martes, 20 de noviembre de 2007

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17 de noviembre de 2007. Opinión política. La paradoja del campanario mudo, o cómo la “exageración de la libertad” dificulta la libre confesión de los fundamentos morales de la sociedad. por Francisco Javier Garisoain Otero

 

El péndulo de las exageraciones

Cuántas veces sucede que el triunfo aparente de una herejía provoca, por pura reacción, la aparición de nuevos errores contrapuestos. Así, los vaivenes de la filosofía y de la política europeas de los dos últimos siglos nos han llevado, y nos llevan aunque no queramos, de la exageración de la libertad a la exaltación del estado. Como en un péndulo arrítmico pasamos del culto generalizado a esa diosa que levanta su antorcha en Nueva York al sonido cadencioso que producen dos mil botas en un desfile totalitario. Y sin embargo nosotros, los creyentes del Catecismo naranja, sabemos que todas estas grandes oscilaciones teóricas no son sino desvaríos que se apartan de un equilibro en el que todo cobra sentido.

Afirmaré antes que nada, por si alguien desea ya dejar de leer esta comunicación, que ese equilibrio, ese verdadero “fundamento moral” es el que nace del Evangelio. Y que la armonía cristiana, lo mismo que la belleza de los paisajes, reside en las proporciones de cada cosa: un tanto de libertad, otro de organización, una pizca de espontaneidad y la cantidad justa de ley escrita. Nada más y nada menos.

El equilibrio cristiano

La Cristiandad, esa civilización -o conjunto de civilizaciones variadas- que unió hasta confundirlas las ideas de progreso y misión, había llegado a entender, a costa de errores y sufrimientos, en qué consistía el equilibrio.

Había entendido por una parte que la libertad es un don, un medio, una facultad,  exclusivamente humana. Había comprendido que Dios nos quiso hacer libres para que pudiéramos ser más felices. Y por otra parte había asumido que sólo dentro de la seguridad que proporciona saber cuáles son los límites de lo tolerable es como se puede ser plenamente libre. Que sólo el conocimiento de la verdad de esos límites es lo que nos libera del miedo. Que la libertad no es una diosa intocable, sino que es como la música, que existe para sonar, para que se oiga, para que se ejercite. Había entendido, en fin, que la vida entera, como cualquier juego, es más plena, más divertida, más feliz, si hay libertad y si esa libertad está limitada por reglas.

La exageración de la libertad

Actualmente, a comienzos de este intrigante siglo XXI, están en abierto retroceso los teóricos católicos que exageraban el orden y la ley, la materia física, la planificación y el estado; en definitiva: los que querían el Reino de Cristo sin Cristo. Ya no se hace en general necesario argumentar -entre católicos- en contra de la progresía totalitaria, ni en contra de la tentación colectivista, ni en contra de la influencia marxista. Ahora el péndulo excéntrico aparece –dentro del campo católico- contaminado en cambio de individualismo, de liberalismo, de aparente religiosidad pura. Ahora el problema es la exageración de la libertad. Y lo peor es cuando la excentricidad se presenta disfrazada de espiritualidad. Cuando la new age y el anarco-cristianismo consiguen hacer pasar por autenticidad religiosa radical lo que sólo es un desequilibrio. Porque ahora la cojera pudiéramos decir que consiste en desear un Reino de Cristo sin Reino.

La exageración de la libertad suena muy bien cuando se grita –como Mel Gibson en Braveheart- para acabar con la tiranía. Pero no es un programa en sí misma ya que si no se concreta, si no se usa, si no se gasta, es como si no se tuviera. Un héroe romántico como el del cine americano, siempre adolescente, siempre indeciso respecto a su vocación, que nunca eligiera estado, que no echara raíces, nunca podría presumir de ser libre. Porque nadie puede permanecer libre en abstracto y eternamente. El tiempo exige su tributo y las vidas que transcurren en la indefinición no proporcionan frutos de ninguna clase por más que puedan alardear de estar preparados para dar cualquier fruto. Porque esa es la cuestion, que cualquier fruto no es ningún fruto. De la misma forma que cualquier decisión no es ninguna decisión.

Qué es entonces la libertad y para qué sirve

La libertad, pues, no es una diosa sino más bien un combustible. Que se almacena, se usa, se quema y se gasta. O que tal vez se transforma, porque nunca permanece igual. Por eso el hombre libre de verdad es el que se compromete, el que se ata, el que da su palabra, el que construye sobre roca, el que elige bien y no se arrepiente cada dos por tres de sus acciones.

Una de las funciones para las que sirve la libertad, tal vez la principal de ellas y para lo cual fue "inventada”, es la de querer libremente. Amar libremente a Dios y a los seres humanos. Por eso no hay acto más libre que la opción religiosa de cada cual. Ni momento más libre que el de los "votos" o el de la "boda", (pues no olvidemos que ambas palabras comparten la misma raíz semántica). No hay nada más respetable que la conciencia del hombre que busca a Dios excepto la del que busca a su media naranja. Cuando encuentra lo que quiere, o cuando se cree que lo encuentra, el hombre sano -primer paso para ser santo- bendice a Dios -o a su futuro cónyuge- reniega de todo lo pasado, apuesta todo por el futuro. Proclama la grandeza -o las virtudes-, exulta de gozo... cuenta sus cosas a todo aquel que lo quiera oir, y habla, en fin, como un enamorado, en voz alta, de la fe -o del amor- que profesa. Es decir: que lo confiesa todo.  Así es como el hombre libre está capacitado para amar libremente, y ama, y por tanto se compromete, y confiesa que se compromete.

Lo confesional bien entendido

Confesar es decir públicamente –y libremente- algo que se pensaba antes en la intimidad. Por eso lo confesional no significa, como afirma de manera un tanto reduccionista el Diccionario de la RAE, “perteneciente a una confesión religiosa”. No confundamos la obediencia a una jerarquía con la defensa de unos principios. En teoría cualquier catecúmeno puede hacer un montón de cosas “confesionales” antes de ser inscrito en el libro de Bautismo. Por eso lo confesional y la confesionalidad, desde el punto de vista de sus implicaciones sociales y políticas, alude a algo más que a la pura estructura eclesial o clerical de una religión. Lo confesional, y la confesionalidad, en este sentido, son expresiones del conjunto de “confesiones” que alguien, libremente, hace en público, independientemente de cuál sea su creencia, y de cuál sea su "militancia" religiosa o eclesial.

El proceso por el cual una persona (sea física o jurídica, individual o colectiva) se decide a confesar públicamente una creencia -por ejemplo, la de la fe católica- presupone un entorno de libertad. Sólo en una situación de libertad y respeto puede cada cual decir lo que de verdad piensa. Sólo así, llegado el caso, puede confesar  su creencia el creyente. Se trata de un proceso universal y cotidiano que se desarrolla con autenticidad cuando personas libres, con “inmunidad de coacción”, se atreven primero a expresar lo que se piensa, y luego, en coherencia, a tomar decisiones y asumir compromisos.

Qué no es la confesionalidad

La confesionalidad es ciertamente una palabra, un concepto, que tiene hoy en día muy mala prensa. Por una parte existe el malentendido ya mencionado de confundir confesionalidad con pertenencia jerárquica a una organización de tipo clerical. Pero la confesionalidad es una cosa diferente del integrismo. De forma muy esquemática podríamos decir que lo que quiere el integrismo típico es: "que manden los clérigos". En cambio quien dice que la confesionalidad es un bien lo que está afirmando no es eso sino sencillamente: "ojalá que todo el mundo fuera libre para confesar públicamente sus principios". 

El malentendido más grave surge cuando se relaciona esa afirmación coherente de unos principios con la tentación totalitaria. Como si la hija legítima de la libertad, que es la conclusión, la determinación, la consecuencia, pudiera ser enemiga de quien le dio la vida. Como si después de una confesión libre no quedara más salida que el enfrentamiento contra quienes no confiesen lo mismo que cada cual. Pues pensándolo bien, y dando la vuelta al argumento, podemos afirmar lo contrario: que la proclamación libre de los principios, de los límites, de las normas básicas, es algo que puede facilitar enormemente la convivencia con quien también haya proclamado, o confesado, algún otro fundamento para su vida. Nunca pensé que llegara a poner un ejemplo futbolístico para esta cuestión pero hay un hecho evidente: que la manera más normal de jugar al fútbol -para convivir con otros- es integrarse en algún equipo, haciendo de forma colectiva profesión de sus colores. La otra manera es ser el árbitro. Una vocación respetable, sin duda, pero imposible para la mayoría.

Confesionalidad personal y confesionalidad comunitaria

En cuanto al sujeto de la “confesión” es importante destacar que lo mismo puede ser confesional de algo una persona, que un matrimonio, una familia, una empresa, una asociación, una ciudad, o un país entero. Porque  ser confesional –perdón por la insistencia- no es mas que ponerse de acuerdo uno mismo, o una familia, o un pueblo, en cuáles son los principios… y decirlo alto y claro. Y porque esa dimensión comunitaria en la que cada persona comparte con su prójimo sus creencias es mucho más enriquecedora que si se viviera en burbujas asépticas perfectamente individuales. Además existe una particularidad demostrada mil veces en la historia: que cuando una comunidad humana cualquiera no especifica con claridad cuál es su fundamento argumentando que nada puede imponerse sobre la libertad individual, acaba siendo dirigida y manipulada por aquel que en cada momento sea el más fuerte, más inteligente, o más ambicioso.

Una familia que reza en casa, o un pueblo que celebra unido la fiesta de su santo patrón, en modo alguno podrían ser censurados en nombre de una “sacrosanta” libertad del individuo. Al fin y al cabo fue previamente la misma libertad de otros individuos la que llevó a constituir aquella comunidad y a explicitar en esos rezos o fiestas una confesión común.

Naturalmente, cuanto más numeroso y complejo sea el grupo humano en cuestión más complicado se hará el mantenimiento de un acuerdo confesional básico comunitario. Sin embargo esta dificultad tan obvia no es razón suficiente para renunciar al libre derecho de confesar que se cree en algo y mucho menos para acabar proponiendo, como solución sin solución, la aconfesionalidad obligatoria, el silencio relativista, la indefinición por decreto. Es razonable que ante una realidad compleja y, de hecho, multiconfesional exista alguna institución, algún servicio, algún recurso común –como un árbitro de fútbol- que sea declarado neutral. Pero es un error confundir esa necesidad concreta y puntual con una generalización injusta de la aconfesionalidad para todos y a todos los niveles.

La tiranía aconfesional o el campanario mudo.

La exageración de la idea de libertad individual, unida a un rechazo explícito a la propia tradición heredada por los grupos humanos, y combinada con una especie de “tiranía aconfesional” que prohíbe la libre confesión - por miedo al conflicto-, producen a diario entre nosotros, españoles del siglo XXI, situaciones incoherentes y surrealistas, paradojas sin sentido en las que al final suele imponerse el sentido común gracias a “felices incoherencias”. Llamaré la atención sobre una de ellas que he denominado: la paradoja del campanario mudo.

No hay cosa menos libre que oír campanas. A no ser que uno sea sordo, la misma existencia de un campanario en funcionamiento es una intromisión en la vida íntima de cada persona  de la que no es posible escapar. Por otra parte hay que ser muy libre para tomar la decisión de construir un campanario asumiendo la responsabilidad subsiguiente. El conflicto de derechos y libertades aparece por tanto como inevitable. No hay término medio. O se renuncia a levantar un campanario o se renuncia a la libertad auditiva de las futuras generaciones. Una campana es un avance tecnológico que permite la comunicación de un mensaje predeterminado a un oyente no específico. ¿Qué pasa cuando el mensaje principalmente religioso que se quiere transmitir ("va a empezar la Misa", o "rezad por un vecino que ha muerto", etc.) llega a oídos de alguna persona no interesada en el mismo, o más aún, alguien que libremente, ha decidido rechazar esa clase de mensajes? Es preocupante observar cómo, precisamente por culpa de esa “exageración de la libertad” a la que nos referimos, hay católicos que llegan a plantearse: “¿Hasta qué punto no estaremos coaccionando su libertad al obligarle a oír esa campana?”. Como se puede comprender, la pendiente por la que deslizan esta clase de preguntas autocríticas es resbaladiza y puede acabar en la esterilidad más absoluta. La posición rotunda del que pretende eliminar el sonido de las campanas porque dice –así lo confiesa- que él no es cristiano, que el ruido le molesta y que perturba su descanso, es perfectamente coherente y señal de que ha tenido libertad para hacerse oír. El presunto afectado por el sonido de los bronces alude a una pretendida libertad pisoteada. Ahora bien, la paradoja irresoluble, que ha de afrontarse abiertamente y sin complejos, es que el campaneo, aunque a él le parezca una imposición, es realmente la consecuencia de un acto libérrimo. No se trata pues de un conflicto entre la libertad y la imposición sino de uno entre dos libertades concretas. Conflicto a todas luces irresoluble. Como mucho se podrá llegar a algún mínimo acuerdo de cesión por una parte (limitando horarios, por ejemplo) y de tolerancia por la otra. Pero en cualquier caso será del todo imposible satisfacer por igual a ambas partes.

Y quien dice campanas dice procesiones, o dice signos religiosos de toda clase, crucifijos en edificios públicos, oraciones y bendiciones que se realizan fuera de los templos, capellanes en instituciones del estado, denominaciones del callejero, topónimos, días festivos, domingos, onomásticas, etc. Todos ellos son signos visibles que reflejan elementos todavía más profundos y misteriosamente vivos en la vida social como son la idea de persona, de familia, de autoridad, de trabajo… toda la Doctrina Social, en definitiva.

Nadie dijo que fuera fácil. Lo único que me gustaría resaltar es que la solución, si la hay, no puede consistir en hacer campanarios mudos sino que tendrá que venir, necesariamente, de la verdad. Y la verdad es que el campanario lo construyó –muy libremente- una comunidad humana que quería confesar su fe en Dios, de forma colectiva, a los cuatro vientos.

Conclusión: un modelo de sociedad "con rostro cristiano" (Benedicto XVI)

A estas alturas de la historia me atrevo a afirmar que los principales problemas de Occidente y aún diría del mundo entero se derivan y agravan por culpa de “asuntos internos” aún no resueltos entre los católicos. Y todo porque, como dijo Nuestro Señor: “Si la sal se vuelve sosa ¿con qué la salarán?”. O dicho con otras palabras –seguramente más burdas y polémicas-. Si los católicos se vuelven liberales ¿cómo volverán a confesar que Cristo es el Señor?

Una vez superada la tentación del totalitarismo puro y duro, según el cual el Estado sería el encargado de ordenar toda la vida social con métodos negadores de la libertad, nos encontramos en el discurso de no pocos católicos con una exageración contraria, que es la de considerar la libertad individual en sentido abstracto, como un valor superior incluso a la misma Verdad.  La respuesta que ofrece la Iglesia ante ambas exageraciones es siempre la misma aunque reciba denominaciones que aportan matices nuevos. León XIII habló del “Reinado Social de Jesucristo”. Pablo VI y Juan Pablo II de la “Civilización del Amor”. Esta misma semana Benedicto XVI, recordando a San Juan Crisóstomo, acaba de proponer una “sociedad con rostro cristiano”, una sociedad basada en los principios del Evangelio. Todas ellas son expresiones complementarias en las que el común denominador es el compromiso de una proclamación inicial y colectiva –una confesión confesional- del “Reino de Dios y su justicia”. Es verdad que no todo en esta vida se arregla con meras declaraciones de principios. La confesionalidad no es la panacea para obrar milagros automáticos, pero no olvidemos la promesa evangélica: que “todo lo demás -dice el Señor- vendrá por añadidura”.

Francisco Javier Garisoain Otero. Secretario general de la Comunión Tradicionalista Carlista

Comunicación presentada al IX congreso "Católicos y vida pública". Adscrita a la mesa redonda: “Fundamentos morales de la democracia”. 16 de noviembre de 2007

 

 

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