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La pregunta previa a cualquier cuestión
sobre los partidos católicos es si los
partidos, en sí mismos, son lícitos y
buenos. Porque conviene recordar que la
crítica al régimen partitocrático ha sido un
elemento continuo de buena parte del
pensamiento político católico de los siglos
XIX y XX.Ya fuera por tradicionalismo
-entendido como intento de continuidad
perfectiva del régimen cristiano subsistente
antes de las revoluciones- o por respuesta
contrarrevolucionaria -es decir por reacción
ante la realidad agresiva que han sido las
democracias reales, es decir, las liberales-
lo cierto es que buena parte del pensamiento
político católico se ha mostrado, durante
dos siglos, contrario, o muy reticente, ante
los partidos políticos.
También es cierto que a favor del régimen de
partidos no sólo han estado los liberales
católicos, aquellos que a la hora de la
verdad son esencialmente liberales y
adjetivamente católicos, sino también los
democristianos, en el sentido de aquellos
católicos que de buena fe han procurado
hacer política aceptando las estructuras
existentes.
Una segunda verdad es que, en estos dos
siglos, TODOS los grupos católicos sin
excepción se han organizado, siempre que han
podido, bajo la forma de partidos políticos.
Esto último no es de extrañar puesto que la
mentalidad cristiana es abierta, nada
partidaria del disimulo, lo esotérico y lo
conspirativo, y además es realista y
reformista por principio, rehuyendo el
ideologismo que es la fuente de los
maximalismos.
Esas constataciones meramente históricas no
prueban de suyo nada, puesto que la doctrina
católica no procede del consenso, ni de los
usos de pocos o muchos fieles, pero sí son
orientativas.
Un análisis de la partitocracia, de sus
principios y sus realidades, nos llevaría a
desviarnos de nuestro verdadero tema, así
que nos limitaremos a resolver estas
cuestiones previas sin argumentarlas.
La democracia y los católicos
La doctrina social de la Iglesia acepta
todos los regímenes y formas de gobierno,
con tal de que sean aptos para procurar el
bien común, el cual, en su concreción,
también depende de los usos propios de los
lugares y de las épocas. Ahora bien: el que
varios sistemas y formas de gobierno sean
aceptables no significa que sean iguales,
como el que no sean óptimos no significa que
sean ilícitos. Dentro del margen de lo
aceptable sigue siendo opinable cual de
ellos sea el mejor, tanto en abstracto como
en concreto.
En realidad, con las formas de gobierno
sucede que sólo son superiores a las otras
en orden a cierto aspecto de las
características que convienen a la acción de
gobierno... pero a costa de no serlo tanto
respecto de otra u otras. Cuál de los
elementos precisos para el gobierno se deba
primar depende de la tradición, de las
necesidades del país, de las ideas
corrientes en la época y, en último término,
de las preferencias de los legisladores.
La democracia es una forma de gobierno
conocida y teorizada desde la antigüedad,
que la Iglesia acepta perfectamente, con tal
-como todas las demás- que no pretenda ser
la única forma de gobierno compatible con la
Fe cristiana (esta condición es parte
nuclear de la enseñanza de S. Pío X en su
encíclica Notre charge apostolique, 1910). Y
dentro de las democracias, la de partidos,
con todos los defectos de éstos, es hoy la
más ensayada.
Desde Pío XII en la Benignitas et humanitas
(1944) a Juan Pablo II, la Iglesia se ha
mostrado dispuesta a aceptar la democracia
con tal de que no sea moralmente
relativista, ni se crea -como no debe
hacerlo ningún gobierno- fuente de
moralidad, pero no ha puesto el requisito
negativo de la exclusión de los partidos, ni
como aparatos gobernantes, ni aún menos de
la existencia legal.
Es concebible un régimen democrático de
partidos que se turnan en el gobierno según
los resultados de las elecciones y que en su
conjunto acepte la soberanía última de
Cristo (y eso constituye la confesionalidad
del mismo rectamente entendida). No por eso
desaparecerían los defectos intrínsecos al
régimen de partidos, cierto, pero todo
régimen los tiene, y poseería la legitimidad
cristiana fundamental.
Permítaseme decir que, hoy en día, la
existencia de los medios de comunicación
social hace que las cuestiones de gobierno
estén tan a la vista de todos que es
imposible impedir que se formen opiniones; y
hay que admitir que, salvo para los
verdaderos especialistas, los conocimientos
-no la preparación- sobre los más varios
asuntos están más nivelados entre las
distintas clases sociales que en otras
épocas.
Con lo dicho queda claro que, siendo el
régimen de partidos lícito en principio, los
católicos pueden participar activamente en
él, tanto los que no pretenden alterarlo
como los que aspiran a sustituirlo, aunque
plantea dudas el que estos últimos, los más
politizados, fueran susceptibles de
adaptarse personalmente a un régimen,
entronizado por ellos mismos, en que la
mayor parte de las cuestiones de gobierno se
decidiera al margen de la opinión pública,
incluida la suya.
Importa mucho hacer una reflexión
importante: los puristas que han denunciado
más acerbamente el régimen de partidos han
sido los primeros en constituirse bajo forma
de tales, a pesar de sus enrevesadas
disquisiciones de que 'los movimientos' no
son comparables a los partidos, pese a que
es evidente que, llámense como se llamen,
participan de las características esenciales
de agrupar individuos exclusivamente por
motivos ideológicos y de combatir a otros
conjuntos análogos de distinta opinión por
el poder.
El error de eludir la política
Parece evidente que la idea de cristianizar
el orden social (y el mínimo imprescindible
de encuadrarlo en el Derecho Natural) no
debe hacer excepción con la cabeza política
de la sociedad civil, y ello por celo
apostólico y por pretensión de eficacia.
A las anteriores afirmaciones conviene
añadir una argumentación por reducción: hoy
en día la oposición a que los católicos
actúen en partidos (todavía no hemos llegado
a que constituyan partidos propios) no
dejaría a los católicos, en buena lógica,
más opciones que éstas:
- buscar la recristianización del orden
social exclusivamente por medios subversivos
(la fuerza golpista o insurreccional);
- esperar, sin motivo comprensible, que una
política efectuada por principio sólo por no
católicos o todo lo más por bautizados no
consecuentes (puesto que se parte de que lo
consecuente es no participar en partidos)
termine satisfaciendo -¿por qué milagro?-
las elevadas exigencias de una política
cristiana;
- o limitarse a padecer, permitiéndose todo
lo más alguna lamentación, la política cada
vez más inmoral que nos quieran infligir los
no católicos y los anticristianos.
En cambio, la que no se sostiene
lógicamente, siendo la más cotizada, es la
idea de que una acción puramente social,
pero que se detiene ante el umbral de la
política -que es propia de los partidos-,
pueda, no ya cambiar aquélla, sino ni
siquiera subsistir, sin ser una y otra vez
saboteada y desmontada por el poder
político. Debe recomendarse muy vivamente la
lectura del artículo de Maurras "Las
campanas de Suresnes".
No se conocen ejemplos de mozárabes que
hayan subvertido por pura presión social la
tiranía mahometana, sino que han descaecido
bajo ella. Sólo se conocen casos en que la
persecución ha cesado y se ha invertido por
obra de una conversión milagrosa, como la de
Constantino, aunque el camino natural para
la preservación de la vida cristiana ha sido
el de Don Pelayo.
¿Acaso nos está prohibido poner medios
naturales? ¿y nos es lícito tentar a Dios,
forzándole al milagro?
Frente a la utopía meramente 'social'
debemos denunciar sin tregua la mentalidad,
seguramente subconsciente, de estos
cristianos que se asustan mucho del desorden
social y quieren trabajar por el orden
cristiano... pero sin entrar en la política
propiamente dicha y en los partidos, que al
presente son sus actores.
Sin saberlo, son hijos de la mentalidad
ambiental del 68 vestida de escrúpulos
cristianos: lo único prohibido es prohibir;
no cabe imponer, sólo proponer; ni castigar,
sólo amonestar. Afirmaciones éstas cuya
verdad depende del campo al que se refieran:
en el orden religioso la Fe, ciertamente, no
se impone, y aún así el Derecho Canónico,
dentro de la Iglesia, castiga; en cuanto al
gobierno civil, puede incluso que no deba
ser predicador y educador, pero sí debe
imponer y castigar conductas, llegado el
caso, para no perpetrar la enorme injusticia
de proteger el desorden con la impunidad.
Si los católicos a los que aludíamos entran
en algún partido 'corren el riesgo' de
llegar a gobernar, ocasión donde no cabe
subterfugio para impedir que se vea
prevalecer el criterio del gobernante, ni
castigar las transgresiones de las normas
por él dictadas (y dictadas por tenerlas por
buenas). Como retroceden ante esa
posibilidad -que más bien debe ser la
aspiración natural de quien actúa en
política- se refugian en el apoliticismo, y
ésa, y no otra, es la raíz subyacente, de la
impotencia cristiana en la política del
siglo XXI vestida de espiritualismo.
Con inculcar bien la anterior idea,
repitiéndola abundantemente, se justificaría
de sobra hoy cualquier artículo.
Sin embargo, conviene seguir presentando las
grandes líneas del cómo han de ser los
partidos de los católicos, resuelta al
cuestión de que la participación en ellos
les es lícita.
Nos detendremos en cuatro grandes
cualidades. Han de ser confesionales,
autónomos, genuinamente políticos y, sobre
todo, plurales.
Partidos confesionales
Recientemente un documento de la
Congregación para la Doctrina de la Fe,
enormemente valioso por otra parte, ha
acumulado reticencias sobre la palabra
'confesional'. En otro lugar nos hemos
referido a ello ("Deberes de los católicos
en política. Un recordatorio vaticano" en
Arbil nº 66 y en "Relanzamiento de la
política católica" en Verbo nº 141-142).
Pero la noción, que es lo importante, sigue
siendo válida por argumentos de magisterio,
de razón y de experiencia.
Cuando el Concilio Vaticano II enseña que
"deja íntegra la doctrina tradicional
católica acerca del deber moral de los
hombres y de las sociedades para con la
verdadera religión y la única Iglesia de
Cristo" (Dignitatis Humanae 1,3) el plural
de "sociedades" no sólo se refiere a todos
los estados del mundo, sino a toda la escala
de las sociedades de las más pequeñas a las
más grandes.
Para quienes conocen la doctrina de las
encíclicas Immortale Dei y Quas primas (de
León XIII y Pío XI) la tienen bien presente,
y aspiran, naturalmente, a que el Estado
español vuelva a ser, como debe,
confesionalmente católico, la
confesionalidad de los partidos de los
católicos es mucho más evidente. Pero para
todos deber ser menos objetable, puesto que
son asociaciones voluntarias. Cabe entender
el falso reparo acerca de la confesionalidad
católica del estado, pero no que una
agrupación voluntaria de católicos repudie
el ser católica.
La colaboración con los no cristianos de
buena fe -excusa esgrimida para ello- no
debe olvidarse, cierto, pero (con ser caso
más teórico que práctico) puede realizarse
perfectamente en ámbitos comunes más amplios
que salvaguarden la existencia de ambientes
puramente católicos, donde los fieles se
alienten recíprocamente en vez de correr el
peligro de entibiarse y dejar de reconocer,
con la práctica de omitir la referencia a
Cristo, quién es lo fundamental.
El deber de confesar a Cristo como Señor, de
Quien aspira a seguir -a pecadores
trompicones- sus enseñanzas, es común a todo
cristiano, solo o asociado, en cualquier
terreno. Todo en nuestra vida debe hacerse
para Gloria de Dios. Y el confesarse
públicamente cristiano, individual o
socialmente, es un acto de adoración que
atrae, a su vez, particulares gracias del
Cielo.
Por otra parte, como enseña el Catecismo, la
confesionalidad católica es la perfección
sobrenatural de un imperativo natural: toda
sociedad es, explícita o implícitamente,
confesora de un orden de valores al cual se
remite (CEC §§ 2244 y 2257).
Finalmente, de la existencia de sociedades
que pretenden ser católicas se derivan
bienes insustituibles para la Iglesia, los
fieles, y las almas en general.
En suma: la confesionalidad de las
sociedades es un deber, y para los fieles es
un derecho poder organizarse
confesionalmente para promover el
cumplimiento de ese deber.
Frente a todas estas razones persiste la
'sapientísima' receta de organizar (siempre
con cristianos como punto de partida)
asociaciones, y hasta partidos, que
satisfagan las exigencias cristianas pero no
confiesen abiertamente su dependencia del
Dios del Cielo y Encarnado. Creen que de ese
modo atraerán a gente ajena, de otro modo
mal predispuesta, aunque más bien parece, en
realidad, que sólo pretenden evitar al
máximo el atraerse descalificaciones y
persecuciones. Ojeriza que, pese a ello,
padecen igualmente, por católicos, por mucho
que nieguen ser galileos.
Ante esta idea, originalísma y prudentísima,
de la confesionalidad implícita, todo
recuerdo del deber cristiano de confesar a
Cristo socialmente según la doctrina
tradicional, toda argumentación de que, a la
postre, el derecho natural requiere en
nuestro estado de naturaleza caída una guía
positiva y negativa externa, la Revelación y
el Magisterio, y todas las ventajas
inherentes son obviadas. O no se citan, o se
conceden de dientes para fuera para
centrarse en el acto únicamente en sus
desventajas (nunca se pesan en la balanza
siquiera ventajas e inconvenientes).
Su argumento nuclear es que un partido
confesional compromete a la Iglesia a los
ojos de todos, por lo que parará -al parecer
indefectiblemente- en mal. Eso sin contar
con que conceden igualmente, como si fuera
intrínsecamente necesaria, la deriva
cesaropapista o hacia la tiranía religiosa
de la recta política confesional.
Esta aversión a la confesionalidad, no ya de
los estados, sino aun de los propios
partidos de los católicos, debe rebatirse no
sólo afirmando los argumentos de autoridad y
razón, sino redarguyendo con fuerza.
Un partido perfectamente cristiano en su
contenido, pero sin la confesión explícita
de su Fe es, a más de una fantasía, un
cristianismo sin Cristo, es decir, un
reconocimiento de que Cristo es superfluo, y
la confesión de que el cristianismo es
concebido como ideología conjugadora de
doctrinas y virtudes benevolentes, a cuyo
desarrollo lógico se supedita todo, incluso
el dato revelado. Por el contrario, debemos
creer -con auténtica Fe- que Cristo sabe muy
bien lo que hace, y no vulnera la más
perfecta tolerancia cuando exhorta a
bautizar a todas las gentes en nombre de la
Santísima Trinidad, en vez de conformarse
con que cada cual adore lo que quiera, con
tal de que sea filantrópico y tolerante.
Los que promueven esa confesionalidad
implícita de los partidos no comparten en su
alma semejante postura blasfema, aunque sus
actitudes externas sólo sean lógicas
conclusiones respecto de tal premisa. No
meditan mucho sobre ello, y les guía una
pasión bastante más superficial.
Cuando afirman que partidos políticos
católicos desacreditarían la Iglesia y la
Fe, no pueden pensar, sin imprudente
injusticia, en que los católicos que en
ellos formarían serían necesariamente
corruptos, incluso en mayor medida de la que
pueda ser considerada usual entre pecadores,
bautizados o no.
En el fondo, piensan que todo gobierno, el
cual, para regir la sociedad, adopta una
línea de pensamiento y urge el cumplimiento
de unas normas a tenor del mismo, IMPONE su
conciencia a otros y, a la postre, ¡CASTIGA
sensiblemente! Y ambas cosas les parecen
escandalosamente anticristianas. Retornamos
al contagio del espíritu ácrata del 68,
firmemente arraigado en la generación nacida
entonces y criada en esa atmósfera.
No es tan cierto que rehuyan la
responsabilidad del gobierno -y rehuir
responsabilidades por principio tampoco es
bueno- sino la impopularidad.
Frente a ellos, es preciso recordar que la
elección entre posibilidades incompatibles
es una necesidad natural, que la persuasión
no es suficiente para todos, y que la verdad
social es la mejor norma, aunque algunos no
la acepten. Suprimir el divorcio -en orden
de principio- es un bien según la enseñanza
divina, por lo que negarles la posibilidad
de divorciarse a los que lo desean, y dicen
no ver la natural indisolubilidad del
matrimonio, no es infligirles una privación
injusta. Claro que hace falta para todo esto
un mínimo de sana filosofía y un elevado
grado de Santa Fe.
Existe un importantísimo argumento a favor
de los partidos confesionales que no se debe
omitir.
La estrategia aconfesional se viene
ensayando en España desde la transición y es
la que ha fracasado y nos ha conducido a la
negra situación presente (y sus aún más
oscuras perspectivas).
La aconfesionalidad, la confesionalidad
implícita, no son novedades maravillosas,
sino antiguallas gastadas.
En la época de Tarancón los obispos
españoles desdeñaron la importancia de la
confesionalidad de la constitución y
frenaron positivamente el intento de crear
partidos cristianos, incluso de los más
tibios democristianos. Las consecuencias
visibles son que una mayoría de diputados
cristianos alumbró una Constitución que no
deja lugar a Dios, pero sí para que el
órgano que la propia Constitución prevé para
ser interpretada autorizadamente sentencie
que en ella cabe el aborto legal.
Y cuando un partido ha llegado sostenido por
el voto de los cristianos más practicantes,
incluso mostrado como mal menor y bien
posible, tras la implantación del aborto,
ese partido no tiene ni siquiera una
corriente cristiana en su interior, y no ha
hecho ni la más mínima intención de hacer
retroceder los males morales legalizados, ni
de contener los nuevos, sino más bien la de
unirse moderadamente a ellos.
La experiencia reciente es una maestra
inolvidable de la política. Lo que hemos
tenido no ha funcionado. ¿Cuándo llega la
hora de permitir que se prueben otras
recetas?
Son ya veinticinco años de vida
constitucional sin que se prediquen ni
respalden partidos confesionales. ¿Cuántos
harán falta para reconocer el fracaso de la
táctica (además de errónea doctrina) de la
confesionalidad innecesaria o implícita? ¿Un
siglo entero? Esperemos que baste la
desaparición de todos los que fueron sus
fautores para que los ojos limpios de los
que observen la realidad y la doctrina se
orienten sin el prejuicio de sostenella y no
enmendalla .
Riesgos falsos y verdaderos
Hay, ciertamente, peligros que evitar.
Algunos de modo muy simple.
Que un partido sea constitutivamente
católico (y no de católicos, como no es lo
mismo un colegio católico que un colegio con
profesores y alumnos mayoritariamente
católicos) no implica ni requiere que se
titule tal en su nombre (a tenor del canon
216 todos los fieles tienen el derecho de
promover con iniciativas propias -y las
políticas no están excluidas- la actividad
apostólica con tal de que no se atribuyan el
nombre de católicas).
Por lo demás la confesionalidad es una
declaración que admite infinidad de grados,
maneras y expresiones. Si en un tiempo la
expresión 'inspiración cristiana' sirvió
para desvirtuar la firmeza del compromiso
público con la doctrina cristiana, hoy, en
sí misma y en nuestras circunstancias, puede
ser signo de compromiso público con la Fe de
Cristo, su Doctrina, su Iglesia y su
Magisterio.
El otro grave peligro es que un partido
oficialmente católico se sirva de la Iglesia
en vez de servirla. La rectitud de intención
es la que califica aquí el comportamiento de
los interesados y sólo Dios la escruta en su
intimidad.
Pero externamente, la Congregación para la
Doctrina de la Fe nos ha regalado un
reciente documento donde nos fija criterios
muy claros:
Los legisladores cristianos -políticos
surgidos de los partidos- "tienen la
«precisa obligación de oponerse» a toda ley
que atente contra la vida humana". Esa
obligación, para ellos y para todos los
fieles, se extiende a no participar en
campañas de opinión favorables a semejantes
leyes. Por supuesto, "a ninguno de ellos
[los legisladores] les está permitido
apoyarlas con el propio voto", caso
particular del deber que tiene todo
católico: "la conciencia cristiana bien
formada no permite a nadie favorecer con el
propio voto la realización de un programa
político o la aprobación de una ley
particular que contengan propuestas
alternativas o contrarias a los contenidos
fundamentales de la fe y la moral".
Acerca de estos mínimos, negativos y
tajantes, cabe notar que si la atención
primera de la Santa Sede se sitúa en el
'evangelio de la vida', a continuación se
añade que las "exigencias éticas
fundamentales e irrenunciables" que los
motivan no se reducen a ese campo, y tampoco
sólo al familiar, con expresa referencia de
oposición a "las leyes modernas sobre el
divorcio", sino que se extiende a otros
puntos fundamentales como la libertad de los
padres en materia de enseñanza, la libertad
religiosa y la alusión a una economía justa.
Sí se sirven de la Iglesia los políticos que
procuran atraerse el voto católico sólo en
tiempo de elecciones, pese a un
comportamiento legislativo negligente o
adverso el resto del cuatrienio. Para
justificarse apelaban antes al mal menor y
hoy, con más descaro, al bien posible.
En este punto debemos ser muy intransigentes
con el lenguaje: el mal menor es un mal, se
reconoce como tal, y, por lo tanto, obliga
siempre en conciencia a salir de él cuanto
antes; el bien posible, en cambio, es
ontológicamente un bien, y podemos
contentarnos con él aunque aspiráramos a
otro mayor.
Es preciso no permitir la confusión: entre
el más ínfimo de los males y el más pequeño
de todos los bienes pasa la importantísima
línea de lo que es grato a los ojos de Dios
y lo que no.
La confusión en cuestión se aprovecha de un
equívoco del lenguaje: 'bien' puede ser
sustantivo o adverbio. Como hecho, como
situación o como ley, un mal menor no puede
confundirse con ningún bien, en tanto que la
acción de reducir un mal y sustituirlo por
otro menor sí puede ser un comportamiento
bueno y meritorio; pero aquí el mérito del
agente no puede confundirse con la bondad de
la cosa.
Resumamos: un partido católico ha de serlo
constitutivamente por el reconocimiento de
Cristo y el serio propósito de atenerse a su
ley, que la Iglesia nos transmite. En eso
consiste ser confesional. Y las dificultades
que se presentan contra su existencia no son
concluyentes.
Autonomía de los partidos católicos
Aunque el Concilio diera énfasis especial a
la afirmación de la autonomía del orden
temporal, esa ha sido la doctrina constante
de la Iglesia siempre.
Un partido católico no debe ser un partido
del clero. Es entonces cuando compromete a
la Iglesia de verdad y no cumple su
verdadera misión.
Entre los católicos tentados de
'espiritualismo' está muy difundida la
noción de que un partido católico -¡ése que
al mismo tiempo quieren definir como
aconfesional!- debe tener por única misión
estar al servicio de la Iglesia. No es así.
Un partido católico debe estar al servicio
de Dios en lo que es propio a la política,
que es el bien común temporal. Debe
configurar dicho orden de modo que satisfaga
los divinos designios al respecto. Luego,
también debe contribuir más directamente a
preparar los caminos del Evangelio y amparar
y favorecer a la Iglesia, pero después.
El gobierno concreto de las sociedades, que
es muy distinto del puro enunciado de sus
principios morales rectores, y en particular
de sus límites negativos (que sí son de
incumbencia de la Iglesia), permite muchas
soluciones. No es competencia de los
clérigos, que tienen las propias, intervenir
en ello, ni corresponde a los laicos
permitirlo. Y es una particular indignidad
para los mismos reducirlos a ejecutores de
las decisiones ajenas, a veces, incluso,
responsables para asumir el pasivo de la
acción de gobierno, pero no libres para
fijar la más mínima decisión de gobierno.
Lo peor del riesgo de clericalismo es que ha
sido interiorizado por muchos laicos, sobre
todo si piensan que el orden temporal no
tiene consistencia propia, ni merece su
propia atención amorosa. Si todo se reduce a
servir a la Iglesia, es muy fácil pensar que
la Iglesia docente debe indicar en cada
momento al detalle lo que quiere. Y esto es
un error, pues a veces los laicos pueden dar
generosamente lo que los clérigos no se
atreverían a pedir, y otras deben rechazar
por prudencia solicitudes inoportunas.
Conviene ver, incluso, que la preparación
espiritual del sacerdote es inadecuada para
el gobierno civil.
El sacerdote es ministro de la misericordia
divina, y no sólo nos imparte repetidamente
su perdón sino que tiene que exhortarnos
todo lo posible a la indulgencia recíproca.
En cambio, no siendo la mira específica de
la política ni íntima ni eterna, debe trazar
límites claros a las conductas que se
sancionen con castigos condignos. La
justicia humana sin la espada en la mano
sería ineficaz objeto de todas las burlas.
No convendrá que un sacerdote sea
implacablemente riguroso, pero tampoco que
un gobernante sea indulgente por sistema. La
necesidad de una energía de tipo disuasorio
en la política interior y exterior es otro
motivo adicional para la autonomía de los
partidos católicos respecto del clero (desde
el menor de los predicadores a los obispos y
el Papa).
También es inmediato el riesgo de
clericalismo cuando se plantea la existencia
de un único partido político católico. Por
ser único y pretender representar a todo el
laicado, es más fácil que la Jerarquía vele
sobre sus decisiones tan de cerca, a causa
de su trascendencia para toda la Iglesia,
que lo convierta en un satélite.
Todos queremos doctos predicadores y santos
confesores, pero ni siquiera a ellos les
consultaríamos nuestras preferencias
legítimas en materia de vivienda o finanzas.
Incluso en materias muy delicadas, como la
educación de los hijos, resulta inaceptable
pensar que la oportunidad concreta de un
premio o un castigo, y cual haya de ser, se
ponga en manos del sacerdote. Otro tanto
puede decirse de muchas otras esferas,
política incluida.
Puesto que no podemos delegar nuestra
responsabilidad personal, tampoco como
gobernantes, mantenemos siempre nuestra
libertad, máxime cuando las cuestiones de
soluciones concretas, acatados los
principios católicos, pueden ser
discutibles... porque son libremente
opinables.
Los partidos católicos deben atenerse a la
Doctrina de la Iglesia, pero dentro de este
marco no deben someterse al criterio
personal de los clérigos, y ni siquiera a la
propia política institucional de la
Jerarquía.
Genuino interés político
La política rige la polis. Y la polis deriva
de la familia. Y la familia, construida
sobre el matrimonio, es una institución
natural, anterior al cristianismo y a la
Iglesia, aunque Cristo elevara aquel a la
dignidad de sacramento.
Del mismo modo, la política es una actividad
natural que debe ser cristianizada, pero que
posee una entidad anterior a la Encarnación.
Se equivocan quienes piensan que una
política debe ser católica por todo
contenido, que es mérito para un partido ser
'sólo' católico, que basta como programa la
Doctrina Social de la Iglesia.
Por el contrario, los partidos católicos
deben poseer un genuino interés político,
ser manifestación de una pasión política
rectamente ordenada.
Es este asunto simple pero muy importante.
La Doctrina Social marca principios y
límites, pero no indica contenidos, así que
no puede ser un programa. Sin propósitos
concretos que orientar, los principios no
pueden llegar a manifestarse, y lo más claro
que restan son los límites intransgredibles.
Con lo que resulta que un partido sólo
católico es el partido del 'no' y sólo del
'no'. No al aborto, no a la reproducción
asistida, no a la clonación, no a la
eutanasia, no a la juridización de las
parejas de hecho, no a los pretendidos
matrimonios homosexuales, no al divorcio, no
...
Tal programa no es el de una política, sino
el de una oposición. Y no es particularmente
atractivo, desde luego.
La Religión católica no ha desdeñado nunca
lo natural, que salió valde bona de las
manos de Dios. La atracción por una política
concreta, por determinada propuesta de
medidas, debe ser el elemento natural que
contribuya a acrecentar la fuerza de los
partidos católicos.
Toda vocación debe estar servida -no
dominada- por la pasión correspondiente,
para que se lleve a plenitud y no se cumpla
decorosa pero fríamente como compromiso (Víd
Catecismo de la Iglesia Católica § 1770). La
política católica deben encabezarla laicos
con pasión política y genuino interés por la
política, con tal de que quieran mantenerse
dentro de lo que la Ley de Dios pide,
aunque, por supuesto, es mejor si desean
sobrenaturalizarla haciéndola, en lo que
puede, instrumento de evangelización.
Si un partido político existente de
identidad marcada (republicano, por poner un
ejemplo) decidiera a partir de un momento
dado ser y actuar como católico, debería ser
recibido con alborozo por todos los hijos de
la Iglesia, y no cabría exigirle que
renunciara a un pensamiento político
discutible pero lícito. ¿Cómo, entonces,
rechazar a un partido que nace católico
porque sus promotores le dan una identidad
opinable determinada? Sólo si se teme la
descalificación de los ajenos y no se
entiende lo que es la encarnación en el
mundo.
Es curioso y tristísimo que para los
partidos católicos se desconfíe de los que
tienen vocación política de perfiles
definidos.
La medicina y la enfermería son profesiones
aptísimas para ejercer el apostolado
cristiano de la caridad; y sin embargo nadie
recomendaría a un chico o chica que desean
hacer de su vida un ejercicio particular de
caridad y apostolado el hacerse médico o ATS
si no manifestara una atracción singular por
esa actividad. En orden a constituir la
propia familia, el considerar que en ella se
comparta la vida religiosa debe ser una
prioridad; pero nadie recomendaría iniciar
un matrimonio indistintamente con cualquier
éste o aquella con tal de que fueran buenos
cristianos, sin mayor atracción recíproca.
Sin embargo, perteneciendo la política
originariamente al mismo orden natural que
la profesión o la familia, eso mismo es lo
que se hace cuando quieren promover una
política cristiana aquellos que reconocen
que sólo les interesa de ella revocar los
pecados institucionalizados y servir a la
Iglesia (sin darse cuenta de que cosa tan
material como una buena política de vivienda
coopera a la fundación de matrimonios, y que
una justa política de empleo y salarial
facilita la natalidad). Esa es la
perspectiva en que pueden parar muchas
iniciativas políticas nacidas de los
movimientos apostólicos.
Por el contrario, lo cierto es que los
partidos católicos deben encabezarlos
políticos vocacionales y poseer identidades
definidas, cada una de las cuales supondrá
un factor de atracción natural de cierta
categoría de gentes para una postura
católica.
Que los partidos católicos posean su propia
identidad puramente política, y una visión
de conjunto de la cosa pública no es sólo
conveniente y debido, sino ineludible.
No basta definirse con posturas sobre
cuestiones sectoriales, por importantes que
sean: antes o después los partidos
existentes, incluso cuando no gobiernen,
habrán de apoyar o rechazar iniciativas
ajenas a esos campos. El ejemplo de los
'verdes', que de intereses puramente
parciales se han convertido en algunos
países en opciones de conjunto no refuta
cuanto decimos, sino que lo confirma: los
verdes han recurrido al fondo izquierdista
(y sobre todo de sus 'antis') del que
procedían sus integrantes.
Los partidos que niegan poseer una visión de
conjunto enmarcable en determinada escuela
no dejan de tenerla realmente. Lo lamentable
es que esa visión, sobre ser inconsciente,
es la que dominaba -máximamente vulgarizada-
en la infancia de sus gobernantes. No sólo
se maneja sin conocimiento pleno, sino que
está anticuada y falta de rigor.
Un partido político católico meramente
sectorial, sin posiciones políticas de
conjunto definidas, las tiene implícitas,
pero al mismo tiempo devaluadas y hurtadas a
la crítica. Y así, puede darse el caso de
que un partido que sólo exija rechazar el
aborto y otros atentados contra la vida,
diciendo no hacer distinciones de
procedencia religiosa o política, termine
considerando como causa de exclusión de su
seno la aprobación de la Constitución de
1978.
La identidad política es necesaria e
ineludible. Mejor es que sea pública y bien
perfilada.
Pluralidad de partidos
Llegamos al punto fundamental, a inculcar
hoy en día, repitiéndolo hasta crear un
ambiente: la pluralidad de partidos
católicos.
Cada vez que alguien sugiera lo mal que está
el orden político en orden a la vida
cristiana debemos decirle "hacen falta
partidos católicos", y cada vez que alguien
diga "haría falta un partido católico"
debemos corregirle sin demora "harían falta
partidos católicos". Unas veces debe dejarse
dicho de paso, otras debe marcarse la
corrección, y otras detenerse en ella con
todo tipo de argumentos, pero esta
insistencia en el plural es capital para que
el renacer que se anuncia no se frustre.
No tenemos ninguno y ya queremos varios. ¿No
es eso dividir por anticipado? De ningún
modo, es pensar en lo verdadero y a lo
grande. Y evitar peligros ciertos.
El partido católico único es el que
verdaderamente queda identificado con la
Iglesia ante los ojos del público, por lo
que mueve a los Pastores a controlar hasta
sus pasos más modestos. Un partido político
único sí que compromete a la Iglesia y sí
que tiende al clericalismo.
Con un partido católico único se acaba la
libertad política de los católicos. Para
estar abierto a todos debe ser poco
definido, no fundarse en una identidad
sugestiva sino en mínimos, ser el partido
unido en las negaciones.
Los católicos con propósitos políticos
positivos -naturalmente diferentes y
divergentes- serían todos por igual
sometidos a los católicos sin vocación
política, a sus ideas pobres, a su falta de
pasión, y a su escasa aptitud para la
maniobra y el combate.
Parece que un partido único es malo si es
'fascista' pero es buenísimo y obligado para
los buenos católicos. Idea demasiado
sospechosa de poco democrática y poco
cristiana.
El partido único coarta la libertad en lo
opinable para siempre. Antes del triunfo
porque hay que unirse para conquistar el
gobierno, y después porque si nos dividimos
lo perderemos.
Y ¿quién imperará en ese partido para
siempre? La táctica de los que primero hayan
levantado la bandera de un partido 'sólo
católico', si antes no hemos conseguido
divulgar la noción de pluralidad de partidos
confesionales pero con identidades políticas
diferenciadas.
Un partido único cristiano es un canonizador
de las estructuras presentes: siempre será
extremismo intentar cambiarlas, lo común es
aceptar lo existente como punto de partida.
Y si un católico discrepa de las autonomías,
del bicameralismo o de esta monarquía, por
ser católico habrá de renunciar a ello.
La unidad necesaria ante algunas leyes
inicuas (que no para todo) o para las
campañas electorales puede conseguirse por
medio de alianzas. En ese aspecto nos vemos
favorecidos por un sistema electoral
bastante proporcional que no impone
inexorablemente el bipartidismo o la
bicandidatura (en cambio la existencia de
listas cerradas es contraria a los partidos
monotemáticos). La pluralidad de partidos
políticos católicos puede generar el
beneficioso efecto para la democracia de
auténticas primarias para la composición de
listas de coalición, en vez de la
reproducción indefinida de la cúpula
partitocrática.
Anotemos también que la unidad de disciplina
es una exigencia marcial de tiempos de
guerra. Es la que reclamaron
-infructuosamente- los obispos de Vitoria y
Pamplona a los católicos del PNV cuando
estalló la Cruzada. Pero no es lícito regir
permanentemente una sociedad -en este caso
los partidos católicos- bajo una permanente
ley marcial.
Pero sobre todo cuando no se conduce una
confrontación, sino el apaciguamiento por
sistema. Es vergonzoso apelar a la ley
marcial y negar que se está en guerra,
reprimiendo a los que desean obrar en
consecuencia con la existencia de abierto
enemigos de la cristiandad en el orden de la
política.
La pluralidad de partidos católicos respeta
las legítimas opciones concretas de los
fieles en cuanto ciudadanos. Depura la
participación política de los cristianos de
aquellos líderes y tácticas que pierden
apoyo. Y permite presentar una imagen
anticipada de lo que sería un régimen
democrático cristiano: aquel en el que
hubiera diversidad de partidos, turnantes
según los votos obtenidos dentro de un marco
moral intangible, el de los mínimos de la
confesionalidad católica.
Lo que se exige para que lleguemos a ver
esto es la insistencia machacona en el
plural: partidos políticos cristianos. Y la
concepción de que debe existir un marco de
reconocimiento y entendimiento mutuo entre
esos partidos que debe auspiciar la
Jerarquía. No se trata de primar a los más
numerosos, ni de mimar a los menos
comprometedores, sino de que todo el que sea
confesionalmente católico, por pobre o
discrepante en lo opinable que sea, sea
reconocido y tratado como partido hermano.
¿Reconocería su partido como católico a otro
minoritario? ¿o le impondría la absorción?
¿Y a otro programáticamente republicano?
¿sería eso provocador en nuestra España o
muestra de apertura a la izquierda?
¿Y a un partido tradicionalista o de estirpe
franquista? ¿o éstos, aunque sean católicos,
deben ser proscritos para no contaminar,
pese a que nunca han dejado de promover todo
el mínimo -y mucho más- del Evangelio de la
vida y la familia, mientras otros aún no
habían despertado a la necesidad de
custodiar el orden social natural y
cristiano desde la política?
Ante esas preguntas podemos encontrarnos
quienes de hecho añaden requisitos puramente
humanos (y muy discutibles) a los de la Ley
de Dios para reconocer a sus hermanos
cristianos en política. Lo peor es que desde
la concepción de un partido católico único,
los que no formen en él no serán buenos
católicos. Lo cierto es que el partido
católico aconfesional y apolítico ha sido
siempre sumamente intolerante para con los
católicos que en política eran confesionales
y predicaban opciones definidas.
La larga marcha de los partidos católicos
Desde luego, esta doctrina frustra por
anticipado la visión de los que creen que
algún día todos los que van a Misa, movidos
por todos los párrocos, votarán a un mismo
partido. De ese modo se hacen unas
felicísimas cuentas de la lechera. Sueñan. Y
sueñan por no sufrir enfrentándose a la
verdad del ascenso penoso, peldaño a
peldaño.
Y es que implícitamente se añade
subrepticiamente al concepto de partido
católico una nota espúrea: ha de ser un
partido de inmediatas posibilidades de
triunfo, cuyo voto sea útil desde un
principio, un partido que se hurte a las
leyes de la naturaleza política y que no
haya de afrontar la lenta implantación y la
dura travesía del desierto.
Uno de los motivos del énfasis en la unidad
de partido católico, aparte de los errores
ya mencionados, es el miedo a la soledad y a
lo arduo; y unos promotores medrosos no son
los mejores caudillos.
Concluyamos:
- hemos de predicar cuanto antes la
pluralidad de partidos confesionalmente
católicos
- se han de fomentar nuevas iniciativas, así
como relanzar las de quienes no dejaron
nunca de pensar en política cristiana
- y hemos de empezar a sondear relaciones de
fraternidad y alianzas.
De otro modo el futuro de los católicos
españoles, tras una ausencia global de
veinticinco años de la política, se delinea
con mucha probabilidad tras algún partido
meramente sectorial, no político ni
confesional, que primero se ponga a hacer
campaña en los ambientes católicos (¡tan
reafirmado en ser aconfesional como en
presentarse comovoto católico!); que será,
mientras dominen las erróneas nociones de
partido sólo católico y aconfesional el que
recomienden los sacerdotes y movimientos a
los fieles que se interesen por un partido
al que votar que no sea al PP; y que será el
que conduzca a los cristianos a todos los
atolladeros de la política aconfesional,
conducente a una política a medias y una
satisfacción de nuestra religión a medias.
Es esta una cuestión que reclama ya que se
abra un franco debate en los medios
católicos. Por lo mismo que ha de ser la
nuestra una larga marcha debe planearse bien
y debe comenzarse ahora mismo. |