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¿Qué es la Patria hoy, en pleno siglo XXI?
Para comprender este concepto hoy en día
olvidado, hay que rastrear hasta su
significado etimológico. Patria viene del
latín Patres, y hace alusión al padre, y por
extensión también a la madre y a todas las
generaciones que nos precedieron. Así por
tanto, la primera patria es la familia, a la
que debemos la fidelidad propia del hijo que
recibe toda una herencia histórica, cultural
y moral. También una herencia material, que
duda cabe: así pues nuestra casa familiar es
también nuestra patria. Y también lo es
aquellas posesiones materiales que se
asocian a la misma: el terreno cultivado, el
barco de pesca o el taller familiar se
consideraron siempre parte de esa patria
familiar, que estábamos obligados a amar. Ya
en la Biblia se nos dice que es nuestra
obligación cuidar y aumentar el patrimonio
que nuestros padres nos legaron (y no sólo
por supuesto el material, sino también el
espiritual) para transmitirlo intacto o
mejorado a los que nos suceden. Se crea así
un vínculo intergeneracional: el
agradecimiento hacia los que nos precedieron
y nos dieron todo aquello que tenemos y la
obligación hacia los que nos sucederán, a
quienes debemos legárselo.
Pero nosotros no vivimos aislados en medio
del desierto. Nuestra familia posee su casa
junto a las casas de otras familias,
nuestros lugares de trabajo se comparten con
otros muchos. Se crea así todo un entramado
de intereses y costumbres comunes con
aquellos con los que compartimos trabajo,
preocupaciones, problemas, fiestas o
desgracias, con aquellos con cuyos hijos e
hijas nos casamos, que son nuestros amigos o
conocidos.
Resulta relativamente fácil amar a nuestro
propio barrio, a nuestro pueblo o ciudad, a
nuestra comarca, puesto que es el lugar
donde se desarrolla la mayor parte de
nuestra vida. Su prosperidad, su limpieza o
sus buenas costumbres nos afectan
directamente: nos preocupamos por él y
tratamos de mejorarlo. Es la que se ha
llamado comúnmente patria chica, aquella en
la que de forma natural nos ubicamos.
Pero las personas nos relacionamos unas con
otras. Existe una larga historia en la que
la humanidad ha creado patrones que nos
identifican como pueblo: el idioma, las
costumbres, los gobiernos, unen a personas
de diferentes lugares, que tal vez no se
lleguen a ver nunca entre sí, pero que se
sienten partícipes de un proyecto común. Es
la ambición de construir “algo más”. De
elevarnos como pueblo hacia unas metas más
altas. De no conformarnos con “estar”, sino
de tratar de “construir”.
La historia, por último, conforma a los
pueblos. A través del comercio, los pactos,
los intercambios, a veces de las propias
guerras, las patrias chicas se relacionan y
van conformando patrias grandes.
Los españoles podemos enorgullecernos de
tener una de las naciones más antiguas de
Europa y del mundo. Gracias a nuestra
peculiar insularidad, fue Hispania una
prefectura romana desde bien pronto. Las
huellas iberas, celtas, vasconas, con
aportaciones griegas o fenicias fueron
unidas en el magma latino y pulidas
definitivamente por los germanos en la
conversión del rey Recaredo al catolicismo
en el año 589. Godos e hispanos formaron un
solo y nuevo pueblo: los españoles.
El Islam a pique estuvo de truncar este
proyecto con su invasión en el siglo VIII,
pero los hispanogodos, ya españoles,
resistieron en diversos puntos montañosos
del norte, e iniciaron desde el principio la
dura, difícil y gloriosa tarea de
reconquistar la España perdida a manos de
los moros a lo largo de 7 siglos de
intermitentes guerras, en la más asombrosa
cruzada que vio el mundo, la larga
Reconquista. Tal reconquista la hicieron los
españoles divididos en diversos reinos,
señoríos y principados, sin olvidar jamás (a
despecho de falsas interpretaciones
históricas modernas) que formaban parte de
un proyecto común. Así, lo que pudiera
haberse convertido en distanciamiento, se
convirtió en diversidad, y cuando los Reyes
Católicos concluyeron (a falta de Portugal)
la tarea de la reunificación, bien se podía
hablar de un reencuentro gozoso de viejos
conocidos, no del nacimiento de una nueva
nación.
Más durante el tiempo en que combatieron por
separado, fue la época en la que los códigos
de justicia se desarrollaron, extendieron y
afianzaron por toda Europa. Cada territorio
español los desarrolló según sus costumbres
y usos. Y así lo entendieron Isabel y
Fernando, que respetaron los derechos
privados de cada reino sin perjuicio de la
españolidad de todos. Por eso se empleó con
frecuencia el término de las Españas: cada
una era española a su manera.
El ser español se fraguó definitivamente en
el descubrimiento y evangelización de
América. La creación de una España de
Ultramar (no de colonias mercantiles al uso
de los países protestantes del norte de
Europa) y la defensa de la Cristiandad y la
Iglesia, han sido ese gran proyecto que dota
a los españoles de un sentido histórico a su
existencia. Una misión que forja realmente
una patria. Nuestra Patria Grande, unión y
orgullo de todos los españoles.
Revista Pelayos
y Margaritas. Formación de jóvenes
carlistas. Noviembre 2005 |