martes, 10 de octubre de 2006

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20 de julio de 2006. Opinión política. Cuentos tribales. por RES

   

La antigua relación tradicional del hombre con un cosmos ordenado se traducía en un orden político simbólicamente orientado en vertical hacia lo alto; príncipes, reyes y emperadores medievales eran la plasmación jerárquica de un orden que estaba más allá de lo meramente humano. La progresiva entronización de la razón discursiva trajo consigo una aspiración al control y dominio de la naturaleza exclusivamente horizontal y terrena, más y más alejada de cualquier fundamento transcendente.
   

Esa tendencia no dejó de tener pronto consecuencias en el orden político; así por ejemplo la monarquía lejos de mantenerse en el reducto de una autoridad sagrada, símbolo como era de una autoridad cósmica superior, invadió el terreno puramente profano deviniendo monarquía absoluta, depósito privilegiado de ambiciones pecuniarias, territoriales y políticas. Este estigma terrenal permaneció indeleble en los regímenes posteriores, básicamente vástagos de la revolución francesa aunque muchas veces trufados de elementos tardíos del absolutismo precedente.

 

No solo cambiaron las metas del orden social, también las creencias verticales fueron cediendo ante otras creencias horizontales y a veces rampantemente declinantes, desde la entronización de la diosa razón, hasta la santificación del progreso, pasando por la adoración del estado, la sacralización del territorio, la fe inconmovible en la opinión agregada del común, la armonía celeste de la lengua nacional, sin olvidar la veneración biológica del pedigree. Todo esto y mucho más ha constituido el amueblado de una morada siniestra de una idolatría jamás vista en tiempos anteriores; esta cual Moloch insaciable ha exigido víctimas humanas en cantidades industriales desconocidas en el pasado. Todas las viejas guerras de religión, inquisiciones y fanatismos antiguos eran sencillamente juego de niños, o por usar un lenguaje comercial modestas transacciones de detaille. Así por ejemplo las guerras del XVIII fueron guerras de minuetto comparadas con las guerras progresistas napoleónicas de democráticas levas masivas. Solo el siglo veinte, ya ido o a punto de irse, ha manifestado un progreso y eficacia sin igual en la violencia dignos del hombre moderno, racional, frío y descreído pero paradójicamente emocional hasta el delirio; los últimos episodios europeos orientales, africanos y asiáticos prueban que aún no se ha dicho la última palabra; el progreso nunca para, acaso tenga preparado para el futuro sorpresas inimaginables, todo se andará.

 

Decía F. Schuon que el hombre occidental, y ¿ quien no es hoy día occidental?, suele tener tres religiones: el cristianismo, la civilización y la nación, aunque esta última empieza a ser endeble en las viejas naciones estado de Europa occidental, que perdidos sus imperios extensos en territorios y desastres, comienzan a manifestar los síntomas de Romas decadentes y escépticas. Ya los últimos estertores de la civilización adoptan unos caracteres innegablemente babélicos y a la postre caóticos: intentos políticos a escala continental, no ciertamente basados en el hálito espiritual del pasado en donde Europa era tanto como Cristiandad, sino basados en signos de transacciones que no son sino conveniencias de mercaderes, intentos de paz basados en la confrontación, que no otra cosa es el comercio y dejación de las atribuciones jerárquicas en manos de un poder sin rostro, y todo esto sin que los pueblos de Europa hayan en verdad pedido nada de eso.

Pero en los Limes de esta universitas europea acechan los bárbaros: ardores turbulentos y violentos de sedicentes pueblos singulares, emergentes, fanáticos de la religión de la nación dispuestos a tomar el relevo del anémico y desfalleciente nacionalismo de los vetustos estados europeos y ansiosos de libertades redentoras pero agresivas, millones de hambrientos fascinados real o ilusoriamente por Jauja y una quinta columna decadente pero lúcida que ha comprendido la imposibilidad de mantener el estado de cosas. Acaso sea una España, habitualmente retrasada con relación a Europa, donde con más anticipación se están verificando la sucesión de acontecimientos; con el lenguaje de la teoría de colas (de la fatalidad): primera llegada a estado nación con prolongación en imperio ultramarino y colosal, primera servida con liquidación de imperio y probablemente de la propia metrópoli. Naturalmente que esta sucesión no ha sido un camino de rosas, ha habido una colección de intentos titánicos de evitar la imparable caída en la disolución, pero los remedios han mostrado ser en muchas ocasiones peor que la enfermedad. Acaso si el hombre moderno pudiera parar unos momentos para reflexionar sobre la bíblica vanidad de vanidades o sobre la sentencia budista de la impermanencia de las cosas, tal vez se entenderían mejor las cosas.

 

Parece que el futuro del continente será testigo de una proliferación de pequeñas naciones que darán lugar a un complicado puzzle de más de cuarenta micronaciones; pero lejos de que este hecho haga bueno el dicho de lo pequeño es hermoso, no parece probable que estas micronaciones presenten ninguna analogía con el apacible y delicado mosaico suizo, de costumbres no escritas que hacen posible la convivencia de diversas lenguas, religiones y razas y que Denis de Rougemont nos enseñó a añorar. Más bien el futuro presenta unos nacionalismos bastante energuménicos que aspiran a formar ruritanias fieramente independientes que se pretenden arcadias felices del futuro, siempre, eso si, jurando ser los más intransigentes partidarios de una Europa unida, refiriéndose naturalmente a las renqueantes instituciones actuales que pretenden crear la ficción de una unión europea.

A manera de ilustración de estos fenómenos no viene mal un excursus sobre un fenómeno relativamente cercano cual esa constelación de idolatrías que constituye el llamado nacionalismo vasco. Nada podía ayudar mejor en esta tarea que la conferencia "Vascos, una epopeya que se está olvidando" pronunciada el 11 de junio de 1999 en la Asociación de Investigaciones Humanísticas por J. Prada. Sobre la base de un examen crítico de fuentes históricas, lingüísticas y culturales hace un repaso de una serie de tópicos que se atribuyen a o son atribuidos por los vascos, y que carecen de la más mínima verosimilitud o fundamento, no obstante ser la piedra angular sobre la que se asienta la ideología nacionalista. De manera valerosa y decidida no funda ninguna de sus afirmaciones en los maestros opinantes que suelen ser obligada referencia cuando se trata de estos temas: los Menéndez Pidal, Schulten, Sánchez Albornoz, Aranzadi, Michelena ect; cuyas doxas u opiniones examinadas fríamente son bastante menos fiables que las del conferenciante en cuestión.

 

Para seguir un cierto orden se puede comenzar por la propia existencia del territorio y del pueblo vasco que la ignorancia dicharachera, enseñada cual verdad indiscutible en las escuelas, asegura ser de origen desconocido y civilización muy antigua; muy por el contrario el conferenciante dice: "la suposición de que hubo un pueblo vasco primitivo que vivió aislado, no tiene ninguna razón de apoyo y está en discordancia con todos los hechos conocidos". "Jamás ha existido ninguna Vasconia como pueblo concreto, encuadrado entre otros pueblos antiguos, con un mismo foco idiomático y una sola estirpe familiar y de mandos en una zona tan reducida" "Todos los datos sobre un supuesto pueblo vasco y sobre una supuesta lengua vasca han sido manejados, por historiadores modernos, en referencia a la situación actual sin ninguna base real constatable. Suponen que si ahora hay cántabros donde antes había cántabros, que si ahora hay asturianos donde antes había astures, donde ahora hay vascos ha tenido que haber vascones (sin darse cuenta de que este término es de contenido despreciativo y humillante). Por la misma regla de tres, los habitantes de Nueva York acabarán de ser considerada, por los historiadores del futuro, como descendientes de unas tribus de nuevoyorquineses de la prehistoria.". En lo que se refiere a los antiguos habitantes iberos de la Península Ibérica de los que se tiene noticia por Estabón y confirmación por datos arqueológicos ningún resto da noticia de ningún pueblo vasco; los datos comprobables de sus relaciones con griegos y fenicios no detectan la menor presencia de vascos o euskaldunes ni siquiera cuando se enzarzaron en guerras por toda la península. Las guerras de Cántabros y Astures en el año 24 a.J. no mencionan la presencia de los antepasados de los actuales vascos. Las fuentes históricas romanas no señalan ningún pueblo vasco en ninguna parte. Una administración como la romana capaz de controlar minuciosamente a sus inmigrantes como lo prueban los judíos de Mérida, de cobrar contribuciones e impuestos con detallados controles personales, no se podía olvidar de los vascos , si hubieran existido entonces como tales, a menos, claro está, de suponer que los romanos eran tontos. Cuando la administración romana hizo la división regional del siglo I ninguna Vasconia participó en el reparto de las circunscripciones.

La civilización romana eliminó sistemáticamente todos los vestigios de la civilización ibérica que pudo, por lo que a partir de la Era Augusta diversos grupos de emigrantes procedentes del Este, Oeste, Sur y Levante de la Península Ibérica y del Norte de África esquilmados y con enormes impuestos y cargas sobre sus tierras emigraron en una marcha de amplio alcance hasta que su vanguardia quedó detenida en la barrera pirenaica , sobre todo en la parte occidental literalmente asolada por el paso sucesivo de ejércitos en guerra, en especial en la conquista de las Galias con motivo del enfrentamiento de Cántabros y Voconcios (Gascones) contra los romanos. Todas estas gentes no eran oriundos de las tierras en que llegaron a encontrar refugio definitivo, carecían de memoria de los orígenes de sus ancestros, de los sitios por donde habían pasado, de sus jefes, algo lógico pasada la décima generación del desarraigo (más de trescientos años), ni se convirtieron en vascos o euskaldunes hasta entonces, porque tales nombres descriptivos se los dieron a sí mismos , como inmigrantes, constatando su acogida, bajo la protección de los reyes de Castilla y Navarra, a los beneficios que se les concedieron para que repoblaran las áreas en que ahora viven sus descendientes.

De manera que nada de tierra ocupada desde origen inmemorial, sino algo bastante más vulgar: inmigrantes; que duda cabe que para ser un conjunto heterogéneo de inmigrantes acogidos, sus descendientes han tratado con dureza y desprecio a los inmigrantes posteriores a esas mismas tierras como lo demuestra todo un reguero de vocablos aún en uso: maqueto, coreano, larrimocha , ect.

 

En lo que se refiere a la lengua estos inmigrantes no hablaban un idioma sino más de trescientos dialectos de tronco ibérico, con diferencias que no les permitían entenderse fluidamente entre ellos. Todavía hace 150 años los descendientes de esos inmigrantes contaban con cuarenta y tres dialectos y cerca de trescientos subdialectos. Más tarde Resurreción María de Azcue hace referencia a 7 grupos dialectales con 147 subdialectos más variaciones locales. De esta forma el verdadero idioma de comunicación de los vascos llegó a ser el español y el francés. Es decir lo que ahora se hace pasar por idioma vasco no ha sido hablado nunca por los vascos de verdad, no es más que una simple jerga dañina de propósitos conflictivos, un "Esperantillo" que acabará siendo el hazmerreir de las futuras generaciones desapasionadas, y que por cierto para los términos habituales de la vida moderna no duda en saquear sin tasa ni medida palabras al castellano, y en menor medida al francés, para su aggiornamento.

 

Desde luego pierden mucho encanto los orígenes misteriosos e ignotos al reducirlos a su verdadero origen ibérico, es algo así como decir que el complejo lingüístico vascuence, si bien raro, es en el fondo cheli y vallecano. Pero se empiezan a conocer cada vez mejor, aunque con dificultades, documentos de idiomas ibéricos en España y África , y miles de términos se pueden cotejar con las fuentes pre-romanas que se están encontrando, algo que los maestros opinantes antes mencionados no conocieron. Solo de paso se mencionan las concienzudas investigaciones comparativas de lenguas ibéricas, etrusca y dialectos vascuences de Jorge Alonso García que no son precisamente simpáticas al mundo académico y otros intereses que atañen a lo que ponga en tela de juicio la, para ellos, esplendorosa civilización y dominio de Roma.

 

En lo que se refiere a cultura son contundentes las afirmaciones del conferenciante en el sentido de afirmar, al revés de lo que inculcan a los niños en las ikastolas, que nunca existió ni pudo existir un pueblo vasco artífice de ninguna civilización muy antigua porque los inmigrantes que llegaron a las actuales provincias vascongadas no tenían señales escritas comunes, ni no comunes, ni disponían de técnicas relacionadas con ningún estilo de construcción arcaica, ni puente ni pared que diera memoria anterior de ellos en ninguna parte. El único pueblo vasco que ha existido como tal, está perfectamente documentado. Es el que se formó por el conjunto de los colonos que entraron a repoblar las áreas pirenaicas del mar Cantábrico oriental, que se potenciaron, mediante concesiones de privilegios, beneficios y fueros, por los reyes de Castilla, Navarra y Aragón, constando el año, el mes y el día de cada una de las fundaciones de sus poblados y de las ventajas que se ofrecieron y dieron a sus asentamientos, que pueden verse en los archivos históricos correspondientes. Ningún poder atrae con regalías a los ciudadanos que ya viven en un lugar y soportan sus cargas.

 

Nuevamente desaparece el encanto de una misteriosa cultura vasca, ante la abrumadora realidad de que la única cultura que desarrollaron es nada más que la aportación que realizaron a las culturas de los reinados que pertenecieron y después a España, que incluye cosas tan prosaicas como la industria, el comercio, la banca, el folclore y el turismo pero sorprendentemente pocas o ninguna aportación al chamanismo, a las visualizaciones de deidades, o la los caminos iniciáticos de realización metafísica (S. Dragó perdone).

 

A tenor de las elucidaciones sobre el origen de los que hoy denominamos vascos, la sola idea de mencionar la palabra raza hace sonreír, pero en realidad entre el pueblo y muchas agrupaciones políticas está arraigada la fantástica ficción de que existe una raza vasca. Todavía se puede recordar como un famoso ciclista declaraba candorosamente a los medios que él era de raza vasca. En la mencionada conferencia se recordaba que no hay ningún tipo étnico vasco muy diferenciado, sino multitud de gentes con ojos negros, marrones, azules, verdes, con cabellos lisos, rubios, morenos, castaños, rizados peinados en falsilla y ralos y no son todos cono los prognáticos que se pintan por los artistas de la zona (Zubiaurre, Antequera Azpiri, ect.) como no son todas las mujeres de Córdoba, que tienen mucha más similitud de estampa, como las morenas que pintaba Romero de Torres. Y desde luego no han faltado iniciativas racistas que han promovido muestreos de medidas antropométricas para discriminar correctamente los caracteres del arquetipo platónico vascongado, sin conseguirlo hasta el presente.

 

En lo que se refiere a las ramas genealógicas familiares, la mayor parte de los vascos no conservan apellidos ascendentes que puedan orientar de su origen particular respecto de sus posibles puntos de emisión más allá de las fechas en que se iniciaron las concesiones de ventajas, fueros y privilegios, aparte de las personas procedentes de los reinos cristianos que obtuvieron derechos y solares en las zonas vascongadas. Es decir que los linajes verdaderamente antiguos son los que provienen de otras zonas peninsulares, esto puede ser algo verdaderamente fuerte para racismo subyacente de muchos ciudadanos y políticos. En realidad las afirmaciones desmitificadoras de la fábula de la antigua y vetusta raza llegan todavía más allá: a partir de análisis lingüísticos comparados con documentos ibéricos de España y Africa se pueden obtener los posibles antecedentes de muchas familias, que bien pueden ser: las serranías penibéticas, las estepas manchegas o el Norte de África. Privados un poco más del aura indescriptible que proporcionan los cuentos de hadas y los cuentos chinos, abrimos los ojos para despertar a la vulgar realidad de que familias con sonoros apellidos vascongados tienen sus raíces ancestrales en Albacete, en Bollullos del Monte o, ¡agárrate que vienen curvas!, en los aduares de los moros del Atlas.

 

No se puede dejar de mencionar un tema como el de la sangre, sobre todo habida cuenta del especialismo hematológico de algunos políticos vascos. A este respecto nos cuenta el conferenciante que en el heterogéneo conjunto de inmigrantes acogidos a la intervención de los reinos de Castilla y Navarra había desconfianzas y recelos mutuos que promovió una notable endogamia que dio lugar una proporción del factor RH negativo de consanguinidad seguramente muy superior al que se aprecia actualmente en la región. Es conveniente recordar también a este respecto los trabajos del profesor A. Arnaíz en que ponen de manifiesto, a partir de muestras, una concordancia significativa de la composición sanguínea de los vascos, no con otros grupos indoeuropeos y de estirpe sedicentemente aria, entre los que se podría encontrar un nacionalismo racista homomorfo, sino desgraciadamente con unos rancios habitantes de Maquetania como son los madrileños, y, oído al parche, con habitantes de una ciudad de Berberia (Argel). Hay naturalmente otras posibles razones para las discrepancias en la composición estructural de los grupos sanguíneos, que se dan en otros pueblos que como los antiguos íberos son supervivientes de un ciclo de civilización anterior (la Atlante), pero es esto algo no sometido a comprobación y desde luego no fue mencionado en la conferencia; no se añadirán decepciones suplementarias a las ficciones de ensueño.

 

Otro tema legendario es la religiosidad católica de los vascos, nada extraña debido a su integración en enclaves de reinos cristianos, que llegó a plasmarse en el lema: "Jaungaicoa et legizarra" en alguno de los dialectos vascuences, es decir "Dios y fueros" en traducción aproximada, más tarde recogida con algunas variantes por el carlismo, de notable implantación en las provincias vascongadas. La adhesión católica fue algo esencial en el pensamiento de aquel inaugurador del moderno nacionalismo vasco, tan vasco que lo fue a aprender a Barcelona del catalán Prat de la Riba. Realmente no se puede decir que las cosas sean como antes, una importante formación política vasca ha abandonado el grupo demócrata-cristiano europeo para unirse a las filas de los verdes. Parece que la impiedad cunde ya hasta entre los vascos. En lo que se refiere a fueros, parece que tendrán poco o ningún sentido en la idílica rurilandia del futuro, orgullosamente independiente, en donde previsiblemente se cometerán toda clase de desafueros para quien no piense como ellos (Jon J. sabe quien).

Todo esto queda bien resumido en palabras del propio conferenciante:

Decir que "el pueblo vasco " es de "origen desconocido" y que posee "una civilización muy antigua", "una lengua original" y "un tipo étnico muy diferenciado" es jugar con apreciaciones totalmente gratuitas.

Las fabulaciones deben reservarse para las obras de teatro y no para desorientar y enfrentar a la gente deseosa de ilustrase y saber.

 

El caso que nos ocupa es justamente un asunto de teatro, una siniestra comedia de la que son bien conscientes sus directores, hábilmente dotados para dirigir funciones experimentales de psicopatología aplicada. Para entenderlas conviene estar advertido de que el síndrome nacionalista sigue fiel y científicamente el esquema de las enfermedades mentales. Al igual que estas, se apoya en la tendencia humana bien conocida que consiste en imputar la culpa de las propias derrotas, de los propios fracasos, de la propia inferioridad a alguien o a algo. La pendiente deslizante de las psicopatías habituales se inicia de esta forma, y una vez iniciado este camino, los más predispuestos o los más débiles, que no necesariamente son los más estúpidos, se encuentran perdidos.

El huracán angustiado que se forma en su mente alrededor de la idea obsesiva provoca un alejamiento progresivo de la realidad, y su substitución por una realidad patológica, dotada de una organización racional, en el supuesto de que el desgraciado sea inteligente. Los directores de la comedia se encargan de suministrar a la psicosis una racionalidad prefabricada, y medios no les faltan: educación, organizaciones políticas, medios de comunicación, propaganda, etc. Naturalmente no hay que guardarse de creer que las motivos iniciales desencadenantes han llovido del cielo, las aberraciones de la moderna civilización han contribuido lo suyo: el liberalismo centralista que en nombre del progreso anuló los viejos fueros medievales; el desarrollo capitalista con sus concentraciones de proletariado miserable; la desindustrialización con sus secuelas de paro, sobre todo juvenil; la obtusa represión franquista y la pérdida progresiva de un sentido trascendente de la vida. Es en este cuadro donde los directores de escena se precipitan para allanar la pendiente de la psicosis; con paleta de vivos colores se pintan a los culpables de su injusto estado de postración: cabezas coronadas, gobernantes políticos, militares, y policías de la invasora y odiada Maquetania o considerados como tales; malos genios de características satánicamente crueles, reaccionarias y fascistas, con pérfidos y oscuros intereses para mantener a los vascos en la esclavitud, urdiendo sin parar contra ellos tenebrosas conjuras, contaminando su sangre, enbastardando su raza y otras historias del mismo jaez.

 

Es en estas condiciones en que el pobrecito psicópata, fabrica, en la agitación incesante de su mente enferma, los monstruos horibles que debe odiar. Aquí intervienen los directores de escena, ahorrando sudores a los descontentos, introduciendo un catecismo simple y maligno, con un escasísimo número de conceptos, exentos de cualquier fundamento, pero idóneos para introducirse en los cerebros simples y envilecidos: el pueblo vasco es una raza antigua con tipo étnico diferenciado, de origen desconocido, que posee una lengua original y una civilización muy antigua, es bueno, noble, bravo, sabio y trabajador por definición, en suma un Euskalherrenvolk, que si tuviera poder mataría y exterminaría a los pérfidos enemigos del pueblo vasco, para a continuación conseguir un país libre, lleno de paz, libertad, abundancia y pureza de sangre; naturalmente con un Lebensraum adecuado que por el momento anexionaría una comunidad foral vecina y territorios de una nación fronteriza, en un Anschluss no precisamente deseado. Si todo esto no se ha conseguido aún es a causa de los malvados anteriormente mencionados que pronto serán definitivamente aplastados; de momento está en escena para conseguir tal desenlace, entre otras, una gansteril Euskaljungend bien adoctrinada con consignas del tipo Blut und Boden.

 

Bien instalado en sus seguridades berroqueñas, el nacionalista radical satisface la regla constante de todas las psicosis clínicamente estudiadas: ausencia total de crítica con relación a las construcciones de su mente trastornada. No hay razonamiento lógico ni evidencias que hagan brecha en su visión delirante. Muchos políticos, periodistas o ciudadanos comunes, en su ingenuidad, no acaban de entender bien de que va la película nacionalista; no se trata de una convicción, ni de una fe, tal vez fanática, es algo bastante más sólido y tenaz: es una psicosis, que por supuesto suministra una devota entrega a los directores de escena. Estos facilitan repuestas simplificadas, automáticas, bien cocinadas, listas para su uso y de fuente autorizada, con lo cual el nacionalista no debe realizar ningún esfuerzo mental para mantener la defensa de su fortaleza psicopática, lo que no es el caso de otros maníacos que van por libre.

 

Es perfectamente inútil advertir que este tipo de respuesta es estúpida o absurda desde el punto de vista de la lógica y de la realidad objetiva. Es simple, breve y fácilmente repetible, según la manía de hacer eco que conocen bien los psiquiatras. Sirve a su fin y obtiene su efecto. Los analistas políticos, informadores de los medios y otros creadores de opinión, lejos de creer que basta con conocer los fundamentos de la politología, de las estrategias económicas esenciales, de las exigencias de la ética, del juego limpio democrático o de la simple piedad humana, deberían conocer al menos lo elemental de las enfermedades mentales para poder enjuiciar correctamente un fenómeno como el nacionalismo radical de las micronaciones emergentes, nuevo aluvión de cretinez y barbarie que anegará, si Dios no lo remedia, el viejo solar europeo.

 

RES

 

 

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