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Afirmaré antes que nada, por si alguien
desea ya dejar de leer esta comunicación,
que ese equilibrio, ese verdadero
“fundamento moral” es el que nace del
Evangelio. Y que la armonía cristiana, lo
mismo que la belleza de los paisajes, reside
en las proporciones de cada cosa: un tanto
de libertad, otro de organización, una pizca
de espontaneidad y la cantidad justa de ley
escrita. Nada más y nada menos.
El equilibrio cristiano
La Cristiandad, esa civilización -o conjunto
de civilizaciones variadas- que unió hasta
confundirlas las ideas de progreso y misión,
había llegado a entender, a costa de errores
y sufrimientos, en qué consistía el
equilibrio.
Había entendido por una parte que la
libertad es un don, un medio, una facultad,
exclusivamente humana. Había comprendido que
Dios nos quiso hacer libres para que
pudiéramos ser más felices. Y por otra parte
había asumido que sólo dentro de la
seguridad que proporciona saber cuáles son
los límites de lo tolerable es como se puede
ser plenamente libre. Que sólo el
conocimiento de la verdad de esos límites es
lo que nos libera del miedo. Que la libertad
no es una diosa intocable, sino que es como
la música, que existe para sonar, para que
se oiga, para que se ejercite. Había
entendido, en fin, que la vida entera, como
cualquier juego, es más plena, más
divertida, más feliz, si hay libertad y si
esa libertad está limitada por reglas.
La exageración de la libertad
Actualmente, a comienzos de este intrigante
siglo XXI, están en abierto retroceso los
teóricos católicos que exageraban el orden y
la ley, la materia física, la planificación
y el estado; en definitiva: los que querían el
Reino de Cristo sin Cristo. Ya no se
hace en general necesario argumentar -entre
católicos- en contra de la progresía
totalitaria, ni en contra de la tentación
colectivista, ni en contra de la influencia
marxista. Ahora el péndulo excéntrico
aparece –dentro del campo católico-
contaminado en cambio de individualismo, de
liberalismo, de aparente religiosidad pura.
Ahora el problema es la exageración de la
libertad. Y lo peor es cuando la
excentricidad se presenta disfrazada de
espiritualidad. Cuando la new age y
el anarco-cristianismo consiguen hacer pasar
por autenticidad religiosa radical lo que
sólo es un desequilibrio. Porque ahora la
cojera pudiéramos decir que consiste en
desear un Reino de Cristo sin Reino.
La exageración de la libertad suena muy bien
cuando se grita –como Mel Gibson en
Braveheart- para acabar con la tiranía.
Pero no es un programa en sí misma ya que si
no se concreta, si no se usa, si no se
gasta, es como si no se tuviera. Un héroe
romántico como el del cine
americano, siempre adolescente, siempre
indeciso respecto a su vocación, que nunca
eligiera estado, que no echara raíces, nunca
podría presumir de ser libre. Porque nadie
puede permanecer libre en abstracto y
eternamente. El tiempo exige su tributo y
las vidas que transcurren en la indefinición
no proporcionan frutos de ninguna clase por
más que puedan alardear de estar preparados
para dar cualquier fruto. Porque esa es la
cuestion, que cualquier fruto no es ningún
fruto. De la misma forma que cualquier
decisión no es ninguna decisión.
Qué es entonces la libertad y para qué sirve
La libertad, pues, no es una diosa sino más
bien un combustible. Que se almacena, se
usa, se quema y se gasta. O que tal vez se
transforma, porque nunca permanece igual.
Por eso el hombre libre de verdad es el que
se compromete, el que se ata, el que da su
palabra, el que construye sobre roca, el que
elige bien y no se arrepiente cada dos por
tres de sus acciones.
Una de las funciones para las que sirve la
libertad, tal vez la principal de ellas y
para lo cual fue "inventada”, es la de
querer libremente. Amar libremente a Dios y
a los seres humanos. Por eso no hay acto más
libre que la opción religiosa de cada cual.
Ni momento más libre que el de los "votos" o
el de la "boda", (pues no olvidemos que
ambas palabras comparten la misma raíz
semántica). No hay nada más respetable que
la conciencia del hombre que busca a Dios
excepto la del que busca a su media naranja.
Cuando encuentra lo que quiere, o cuando se
cree que lo encuentra, el hombre sano
-primer paso para ser santo- bendice a Dios
-o a su futuro cónyuge- reniega de todo lo
pasado, apuesta todo por el futuro. Proclama
la grandeza -o las virtudes-, exulta de
gozo... cuenta sus cosas a todo aquel que lo
quiera oir, y habla, en fin, como un
enamorado, en voz alta, de la fe -o del
amor- que profesa. Es decir: que lo confiesa
todo. Así es como el hombre libre está
capacitado para amar libremente, y ama, y
por tanto se compromete, y confiesa que se
compromete.
Lo confesional bien entendido
Confesar es decir públicamente –y
libremente- algo que se pensaba antes en la
intimidad. Por eso lo confesional no
significa, como afirma de manera un tanto
reduccionista el Diccionario de la RAE,
“perteneciente a una confesión religiosa”.
No confundamos la obediencia a una jerarquía
con la defensa de unos principios. En teoría
cualquier catecúmeno puede hacer un montón
de cosas “confesionales” antes de ser
inscrito en el libro de Bautismo. Por eso lo
confesional y la confesionalidad, desde el
punto de vista de sus implicaciones sociales
y políticas, alude a algo más que a la pura
estructura eclesial o clerical de una
religión. Lo confesional, y la
confesionalidad, en este sentido, son
expresiones del conjunto de “confesiones”
que alguien, libremente, hace en público,
independientemente de cuál sea su creencia,
y de cuál sea su "militancia" religiosa o
eclesial.
El proceso por el cual una persona (sea
física o jurídica, individual o colectiva)
se decide a confesar públicamente una
creencia -por ejemplo, la de la fe católica-
presupone un entorno de libertad. Sólo en
una situación de libertad y respeto puede
cada cual decir lo que de verdad piensa.
Sólo así, llegado el caso, puede confesar
su creencia el creyente. Se trata de un
proceso universal y cotidiano que se
desarrolla con autenticidad cuando personas
libres, con “inmunidad de coacción”, se
atreven primero a expresar lo que se piensa,
y luego, en coherencia, a tomar decisiones y
asumir compromisos.
Qué no es la confesionalidad
La confesionalidad es ciertamente una
palabra, un concepto, que tiene hoy en día
muy mala prensa. Por una parte existe el
malentendido ya mencionado de confundir
confesionalidad con pertenencia jerárquica a
una organización de tipo clerical. Pero la
confesionalidad es una cosa diferente del
integrismo. De forma muy esquemática
podríamos decir que lo que quiere el
integrismo típico es: "que manden
los clérigos". En cambio quien dice que la
confesionalidad es un bien lo que está
afirmando no es eso sino sencillamente: "ojalá
que todo el mundo fuera libre para confesar
públicamente sus principios".
El malentendido más grave surge cuando se
relaciona esa afirmación coherente de unos
principios con la tentación totalitaria.
Como si la hija legítima de la libertad, que
es la conclusión, la determinación, la
consecuencia, pudiera ser enemiga de quien
le dio la vida. Como si después de una
confesión libre no quedara más salida que el
enfrentamiento contra quienes no confiesen
lo mismo que cada cual. Pues pensándolo
bien, y dando la vuelta al
argumento, podemos afirmar lo contrario: que
la proclamación libre de los principios, de
los límites, de las normas básicas, es algo
que puede facilitar enormemente la
convivencia con quien también haya
proclamado, o confesado, algún otro
fundamento para su vida. Nunca pensé que
llegara a poner un ejemplo futbolístico
para esta cuestión pero hay un hecho
evidente: que la manera más normal de jugar
al fútbol -para convivir con otros- es
integrarse en algún equipo, haciendo de
forma colectiva profesión de sus colores. La
otra manera es ser el árbitro. Una vocación
respetable, sin duda, pero imposible para la
mayoría.
Confesionalidad personal y confesionalidad
comunitaria
En cuanto al sujeto de la “confesión” es
importante destacar que lo mismo puede ser
confesional de algo una persona, que un
matrimonio, una familia, una empresa, una
asociación, una ciudad, o un país entero.
Porque ser confesional –perdón por la
insistencia- no es mas que ponerse de
acuerdo uno mismo, o una familia, o un
pueblo, en cuáles son los principios… y
decirlo alto y claro. Y porque esa dimensión
comunitaria en la que cada persona comparte
con su prójimo sus creencias es mucho más
enriquecedora que si se viviera en burbujas
asépticas perfectamente individuales. Además
existe una particularidad demostrada mil
veces en la historia: que cuando una
comunidad humana cualquiera no especifica
con claridad cuál es su fundamento
argumentando que nada puede imponerse sobre
la libertad individual, acaba siendo
dirigida y manipulada por aquel que en cada
momento sea el más fuerte, más inteligente,
o más ambicioso.
Una familia que reza en casa, o un pueblo
que celebra unido la fiesta de su santo
patrón, en modo alguno podrían ser
censurados en nombre de una “sacrosanta”
libertad del individuo. Al fin y al cabo fue
previamente la misma libertad de otros
individuos la que llevó a constituir aquella
comunidad y a explicitar en esos rezos o
fiestas una confesión común.
Naturalmente, cuanto más numeroso y complejo
sea el grupo humano en cuestión más
complicado se hará el mantenimiento de un
acuerdo confesional básico comunitario. Sin
embargo esta dificultad tan obvia no es
razón suficiente para renunciar al libre
derecho de confesar que se cree en algo y
mucho menos para acabar proponiendo, como
solución sin solución, la aconfesionalidad
obligatoria, el silencio relativista, la
indefinición por decreto. Es razonable que
ante una realidad compleja y, de hecho,
multiconfesional exista alguna institución,
algún servicio, algún recurso común –como un
árbitro de fútbol- que sea declarado
neutral. Pero es un error confundir esa
necesidad concreta y puntual con una
generalización injusta de la
aconfesionalidad para todos y a todos los
niveles.
La tiranía aconfesional o el campanario
mudo.
La exageración de la idea de libertad
individual, unida a un rechazo explícito a
la propia tradición heredada por los grupos
humanos, y combinada con una especie de
“tiranía aconfesional” que prohíbe la libre
confesión - por miedo al conflicto-,
producen a diario entre nosotros, españoles
del siglo XXI, situaciones incoherentes y
surrealistas, paradojas sin sentido en las
que al final suele imponerse el sentido
común gracias a “felices incoherencias”.
Llamaré la atención sobre una de ellas que
he denominado: la paradoja del campanario
mudo.
No hay cosa menos libre que oír campanas. A
no ser que uno sea sordo, la misma
existencia de un campanario en
funcionamiento es una intromisión en la vida
íntima de cada persona de la que no es
posible escapar. Por otra parte hay que ser
muy libre para tomar la decisión de
construir un campanario asumiendo la
responsabilidad subsiguiente. El conflicto
de derechos y libertades aparece por tanto
como inevitable. No hay término medio. O se
renuncia a levantar un campanario o se
renuncia a la libertad auditiva de las
futuras generaciones. Una campana es un
avance tecnológico que permite la
comunicación de un mensaje predeterminado a
un oyente no específico. ¿Qué pasa cuando el
mensaje principalmente religioso que se
quiere transmitir ("va a empezar la Misa", o
"rezad por un vecino que ha muerto", etc.)
llega a oídos de alguna persona no
interesada en el mismo, o más aún, alguien
que libremente, ha decidido rechazar esa
clase de mensajes? Es preocupante observar
cómo, precisamente por culpa de esa
“exageración de la libertad” a la que nos
referimos, hay católicos que llegan a
plantearse: “¿Hasta qué punto no estaremos
coaccionando su libertad al obligarle a oír
esa campana?”. Como se puede comprender, la
pendiente por la que deslizan esta clase de
preguntas autocríticas es resbaladiza y
puede acabar en la esterilidad más absoluta.
La posición rotunda del que pretende
eliminar el sonido de las campanas porque
dice –así lo confiesa- que él no es
cristiano, que el ruido le molesta y que
perturba su descanso, es perfectamente
coherente y señal de que ha tenido libertad
para hacerse oír. El presunto afectado por
el sonido de los bronces alude a una
pretendida libertad pisoteada. Ahora bien,
la paradoja irresoluble, que ha de
afrontarse abiertamente y sin complejos, es
que el campaneo, aunque a él le parezca una
imposición, es realmente la consecuencia de
un acto libérrimo. No se trata pues de un
conflicto entre la libertad y la imposición
sino de uno entre dos libertades concretas.
Conflicto a todas luces irresoluble. Como
mucho se podrá llegar a algún mínimo acuerdo
de cesión por una parte (limitando horarios,
por ejemplo) y de tolerancia por la otra.
Pero en cualquier caso será del todo
imposible satisfacer por igual a ambas
partes.
Y quien dice campanas dice procesiones, o
dice signos religiosos de toda clase,
crucifijos en edificios públicos, oraciones
y bendiciones que se realizan fuera de los
templos, capellanes en instituciones del
estado, denominaciones del callejero,
topónimos, días festivos, domingos,
onomásticas, etc. Todos ellos son signos
visibles que reflejan elementos todavía más
profundos y misteriosamente vivos en la vida
social como son la idea de persona, de
familia, de autoridad, de trabajo… toda la
Doctrina Social, en definitiva.
Nadie dijo que fuera fácil. Lo único que me
gustaría resaltar es que la solución, si la
hay, no puede consistir en hacer campanarios
mudos sino que tendrá que venir,
necesariamente, de la verdad. Y la verdad es
que el campanario lo construyó –muy
libremente- una comunidad humana que quería
confesar su fe en Dios, de forma colectiva,
a los cuatro vientos.
Conclusión: un modelo de sociedad "con
rostro cristiano" (Benedicto XVI)
A estas alturas de la historia me atrevo a
afirmar que los principales problemas de
Occidente y aún diría del mundo entero se
derivan y agravan por culpa de “asuntos
internos” aún no resueltos entre los
católicos. Y todo porque, como dijo Nuestro
Señor: “Si la sal se vuelve sosa ¿con qué la
salarán?”. O dicho con otras palabras
–seguramente más burdas y polémicas-. Si los
católicos se vuelven liberales ¿cómo
volverán a confesar que Cristo es el Señor?
Una vez superada la tentación del
totalitarismo puro y duro, según el cual el
Estado sería el encargado de ordenar toda la
vida social con métodos negadores de la
libertad, nos encontramos en el discurso de
no pocos católicos con una exageración
contraria, que es la de considerar la
libertad individual en sentido abstracto,
como un valor superior incluso a la misma
Verdad. La respuesta que ofrece la Iglesia
ante ambas exageraciones es siempre la misma
aunque reciba denominaciones que aportan
matices nuevos. León XIII habló del “Reinado
Social de Jesucristo”. Pablo VI y Juan Pablo
II de la “Civilización del Amor”. Esta misma
semana Benedicto XVI, recordando a San Juan
Crisóstomo, acaba de proponer una “sociedad
con rostro cristiano”, una sociedad basada
en los principios del Evangelio. Todas ellas
son expresiones complementarias en las que
el común denominador es el compromiso de una
proclamación inicial y colectiva –una
confesión confesional- del “Reino de Dios y
su justicia”. Es verdad que no todo en esta
vida se arregla con meras declaraciones de
principios. La confesionalidad no es la
panacea para obrar milagros automáticos,
pero no olvidemos la promesa evangélica: que
“todo lo demás -dice el Señor- vendrá por
añadidura”.
Francisco Javier Garisoain Otero.
Secretario general de la Comunión
Tradicionalista Carlista
Comunicación presentada al IX congreso
"Católicos y vida pública".
Adscrita a la mesa redonda: “Fundamentos
morales de la democracia”. 16 de noviembre
de 2007 |