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Los discursos de los políticos que se han
beneficiado de las ventajas de la
legislación electoral de talante
egoístamente conservadora del poder,
repetían tópicos de política general que
apenas tenían nada que ver con los problemas
regionales y locales para los que
oficialmente se movilizaba a los votantes.
Hemos oído descalificaciones personales y
críticas globales, gratas al público
mitinero, pero que no resisten un elemental
análisis de contenidos objetivo. En lugar de
propuestas sensatas y factibles hemos
escuchado un rifirrafe de conceptos que se
escapaban del ámbito territorial de las
candidaturas.
Aún así el índice de participación electoral
no deja de ser inferior a otros comicios y
la llamada “soberanía nacional” no parece
tomarse demasiado en serio su papel, a la
vista de la abstención registrada, cuya
interpretación nos llevaría a desvaríos
anarquizantes.
Lo divertido es que una vez escuchado el
pronunciamiento de las urnas todos dicen
estar contentos con los resultados y hemos
oído verdaderas florituras dialécticas para
justificar esas alegrías. No añadiremos
nosotros más retórica a un juego que, dadas
nuestras premisas y circunstancias, nos
resulta lejano y ajeno. Felicitaremos a
quienes han revalidado su mandato en nuestra
región y en otras y les haremos un
llamamiento a la generosidad y al servicio
de todos
Pero dejaremos constancia de nuestra
preocupación por la doble faz de los que
buscan los votos sin dejar las armas y por
los que la consienten y propician desde el
poder. Nos entristece comprobar que en
algunos rincones de nuestra Patria ha
faltado el clima de libertad suficiente y
necesario para hacer campaña y votar en
conciencia. Y que el ejercicio inorgánico
del voto ha puesto en evidencia una vez más
las carencias del sistema que está poniendo
en peligro la misma pervivencia de España
como nación unida.
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