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Don Antonio Aparisi y Guijarro nació en
Valencia en 1815, en el seno de una familia
modesta. Fue niño de mala salud y limitadas
dotes para el estudio que superó a fuerza de
un gran tesón y aplicación que le llevó a
concluir la carrera de derecho y a ejercerla
con una brillantez que le convirtió en uno
de los mejores juriconsultos españoles de su
época. En su carrera judicial defendió a más
de quinientos reos de muerte, no pasando de
cinco las ejecuciones. Fue miembro de la
Academia de la Lengua y de la Academia de
Ciencias morales y políticas, cuatro veces
diputado católico a Cortes por Valencia y
senador carlista por Guipúzcoa.
Antonio Aparisi y Guijarro murió en Madrid
el 5 de noviembre de 1872 a los 57 años.
Las predicciones de Aparisi
I
Antonio Aparisi Guijarro (1815-1872) fue uno
de nuestros más grandes caracteres. Sabía
insinuarse y escuchar. Su oratoria, como
afirma Menéndez y Pelayo, tenía unas
características singulares: pasión, ternura,
gracia, lirismo y melancolía.
Esteban Bilbao, tras cotejarlo con dos
colosos del pensamiento español en el siglo
XIX, Balmes y Donoso Cortés, llega a la
conclusión de que si Donoso es el rayo que
arrebata y Balmes, la luz que ilumina,
Aparisi es la poesía de un ideal. Para Elías
de Tejada, Aparisi, debe ser reputado como
pensador de la contrarrevolución, fiel a los
postulados de la monarquía tradicional.
Tiene, como Balmes, el «seny» de las gentes
catalanas. Para Santiago Galindo, Aparisi
representa en la escuela tradicionalista la
experiencia y desarrollo de un sistema de
libertades concretas, frente a las
Constituciones demoliberales, en las que
suele ser un formalismo. Defendía las
libertades reales contra las libertades
retóricas. Su idea de la libertad era la
misma que poco después definiría Enrique Gil
Robles como «La facultad de elegir lo
conveniente al propósito respectivo ordenado
a los correspondientes fines, y dentro del
círculo de las facultades de cada persona,
según su estado jurídico y conforme a la
eterna divina ley».
Para León Galindo Vera -el amigo entrañable
y su primer biógrafo- Aparisi representó la
unión de los católicos españoles para la
restauración de la monarquía tradicional.
II
Antonio Aparisi Guijarro, nace en Valencia
el 29 de marzo de 1815. Su padre, Don
Francisco de Paula Aparisi, fue un modesto
oficial de la Contaduría del Ejército.
El retrato moral de los primeros años de su
vida, nos lo traza él mismo con las
siguientes palabras:
«Era casi un niño cuando resonó un grito
alegre anunciando que despuntaba en el
horizonte español la aurora de la libertad.
Palpitaron los corazones, y el mío, lo
confieso, gozó también: yo imaginé que era
la aurora de un día feliz para España.
Profetas de alegres nuevas mostraron un
camino sembrado de flores y embellecido con
aguas corrientes; al fin de ese camino nos
hacían columbrar una tierra paradisíaca. Mis
maestros más respetables, mis parientes más
caros, mis amigos más íntimos se lanzaron en
ese camino de bendición tras la esperanza de
la felicidad. Pero yo, lo confieso, no
llegué a poner en él mi pie, porque merced a
no sé que instinto misterioso, parecióme que
íbamos, no a reformar (de lo cual había no
poca necesidad), sino a destruir; que no
animaba nuestra obra el espíritu español,
religioso, monárquico, libre, el que asistía
a los Concilios de Toledo, hablaba en las
Cortes de Castilla, respiraba en los fueros
de Aragón y de Valencia, sino el espíritu
francés escéptico y burlón, materialista y
revolucionario, que jamás supo dar libertad
a su patria: verdugo cuando Robespierre,
esclavo cuando Napoleón, eunuco y corruptor
en tiempo de Luis el Prudente» Y añade «nací
y crecí entre liberales, sin haber sido
liberal ni un solo instante de mi vida».
Aquí radica una de las claves del
pensamiento político de Aparisi.
«Porque amo a la libertad, aborrezco el
liberalismo, ya que el liberalismo, no es la
libertad; quien diga que es la libertad se
engaña grandemente: El liberalismo es a la
libertad, lo que el filosofismo a la
filosofía, es cabalmente la corrupción y la
muerte de la libertad. El liberalismo
-añadía- es la filosofía cínica y mofadora
del siglo último; el liberalismo es la razón
humana sacudiendo con soberbia el yugo de la
Fe; la concupiscencia del bien material y el
menosprecio del bien moral; la glorificación
de la fuerza triunfante; el hombre hecho rey
y pontífice; el hombre amador de sí mismo
hasta el desprecio de Dios; en una palabra,
el liberalismo es el derecho humano
emancipado del derecho divino».
La verdadera vocación de Aparisi, era la
literatura. Ya a los 16 años, sus odas
insertas en el «Diario Mercantil», habían
hecho que se fijase en él la atención
pública. Cuando llegó la hora de elegir
carrera, se hizo abogado, profesión que
consideraba como una honrosa esclavitud,
como un sacrificio que hubo de hacer para
sacar adelante a su numerosa familia. En
pocos años su bufete llegó a ser uno de los
más importantes de Valencia. No hubo causa
criminal de importancia en que no se le
nombrara defensor, ni pleito civil grave,
que no se le consultase.
Su mayor elogio lo hizo Castelar, de quien
son las siguientes palabras:
«Donde sus facultades encontraban más grato
empleo y adquiría toda su intensidad, era en
la tribuna del foro, ejerciendo el sublime
ministerio de la defensa. Quinientos reos de
muerte ha disputado al patíbulo, cuatro o
cinco solamente ha podido arrebatarle el
verdugo. Desde el punto en que la vida del
reo dependía del poder de su palabra, no
sosegaba Aparisi... Disponía prolijamente
las pruebas morales y materiales que
pudieran disculpar el crimen, no con la
frialdad del sabio que analiza, sino con el
calor del artista que redime y purifica.
Llena de ideas la frente y de afectos el
corazón, emprendía aquellas defensas, modelo
de elocuencia, donde con aparente desorden y
verdadero arte pasaba de las pruebas reales
a las pruebas legales, de las morales a las
reflexiones filosóficas, de las reflexiones
filosóficas a la contemplación de la
naturaleza humana en los extravíos de su
voluntad, en los desmayos de su conciencia;
y cuando todo estaba agotado, insinuábase en
el corazón de sus Jueces, llamaba a sus
sentimientos, ponía lágrimas en la voz,
patético arrebato en su elocuencia,
transfigurábase, hasta tocar en los límites
donde le es dado alcanzar a la palabra
humana; envolvía al Tribunal y al público
entre las ráfagas abrasadoras de sus ideas
enrojecidas en la más pura caridad y acababa
por arrancar su víctima al verdugo, su
triste presa a la muerte».
Pese a ello, Aparisi saca tiempo de su
bufete para servir a su condición de
monárquico. La guerra civil había terminado
con el abrazo de dos generales; pero la
cuestión dinástica sólo podía terminar con
el abrazo de dos reyes. Había, pues, que
lograr a toda costa la reconciliación de la
familia real como paso primero para la
reconciliación de los españoles. A este fin,
funda en Valencia una revista titulada
«Regeneración» en la que, anticipándose a
los proyectos de Balmes, inicia la campaña
del matrimonio de la Reina con el hijo de
Don Carlos. De no realizarse este proyecto
preveía desastres. «¿Sabéis...?» -decía-,
«¿cuál terrible cosa es un reino dividido y
cual lamentable que haya una bandera que si
bien hoy caída, pueda alzarse algún día y un
nombre que invocar y una guerra viva en los
corazones...?».
Cuando se frustró la reconciliación de la
familia real en 1846, Aparisi entendió que
el problema político español no tenía
solución pacífica, por lo cual decidió
abandonar la política y consagrarse por
entero a los pleitos.
Más no ha de pasar mucho tiempo sin que
reaparezca en la vida pública, acuciado por
los sucesos de 1854.
III
Después del triunfo contra la revolución del
48, el Gobierno Narváez, se había ido
debilitando hasta que cayó en 1850,
derribado en el Parlamento por un discurso
de Donoso Cortés. Le sucedió Bravo Murillo,
quien con la generosa impaciencia de hacer
cosas pronto y a toda costa, -el mayor
enemigo del bien en política, según frase de
Viluma-, dio al traste con sus bien
intencionadas reformas, al no poder sortear
la oposición de los progresistas y el
renovado entusiasmo liberal de los
moderados.
Aquella extraña alianza de monárquicos como
Narváez, Pidal, Mon y González Bravo, con
los hombres de la revolución, sólo sirvió
para dar a ésta nuevos impulsos, que
condujeron a los lamentables acontecimientos
del año 54, o sea, a la revolución del Campo
de los Guardias, en la que O'Donnell, -su
promotor-, pronto se vió desbordado por sus
aliados progresistas, a los que por consejo
del joven Cánovas del Castillo, había
brindado en el Manifiesto de Manzanares,
toda clase de promesas liberales, con
Milicia Nacional y todo.
Cuando los progresistas llegaban al poder,
entendían que la felicidad del pueblo se
lograba con Milicia Nacional y despojo de la
Iglesia. Pero la revolución de 1854 presenta
nuevas características. La aparición, en las
Cortes constituyentes de 1855, de demócratas
y republicanos, es ya síntoma de que en
adelante la monarquía, despojada cada vez
más de sus tradicionales atributos, irá a
remolque de la revolución en inmediatas
sacudidas. Las bases ideológicas de los
portavoces del nuevo liberalismo, no serán
ya el sensualismo del siglo XVIII y el
eclecticismo francés del primer tercio del
XIX, sino las obtusas interpretaciones de
Krause por Sanz del Río o el hegelianismo,
que asomara por parrafadas de Castelar, y
las falsificaciones históricas de Pi y
Margall.
En este momento Aparisi sale de nuevo a la
palestra para pedir desde las columnas de
«El Pensamiento de Valencia» que todos los
hombres que amen a su patria, vengan de
donde vinieren, se conozcan y trabajen en
común.
«Los que estén unidos por lo esencial, ¿por
qué he de verlos separados y a veces
adversos? ¿Por qué? Por menguadas
preocupaciones, por falsas vergüenzas, por
interés mezquino, por piques de amor propio,
por cartas de más o cartas de menos, en una
palabra, por naderías...».
Años más tarde, siendo diputado, presentó
una proposición al Congreso pidiendo la
«unión española», moción que en gran parte
es un trasunto casi literal del manifiesto
que el Conde de Montemolín dirigió a los
españoles, -redactado por Jaime Balmes- y
que se conoce con el nombre de «Manifiesto
de Bourges». La filosofía política de
Aparisi gira alrededor de las ideas de
Balmes, basadas en el equilibrio del sistema
tradicional.
A su entender, todas las formas de gobierno
son perfectas teóricamente, en tanto en
cuanto se acomoden a la constitución
expresada. Pero la realidad histórica se
encarga de determinar, en cada caso, cuál es
el sistema político que de mejor manera se
identifique con la tradición y
circunstancias del pueblo de que se trate.
Con lo que las formas de gobiernos,
indiferentes en teoría, no lo son en la
realidad práctica.
«Ninguna forma de gobierno, -dice Aparisi-
ha sido revelada. Jesucristo no nos dijo que
viviésemos en República o Monarquía: nos
dijo sólo que guardásemos sus mandamientos.
Nos añadió, sí, que respetásemos la
autoridad, porque la autoridad viene de lo
alto, puesto que es elemento necesario para
vivir y perfeccionarse la sociedad conforme
a las miras divinas... Todo esto es verdad,
pero nosotros sabemos que entre las
imperfectas formas de gobierno, la menos
imperfecta que se conoce en el mundo es la
monarquía; que la monarquía y la
nacionalidad española, nacieron juntas».
Pero monarquía de rey que gobierne limitado
por factores morales, religiosos e
institucionales, no el sustitutivo inventado
por Thiers y canonizado por la escuela
doctrinaria. Una monarquía como las
constitucionales de 1845 y 1876 no es tal
monarquía, -añade Aparisi-, ni puede
hablarse allí de potestades supremas. El
liberalismo cometió el error de confundir la
autoridad limitada con la autoridad suprema,
fabricando la noción de la soberanía del
pueblo. Para frenar ese poder teóricamente
sin límite, quiso dividirlo en el ejercicio,
actuando de manera contraria al pensamiento
tradicional en el que, limitándolo en la
construcción ideológica, no necesita
dividirlo en el campo de las aplicaciones
prácticas. Aparisi levanta la voz de la
doctrina antigua; «Queremos nosotros la
soberanía limitada, pero no la soberanía
partida», ya que «rey que no gobierna, no es
rey; puesto que en gobernar consiste el
oficio de rey».
IV
En 30 de junio de 1858, formó al fin
gobierno Leopoldo O'Donnell, con el nuevo
partido de La Unión Liberal, fruto de la
fusión de los moderados más avanzados -como
Ríos Rosas- y los progresistas templados que
dirigía Manuel de la Cortina. Partido medio,
aspiró a conseguir la paz del país y el
equilibrio político mediante el fomento de
los intereses económicos, parodiando, con
diez años de retraso, el «enriqueceos» con
que Guizot había intentado vanamente
galvanizar la monarquía doctrinaria del
segundo de los Orleans.
Convocadas elecciones, Aparisi, aunque no
pertenecía a ninguna organización política,
pues como dijo reiteradamente «amaba la
libertad» y el que se afilia a un partido
político en poco o en mucho la pierde, salió
elegido diputado por el distrito de Serrano.
Este triunfo electoral no le entusiasmó
pues, como diría más tarde, «recibió a la
diputación como se recibe a un huésped
noble, pero importuno y molesto».
En aquella legislatura, unos 30 diputados
moderados capitaneados por Pidal, González
Bravo, San Luis, Moyano y Egaña, se situaron
en la oposición, como en la oposición
figuraban también 20 diputados progresistas,
entre los que destacaban Olózaga, Madoz,
Calvo Asensio, Sagasta y Ruíz Zorrilla. La
voz cantante de la mayoría la llevaban Río
Rosas, Cánovas y Armijo. Un solo adalid tuvo
la democracia, Nicolás Mª Rivero. Y Aparisi
se encuentra solo en el hemiciclo del
Congreso con un trasfondo tan tradicional y
comprensivo al mismo tiempo, que se
convirtió en blanco de «tirios y troyanos».
Los de La Unión Liberal le llamaron
«soñador» porque frente a la «unión de
liberales» que propugnaba O'Donnell, él
abogaba por la Unión española. Los moderados
le llamaban «intransigente»; los
progresistas «neo»...
Aparisi se reía del apodo porque -según
decía- él era «pecador antiguo», y «católico
viejo». Y añadía, «calificadme como gustéis:
neo, absolutista, reaccionario. El neo, el
absolutista os llama a su vez; dadme una
cosa que sea verdad, dadme una cosa que sea
libertad, porque yo amo a la libertad y a la
verdad como se ama el aire y la luz».
Había apariencia de libertad en las Cortes,
la prensa y la tribuna; pero centralización
sofocante en las provincias para hacer
posible aquellas apariencias; pueblos
oprimidos por el despotismo de los caciques.
Cada gobernador por regla general se creía
un procónsul.
Este era el panorama cuando Aparisi llegó a
las Cortes. Sus primeras impresiones nos las
relata al siguiente tenor:
«Aquí venimos a disputar más que a discutir;
venimos a luchar más que a ilustrar; traemos
aquí todas las pasiones».
«Dícese que es gran cosa convertir este
augusto recinto en revuelto palenque donde
gallardeen los brillantes campeones de los
partidos; que es gran cosa que existan
organizados éstos, dividiendo, conmoviendo
al pueblo; que es gran cosa que esos
partidos luchen perpetuamente entre sí con
sus oradores y sus periódicos, aunque en el
ardor del combate lo exageren y lo envenenen
todo y lleguen a veces hasta la injuria,
hasta la calumnia, echándose en el rostro
vanidades heridas, ambiciones impacientes,
codicias hambrientas».
«Dícese, que es gran cosa, o por lo menos
indispensable, que lo que afirme la mayoría
lo niegue la minoría; y que cuando la
mayoría diga sí, la minoría responda no. No
es extraño que yo, echado en este mundo
nuevo y no nacido con disposiciones felices
para salir discípulo aprovechado de la
escuela moderna, siga hablando y obrando
según la antigua, y ora diga que sí, ora que
no, según me lo dicte mi conciencia».
Las conclusiones a que le lleva el
parlamentarismo, las resume en las
siguientes palabras:
«Según los defensores de las prácticas
parlamentarias, la nación puede y debe
gobernarse por sí misma; la mayoría del
Congreso es omnipotente; el rey reina pero
no gobierna; es como dice el Sr. Rivero, un
sol o, como yo pienso, es a manera del dios
de los deístas, que se recrea allá en las
alturas de su cielo, no importándole un
ardite lo que pasa en la tierra.
»Los que quieran hacer de la monarquía una
especie de tránsito para la república,
síganla y defiéndala. El gobierno de la
Nación por la Nación, es la república
disfrazada; por ese camino llegaréis a la
república; llegaréis corrompidos, pero
llegaréis.
»Ahora bien, los que quieran a la Monarquía
y que viva por siglos y que haya gobiernos
estables en España, declárense, desde hoy,
contra las llamadas prácticas
parlamentarias».
Pero si Aparisi, rechaza el sistema
parlamentario porque es corrupto y porque es
un tránsito para la república, está muy
lejos de oponerse a unas Cortes que sean
asambleas de varones independientes y
graves, que vengan a ser dique contra el
despotismo posible, ilustración y consejo,
no estorbo del poder. A este fin, propugnaba
un sistema representativo orgánico con base
en la sociedad española en el que tuvieran
cabida la Iglesia católica; la magistratura
que representa la majestad de las leyes; las
ciencias que representan las grandezas del
genio; las artes, que representan sus
bellezas; la agricultura, la industria y el
comercio, que representan la actividad...
Esta tesis la expuso en el Parlamento:
«Yo quiero Cortes, pero Cortes que sean
representación de verdad. No quiero que cada
año se ponga a discusión la existencia del
país, de los objetos más caros del país. Yo
no quiero que vengan empleados, sino
independientes; no quiero que los
independientes, sean tentados por la
ambición o por la codicia; no quiero que
éste sitio augusto, sea convertido en un
palenque, ni esa tribuna en una tribuna de
sedición. Quiero como dice la Ley de
Partidas, que las leyes se hagan sin ruido y
con el consejo de Homes sabidores. Quiero
que en ningún caso se burle el Derecho de
los pueblos, su Derecho de muchos siglos, su
Derecho natural en punto a nuevos tributos
de dinero, de sangre. Quiero que los
representantes de los pueblos liberrimamente
expongan las necesidades de ellos».
Con insistencia Aparisi, exhorta a los
diputados a oír los pasos de la democracia
que se acercaba pidiendo el sufragio
universal, cuya doctrina no puede admitir
porque deriva de un principio falso: la
igualdad de todos los hombres para
intervenir en la gobernación del Estado, lo
que entrañaría desigualdad pues «Para
gobernar o influir en la gobernación de un
Estado nacen muy pocos, mientras que para
ser gobernados nacen casi todos».
Angustiado con el presentimiento de los
males que amenazaban, pregunta a la Cámara:
«¿Os satisface por ventura lo presente? ¿No
os inquieta el porvenir? Aun los que están
más pegados al Ministerio en quien reconozco
el mérito de conservar el orden por ahora,
¿creen por ventura que el país está
satisfecho? ¿No oyen por todas partes
quejas?... Decía un grande amigo mío que
estaría tranquilo mientras tuviera un
Napoleón en el bolsillo y otro en Francia;
pero ¿quién asegura la vida y quién
garantiza la prudencia, y quién responde de
la fortuna de ese hombre a quien yo llamaré
hombre providencial?»
El silencio que merecían sus predicciones,
no era óbice para acallar la voz de su
conciencia. Aparisi prosigue solo, pidiendo
paz, economía, independencia, libertad para
las provincias, dignidad para la toga,
enseñanza gratuita para los pobres. En una
palabra, libertad dentro del orden, y
justicia social.
«Yo no quiero revolución ni dictadura,
-solía decir-... No penséis que obrando como
indico, mataríais la libertad. ¡Pobre
libertad! ¿Vive acaso? Donoso Cortés,
declaró solemnemente que había muerto y yo
os digo que es necesario matar la licencia
para que reviva la libertad. Ni he hablado
jamás, ni he hecho jamás, ni hablaré, ni
haré cosa contraria a la libertad verdadera.
¿Quién es el que se arroga insolentemente el
derecho de amarla más y mejor que yo? Yo amo
a la monarquía porque es altísima
institución, porque en España han pasado
veinte siglos gritando ¡Viva el Rey! Y la
amo porque quiero un rey en vez de treinta
tiranos y después de ellos, un gran déspota.
Yo amo a las Cortes, mas no quiero que
seamos reyezuelos aquí y tiranuelos en las
provincias, sino procuradores modestos de
los pueblos y que el Rey reine y gobierne
con nuestro concurso leal. Yo quiero, en una
palabra, gobierno aquí y gobierno más fuerte
para que pueda haber más libertad en las
provincias; porque quiero libertad en las
provincias, no quiero que Madrid sea el
vientre hidrópico de España».
«Yo quiero que el Gobierno viva
modestamente, que alivie las cargas del
pueblo, que no aparte los ojos del pueblo,
que mire por los pequeños y los humildes; yo
quiero que los empleos se den a la honradez
y al mérito; yo daría mi vida porque todos
los españoles disfrutaran cuantos beneficios
y cuantos derechos verdaderos Dios concedió
a los hombres por ser hombres. ¿Es esto
posible? Sí que lo es; ¿Qué se necesita para
ello? Querer. ¿Os sentís vosotros con valor
bastante para emprender esas grandes cosas?
¿No? Pues retiraos a vuestras casas porque
mi solución es ésta: siete hombres que no
teman a la revolución, que amen a la
justicia, que comprendan que por éste camino
no se puede continuar sin caer en el abismo,
y comprendiéndolo se arrojen a salvar el
Trono, la sociedad amenazada y la libertad
verdadera».
Los diputados le escuchaban, aunque sonreían
a veces con aires de superioridad. Le
escuchaban porque el varón levantino se
hacía oír. Su dicción es sólida, en sus
períodos escasea la hojarasca, y su
dialéctica «era recia».
Un día se levantó en las Cortes y con
tristeza, dijo: «Esto se va y lo que vendrá,
es la revolución». Y tras esta afirmación,
insistía en la réplica:
«¿Pero es verdad o es mentira que lo
presente se está derrumbando, que el
porvenir está cubierto de sombras horribles
y que miramos azorados en torno y por
ninguna parte vemos fácil salida y por todas
tinieblas, gemidos y sangre? Vivimos hoy
inciertos del mañana; nos acostamos esta
noche y nuestra seguridad depende de unas
parejas de la Guardia Civil, que andan por
las calles y de algunos soldados que aún
velan a la puerta de los cuarteles. ¿Quién
os asegura que el día menos pensado, no se
les caigan de las manos los fusiles? Y
entonces ¿qué? ¿Qué pasará entonces? ¿A
quién será entregada esta sociedad? No oís
los golpes con que de cuando en cuando hace
retemblar la Internacional las puertas de la
ciudad?»
Cuando se reconoció el reino de Italia,
Aparisi, desfallecido el ánimo, se levantó a
hablar por última vez en las Cortes,
poniendo de manifiesto el declinar constante
de las instituciones de orden y defensa
social, a impulso de la vacilante política
de los partidos medios, y formuló la teoría
del sistema tradicional, que sintetizó así:
«Gobernar, no es resistir; gobernar, tampoco
es claudicar; gobernar es mantener el orden
en la sociedad por medio de leyes sabias y
justas, y son justas y sabias, si defienden
y consagran los derechos que Dios ha dado a
los hombres, atienden a las necesidades
presentes de los pueblos y preveen hasta las
necesidades futuras para ir preparando en su
día, el oportuno remedio».
Tras ello, presentó la renuncia de su
escaño, anunciando que dejaba la política y,
dirigiéndose con voz dolorida a la reina
Isabel, le recordó aquellas palabras de
Shakespeare: «Adiós mujer de York, reina de
los tristes destinos». La Reina iba a
marcharse, y Aparisi la despedía.
V
Sólo tres años fueron necesarios para que se
realizase esta predicción. La Unión Liberal,
que en junio de 1866 aplastó sangrientamente
en Madrid la sublevación de progresistas y
demócratas, se aliaba pocos meses después
con ellos, llevando consigo a muchos
Generales con fuerza y prestigio en el
ejército.
En estas condiciones, el reinado de Isabel
II sólo pudo prolongarse hasta el 30 de
septiembre del 68, en cuya fecha,
cuando las tropas de Novaliches se rinden
ante el General Serrano en el Puente de
Alcolea, se ve obligada a salir de España al
grito de ¡abajo los Borbones!
Florentino Pérez Embid nos describía, con
recios caracteres, cómo aquella sombra de
monarquía emigra arrastrada por sus propios
defensores. Se acude entonces a toda marcha
-como en un cortometraje-, a todos los
regímenes doctrinarios posibles: El Gobierno
provisional de un General de fortuna (el del
General Serrano, Duque de la Torre); la
monarquía progresista con una dinastía
importada, elegida a dedo -como si las
dinastías pudieran importarse al igual que
unos vagones de trigo o unas toneladas de
patatas-; y por último, la República que en
once meses pasa de unitaria a federal,
consume cuatro Presidentes, desencadena la
anarquía y pone en trance de peligro a la
unidad misma de España.
Estos hechos, que llevaban unidos los
ataques contra la Iglesia, la disolución de
las órdenes religiosas, la incautación de
objetos sagrados, etc., llevaron al campo
carlista a gran número de católicos. Entre
los más destacados, que se pasaron a las
banderas del Duque de Madrid, figuraron
González Bravo, y Nocedal, con todo el
sector ultramontano; el marqués de
Valdegamas, sobrino de Donoso Cortés, y
Severo Catalina que hasta ese mismo momento
había venido representando a Isabel II cerca
de Su Santidad.
De esta suerte, en pocos meses, -como dice
el Conde de Rodezno-, se creó un partido
carlista muy potente sobre los exiguos y
agónicos restos que existían. Prueba de ello
es que en las Cortes constituyentes elegidas
a primeros de 1869, los tradicionalistas
lograron sacar 24 diputados, que dirigidos
por Manterola y por Monecillo, Obispo de
Jaén y luego Arzobispo de Toledo, hicieron
un brillantísimo papel.
Aparisi fue también de los que dio el paso
definitivo hacia el campo legitimista, mas
no sin antes analizar minuciosamente la
cuestión dinástica desde el punto de vista
jurídico, ya que según decía: «se trataba de
un pleito y eran las leyes a quienes tocaba
decidir».
Tras el estudio profundo y sosegado del
tema, se pronuncia a favor de los derechos
del Duque de Madrid, y después de la visita
que le hace en París, en enero de 1869,
decidió su adscripción al carlismo
militante. Carlos VII le había ganado no
sólo por sus cualidades personales, sino
porque vio en él la personificación de las
ideas políticas de Balmes, en cuanto
propugnaba: «Dar la espalda a lo pasado;
olvidar errores; echar la responsabilidad de
cosas muy tristes sobre lo difícil y
calamitoso de los tiempos; hablar al pueblo
la lengua de la verdad, única que entiende y
le agrada; y establecer un Gobierno
genuinamente español, levantando sobre las
bases antiguas -como quería Balmes-, un
edificio grandioso en que tuviesen cabida
todas las opiniones razonables y todos los
intereses legítimos».
Pero si Don Carlos le entusiasma, Doña
Margarita le deslumbra. «¡Qué sencilla en su
trato! ¡Qué buena para los pobres! ¡Qué
hermana de la caridad para los enfermos!
Cuando habla esa mujer -dice- se le ve el
corazón y nada hay más hermoso en el mundo.
Hay en esa mujer-añade- una cosa rara, muy
rara... y es que tiene un ingenio peregrino;
pero ella no lo sabe». Y termina su
apasionada apología, diciendo: «¡Dichoso el
hombre que la llama su esposa! ¡Dichoso el
pueblo que la salude como su Reina!».
Nombrado miembro del Consejo Real, Aparisi
en nombre de Don Carlos sostiene
conversaciones con Beltrán de Lis, leal
consejero de Doña Isabel, a fin de intentar
la unión dinástica sobre la base del
matrimonio de Doña Blanca, la hija mayor de
Don Carlos, con el príncipe de Asturias.
Aquel intento, como el de Balmes antes, y
después el de Don Alfonso XIII con Don Jaime
y Don Alfonso Carlos, no sirvieron más que
para denotar la buena predisposición de los
elementos responsables para terminar con tan
arduo problema, pero sin llegar a resultados
prácticos.
En estos años, Aparisi, pese a su edad y a
sus achaques, despliega una actividad
realmente agotadora. Viaja a Londres para
persuadir al General Cabrera, a que aceptase
la Jefatura del Partido, lo que finalmente
hizo en 1869; publica su opúsculo «Los
Orleans», encaminado a obstaculizar la
candidatura de Montpensier para el trono
entonces vacante; el folleto «El Rey de
España», y redacta la «carta de Don Carlos a
su hermano Don Alfonso», que fue el primer
manifiesto doctrinal a los españoles, donde
condensó el ideario del partido, y llevó la
dirección de la «Junta de Vevey», en la que
don Carlos, ante la inactividad de Cabrera,
decidió asumir personalmente la dirección de
la Causa.
Fueron éstos unos momentos en los que el
carlismo alcanzó gran pujanza: en las Cortes
amadeístas obtuvo una minoría de 79
diputados que, dirigidos hábilmente por
Nocedal, se constituyeron en árbitros de la
situación política.
Aparisi fue Senador por Navarra en aquella
legislatura, pero más que con la palabra,
defendió con la pluma la causa tradicional.
Bajo el título de «Restauración», publicó un
tratado que fue su testamento político, ya
que murió pocos meses después de ser
impreso. De esta obra, la tercera parte es
sobremanera interesante porque fija su
pensamiento en un proyecto de Constitución,
en la que concreta el sistema tradicional
sobre la base de: «Unidad católica;
Monarquía federativa; Rey que reine y
gobierne; Cortes verdaderas a la española;
descentralización y vida propia del
municipio y la provincia; y el espíritu
católico viviendo en las instituciones, en
las Leyes y en las costumbres». Es digna de
estudio la parte orgánica y procesal, en la
que desenvuelve dichos principios, y la
justificación de su enlace con las antiguas
leyes fundamentales de España.
Con su vasta cultura y su gran preparación
jurídica, Aparisi llegó a ser paradigma de
la gente española de su tiempo. Discípulo de
Balmes y de Donoso Cortés a quienes
consideró sus maestros y cuyas doctrinas
hizo suyas, rechazó las tendencias
rupturistas de su época con estas inmortales
palabras que resumen su pensamiento: «Un
pueblo que rompe sus tradiciones; un pueblo
que repudiando la herencia de sus padres
dice: hasta aquí llega el mundo antiguo,
desde ahora comienza un mundo nuevo, ese
pueblo, señores diputados, ¿queréis que os
diga lo que es? Pues es... un pueblo salido
del hospicio».
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