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¿Hay un problema hoy con la naturaleza
(palabra mucho más bella que ese "medio
ambiente" del que nunca encuentran el otro
medio) o es todo cuento? Bien, miremos
alrededor. Los mares rebosan de
contaminación. Aquí y allá manchas de
petróleo, latas viejas, bolsas... el día
menos pensado aparece algún marciano
flotando en la playa. ¿Y el aire? Sólo hace
falta ir a cualquier gran ciudad para
llenarse las fosas respiratorias de hollín.
La "casta hermana agua" que decía Francisco
tiene hoy poco de casta, los buenos
pescadores sabemos bien que hay más
detergente que truchas en la mayoría de los
ríos. ¿La temperatura? Dicen los "expertos"
(parte importante del problema, es cierto)
que sube a pasos agigantados. Los bosques
arden como cerillas a manos del "progreso de
la humanidad", y dentro de poco no nos
quedará más que la "selva de asfalto".
Y bien, ¿qué falla? Permitidme una
respuesta: lo de siempre. El hombre se
equivocó de camino en la encruicijada de la
Historia en 1789, si es que no antes. ¿Desde
entonces? El "progreso" se ha llevado por
delante los valores, vidas, sueños... y la
naturaleza. Sólo el carlismo, como hizo
siempre, puede proponer una vuelta a la
encrucijada, coger el otro camino y caminar
hacia el futuro como peregrinos de Dios.
¿Y dónde debe encuadrarse el Carlismo? Pues
examinemos las posturas. Los ecologistas son
esos chavales que se divierten como niños
encadenándose a barcos, apareciendo en la
"tele" más que Sardá o lanzando sus mensajes
hippies junto al coche de su papá. La
izquierda juega con los ecologistas y con su
clientela empresarial, sin recordar que no
se debe a otra cosa que al "progreso" que
defiende esta destrucción natural. La
derecha liberal ignora el problema, entre
risas, diciendo que no es sino una paranoia.
¿Y el Carlismo?
La raíz del problema, a mi modesto entender,
está en la soberbia consideración del hombre
como un ser "superior", capaz de valérselas
por sí mismo (¿para qué la ayuda de Dios?),
autosuficiente, con una ciencia inparable y
con el deber de imponerse a las demás
criaturas. La concepción católica, y por
tanto la carlista, parte de una idea: Dios
es el único omnipotente, y los hombres sólo
recibimos los dones naturales, que
compartimos con las demás criaturas,
nuestros hermanos ("Todas las cosas de la
creación son hijos del Padre y hermanos del
hombre", que decía el santo de Asís). Eso no
significa que seamos nómadas en el siglo XXI;
simplemente que progresemos como siempre lo
hicieron nuestros mayores (de nuevo la
tradición): en igualdad de condiciones,
tomando de la tierra (don de Dios) lo justo.
Viviendo, pues, en plenitud y convivencia
con nuestros hermanos naturales "que mansa y
amorosamente os ofrecen su ayuda, amistad y
compañía", decía San Francisco de Asís,
ejemplo de pureza evangélica y cuya obra -el
franciscanismo- según dijo el carlista
Vázquez de Mella, "es un injerto
sobrenatural en nuestro país".
El tradicionalismo es la otra opción. Frente
al ecologismo radical y de salón y la
izquierda liberal heredera de la
"superioridad total humana" está la vía del
carlismo, del desarrollo humano (crear
industria, futuro) en el marco de la
Tradición, como casi siempre se hizo.
Amigos, cambiemos de camino. Volvamos,
también en este tema, a la encrucijada de
1789 y tomemos la otra ruta. Y caminemos
hacia el futuro con las andas del pasado y
el mapa de Dios.
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