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Parecía
broma, cada vez, y no lo era.
El positivismo de nuestros gobernantes
actuales es sumamente curioso. Uno diría,
por su obsesión en cambiar los textos de
leyes y más leyes, a cual más peregrina, que
tienen una fe ciega en la potencia
transformadora de las leyes escritas,
combinada, eso sí, con una curiosa habilidad
impune para no aplicar las que consideran
lejanas a su agrado. |
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La ley de educación tenía que haber entrado
en vigor. No lo hizo. La ley del aborto
tenía que haberse aplicado restrictivamente,
como excepción que es a la norma general
que, nadie lo diría, es la penalización del
aborto, considerado como delito. Lo que se
aplica restrictivamente, y mucho, es la
regla, no la excepción.
Los ingleses decían, hace ya algún tiempo,
en plan jocoso, que el Parlamento inglés
podía hacerlo todo, excepto convertir a un
hombre en mujer; no me queda claro si sigue
sin poder hacerlo, pero parece que el
Parlamento español ha decidido superar las
limitaciones de su colega británico y
convertir cualquier situación de convivencia
en matrimonio. Y, últimamente, dos hombres o
dos mujeres pueden ser progenitores de
alguien que nació de otras dos personas.
Hace un par de décadas, en Canadá, apareció
un partido político extremadamente "sui
generis": se llamaba el Partido de los
Rinocerontes, y uno de los puntos
principales de su programa consistía en la
abolición de la Ley de la Gravedad.
Recientemente, en Vizcaya se ha presentado a
las elecciones el Partido del Karma
Democrático, otros que tal. Pues no parece
sino que los que nos gobiernan les
estuvieran disputando el electorado.
Con todo el jaleo éste del "Estatut", lo más
triste de todo esto son las peleas en torno
a conceptos más o menos jurídicos. Y ahí
viene el debate sobre la nación. Si España
es o no una nación, o si lo es Cataluña, es
algo que no viene derivado de que esté
escrito en una u otra ley ¡Pues menuda
nación es ésa que necesita para serlo que su
condición sea reconocida en un texto legal!
España será una nación, o lo será Cataluña,
no cuando la Constitución, o el Estatuto, o
la ley que sea, lo deje escrito negro sobre
blanco, sino cuando exista una conciencia
popular lo suficientemente extendida. El
Estatuto de Cataluña puede cambiar el modelo
de financiación, puede cambiar el esquema
general de gobierno; pero el Estatuto no
puede cambiar la realidad, que será la que
será independientemente de lo que esté
escrito en los textos legales.
Ni España, ni Cataluña, son o dejan de ser
naciones por mucho que se repita en todas
las leyes que se promulguen a partir de
ahora. Ni el arrejuntamiento entre personas
del mismo sexo es matrimonio, aunque lo
repita hasta la saciedad el Código Civil.
Ah, y tampoco podemos abolir la Ley de la
Gravedad: aunque entre en vigor una ley
derogatoria, la Tierra seguirá atrayéndonos,
y todos los Partidos de los Rinocerontes no
son bastante a evitarlo.
En Canadá, el Partido de los Rinocerontes
fracasó en las elecciones (al menos hasta
cierto punto, porque votantes tenía). En
España, en cambio, está en el poder un
partido de su misma línea ideológica.
Curiosamente, el partido de la oposición,
que quiere decidir por referéndum si España
es una nación o varias, está aproximándose a
pasos agigantados a la misma postura. A lo
mejor les da por recuperar la idea de abolir
la Ley de la Gravedad. Total, después de lo
que llevan hecho, ni siquiera parece lo más
ridículo. |