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La habitual
intencionalidad de los mass media
europeos y norteamericanos va en la
dirección de mezclar todas las religiones a
la hora de denigrarlas como algo
fundamentalmente negativo.
Los “mártires”
islamistas, que normalmente detonan un
explosivo de forma que puedan alcanzar a
otros, toman cierta semejanza con los
kamikaze japoneses de la segunda guerra
mundial, con la diferencia fundamental de
que el honor de los nipones les hacía
emplear para este menester a miembros del
ejército regular y sólo los empleaban contra
objetivos militares. Ninguna de estas dos
circunstancias acaece en el caso
contemporáneo.
Para no incurrir en el
mismo error que la prensa, usaré a partir de
ahora la expresión “asesinos suicidas de la
Jihad”, que creo más ajustada, por
definir los tres componentes que los
definen: matan personas en el acto de su
suicidio, y lo hacen en nombre de la guerra
santa musulmana.
En el Alcorán, en
efecto, se promete el paraíso a los
combatientes musulmanes que mueran en el
transcurso de una guerra contra los
infieles. Nada afirma en cambio el libro
sagrado de los musulmanes del asesinato de
inocentes, mas la ideología islamista se
tiñe (irónicamente) con ciertos presupuestos
revolucionarios al considerar que los
civiles que apoyan a un jefe enemigo son
también enemigos, justificando su asesinato.
La ausencia de una autoridad religiosa
superior en el Islam, y la difusa definición
de guerra santa o Jihad, permite a
imanes sin escrúpulos organizar redes
terroristas cuya fuerza se basa,
principalmente, en la actuación de estos
asesinos suicidas.
Tales formas de combate
no son en realidad novedosas, y en los actos
de terrorismo ejecutados en Israel, los
islamistas las han empleado desde hace
bastantes lustros. No obstante, Occidente
despertó a esa realidad tras los atentados
más famosos de la historia, los ataques a
diversos objetivos, principalmente el
Pentágono y las Torres gemelas del World
Trade Center, realizados en Estados
Unidos el 11 de septiembre de 2001. Hay un
antes y un después de esa fecha. Desde
entonces nuestras sociedades se han lanzado
a un interminable análisis de las causas de
este tipo de terrorismo, que van desde las
hipótesis tópicas, erróneas y desenfocadas
del pensamiento marxista (mucho más vigente
en los países que jamás han sufrido su
gobierno de lo que nos podríamos imaginar),
centradas en la pobreza y el rechazo al
imperialismo como única explicación, hasta
las deducciones del pensamiento liberal
neoconservador estadounidense, que suelen
girar en torno al déficit democrático de las
sociedades musulmanas, el fanatismo
religioso y el desarrollo organizativo y
tecnológico de la marca blanca del islamismo
Al Qaida. Razonamientos estos últimos
que acercan al problema pero no lo penetran,
y que terminan indefectiblemente en la
llamada guerra al terror, que no es más que
la reproducción estadounidense de la
estrategia israelí a la agresión: una guerra
convencional para destruir las bases del
enemigo, sean en el Líbano, en Afganistán o
en Irak. Con el fracaso, en ambos casos, que
podemos apreciar.
La razón es simple. No
se ataca a la verdadera raíz del problema. Y
esa raíz no se halla en supuestas luchas de
clase interculturales o en la sofisticación
de tácticas y armamentos de los nuevos tipos
de guerras. Esa raíz se halla en un punto
mucho más simple y más terrible: los
islamistas están dispuestos a dar su vida
por aquello en lo que creen.
Ese es un concepto que
en Occidente no sólo hemos perdido por
completo, sino que, como los autistas, nos
negamos a escuchar o siquiera a discutir. De
hecho, los terroristas occidentales tienen
un respeto inconmovible a la propia vida.
Las soluciones propuestas a la ola de
atentados de asesinos suicidas de la
Jihad van desde el intento de
aplacarles, como es el caso del gobierno
español, hasta la respuesta militar
puramente tecnológica “proporcionada”,
reflejo de la política de la ley del Talión,
principio básico de la respuesta armada
israelí y ahora también estadounidense.
Ninguna de ambas podrá ganar esta guerra
declarada a Occidente, porque ambas olvidan
la principal fuerza de los islamistas, que
no es ni la razón ni la fuerza: es la
convicción. Mientras un gobierno occidental
sufre en credibilidad por cada víctima del
terrorismo que ha de enterrar, los
islamistas están dispuestos a sacrificar
hasta al último zopenco fanatizado para
obtener la victoria. Da igual cuantas bases
les destruyan y cuantos sobornos se les
ofrezcan. Ellos tienen algo de lo que los
occidentales carecemos: la convicción de que
están librando una guerra justa contra el
invasor cristiano y que esta sólo
podrá concluir con la victoria absoluta y la
instauración de un nuevo califato perfecto.
Toda una historia de venganza que va desde
las cruzadas hasta el apoyo europeo y
americano a la creación del estado de
Israel, pasando por la colonización
británica y francesa en Oriente próximo. Tal
convicción es simpática para la inmensa
mayoría de los musulmanes, principalmente
los árabes, y la figura del asesino suicida
como un redivivo guerrero de la Jihad,
aunque poco imitada, es ampliamente
admirada.
El problema es, pues,
moral. Y la respuesta que se ha dar debe ser
moral. En esa batalla Occidente no cuenta
con ninguna arma. Nuestras sociedades han
olvidado y borrado sus propias raíces. En el
caso español, el pensamiento político
dominante abomina abiertamente de las
mismas. Nuestro credo es el materialismo y
el hedonismo, y nuestra “convicción” el
relativismo. Estamos dispuestos a asumir
cualquier humillación mientras podamos
disfrutar de una vida cómoda, por vil que
sea esta. El sacrificio por un ideal es algo
considerado negativo en nuestra filosofía
contemporánea. Y mientras siga siendo así,
seguiremos perdiendo la guerra.
En este punto es donde
el Tradicionalismo alza de nuevo su voz para
recordar aquello que nunca pasa de moda,
aquello que permanece, y ofrecerlo a la
sociedad.
Y en el caso concreto
del problema de los asesinos suicidas de la
Jihad, la respuesta se halla en el
baúl donde hemos guardado las cosas que nos
parecían inservibles: el código de
caballería cristiano.
Pasando por alto la
sonrisa que a muchos lectores les habrá
aflorado a los labios al leer la solución
propuesta al desafío, vamos a ver qué es el
código de caballería cristiano. Nacido a
instancias de la Santa Madre Iglesia
alrededor del año 1000, el código de
caballería trataba fundamentalmente de
limitar y humanizar las matanzas que
asolaban la Europa cristiana cuarteada por
el feudalismo, plena de guerras particulares
y privadas, en la que los nobles disputaban
cruelmente por ampliar su poder y patrimonio
frente a reyes y nobles rivales. Los
teólogos católicos (que en aquella añorada
época utilizaban su razón para tratar de
cristianizar la sociedad en vez de para
discutir cada punto del magisterio de la
Iglesia) elaboraron toda una filosofía
cristiana que debía aplicarse al combate,
para restarle cuanta brutalidad e injusticia
fuese posible. Como el monopolio militar
residía en los aristócratas terratenientes,
a ellos se dirigía; y como estos eran los
únicos que podían permitirse ir a la guerra
a caballo, tal comportamiento recibió el
nombre de código de la caballería o de los
caballeros, del cual tomó su nombre, que ha
llegado hasta nuestros días en términos
familiares (aunque cada vez menos) como
“caballerosidad”. Palabras y conceptos en
desuso, y considerados comúnmente como
antiguallas románticas.
Naturalmente este
código, basado en los principios morales
cristianos, también se podía aplicar a la
vida diaria. Con el paso del tiempo,
desaparecieron las guerras privadas y
también la caballería pesada, pero el
concepto perduró y se imbricó tanto en las
sociedades occidentales, que se convirtió en
su ideal de vida, se podría decir que el
europeo era una persona empeñada en ser, o
al menos parecer, caballero: la
caballerosidad pasó a ser timbre de nobleza
por encima de las clases sociales, los
aristócratas se sentían en la obligación de
ser más virtuosos que el resto por respeto a
la misma y el título más honroso que podía
recibir una persona era ser apellidado de
“perfecto caballero”, término hoy reducido a
la nominación del urinario de los varones.
Una evolución perfectamente descriptiva de
nuestra sociedad, por cierto.
La recuperación de ese
ideal cristiano es la convicción que nos
permitirá resucitar al arma moral que puede
derrotar al terrorismo islámico. Para
ilustrarlo, los carlistas valencianos
contamos con la fortuna de tener un guía de
auténtico lujo. Y este cicerone lo
hallamos en la más inmortal obra de nuestra
literatura, la novela Tirant lo Blanch,
de Joanot Martorell, poeta y cortesano que
siempre destacó en sus escritos su título de
caballero como el más honroso. Este libro ha
merecido la atención de lingüistas e
historiadores por motivos bastante
accesorios y poco relacionados con el tema
sobre el que trata su argumento. Y es que el
objetivo principal del autor al escribirlo,
que actualmente es pasado por alto, era
mostrar la conducta de un perfecto
caballero, Tirante el Blanco de Bretaña. En
los primeros capítulos del mismo, el joven
Tirante es introducido en los principios de
la “Orden de caballería” (artificio
literario con el que el autor da cuerpo a
todas las órdenes que seguían el código) por
un anciano y virtuoso caballero inglés: el
conde ermitaño Guillem de Varoic (basado,
por cierto, en un personaje real y
contemporáneo, sir William de Warwick).
Tirante encontrará en su periplo hasta
Constantinopla muchos personajes menos
caballerosos que el anciano, pero siempre
mantendrá incólumes los principios
aprendidos de su maestro Guillem de Varoic.
De la mano del mismo vamos a describir
cuales son las bases cristianas del
comportamiento, en combate y fuera de él, de
un hombre virtuoso.
A partir del capítulo
XXX, Guillem de Varoic explica las
cualidades de la “orden de la caballería”,
instituida por inspiración divina “al faltar
en el mundo caridad, lealtad y verdad”. Ante
todo, el caballero debe ser devoto y
piadoso, defensor de la Santa Madre Iglesia,
frecuentador de los sacramentos y práctico
regular de la oración [“pedid y se os dará”
Mt 7, 7]. Debe ser humilde, y nunca ponderar
sus méritos como propios, reconociendo en
ellos la manifestación de la Gloria de Dios
[“el que se ensalce, será humillado; y el
que se humille, será ensalzado” Lc 18, 14].
Debe ser honrado, no tomando para sí nada
que no le corresponda [“no robarás” Dt 5,
19], y haciendo justicia a todos por igual,
sin hacer acepción de personas. Ha de ser
afable y sufrido, austero en sus costumbres
[“no andéis buscando qué comer ni qué beber,
y no estéis inquietos (…) Buscad más bien el
Reino, y esas cosas se os darán por
añadidura” Lc 9, 19-21], desprendido de los
bienes materiales [“no se puede servir a
Dios y al dinero” Lc 16, 13] y no afanarse
con las cosas mundanas [“Marta, te preocupas
y te agitas por muchas cosas y hay necesidad
de pocas, o mejor, de una sola. María ha
elegido la parte buena, que no le será
quitada” Lc 10, 41-42]. Debe ser leal y
cumplir a toda costa los compromisos
adquiridos, incluso aunque sólo sean de
palabra [“el que es fiel en lo poco, lo es
también en lo mucho” Lc 16, 10], para que
todos lo conceptúen de persona fiable. No
debe ser charlatán, ni murmurador, ni
perderse en filosofías vanas, ni mucho menos
blasfemar [“sea vuestro lenguaje: "Sí, sí";
"no, no", que lo que pasa de aquí viene del
Maligno” Mt 5, 37]. Debe ser casto [“hay
eunucos que se hicieron tales a sí mismos
por amor al Reino de los Cielos” Mt 19, 12].
Debe estar siempre dispuesto para atender al
prójimo, sacrificando su tiempo y bienes por
los necesitados, y haciendo obras de
misericordia [“en verdad os digo que cuanto
hicisteis a unos de estos hermanos míos más
pequeños, a mí me lo hicisteis” Mt 25, 40].
Debe defender, por tanto, a los débiles del
abuso de los poderosos: viudas y huérfanos
antaño; hoy en día niños no nacidos,
ancianos y enfermos. Debe ser manso,
sufriendo la ofensa personal sin buscar
venganza ni guardar rencor, y perdonando de
corazón [“todo aquel que se encolerice
contra su hermano, será reo ante el
tribunal” Mt 5, 22]. En el conflicto buscará
siempre el entendimiento y la concordia
[“ponte enseguida a buenas con tu adversario
mientras vas con él por el camino” Mt 5,
25], será hombre de paz y no iniciará
querella alguna, más si la lucha se hace
inevitable para defender su vida o sus
derechos naturales, combatirá con fuerza y
valor, dispuesto a sacrificar su propia vida
por un bien superior, sin pararse en los
peligros que conlleve la acción. Feroz en la
porfía, digno en la derrota, morirá antes
que renegar de su fe [“a quién me confesare
ante los hombre, yo le confesaré ante Dios”
Mt 10, 32]; generoso con el vencido, no se
incautará injustamente de sus bienes, será
rápido en atender la petición de clemencia y
respetará a los inocentes, sin hacerles daño
ni extorsión [“bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia” Mt 5, 7]. Ese ideal de vida de
nuestros mayores es la convicción que
todavía pervive inconscientemente en nuestro
imaginario común, a la que podemos apelar en
los momentos de necesidad. La aspiración de
superar nuestros egoísmos y miedos, de ser
mejores, es lo que dará sentido a nuestra
vida y a nuestra lucha.
Si citamos un libro de
caballería, nos viene a la mente de
inmediato el inmortal personaje de
Cervantes, Alonso Quijano, travestido en un
caballero andante en un arrebato de locura,
en la novela Don Quijote (en la que,
por cierto, el autor salva al Tirant lo
Blanch de la pira purificadora por
considerarlo libro de provecho y sin
fantasías). En ella, el pobre protagonista
sufre mil desventuras novelescas en un siglo
XVII que ya ha perdido la raíz del código de
la caballerosidad, apareciendo como lunático
por tratar de seguirlo. Con todo, el ideal
perduró en nuestra sociedad, de un modo u
otro, hasta que la revolución francesa le
dio remate final. Como muy bien retrata la
novela El Gatopardo, la burguesía
triunfante, que había ascendido al poder
gracias al dinero, no a otro señor iba a
servir que al propio dinero. El honor y la
fe fueron sustituidos por el beneficio y la
ideología, tarea en la cual, por cierto,
había precedido en varios siglos el
calvinismo a la burguesía revolucionaria.
Los carlistas tenemos
cercano ejemplo del comportamiento del
caballero cristiano. Nuestros predecesores
en la lucha contra la revolución abundaron
en ese comportamiento, principalmente los
tercios de requetés en la Cruzada de 1936 a
1939. Fueron espejo de virtudes militares y
civiles. Acudían con frecuencia a los
sacramentos, no entrando en combate sin
estar confesados y comulgados, oraban con
frecuencia y en batalla buscaban siempre dar
su última mirada al crucificado enaltecido
por el cristóforo de la compañía. Abnegados,
sufridos, obedientes a las órdenes
recibidas, voluntarios para cubrir los
puestos más comprometidos, bravos en la
lucha, incluso temerarios, pero clementes
con los derrotados. Admirados por aliados y
temidos por los enemigos, combatieron
siempre de cara, y jamás sufrió mancha su
honor con acusación alguna de crímenes de
retaguardia, por desgracia tan frecuentes en
nuestra última guerra civil. Combatieron por
Dios, por España y por el Rey legítimo, y al
final de la lucha, cumplido su deber, se
retiraron al anonimato para librar esas
otras batallas, más anónimas pero no menos
valiosas, de la paz, la reconstrucción y el
mantenimiento de una familia. No tenemos más
que mirar su trayectoria para saber cómo se
ha de comportar un caballero cristiano.
Hemos visto, pues, como para vencer la
convicción de los asesinos suicidas de la
Jihad, hemos de contraponer otra
convicción más fuerte. Una convicción de
vida y honor, y no de muerte y odio. Si
queremos vencer esa guerra, hemos de volver
los ojos a las raíces cristianas de nuestra
sociedad. Las ideologías revolucionarias,
triunfantes durante casi dos siglos en
nuestra Patria, no nos van a servir en esta
ocasión. El hombre no entrega su vida por
conceptos abstractos como la democracia, la
libertad o la constitución. Eso son bobadas
de revolucionario. El hombre sacrifica su
vida por su hogar, su familia o su fe. Ni
más, ni menos.
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