martes, 13 de noviembre de 2007

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12 de noviembre de 2007. Opinión política. Honor y Gloria. por Ángel Garralda, sacerdote

 

“¿Qué les pasa a los españoles que se olvidan de sus mártires, a los que yo me encomiendo todos los días?”. Así preguntaba muy extrañamente Pío XII. 

Esa es precisamente la cuestión: el olvido de los mártires por desidia, pereza y hasta miedo de que nos saquen los colores, si es que quedan, para avergonzarnos en nuestra conciencia. Lo cierto es que hasta el Espíritu Santo envió a Juan Pablo II a la sede de Pedro, ninguno de los mártires subió a los altares. Y habían pasado 44 años, mientas sus causas de beatificación dormían sepultadas bajo el polvo del olvido en los anaqueles de la Sagrada Congregación de los Santos. Pero Juan Pablo II conocía a la perfección el percal de los verdugos marxistas y creía en los mártires.

Quien se olvida de los mártires se olvida de la Sangre de Cristo, porque los mártires son Cristo de nuevo crucificado. Olvidarse de ellos es el mayor desprecio al testimonio de fe de 6.638 sacerdotes y religiosos y seminaristas, sólo por serlo, a los que hay que sumar miles de seglares asesinados por el hecho de ir a Misa. Esa ha sido la mayor persecución de todos los siglos en menos tiempo. Olvidarlos es el mayor desprecio a tantas madres de mártires que se quedaron sin lágrimas de tanto llorar. Es el mayor desprecio a aquellas personas cristianas que arriesgaron sus vidas por ocultar a sus sacerdotes; y es que el mayor desprecio embadurnado de desagradecimiento a quien se levantó por exigencias de la fe, para evitar que la Iglesia fuese borrada del mapa de España y restaurar el orden para vivir en paz.

 

Y no confundamos a los mártires con las víctimas de la represión, como ahora pretenden. Que no es lo mismo ser asesinado siendo inocente y sin juicio, que aplicar la justicia a un criminal. No es lo mismo morir personando a sus verdugos que morir sin arrepentimiento o con el arrepentimiento de no a haber matado más. Los mártires nos enseñan como Cristo a morir perdonando. Es la gran lección de su testimonio frente a la dictadura actual de la cultura sin Dios.

 

No hay que confundir “perdón” con “olvido”. El perdón sale del corazón. El olvido es fruto de la falta de memoria. Gracias a Juan Pablo II y a Benedicto XVI pasarán en abundancia de mil los beatificados y algunos canonizados.

 

¿Por qué de olvidarnos de la página más gloriosa de la Iglesia Española? Mientras la Iglesia Española no se olvidó de los mártires del 36, se repitió al pie de la letra la expresión de Tertuliano de “Sangre de mártires, semilla de cristianos”, o lo que es lo mismo, sangre de sacerdotes mártires, semilla de nuevos sacerdotes, de cuyas rentas estamos viviendo por poco tiempo al paso que vamos. Prueba de ello es que, hasta hace dos años, los sacerdotes que celebraban sus Bodas de Oro sacerdotales en mi diócesis sobrepasaban el número de 20 y, ahora, ya no llegan a 10. Y, en adelante, si se ordenan unos 4 sacerdotes al año, ¿cuántos llegarán a sus Bodas de Oro con el sacerdocio? Mucho olvido de los mártires y, sin embargo, la Iglesia sigue rezando en el prefacio de los mártires que “la sangre de los mártires derramada como la de Cristo para confesar tu nombre, manifiesta las maravillas de tu poder, pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de la debilidad, haciendo de la fragilidad su propio testimonio”.

 

Aquí entramos en el misterio. ¿Qué tiene la Cruz de Cristo que engancha de tal manera hasta dar la vida por Él? ¿Qué tiene la Cruz de Cristo que mostró su mano Francisco Javier a los japoneses, que no mucho después, 500 japoneses dieran la vida por cristo crucificados como Él?

 

Se acabó el silencio contra los mártires gracias a Juan Pablo II y Benedicto XVI, porque es señal de que la Iglesia despierta el rescoldo de su fe para calentarse en este invierno de la secularización en el fuego de su amor.

 

Publicado en el número Noviembre-Diciembre 2007 del Boletín de la Adoración Nocturna Femenina Española

 

 

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