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“¿Qué les pasa a los españoles que se
olvidan de sus mártires, a los que yo me
encomiendo todos los días?”. Así preguntaba
muy extrañamente Pío XII.
Esa es precisamente la cuestión: el olvido
de los mártires por desidia, pereza y hasta
miedo de que nos saquen los colores, si es
que quedan, para avergonzarnos en nuestra
conciencia. Lo cierto es que hasta el
Espíritu Santo envió a Juan Pablo II a la
sede de Pedro, ninguno de los mártires subió
a los altares. Y habían pasado 44 años,
mientas sus causas de beatificación dormían
sepultadas bajo el polvo del olvido en los
anaqueles de la Sagrada Congregación de los
Santos. Pero Juan Pablo II conocía a la
perfección el percal de los verdugos
marxistas y creía en los mártires. |
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Quien se olvida de los mártires se olvida de
la Sangre de Cristo, porque los mártires son
Cristo de nuevo crucificado. Olvidarse de
ellos es el mayor desprecio al testimonio de
fe de 6.638 sacerdotes y religiosos y
seminaristas, sólo por serlo, a los que hay
que sumar miles de seglares asesinados por
el hecho de ir a Misa. Esa ha sido la mayor
persecución de todos los siglos en menos
tiempo. Olvidarlos es el mayor desprecio a
tantas madres de mártires que se quedaron
sin lágrimas de tanto llorar. Es el mayor
desprecio a aquellas personas cristianas que
arriesgaron sus vidas por ocultar a sus
sacerdotes; y es que el mayor desprecio
embadurnado de desagradecimiento a quien se
levantó por exigencias de la fe, para evitar
que la Iglesia fuese borrada del mapa de
España y restaurar el orden para vivir en
paz.
Y no confundamos a los mártires con las
víctimas de la represión, como ahora
pretenden. Que no es lo mismo ser asesinado
siendo inocente y sin juicio, que aplicar la
justicia a un criminal. No es lo mismo morir
personando a sus verdugos que morir sin
arrepentimiento o con el arrepentimiento de
no a haber matado más. Los mártires nos
enseñan como Cristo a morir perdonando. Es
la gran lección de su testimonio frente a la
dictadura actual de la cultura sin Dios.
No hay que confundir “perdón” con “olvido”.
El perdón sale del corazón. El olvido es
fruto de la falta de memoria. Gracias a Juan
Pablo II y a Benedicto XVI pasarán en
abundancia de mil los beatificados y algunos
canonizados.
¿Por qué de olvidarnos de la página más
gloriosa de la Iglesia Española? Mientras la
Iglesia Española no se olvidó de los
mártires del 36, se repitió al pie de la
letra la expresión de Tertuliano de “Sangre
de mártires, semilla de cristianos”, o lo
que es lo mismo, sangre de sacerdotes
mártires, semilla de nuevos sacerdotes, de
cuyas rentas estamos viviendo por poco
tiempo al paso que vamos. Prueba de ello es
que, hasta hace dos años, los sacerdotes que
celebraban sus Bodas de Oro sacerdotales en
mi diócesis sobrepasaban el número de 20 y,
ahora, ya no llegan a 10. Y, en adelante, si
se ordenan unos 4 sacerdotes al año,
¿cuántos llegarán a sus Bodas de Oro con el
sacerdocio? Mucho olvido de los mártires y,
sin embargo, la Iglesia sigue rezando en el
prefacio de los mártires que “la sangre de
los mártires derramada como la de Cristo
para confesar tu nombre, manifiesta las
maravillas de tu poder, pues en su martirio,
Señor, has sacado fuerza de la debilidad,
haciendo de la fragilidad su propio
testimonio”.
Aquí entramos en el misterio. ¿Qué tiene la
Cruz de Cristo que engancha de tal manera
hasta dar la vida por Él? ¿Qué tiene la Cruz
de Cristo que mostró su mano Francisco
Javier a los japoneses, que no mucho
después, 500 japoneses dieran la vida por
cristo crucificados como Él?
Se acabó el silencio contra los mártires
gracias a Juan Pablo II y Benedicto XVI,
porque es señal de que la Iglesia despierta
el rescoldo de su fe para calentarse en este
invierno de la secularización en el fuego de
su amor.
Publicado en el número Noviembre-Diciembre
2007 del Boletín de la Adoración Nocturna
Femenina Española |