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Esa tendencia no dejó de tener pronto
consecuencias en el orden político; así por
ejemplo la monarquía lejos de mantenerse en
el reducto de una autoridad sagrada, símbolo
como era de una autoridad cósmica superior,
invadió el terreno puramente profano
deviniendo monarquía absoluta, depósito
privilegiado de ambiciones pecuniarias,
territoriales y políticas. Este estigma
terrenal permaneció indeleble en los
regímenes posteriores, básicamente vástagos
de la revolución francesa aunque muchas
veces trufados de elementos tardíos del
absolutismo precedente.
No solo cambiaron las metas del orden
social, también las creencias verticales
fueron cediendo ante otras creencias
horizontales y a veces rampantemente
declinantes, desde la entronización de la
diosa razón, hasta la santificación del
progreso, pasando por la adoración del
estado, la sacralización del territorio, la
fe inconmovible en la opinión agregada del
común, la armonía celeste de la lengua
nacional, sin olvidar la veneración
biológica del pedigree. Todo esto y mucho
más ha constituido el amueblado de una
morada siniestra de una idolatría jamás
vista en tiempos anteriores; esta cual
Moloch insaciable ha exigido víctimas
humanas en cantidades industriales
desconocidas en el pasado. Todas las viejas
guerras de religión, inquisiciones y
fanatismos antiguos eran sencillamente juego
de niños, o por usar un lenguaje comercial
modestas transacciones de detaille. Así por
ejemplo las guerras del XVIII fueron guerras
de minuetto comparadas con las guerras
progresistas napoleónicas de democráticas
levas masivas. Solo el siglo veinte, ya ido
o a punto de irse, ha manifestado un
progreso y eficacia sin igual en la
violencia dignos del hombre moderno,
racional, frío y descreído pero
paradójicamente emocional hasta el delirio;
los últimos episodios europeos orientales,
africanos y asiáticos prueban que aún no se
ha dicho la última palabra; el progreso
nunca para, acaso tenga preparado para el
futuro sorpresas inimaginables, todo se
andará.
Decía F. Schuon que el hombre occidental, y
¿ quien no es hoy día occidental?, suele
tener tres religiones: el cristianismo, la
civilización y la nación, aunque esta última
empieza a ser endeble en las viejas naciones
estado de Europa occidental, que perdidos
sus imperios extensos en territorios y
desastres, comienzan a manifestar los
síntomas de Romas decadentes y escépticas.
Ya los últimos estertores de la civilización
adoptan unos caracteres innegablemente
babélicos y a la postre caóticos: intentos
políticos a escala continental, no
ciertamente basados en el hálito espiritual
del pasado en donde Europa era tanto como
Cristiandad, sino basados en signos de
transacciones que no son sino conveniencias
de mercaderes, intentos de paz basados en la
confrontación, que no otra cosa es el
comercio y dejación de las atribuciones
jerárquicas en manos de un poder sin rostro,
y todo esto sin que los pueblos de Europa
hayan en verdad pedido nada de eso.
Pero en los Limes de esta universitas
europea acechan los bárbaros: ardores
turbulentos y violentos de sedicentes
pueblos singulares, emergentes, fanáticos de
la religión de la nación dispuestos a tomar
el relevo del anémico y desfalleciente
nacionalismo de los vetustos estados
europeos y ansiosos de libertades redentoras
pero agresivas, millones de hambrientos
fascinados real o ilusoriamente por Jauja y
una quinta columna decadente pero lúcida que
ha comprendido la imposibilidad de mantener
el estado de cosas. Acaso sea una España,
habitualmente retrasada con relación a
Europa, donde con más anticipación se están
verificando la sucesión de acontecimientos;
con el lenguaje de la teoría de colas (de la
fatalidad): primera llegada a estado nación
con prolongación en imperio ultramarino y
colosal, primera servida con liquidación de
imperio y probablemente de la propia
metrópoli. Naturalmente que esta sucesión no
ha sido un camino de rosas, ha habido una
colección de intentos titánicos de evitar la
imparable caída en la disolución, pero los
remedios han mostrado ser en muchas
ocasiones peor que la enfermedad. Acaso si
el hombre moderno pudiera parar unos
momentos para reflexionar sobre la bíblica
vanidad de vanidades o sobre la sentencia
budista de la impermanencia de las cosas,
tal vez se entenderían mejor las cosas.
Parece que el futuro del continente será
testigo de una proliferación de pequeñas
naciones que darán lugar a un complicado
puzzle de más de cuarenta micronaciones;
pero lejos de que este hecho haga bueno el
dicho de lo pequeño es hermoso, no parece
probable que estas micronaciones presenten
ninguna analogía con el apacible y delicado
mosaico suizo, de costumbres no escritas que
hacen posible la convivencia de diversas
lenguas, religiones y razas y que Denis de
Rougemont nos enseñó a añorar. Más bien el
futuro presenta unos nacionalismos bastante
energuménicos que aspiran a formar
ruritanias fieramente independientes que se
pretenden arcadias felices del futuro,
siempre, eso si, jurando ser los más
intransigentes partidarios de una Europa
unida, refiriéndose naturalmente a las
renqueantes instituciones actuales que
pretenden crear la ficción de una unión
europea.
A manera de ilustración de estos fenómenos
no viene mal un excursus sobre un fenómeno
relativamente cercano cual esa constelación
de idolatrías que constituye el llamado
nacionalismo vasco. Nada podía ayudar mejor
en esta tarea que la conferencia "Vascos,
una epopeya que se está olvidando"
pronunciada el 11 de junio de 1999 en la
Asociación de Investigaciones Humanísticas
por J. Prada. Sobre la base de un examen
crítico de fuentes históricas, lingüísticas
y culturales hace un repaso de una serie de
tópicos que se atribuyen a o son atribuidos
por los vascos, y que carecen de la más
mínima verosimilitud o fundamento, no
obstante ser la piedra angular sobre la que
se asienta la ideología nacionalista. De
manera valerosa y decidida no funda ninguna
de sus afirmaciones en los maestros
opinantes que suelen ser obligada referencia
cuando se trata de estos temas: los Menéndez
Pidal, Schulten, Sánchez Albornoz, Aranzadi,
Michelena ect; cuyas doxas u opiniones
examinadas fríamente son bastante menos
fiables que las del conferenciante en
cuestión.
Para seguir un cierto orden se puede
comenzar por la propia existencia del
territorio y del pueblo vasco que la
ignorancia dicharachera, enseñada cual
verdad indiscutible en las escuelas, asegura
ser de origen desconocido y civilización muy
antigua; muy por el contrario el
conferenciante dice: "la suposición de que
hubo un pueblo vasco primitivo que vivió
aislado, no tiene ninguna razón de apoyo y
está en discordancia con todos los hechos
conocidos". "Jamás ha existido ninguna
Vasconia como pueblo concreto, encuadrado
entre otros pueblos antiguos, con un mismo
foco idiomático y una sola estirpe familiar
y de mandos en una zona tan reducida" "Todos
los datos sobre un supuesto pueblo vasco y
sobre una supuesta lengua vasca han sido
manejados, por historiadores modernos, en
referencia a la situación actual sin ninguna
base real constatable. Suponen que si ahora
hay cántabros donde antes había cántabros,
que si ahora hay asturianos donde antes
había astures, donde ahora hay vascos ha
tenido que haber vascones (sin darse cuenta
de que este término es de contenido
despreciativo y humillante). Por la misma
regla de tres, los habitantes de Nueva York
acabarán de ser considerada, por los
historiadores del futuro, como descendientes
de unas tribus de nuevoyorquineses de la
prehistoria.". En lo que se refiere a los
antiguos habitantes iberos de la Península
Ibérica de los que se tiene noticia por
Estabón y confirmación por datos
arqueológicos ningún resto da noticia de
ningún pueblo vasco; los datos comprobables
de sus relaciones con griegos y fenicios no
detectan la menor presencia de vascos o
euskaldunes ni siquiera cuando se enzarzaron
en guerras por toda la península. Las
guerras de Cántabros y Astures en el año 24
a.J. no mencionan la presencia de los
antepasados de los actuales vascos. Las
fuentes históricas romanas no señalan ningún
pueblo vasco en ninguna parte. Una
administración como la romana capaz de
controlar minuciosamente a sus inmigrantes
como lo prueban los judíos de Mérida, de
cobrar contribuciones e impuestos con
detallados controles personales, no se podía
olvidar de los vascos , si hubieran existido
entonces como tales, a menos, claro está, de
suponer que los romanos eran tontos. Cuando
la administración romana hizo la división
regional del siglo I ninguna Vasconia
participó en el reparto de las
circunscripciones.
La civilización romana eliminó
sistemáticamente todos los vestigios de la
civilización ibérica que pudo, por lo que a
partir de la Era Augusta diversos grupos de
emigrantes procedentes del Este, Oeste, Sur
y Levante de la Península Ibérica y del
Norte de África esquilmados y con enormes
impuestos y cargas sobre sus tierras
emigraron en una marcha de amplio alcance
hasta que su vanguardia quedó detenida en la
barrera pirenaica , sobre todo en la parte
occidental literalmente asolada por el paso
sucesivo de ejércitos en guerra, en especial
en la conquista de las Galias con motivo del
enfrentamiento de Cántabros y Voconcios
(Gascones) contra los romanos. Todas estas
gentes no eran oriundos de las tierras en
que llegaron a encontrar refugio definitivo,
carecían de memoria de los orígenes de sus
ancestros, de los sitios por donde habían
pasado, de sus jefes, algo lógico pasada la
décima generación del desarraigo (más de
trescientos años), ni se convirtieron en
vascos o euskaldunes hasta entonces, porque
tales nombres descriptivos se los dieron a
sí mismos , como inmigrantes, constatando su
acogida, bajo la protección de los reyes de
Castilla y Navarra, a los beneficios que se
les concedieron para que repoblaran las
áreas en que ahora viven sus descendientes.
De manera que nada de tierra ocupada desde
origen inmemorial, sino algo bastante más
vulgar: inmigrantes; que duda cabe que para
ser un conjunto heterogéneo de inmigrantes
acogidos, sus descendientes han tratado con
dureza y desprecio a los inmigrantes
posteriores a esas mismas tierras como lo
demuestra todo un reguero de vocablos aún en
uso: maqueto, coreano, larrimocha , ect.
En lo que se refiere a la lengua estos
inmigrantes no hablaban un idioma sino más
de trescientos dialectos de tronco ibérico,
con diferencias que no les permitían
entenderse fluidamente entre ellos. Todavía
hace 150 años los descendientes de esos
inmigrantes contaban con cuarenta y tres
dialectos y cerca de trescientos
subdialectos. Más tarde Resurreción María de
Azcue hace referencia a 7 grupos dialectales
con 147 subdialectos más variaciones
locales. De esta forma el verdadero idioma
de comunicación de los vascos llegó a ser el
español y el francés. Es decir lo que ahora
se hace pasar por idioma vasco no ha sido
hablado nunca por los vascos de verdad, no
es más que una simple jerga dañina de
propósitos conflictivos, un "Esperantillo"
que acabará siendo el hazmerreir de las
futuras generaciones desapasionadas, y que
por cierto para los términos habituales de
la vida moderna no duda en saquear sin tasa
ni medida palabras al castellano, y en menor
medida al francés, para su aggiornamento.
Desde luego pierden mucho encanto los
orígenes misteriosos e ignotos al reducirlos
a su verdadero origen ibérico, es algo así
como decir que el complejo lingüístico
vascuence, si bien raro, es en el fondo
cheli y vallecano. Pero se empiezan a
conocer cada vez mejor, aunque con
dificultades, documentos de idiomas ibéricos
en España y África , y miles de términos se
pueden cotejar con las fuentes pre-romanas
que se están encontrando, algo que los
maestros opinantes antes mencionados no
conocieron. Solo de paso se mencionan las
concienzudas investigaciones comparativas de
lenguas ibéricas, etrusca y dialectos
vascuences de Jorge Alonso García que no son
precisamente simpáticas al mundo académico y
otros intereses que atañen a lo que ponga en
tela de juicio la, para ellos, esplendorosa
civilización y dominio de Roma.
En lo que se refiere a cultura son
contundentes las afirmaciones del
conferenciante en el sentido de afirmar, al
revés de lo que inculcan a los niños en las
ikastolas, que nunca existió ni pudo existir
un pueblo vasco artífice de ninguna
civilización muy antigua porque los
inmigrantes que llegaron a las actuales
provincias vascongadas no tenían señales
escritas comunes, ni no comunes, ni
disponían de técnicas relacionadas con
ningún estilo de construcción arcaica, ni
puente ni pared que diera memoria anterior
de ellos en ninguna parte. El único pueblo
vasco que ha existido como tal, está
perfectamente documentado. Es el que se
formó por el conjunto de los colonos que
entraron a repoblar las áreas pirenaicas del
mar Cantábrico oriental, que se potenciaron,
mediante concesiones de privilegios,
beneficios y fueros, por los reyes de
Castilla, Navarra y Aragón, constando el
año, el mes y el día de cada una de las
fundaciones de sus poblados y de las
ventajas que se ofrecieron y dieron a sus
asentamientos, que pueden verse en los
archivos históricos correspondientes. Ningún
poder atrae con regalías a los ciudadanos
que ya viven en un lugar y soportan sus
cargas.
Nuevamente desaparece el encanto de una
misteriosa cultura vasca, ante la abrumadora
realidad de que la única cultura que
desarrollaron es nada más que la aportación
que realizaron a las culturas de los
reinados que pertenecieron y después a
España, que incluye cosas tan prosaicas como
la industria, el comercio, la banca, el
folclore y el turismo pero sorprendentemente
pocas o ninguna aportación al chamanismo, a
las visualizaciones de deidades, o la los
caminos iniciáticos de realización
metafísica (S. Dragó perdone).
A tenor de las elucidaciones sobre el origen
de los que hoy denominamos vascos, la sola
idea de mencionar la palabra raza hace
sonreír, pero en realidad entre el pueblo y
muchas agrupaciones políticas está arraigada
la fantástica ficción de que existe una raza
vasca. Todavía se puede recordar como un
famoso ciclista declaraba candorosamente a
los medios que él era de raza vasca. En la
mencionada conferencia se recordaba que no
hay ningún tipo étnico vasco muy
diferenciado, sino multitud de gentes con
ojos negros, marrones, azules, verdes, con
cabellos lisos, rubios, morenos, castaños,
rizados peinados en falsilla y ralos y no
son todos cono los prognáticos que se pintan
por los artistas de la zona (Zubiaurre,
Antequera Azpiri, ect.) como no son todas
las mujeres de Córdoba, que tienen mucha más
similitud de estampa, como las morenas que
pintaba Romero de Torres. Y desde luego no
han faltado iniciativas racistas que han
promovido muestreos de medidas
antropométricas para discriminar
correctamente los caracteres del arquetipo
platónico vascongado, sin conseguirlo hasta
el presente.
En lo que se refiere a las ramas
genealógicas familiares, la mayor parte de
los vascos no conservan apellidos
ascendentes que puedan orientar de su origen
particular respecto de sus posibles puntos
de emisión más allá de las fechas en que se
iniciaron las concesiones de ventajas,
fueros y privilegios, aparte de las personas
procedentes de los reinos cristianos que
obtuvieron derechos y solares en las zonas
vascongadas. Es decir que los linajes
verdaderamente antiguos son los que
provienen de otras zonas peninsulares, esto
puede ser algo verdaderamente fuerte para
racismo subyacente de muchos ciudadanos y
políticos. En realidad las afirmaciones
desmitificadoras de la fábula de la antigua
y vetusta raza llegan todavía más allá: a
partir de análisis lingüísticos comparados
con documentos ibéricos de España y Africa
se pueden obtener los posibles antecedentes
de muchas familias, que bien pueden ser: las
serranías penibéticas, las estepas manchegas
o el Norte de África. Privados un poco más
del aura indescriptible que proporcionan los
cuentos de hadas y los cuentos chinos,
abrimos los ojos para despertar a la vulgar
realidad de que familias con sonoros
apellidos vascongados tienen sus raíces
ancestrales en Albacete, en Bollullos del
Monte o, ¡agárrate que vienen curvas!, en
los aduares de los moros del Atlas.
No se puede dejar de mencionar un tema como
el de la sangre, sobre todo habida cuenta
del especialismo hematológico de algunos
políticos vascos. A este respecto nos cuenta
el conferenciante que en el heterogéneo
conjunto de inmigrantes acogidos a la
intervención de los reinos de Castilla y
Navarra había desconfianzas y recelos mutuos
que promovió una notable endogamia que dio
lugar una proporción del factor RH negativo
de consanguinidad seguramente muy superior
al que se aprecia actualmente en la región.
Es conveniente recordar también a este
respecto los trabajos del profesor A. Arnaíz
en que ponen de manifiesto, a partir de
muestras, una concordancia significativa de
la composición sanguínea de los vascos, no
con otros grupos indoeuropeos y de estirpe
sedicentemente aria, entre los que se podría
encontrar un nacionalismo racista homomorfo,
sino desgraciadamente con unos rancios
habitantes de Maquetania como son los
madrileños, y, oído al parche, con
habitantes de una ciudad de Berberia
(Argel). Hay naturalmente otras posibles
razones para las discrepancias en la
composición estructural de los grupos
sanguíneos, que se dan en otros pueblos que
como los antiguos íberos son supervivientes
de un ciclo de civilización anterior (la
Atlante), pero es esto algo no sometido a
comprobación y desde luego no fue mencionado
en la conferencia; no se añadirán
decepciones suplementarias a las ficciones
de ensueño.
Otro tema legendario es la religiosidad
católica de los vascos, nada extraña debido
a su integración en enclaves de reinos
cristianos, que llegó a plasmarse en el
lema: "Jaungaicoa et legizarra" en alguno de
los dialectos vascuences, es decir "Dios y
fueros" en traducción aproximada, más tarde
recogida con algunas variantes por el
carlismo, de notable implantación en las
provincias vascongadas. La adhesión católica
fue algo esencial en el pensamiento de aquel
inaugurador del moderno nacionalismo vasco,
tan vasco que lo fue a aprender a Barcelona
del catalán Prat de la Riba. Realmente no se
puede decir que las cosas sean como antes,
una importante formación política vasca ha
abandonado el grupo demócrata-cristiano
europeo para unirse a las filas de los
verdes. Parece que la impiedad cunde ya
hasta entre los vascos. En lo que se refiere
a fueros, parece que tendrán poco o ningún
sentido en la idílica rurilandia del futuro,
orgullosamente independiente, en donde
previsiblemente se cometerán toda clase de
desafueros para quien no piense como ellos
(Jon J. sabe quien).
Todo esto queda bien resumido en palabras
del propio conferenciante:
Decir que "el pueblo vasco " es de "origen
desconocido" y que posee "una civilización
muy antigua", "una lengua original" y "un
tipo étnico muy diferenciado" es jugar con
apreciaciones totalmente gratuitas.
Las fabulaciones deben reservarse para las
obras de teatro y no para desorientar y
enfrentar a la gente deseosa de ilustrase y
saber.
El caso que nos ocupa es justamente un
asunto de teatro, una siniestra comedia de
la que son bien conscientes sus directores,
hábilmente dotados para dirigir funciones
experimentales de psicopatología aplicada.
Para entenderlas conviene estar advertido de
que el síndrome nacionalista sigue fiel y
científicamente el esquema de las
enfermedades mentales. Al igual que estas,
se apoya en la tendencia humana bien
conocida que consiste en imputar la culpa de
las propias derrotas, de los propios
fracasos, de la propia inferioridad a
alguien o a algo. La pendiente deslizante de
las psicopatías habituales se inicia de esta
forma, y una vez iniciado este camino, los
más predispuestos o los más débiles, que no
necesariamente son los más estúpidos, se
encuentran perdidos.
El huracán angustiado que se forma en su
mente alrededor de la idea obsesiva provoca
un alejamiento progresivo de la realidad, y
su substitución por una realidad patológica,
dotada de una organización racional, en el
supuesto de que el desgraciado sea
inteligente. Los directores de la comedia se
encargan de suministrar a la psicosis una
racionalidad prefabricada, y medios no les
faltan: educación, organizaciones políticas,
medios de comunicación, propaganda, etc.
Naturalmente no hay que guardarse de creer
que las motivos iniciales desencadenantes
han llovido del cielo, las aberraciones de
la moderna civilización han contribuido lo
suyo: el liberalismo centralista que en
nombre del progreso anuló los viejos fueros
medievales; el desarrollo capitalista con
sus concentraciones de proletariado
miserable; la desindustrialización con sus
secuelas de paro, sobre todo juvenil; la
obtusa represión franquista y la pérdida
progresiva de un sentido trascendente de la
vida. Es en este cuadro donde los directores
de escena se precipitan para allanar la
pendiente de la psicosis; con paleta de
vivos colores se pintan a los culpables de
su injusto estado de postración: cabezas
coronadas, gobernantes políticos, militares,
y policías de la invasora y odiada
Maquetania o considerados como tales; malos
genios de características satánicamente
crueles, reaccionarias y fascistas, con
pérfidos y oscuros intereses para mantener a
los vascos en la esclavitud, urdiendo sin
parar contra ellos tenebrosas conjuras,
contaminando su sangre, enbastardando su
raza y otras historias del mismo jaez.
Es en estas condiciones en que el pobrecito
psicópata, fabrica, en la agitación
incesante de su mente enferma, los monstruos
horibles que debe odiar. Aquí intervienen
los directores de escena, ahorrando sudores
a los descontentos, introduciendo un
catecismo simple y maligno, con un
escasísimo número de conceptos, exentos de
cualquier fundamento, pero idóneos para
introducirse en los cerebros simples y
envilecidos: el pueblo vasco es una raza
antigua con tipo étnico diferenciado, de
origen desconocido, que posee una lengua
original y una civilización muy antigua, es
bueno, noble, bravo, sabio y trabajador por
definición, en suma un Euskalherrenvolk, que
si tuviera poder mataría y exterminaría a
los pérfidos enemigos del pueblo vasco, para
a continuación conseguir un país libre,
lleno de paz, libertad, abundancia y pureza
de sangre; naturalmente con un Lebensraum
adecuado que por el momento anexionaría una
comunidad foral vecina y territorios de una
nación fronteriza, en un Anschluss no
precisamente deseado. Si todo esto no se ha
conseguido aún es a causa de los malvados
anteriormente mencionados que pronto serán
definitivamente aplastados; de momento está
en escena para conseguir tal desenlace,
entre otras, una gansteril Euskaljungend
bien adoctrinada con consignas del tipo Blut
und Boden.
Bien instalado en sus seguridades
berroqueñas, el nacionalista radical
satisface la regla constante de todas las
psicosis clínicamente estudiadas: ausencia
total de crítica con relación a las
construcciones de su mente trastornada. No
hay razonamiento lógico ni evidencias que
hagan brecha en su visión delirante. Muchos
políticos, periodistas o ciudadanos comunes,
en su ingenuidad, no acaban de entender bien
de que va la película nacionalista; no se
trata de una convicción, ni de una fe, tal
vez fanática, es algo bastante más sólido y
tenaz: es una psicosis, que por supuesto
suministra una devota entrega a los
directores de escena. Estos facilitan
repuestas simplificadas, automáticas, bien
cocinadas, listas para su uso y de fuente
autorizada, con lo cual el nacionalista no
debe realizar ningún esfuerzo mental para
mantener la defensa de su fortaleza
psicopática, lo que no es el caso de otros
maníacos que van por libre.
Es perfectamente inútil advertir que este
tipo de respuesta es estúpida o absurda
desde el punto de vista de la lógica y de la
realidad objetiva. Es simple, breve y
fácilmente repetible, según la manía de
hacer eco que conocen bien los psiquiatras.
Sirve a su fin y obtiene su efecto. Los
analistas políticos, informadores de los
medios y otros creadores de opinión, lejos
de creer que basta con conocer los
fundamentos de la politología, de las
estrategias económicas esenciales, de las
exigencias de la ética, del juego limpio
democrático o de la simple piedad humana,
deberían conocer al menos lo elemental de
las enfermedades mentales para poder
enjuiciar correctamente un fenómeno como el
nacionalismo radical de las micronaciones
emergentes, nuevo aluvión de cretinez y
barbarie que anegará, si Dios no lo remedia,
el viejo solar europeo.
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