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El progresismo es la
gran corriente (in)moral del sistema. Desde
hace más 30 años, los poderes fácticos
occidentales la han estado alimentando en
nuestro país, y el señor Rodríguez y sus
gobiernos no han hecho otra cosa que
acelerar el proceso. Ya han advertido varios
ministros que la sociedad “ya está madura”
para nuevos “avances sociales”, que quiere
decir que los medios de comunicación de
masas que dominan, ya han logrado anestesiar
lo suficiente a la mayoría de la población,
logrando su indiferencia ante el siguiente
paso de la destrucción de la moral pública.
Nunca se insistirá lo
suficiente en la importancia de la
propaganda para explicar el acelerado
triunfo del progresismo moral. El superior
dominio de las técnicas de persuasión, más
que la anuencia del poder político o el
económico, ha conferido al mundialismo la
impunidad precisa para operar los cambios
proyectados, presentándose incluso como
poseedores únicos de la defensa de derechos
y libertades, en una superioridad moral tan
contundente como falsa. Múltiples son las
degradaciones sociales de las que ya somos
testigos y de las que están por venir, y en
ellas la manipulación del lenguaje es
esencial.
El ejemplo más clásico
es el sustituir el clásico “aborto” por la
célebre “interrupción voluntaria del
embarazo”, que omite que esta interrupción
se lleva a cabo matando al ser que se gesta
en el vientre de su madre. Actualmente en
España el aborto es libre de facto,
gracias al fraude de ley constante con que
se aplica una legislación ya inmoral por si
misma. Más de 100.000 abortos al año y más
un millón de niños asesinados desde que la
ley se puso en marcha. El mayor genocidio de
nuestra historia. Durante un cuarto de siglo
el progresismo ha insistido machaconamente
en relacionar aborto con “derecho de
género”, y hasta con salud, sin oposición
alguna intelectual salvo entre los
cristianos, hasta conseguir que la mayoría
de la sociedad acepte como admisible el
impulso que mueve a nuestro actual gobierno
para los próximos años: convertir lo que es
un delito parcialmente despenalizado en un
“derecho”. La ley de plazos transformará el
aborto libre de facto, en un aborto
libre de iure, ya fijado en el código
como derecho (derecho de la madre a asesinar
a su hijo). Los destructores de la sociedad
ya no se conforman con hacer su labor, sino
que además exigen poder ostentarlo con
orgullo. Una ley injusta e inmoral que, como
bien nos recuerdan los teólogos clásicos, no
tiene fuerza de obligación para los
católicos; más bien es obligación
desobedecerla y combatirla. El paradigma de degeneración moral
contemporánea: se comienza justificando lo
inmoral en unos casos seleccionados y
dramáticos, y a la vuelta de unos años el
crimen es derecho y avance social.
La manipulación de
embriones es un caso más agudo y evidente.
En aras del
falso avance de la
ciencia y del lucro farmacéutico,
era preciso destruir miles de embriones
congelados buscando el remedio infalible
para muchas enfermedades crónicas y
degenerativas. La excusa para justificar
esta matanza se halla despojando al embrión
(el ser humano más débil y desamparado) el
estatus de persona. Ya no es persona, y por
tanto se le puede tratar como un objeto;
exactamente la misma justificación empleada
para la esclavitud. El argumentario para
defender tal aberración ya es antiguo, y
se desarrolló a partir de la introducción de
la fecundación in vitro. Nuevamente
vemos el mismo proceso: inicialmente se
admitía como algo excepcional para
matrimonios en los que la mujer sufriese una
atresia o amputación de trompas de Falopio
que le impidiese gestar. Naturalmente, a la
vuelta de unos años tenemos fecundación a la
carta. Ahora se está introduciendo la
selección de embriones, con el falso nombre
(nuevamente el dominio de la falsedad en el
lenguaje) de “diagnóstico preimplantacional”,
para lo que no es sino el descarte de los
embriones con enfermedades o taras.
Obviamente, quienes no los consideran
personas, sólo pueden tomarlos como material
defectuoso (tomen nota los entusiastas del
progresismo moral, pues esa y no otra es la
consideración que se hará de los seres
humanos enfermos crónicos, estado al que
todos estamos sujetos a llegar algún día), y
encuentran justificado su homicidio. Las
excusas para despojar a un embrión de su
cualidad de persona son múltiples,
extravagantes, a veces contradictorias, y
nunca científicas u objetivas, estableciendo
diversos “momentos mágicos” a partir de los
cuales el embrión deja de ser no-persona y
pasa a ser persona sin razón aparente, en un
subjetivismo brutal que jalona con hitos de
9 o 14 días, o 12 o 24 semanas, lo que es un
proceso continuo e ininterrumpido. Por
supuesto, dentro de unos años, los padres no
sólo podrán tener hijos perfectamente sanos
(hasta donde pueda garantizar ello la
medicina obstétrica) a base de eliminar a
los que no lo sean, sino que también
elegirán el sexo, el color de los ojos o el
pelo, o diversas cualidades genéticas.
Asimismo se clonarán embriones
rutinariamente, para usos médicos o
industriales. Una vez despersonalizados, no
hay freno moral para usarlos a nuestra
conveniencia. No cabe discusión al respecto
con los escandalizables, que nos suelen
acusar a los católicos coherentes de
catastrofistas. Bastará con esperar, y el
proceso se repetirá una vez más. Se ha
comenzado la manipulación de embriones con
grandes garantías e invocaciones a la
deontología (ja, ja), y en unos años los
medios de comunicación de masas nos habrán
convencido de la bondad del genocidio
embrionario, como nos han convencido del
fetal.
Si este gobierno se ha
destacado entre todos los movimientos
progresistas del mundo por algo, ha sido por
su abrupta devaluación del matrimonio. Ya el
presidente, en su discurso de investidura de
2004, citó desde la tribuna de oradores el
“derecho al divorcio”, curiosa elevación a
rango admirable de lo que no es sino la
reglamentación de un fracaso vital. Con el
divorcio ha sucedido lo mismo que con lo
demás. La ley que lo autorizaba a finales de
los años 70, se vendió como remedio último
para casos dramáticos de abandono del hogar
o maltratos (curiosamente, en estos tiempos
constatamos que para que una mujer o sus
hijos sean maltratados no es preciso en
absoluto que esté casada con su agresor). Se
estableció la obligatoriedad de un mediador
o un consejero matrimonial, un proceso
judicial largo que seguía a una separación
obligatoria de al menos dos años antes del
divorcio, y con recomendaciones a los jueces
de que buscaran la reconciliación entre los
cónyuges. En fin, todas las garantías que
una legislación positivista liberal puede
interponer para evitar el abuso. Por
supuesto, a la vuelta de 30 años, el número
de divorcios casi iguala al de los
matrimonios, y todos somos testigos que la
mayoría se produce por pura inmadurez para
el compromiso matrimonial de uno, o ambos
cónyuges. Los nuevos reglamentos han ido
eliminando progresivamente (y
progresistamente) el consejero matrimonial,
la separación, e incluso la razón aducida
para solicitar la ruptura del contrato
matrimonial. El señor Rodríguez ha llegado
al colofón inaugurando el “derecho al
divorcio”, y consecuentemente ha anulado el
proceso judicial y el tiempo mínimo, pasando
a ser el divorcio un trámite administrativo
breve que uno de los cónyuges puede
solicitar sin conocimiento o anuencia del
otro y que se resuelve en pocas semanas. Un
gran avance para agilizar la burocracia, sin
duda. Para remate, el mal llamado
“matrimonio homosexual” ha supuesto la
modificación misma del espíritu del contrato
civil matrimonial que se basaba
tradicionalmente en la institución social
del matrimonio, orientada a engendrar y
criar a la nueva generación. Ahora el
matrimonio civil tiene poco que ver con eso,
y es un simple contrato de partición de
patrimonio (ni tan siquiera de convivencia).
Un contrato basura,
que es el principal causante de los cientos
de miles de familias rotas que existen en
España, y los dramas que cada una de ellas
arrastra. Pocas veces una ley inicua ha
generado tal desastre social.
Con la eutanasia, que
parece ser la estrella de esta legislatura,
sucede y sucederá algo parecido. Quizá la
nota anecdótica sea el homicida Montes
convertido en una especie de adalid de la
muerte que nos espera. Dice mucho de la
situación social y judicial de nuestra
España constatar como un criminal que
(apoyando la eutanasia públicamente)
confiesa palmariamente que es autor de los
delitos que se le imputaron en el juicio del
que salió libre por influencias políticas,
puede no sólo seguir libre sino incluso
erigirse en una suerte de caudillo
mediático, reconocido y jaleado por los
progresistas. Supongo que le consideran un
adelantado a su tiempo, sentado en el
banquillo por leyes anticuadas y
retrógradas. Los familiares de los ancianos
(y no tan ancianos), que han perdido antes
de tiempo a sus seres queridos, quedan
ocultos, con su drama personal, en el gran
cuarto oscuro de los marginados por el
progresismo. Nuevamente, la manipulación del
lenguaje juega un papel fundamental. Para
empezar, asociar eutanasia a “muerte digna”,
como si la muerte natural no lo pudiera ser,
o como si matar al moribundo o al enfermo
crónico sí lo fuese. Insistimos en que ganar
la batalla del falseamiento de los conceptos
(y es muy fácil cuando se cuenta con la
mayoría de medios de comunicación, y con el
miedo y la tibieza de los que se oponen a
tus designios) es fundamental para lograr el
cambio social. No cabe duda de que los
progresistas están convencidos de su
superioridad moral en este campo, como en
todos (la autocrítica nunca ha sido su
fuerte), hasta el punto de exhibir su
ignorancia con total desfachatez. Como el
ínclito señor Blanco, que afirma sin rubor
que van a potenciar las unidades de cuidados
paliativos para implantar la eutanasia. Por
supuesto, ignora que los cuidados paliativos
(inventados por los cristianos, y
establecidos en su vertiente moderna por la
beata madre Teresa de Calcuta) buscan
aliviar sintomática y emocionalmente a las
personas en el último proceso de su
enfermedad terminal, y son diametralmente
opuestos a la eutanasia, que lo que hace es
cortar ese proceso abruptamente matando al
enfermo terminal. Tan opuestos son, que
clásicamente las unidades de cuidados
paliativos han sido puestas en marcha en
Occidente por médicos e instituciones
cristianos. Supongo que nuevamente en la ley
se invocarán excepcionalidades, garantías,
documentos firmados, varios informes
médicos, testigos y toda la parafernalia
antes de matar a un ser humano, pero lo
cierto es que a no mucho tardar, como ya
piden los progresistas, se matarán sin su
consentimiento, o con el consentimiento
viciado, a enfermos terminales, comatosos,
enfermos crónicos, ancianos impedidos y
finalmente, a cualquier miembro improductivo
e indefenso de la sociedad. De momento, como
pone de manifiesto el caso Montes, la
eutanasia activa ya está despenalizada,
nuevamente, de facto. Ya saben cual
es el siguiente paso. Al tiempo.
Estos son sólo los más
gruesos asuntos de la degeneración moral,
social y familiar contemporánea, aunque se
podría profundizar más en muchos otros. Para
conseguir que la sociedad acepte esta
cultura de la muerte y la desestructuración
social, es preciso, además del ya comentado
dominio de los medios de comunicación de
masas (fuente ponzoñosa en la que bebe la
mayoría de la población para conformar su
criterio), la alienación de la sociedad,
impulsando actividades y ocio bien alejados
de la reflexión, el estudio o el debate
crítico. La dictadura amable, se podría
llamar. El mundo feliz, le llamaría Aldous
Huxley.
La división entre
derechas e izquierdas queda tan sólo para
los necios (que en España son sorprendente
legión) que se dejan engañar por la
pantomima de la clase política, actores que
representan las diversas caras del mismo
sistema. La asociación al mismo proyecto
legislativo de la cultura de la muerte del
laicismo, ya expresa a las claras cómo para
los progresistas el único dique que se opone
a sus planes es la Iglesia católica. De
momento, se trata de erradicar los símbolos
religiosos de la vida pública: crucifijos,
misas de estado, procesiones con autoridades
públicas, capillas en instituciones… en
realidad, aspectos bastante más estéticos y
superficiales que los que hemos comentado
antes o la propia eliminación de la
asignatura de religión optativa y su
sustitución por el adoctrinamiento estatal
obligatorio. Con todo, ya sabemos cual es el
proceso, y tras convencer a la masa de la
conveniencia y progresismo de acallar la voz
pública de la Iglesia, con el tiempo nos
perseguirán también privadamente, más fácil
cuanto que la sociedad ya se habrá olvidado
de nuestra existencia.
El proyecto se veía
venir hace ya muchos años, ningún
mérito hay en haberlo pronosticado. El
respeto a la “democracia” o la “libertad de
cultos” se enarbolará como estandarte
mientras sea útil, y cuando no sea
necesario, se desechará en aras de un “bien
común superior”. Buenos herederos del PSOE
histórico, ya Largo Caballero expresaba sin
rubor que los socialistas respetarían la II
República liberal progresista y burguesa
como medio para alcanzar la Revolución, pero
en ningún caso como fin en si misma. Los
métodos son los mismos con respecto a la
democracia liberal parlamentaria en la que
vivimos, únicamente ha cambiado el objetivo,
que ya no es la instauración de la dictadura
del proletariado, sino el totalitarismo del
"Gran Hermano" progresista.
El marxismo murió, el
liberalismo agoniza, y su única función ya,
cual crisálida maligna, es servir de
protección y plataforma al mundialismo y la
Nueva Era que viene (el famoso tertuliano
Jiménez Losantos está empezando a enterarse
ahora). Hace ya mucho que el auténtico
debate intelectual y moral de nuestro tiempo
se ha planteado entre el progresismo,
corriente de pensamiento materialista,
relativista, nihilista, hedonista,
profundamente egoísta, soberbia y sobre todo
enemiga de Dios, y los principios y valores
morales del cristianismo. Conviene no
dejarse enredar y despistar más por los
debates secundarios sobre vacuidades con que
constantemente nos obsequia el sistema para
que malgastemos nuestras fuerzas, y
centrarse en esa verdadera batalla de
nuestro tiempo: la lucha contra el
progresismo moral, el enemigo del verdadero
progreso de las naciones, que jamás llega
sin un sólido armazón moral. De momento,
parece que el espíritu decae y el mundo
triunfa en nuestra sociedad, pero no debemos
desalentarnos, pues ya tenemos dicho de
antemano cual será el resultado final de ese
combate cósmico. A rezar y a trabajar.
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