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A poco de vivir yo en
Higuera de la Sierra, que fue por la Navidad de 1943, me llevó mi padre un
domingo por la tarde, la del 2 de enero de 1944, a casa de Juanito Fal. La casa
era en realidad la casa de la tía Cástula, con la que vivía Juanito, el mayor y
único soltero de sus tres sobrinos. La trasera de la casa tenía un jardín en
declive que llegaba hasta la carretera, a la que se asomaba por una verja y una
cancela, siempre cerrada. El motivo de la reunión era una merienda en honor del
hermano menor de Juanito Fal, don Manuel Fal Conde, de quien mi padre durante la
guerra fue más o menos cliente político y de quien con el tiempo sería cliente
jurídico además. Creo recordar que la casa aquella tenía un salón comedor con
puertas de cristales a una terraza por las que entraba el sol apacible de la
tarde de invierno, y en ese salón estaban las personas mayores.
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A los niños nos
llevaron a merendar a una salita más pequeña con ventana a la calle y que
ocupaba casi toda una gran mesa camilla. Había una infinidad de niños y de
niñas, todos primos entre sí, y yo me sentía un poco como gallina en corral
ajeno. Antes o después de merendar, pasamos por el salón de los mayores a
saludar a la tía Cástula, y con ella había
otras señoras de su época, todas con sus
tocas negras, sus sayas pardas, sus cabellos
blancos y sus caras sonrientes. No podía
faltar alguna sotana, aunque sólo fuera la
de don Antonio, el preceptor de Mingo Fal y
de su primo Manolo, ya grandullones, de
pantalón bombacho y pelados al cepillo.
El caso era que aquellas señoras hablaban de
curas y de monjas y, al referirse a la madre
superiora de un convento de Zaragoza, decía
una de ellas que le había escrito sólo por
darse el gusto de escribir en el sobre el
nombre de la calle, que era “Requeté
Aragonés”. Excuso decir que yo entonces no
había leído ni a Galdós ni a Baroja ni a
Valle Inclán, pero quién sabe si aquel
primer contacto mío con el mundo que
retrataron, explica la devoción que llegaría
a profesar a esos autores.
Ya en otro lugar expliqué que mi padre, que
había sido de la CEDA, se hizo
tradicionalista al estallar el Movimiento,
ya que no le iba el estilo de la Falange, y
que yo y mis hermanos íbamos de boina roja.
Mi primer periódico infantil fue Pelayos, lo
cual quiere decir que la guerra de España
fue para mí, al menos hasta la Unificación,
una guerra carlista. Estas reflexiones no me
las hacía entonces, por supuesto, y para mí
la Unificación consistió en que Pelayos se
transformó en Flechas y Pelayos. Aún en
guerra, o a poco de acabar, cuando yo vivía
con mi tía Guadalupe, entró a servir una
criada que se llamaba Luisa. Esta Luisa
tenía una cara ancha de pómulos acusados y
con hoyitos de viruela, y había estado en
Portugal con don Manuel Fal Conde y su
familia cuando la Junta de Burgos lo
desterró. Eso fue en plena guerra: después
de la guerra, y en torno a la época de la
merienda que acabo de mencionar, Fal Conde
estuvo deportado en Menorca, y luego, al
menos cada vez que venía a Higuera, traía en
su numeroso séquito, familia numerosa y
servidumbre correspondiente, al policía
secreto encargado de vigilarlo. A mí me
cuesta mucho trabajo enjuiciar ahora hechos
políticos que entonces me traían
absolutamente sin cuidado, y tampoco es cosa
de magnificar situaciones personales que no
tuvieron mayores consecuencias.
Todos sabemos que el Movimiento Nacional fue
el resultado de una serie de fuerzas
convergentes que, una vez salvada España de
la revolución proletaria y de la democracia
burguesa, tenían por fuerza que diverger
entre ellas. La síntesis pragmática que hizo
el Caudillo no convencía a ninguna de ellas,
y da la casualidad de que por las mismas
fechas en que Fal Conde era desterrado a
Menorca, iba confinado a Ronda por motivos
diametralmente opuestos Dionisio Ridruejo.
Esto conviene señalarlo, pero abundar en
ello en los tiempos que corren sería poco
elegante, y no creo que a Fal Conde le
gustara, porque lo pondría en pie de
igualdad con gentes que tuvieron y tienen
más motivos de gratitud que los
tradicionalistas y no parecen demostrarlo.
Precisamente en plena República, en 1932,
fue Fal Conde a la cárcel como consecuencia
de los sucesos sevillanos del 10 de agosto,
en los que por cierto no intervino, pero
sobre los que proclamó noblemente: “Yo no
estuve con Sanjurjo ni el 9 ni el 10 de
agosto, pero sí que estuve con Sanjurjo el
día 11”. Quiere esto decir que los
tradicionalistas, que no habían acompañado a
Sanjurjo en la conspiración ni en el golpe,
se pusieron a su lado cuando el golpe
fracasó. En cambio, los grandes
beneficiarios de los afanes de Sanjurjo no
tuvieron el menor inconveniente en que la
calle madrileña “Héroes del 10 de agosto”
recuperase el nombre de un politicastro
decimonónico.
Al pasar a mejor vida el Conde de Barcelona,
una de las necrologías más elegantes que se
le dedicaron fue la del marqués de
Salvatierra, a quien se le escapó esta cita
del vizconde de Chateaubriand, otro
monárquico que conocía bien a sus señores:
“La ingratitud es oficio de reyes, pero los
Borbones exageran”. También eran Borbones
los príncipes a los que sirvió Fal Conde,
pero les fue negada hasta la posibilidad de
exagerar.
En mayo de 1975 moría don Manuel Fal Conde.
Poco después, un correligionario suyo, el
bradominesco marqués de Marchelina,
exclamaba desolado ante la “sopa de letras”
de los partidos políticos: - ¡No hay
derecho! ¡Que no se le dé beligerancia al
Partido Carlista! ¡Un Partido que ha hecho
tres guerras civiles!
Aquilino Duque
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