y caminar hacia el futuro como peregrinos de Dios.

 

¿Y dónde debe encuadrarse el Carlismo? Pues examinemos las posturas. Los ecologistas son esos chavales que se divierten como niños encadenándose a barcos, apareciendo en la "tele" más que Sardá o lanzando sus mensajes hippies junto al coche de su papá. La izquierda juega con los ecologistas y con su clientela empresarial, sin recordar que no se debe a otra cosa que al "progreso" que defiende esta destrucción natural. La derecha liberal ignora el problema, entre risas, diciendo que no es sino una paranoia. ¿Y el Carlismo? 

 

La raíz del problema, a mi modesto entender, está en la soberbia consideración del hombre como un ser "superior", capaz de valérselas por sí mismo (¿para qué la ayuda de Dios?), autosuficiente, con una ciencia inparable y con el deber de imponerse a las demás criaturas. La concepción católica, y por tanto la carlista, parte de una idea: Dios es el único omnipotente, y los hombres sólo recibimos los dones naturales, que compartimos con las demás criaturas, nuestros hermanos ("Todas las cosas de la creación son hijos del Padre y hermanos del hombre", que decía el santo de Asís). Eso no significa que seamos nómadas en el siglo XXI; simplemente que progresemos como siempre lo hicieron nuestros mayores (de nuevo la tradición): en igualdad de condiciones, tomando de la tierra (don de Dios) lo justo. Viviendo, pues, en plenitud y convivencia con nuestros hermanos naturales "que mansa y amorosamente os ofrecen su ayuda, amistad y compañía", decía San Francisco de Asís, ejemplo de pureza evangélica y cuya obra -el franciscanismo- según dijo el carlista Vázquez de Mella, "es un injerto sobrenatural en nuestro país". 

 

El tradicionalismo es la otra opción. Frente al ecologismo radical y de salón y la izquierda liberal heredera de la "superioridad total humana" está la vía del carlismo, del desarrollo humano (crear industria, futuro) en el marco de la Tradición, como casi siempre se hizo. Amigos, cambiemos de camino. Volvamos, también en este tema, a la encrucijada de 1789 y tomemos la otra ruta. Y caminemos hacia el futuro con las andas del pasado y el mapa de Dios.

DIOS·PATRIA·FUEROS·REY

 

 

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