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Uno lee los artículos en cuestión y descubre
que los grupos inversores chinos compran
grandes participaciones de multinacionales
en Occidente, que los productos chinos son
más competitivos que los europeos o
estadounidenses, que Shangai tiene un
skyline que sobrepuja al de la otrora
capital del mundo, Nueva York. A ciertas
edades, el detector de campañas
periodísticas dirigidas anda ya muy afinado,
y las mieles que FAES y sus satélites
dedican a imperio del terror rojo ponen la
mosca detrás de la oreja rápidamente. Otra
desventaja de cumplir años es la maldita
memoria. Y me vienen a la misma las imágenes
de televisión de un día de junio de 1989,
cuando miles de estudiantes universitarios
se alzaron contra el gobierno chino,
pidiendo libertad de prensa, elecciones
democráticas, derechos civiles y otros
totems vendidos por las democracias
liberales. Concitaron la simpatía del mundo
entero e hicieron una sentada en la mayor
plaza del mundo, la de Tian an men, llenos
de esperanza y vientos de libertad. El
partido comunista ordenó al "Ejército de
liberación del pueblo" acabar con la
revuelta, y lo hizo eficazmente, con todos
los medios disponibles. Incluso una de las
fotos más célebres del siglo XX es la de
aquel estudiante chino enfrentándose a
cuerpo limpio con la columna de carros que
avanzaba en fila contra los suyos,
dispuesto a sacrificar su vida. El impacto
mediático y la solidaridad extranjera era
todo aquello con lo que contaban los
encerrados en la plaza mayor de Pekín. Los
esbirros comunistas los rodearon, las
cámaras se apagaron y nunca más se volvió a
saber de ellos. Los gobiernos occidentales
se indignaron públicamente, pero obviamente
no pasaron de ahí. La opinión pública
mundial (o sea, ese 25% de lectores de
periódicos de las 5 naciones más ricas del
planeta) se horrorizó, pero olvidó
rápidamente el asunto.
Han pasado casi 18 años. En realidad
deberíamos decir que apenas han pasado 18
años. China sigue siendo una dictadura
comunista. Sigue sin haber derechos civiles,
sigue sin existir libertad de prensa, sigue
sin haber elecciones democráticas. Pero, de
pronto, los liberales españoles han decidido
que China es un país estupendo, un modelo
que no hay que perder de vista para el
futuro, un referente del nuevo mapa
geopolítico. Y viajan allí con frecuencia, para
ser agasajados por los miembros del partido,
para establecer relaciones comerciales, para
hacer un turismo estupendo: no hay nada como
una dictadura para asegurarte unas
vacaciones baratas y seguras. Que se lo
digan a los cubanos, sino. ¿Qué demonios ha
pasado? ¿Acaso el partido comunista chino se
ha vuelto democrático, un espejo de virtudes
de la revolución liberal? No, sigue siendo
tan despótico y criminal como siempre, pero
lo que sí ha decidido el partido comunista
chino es mandar la economía dirigida y el
socialismo real a hacer puñetas, y apuntarse
a la economía de mercado. Probaron Hong Kong,
y desde entonces el eslogan "un país, dos sistemas" quiere
decir que los miembros del partido se
enriquecen como capitalistas a costa de la
mayoría de los ciudadanos, que sufren como
proletarios.
Los antiguos informes de violaciones de
derechos humanos en China del Wall Street
Journal, the Economist y resto de
altavoces del liberalismo mundial se han
trocado en mucho más prosaicos balances, y
sus terminales españolas repiten las
instrucciones venidas de la/el capital. Ya
no les oiremos nunca más protestar por los
atropellos humanitarios en China, han
descubierto el beneficio. Es la dictadura
china la más bestial del planeta, con
permiso de sus vecinos norcoreanos. Allí se
sigue prohibiendo la libertad de asociación,
se sigue condenando a purga o incluso muerte
a los disidentes, se sigue forzando a
abortar a las madres con más de un hijo, se sigue traficando con
los órganos de los ejecutados (tenemos
permiso para pensar que elevado número de
ejecuciones tiene su origen en las
necesidades de ese vil negocio), y sobre
todo, se sigue persiguiendo a la Iglesia
católica que se resiste a seguir los
dictados oficiales: feligreses muertos o
enviados a campos de internamiento,
sacerdotes y obispos detenidos y torturados,
una Iglesia verdaderamente mártir y fiel,
ejemplo para tantas otras comunidades
católicas (como la nuestra) aburguesadas,
cobardes y timoratas ante el poder. Eso
sigue pasando todos los días en nuestro
nuevo aliado preferencial. Los
liberales, como es habitual en ellos, sólo
ven el mundo a través de los ojos de la
macroeconomía, y se hechizan ante el aumento
espectacular del PIB de China, el incremento
exponencial de consumo de carburantes, la
mayor productividad del mundo, el
crecimiento que dobla al de los países
occidentales. Sólo cifras, nada de personas. ¿Cual es el secreto de
China? se preguntan los alborozados
gestores empresarios, envidiosos. El
secreto es bien simple: la firme cultura
del trabajo inherente a la sociedad china
(véanse nuestros chinos caseros, que no
están bajo la bota de ninguna dictadura, y
son los más trabajadores de todos), los
buenos niveles educacionales para trabajos
técnicos que no precisen una gran
cualificación, y sobre todo, unas leyes y un
gobierno que pagan una miseria a los
trabajadores, que no tienen seguridad en el
trabajo, ni prestaciones sanitarias, ni días
de vacaciones, ni posibilidad de sindicación
o defensa, ni derecho algunos. Si alguno
protesta o se sale de la norma, se le
elimina y se pone a otro. Total, con más de
1300 millones, el gobierno se puede permitir
muchas matanzas como la de Tian an men.
El secreto es, sencillamente, la explotación
más repugnante. Un trabajador chino produce
casi igual que un occidental, por una
vigésima parte de coste. Las multinacionales
occidentales, cuya patria no es la
democracia, sino el beneficio, se han
apresurado a llevarse sus fábricas allí
(ahora se le llama eso tan fino de
deslocalización, que me recuerda a la
variante del robo llamada desamortización,
que queda mucho mejor, casi como una
cuestión de balance de cuentas). La
deslocalización quiere decir, lisa y
llanamente, explotación en China, y paro y
pobreza en Occidente. Y nuestros gobiernos y
nuestros intelectuales apesebrados, que
tanto defienden los derechos humanos en
Vascongadas, en Irak, en Argentina o en
Cuba, callados como tumbas. Nuestros
sindicatos de pancarta y puño cerrado, en
silencio. La izquierda social no
atacará al gobierno chino por la inmoral
razón de que es "uno de los suyos", la
derecha economicista se apunta a la
adoración a Mamnón y alienta este estado de
cosas con tal de obtener beneficios. Los
trabajadores chinos, convertidos en los
nuevos esclavos; los trabajadores de
Occidente, despertando poco a poco (o
bruscamente) del sueño del estado del
bienestar. Gobierno dictatorial, economía
de capitalismo salvaje. Ese es, en efecto,
el futuro que nos tienen reservado. Y para
ello es fundamental que las sociedades más
cultas vayamos poco a poco haciéndonos
incultas e idiotizas, más manejables;
vayamos perdiendo el entramado social y
familiar que nos permite defendernos de los
abusos de poder. El individuo solo frente al
estado. Llegado este estado de cosas (y en
ese camino andamos) el poder nos dará la
alternativa de morirnos de hambre o
convertirnos en nuevos chinos. Porque
China es el futuro. |