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El diputado que suscribe tiene la honra de
proponer al Congreso la siguiente enmienda
al párrafo
último del proyecto de contestación al
discurso de la Corona:
"Los diputados de la nación
española temen entristecer con lo que
van
á decir al bondadoso corazón
de vuestra Majestad; pero no serían
completamente leales, si no fueran
completamente sinceros. A punto han llegado
las cosas, que es ya imposible no confesar
humilde y noblemente, que, con la mejor fe
sin duda, y con la más laudable intención se
ha errado lastimosamente el camino.
Observando que en tiempos pasados no
marchaba la cosa pública por el mejor,
emprendimos otro nuevo, imaginando que por
él había de arribar el pueblo español a
región afortunada de paz y libertad.
"Señora, el pueblo español ha llegado al
borde del abismo; es necesario salvarlo
retrocediendo, sobre la unidad católica,
fuerza ,y salud de la patria; sobre el Trono
de vuestra Majestad, lazo de unión
y emblema de vuestras glorias; salvar en
fin, la libertad, aspiración en todos
tiempos de las almas generosas. Gravísimo es
el mal; difícil el remedio; no imposible,
Señora. No es imposible, si contando con la
ayuda de Dios y con el leal concurso de la
inmensa mayoría de los españoles religiosa y
monárquica, se trata con resuelta voluntad
de ordenar la Hacienda; introducir economías
corta corrupciones, corregir abusos,
administrar á todos justicia, y sostener
dentro y fuera de España la causa del
derecho y del honor, contra los insultos de
la impiedad, o las demasías brutales de la
fuerza. No es imposible, Señora, si
combatiéndose al espíritu revolucionario,
que con el desprecio de la autoridad irrita
y desenfrena ambiciones y concupiscencias y
llega por los caminos de la anarquía con el
más innoble despotismo se hace reinar en
todas partes el principio católico que, con
grande la autoridad y ennobleciendo la
obediencia, afianza todos los derechos con
cumplimiento de todas las obligaciones, y da
al mundo pueblos sumisos y libres, y Reyes
benignos y justicieros.»
En apoyo de esta enmienda, firmada para
autorizar su
lectura,
por los Sres. D. Antonio Cánovas del
Castillo, D. Juan Francisco Camacho, D. Juan
Moret, D. Frutos Saavedra Meneses, D. Ramón
de Campoamor y D. Modesto Lafuente, dijo la
sesión del 4 de Febrero de
1865.
El
Sr.
APARISI Y GUIJARRO: Señores
diputados:
es
difícil adivinar lo que vosotros, en estos momentos, verme en pié,
probablemente pensáis; vosotros, al menos
los que fuístes en las pasadas legislaturas
mis compañeros muy queridos, pensáis: «El
Sr. Aparisi va de seguro á hablarnos de su
antigua manía. En tiempos de la unión
liberal, cuando se hallaba ésta en la
plenitud de su gloria, ya divisó en el
horizonte español una temerosa nubecilla;
después le vió encapotado y negro; en
adelante pareciole oír los pasos de la
revolución que se acercaba; al fin imaginó,
sin duda, que la revolución estaba golpeando
á las puertas de la ciudad; hoy es capaz de
decirnos que la revolución ha entrado ya
dentro de la ciudad.”
Lo que yo os he de decir, en breve lo
sabréis: si me fuera lícita preguntar y á
vosotros contestarme, yo os preguntaría:
¿Estamos bien? ¿Está el cielo sereno? ¿No
amenazan por buena dicha á la patria
amadísima eminentes peligros? ¿Qué es esto
que vemos? ¿Qué es, cómo llamáis, cómo
definís ese conjunto de cosas que se nos
viene dolorosamente á los ojos; desconcierto
en los que mandan; la Hacienda en la agonía;
la prensa, salvas excepciones, desenfrenada;
perturbación en las ideas, confusión de
lenguas, y sobre todo, fracciones de
fracciones de partirlos disueltos disputando
eternamente, destronándose, deshonrándose?
¿Qué es esto? Esto no será revolución; pero
esto se llama, me duele decirlo, esto se
llama disolución.
Creedme, señores diputados, y me haréis
justicia y merced; de mil amores guardaría
hoy silencio; tuviera yo por buena dicha que
los electores de Serranos no se acordaran
esta vez del hijo humilde de Valencia; mas
puesto que por la voluntad de ellos estoy
aquí, me levanto á hablar, no sin vencer
como siempre grandes repugnancias, y con
profunda, indecible tristeza. No sé si tengo
obligación de hablar; pero sé que después de
hablar he de sentir más tranquila mi
conciencia.
Quisiera hablar con gran sencillez, cual
conviene en días tristes y solemnes; que no
es esta ocasión para artificios retóricos,
sino para decir clara y desnudamente toda la
verdad.
Holgárame también, á ser posible, que por
una hora ti dos (sentiría molestaros)
olvidáseis prevenciones Y preocupaciones de
partido; os acordáseis solo de que sois
españoles, que un español es quien os habla,
vuestro compañero, vuestro amigo, uno de
vosotros. ¡Ah, señores! Si hoy estamos
separados, me da el corazón que andando el
tiempo, y quizá no haya que andar mucho,
estaremos unidos; que si sobrevienen días
turbados y borrascosos, si nos visita la
revolución, sospecho que no hará gracia ni á
los de la derecha, ni á los de la izquierda,
ni á los del centro; á todos, sin exceptuar
á ninguno, nos ha de medir con la misma
rigorosísima vara; á todos los que hoy
militamos en campos contrarios, á todos nos
ha de echar, despiadada y cruel, en un campo
común.
Pensando en esto me ocurrió que hace años,
siendo yo casi un niño, leí en cierta obra,
apenas conocida, un trozo que me causó
profunda sensación, en tanto grado, que son
ya pasados largos años, y si no recuerdo la
letra, recuerdo perfectamente la sustancia.
Alguna vez os he hablado de sueños;
permitidme que os hable ahora de historia.
Era la obra á que aludo un discurso que á
últimos del siglo XVII pronunció Fray
Hortensio Paravicino, orador famoso, sobre
el diluvio universal. Según él, en la
víspera de aquel día en que el cielo había
de ver á la tierra convertida en inmenso
desierto de aguas, en la víspera de aquel
día espantable, los hombres que eran sabios
y libres, olvidados de Dios ú despreciadores
de él, cantaban y danzaban; y dábanse
enteros á todo linaje de placeres. Y dice el
orador que el horizonte se encapotó de
repente y comenzó furiosamente á llover, en
términos, que no parecía sino que el cielo,
convertido en agua, se venía sobre la
tierra. Y pinta primero el asombro, y
después el terror, y a la postre el pasmo de
la gente: pálida y ansiosa abandonaría las
poblaciones que invadían las aguas y corría
á ganar las montañas vecinas, y trepaban por
ellas hasta encaramarse á lo más empinado de
las cumbres. En ellas encontraron hombres
que eran en el día anterior mortales
enemigos por cuestiones de amor, de honra,
de hacienda: pero entonces no se acordaban
de sus odios, sino que huyendo el peligro
horrible, apiñándose unos contra otros, y se
estrechaban, y se abrazaban. ¡Amargas
caricias, exclama el orador, amargas
caricias las de la necesidad; desesperados
abrazos los de la agonía!
Pues bien: si llega el día de la revolución,
la revolución será espantosa; todos nos
hemos de ver en amarguísimos trances; muchos
os habéis de encontrar en país extranjero,
donde siempre se come el pan desabrido, y
entonces señores, nos miraremos, y nos
volveremos á mi atónitos, y diremos: «sin
duda perdimos el juicio”. Y al pensar en los
males de la patria por nuestro culpa, no podremos
contener las lágrimas, y nos arrojaremos los
unos en brazos de los otros... ¡Amargas
caricias las de la necesidad! ¡Desesperados
abrazos los de la agonía!
¿Aplaudís? me alegro: argumento es que
convence que vuestro corazón siente como el
mío; lástima grande que no vea vuestro
espíritu lo que ve mi espíritu; ¡oh! Si lo
vieseis, comprenderíais que seria muy
cuerdo, muy noble, y nos traería la
bendición de la patria y la admiración del
mundo, si movidos de un sentimiento sublime,
arrojáramos lejos de nosotros ruines
preocupaciones y odios villanos, ó diésemos
tregua, por signo tiempo al menos, á
nuestras iras
patrióticas, y puesto que hay cuestiones
gravísimas que deben resolverse hoy antes
que mañana; cuestiones que debemos examinar,
no como hombres de partido, sino como
españoles, pues tocan á la honra de España ó
á la existencia
de España; dejando á un lado luchas
estériles en que sólo aspira á salir
ganancioso el amor propio, con calma, con
templanza, con patriotismo, procurásemos
unidos salvar el orden en España y poner muy
alto su honor á los ojos del mundo.
Todos convenís, porque sois buenos, en que
sería este proceder cuerdo y noble y
admirable, y sin embargo, si yo seriamente
os lo propusiera, hasta las paredes de este
Santuario de las leyes se reirían de mi
candidez parlamentaria.
No hay remedio, es preciso luchar; llegó el
día de la gran batalla; es preciso que
España continúe asistiendo á ese eterno
disputar sobre personas y sobre miserias.
Ahora se abrirá un juicio solemne; los de la
mayoría y vosotros, los de la minoría,
ocupareis alternativamente el banquillo de
los acusados. ¡Plegue á Dios infundiros
templanza! Pero mucho me temo que vosotros
los de la mayoría y Vosotros los de la
minoría saldréis destrozados de esta lucha,
que la patria nada ganará, que sólo ganará
quien hace mucho tiempo que está siempre
ganando, ese terrible, ese funesto personaje
para quien todos nosotros, sin quererlo y
sin saberlo, miserablemente trabajamos.
Ese personaje se llama... revolución
Señores diputados: paréceme que si no
mienten las señas, asistimos al fin de una
época; paréceme que estamos en el principio
del fin.
España asemeja á una antigua y nobilísima
casa en que el padre de familia, su jefe,
puso el gobierno en manos de mayordomos;
eran buenos, pero al fin mayordomos. La
familia gastó más de lo que tenía y se dió
suelta peligrosa á
hijos y sirvientes; y un día vino y
encontróse el padre, a un mismo tiempo sin
paz y sin hacienda.
¿Quién tiene la culpa de que España se
asemeje á eso casa? Si me lo preguntáis,
contestó que todos; y el alguno se levanta á
tirar la primera piedra, de seguro merece
ser apedreado; y si alguno fuera inocente,
yo quiero que se confiese pecador; que no es
esta ocasión de humillar a nadie, sino de
salvar, hijos de la misma patria, á la madre
común, por nuestras culpas desdichada.
Con este intento, no hablo de tiempos
pasados; ¡harto tenemos que entender en lo
presente! Sin embargo, quisieron porque
conduce á mi propósito, traeros á la memoria
algún recuerdo. Recordad que en
este sitio y de esa urna sacaban los
secretarios, no sé si con mano trémula,
papeletas en que estaba escrito un sí ó un
no; un si ó un no a la unidad católica, al
Trono de San Fernando, á la augusta Señora
que se sienta en ese Trono, y á quien la
posteridad confirma al sobrenombre que le
hemos dado de buena. Entonces la necesidad,
el temor, el valor grande y el intrépido
corazón de un hombre crearon un gran
partido, ¿porqué no hemos de decirlo? un
gran partido. Este partido debió tener como
por encargo providencial combatir la
revolución que avanzaba, combatir á la
democracia demagógica que se presentaba en
tierra española. Ese partido sin embargo, no
lo hizo así. Llevaba en su seno un principio
cuyo oficio natural era dividir, disolver,
corromper y matar; y merced a ese principia,
la democracia crecía y se agitaba, como
reconoció solemnemente su orador más
insigne, crecía y se agitaba, mientras que
por virtud de ese principio iba
disolviéndose la unión; y una irás otra
abandonaron su campo en cuatro fracciones,
todas respetables; y el conde de Lucena
sintió débil, vaciló y cayó.
Pasaron después por ese banco tres sombras
de ministerio. Miraflores, Arrazola, Mon;
patricios insignes, médicos, pero no para
enfermo tan grave. Este enfermo estaba muy
enfermo, y ellos se contentaban con perfumar
la habitación y hacerle cambiar de postura:
alivios pasajeros. Con tales medicinas,
¿cómo se había de curar el enfermo que tenía
el mal en las entrañas?
Recuerdo lo que en tiempo del Sr. Mon vi en
la Corte y observé en provincias. En aquella
sazón recordaréis bien que la revolución,
que saca principalmente su fuerza de la
flaqueza de los gobiernos, quiso dar
gallarda muestra de sí, y por esa calle
vecina, tanto que no parece exagera
do decir que desde aquí podían oírse las
pisadas, la revolución pasó en silencio
amenazante y en pomposa procesión, como si
quisiera que Madrid, capital de España,
reconociera á sus futuros gobernantes Y
desde los campos Elíseos, bien os
acordareis, intimó su voluntad y señaló un
plazo fatal para cumplirla; si no me es
falaz la memoria, el de dos años y un día.
Algunos rieron entonces; los que piensan,
temblaron. A poco pudisteis notar una vaga
inquietud en los ánimos, y turbados los
espíritus con ese vago y funesto presentir
de próximas desdichas.
Recuerdo que entonces hablaba con los
caídos, que suelen ver un poco más claro, y
decían: no hay remedio, es inevitable la
revolución; hablaba con los que ocupaban
altos puestos, que semejantes á los bien
hallados con vida próspera y holgada, temen
morir, y sin embargo me decían “peligro hay;
pero no; la revolución no estallará este
verano, á no ser que lograra seducir algún
cuerpo del ejército”.
¡Triste país, pensaba yo, en que se libra la
paz y el orden social en la fidelidad de un
general o de algunos sargentos á su bandera!
Esto en Madrid.
Lo que observé en provincias, todos los que
sois de provincias lo observaríais también.
No hablo del descontento; el descontento es
ya antiguo; llegaba, sin embargo, á su
colmo; pero notaríais además un desaliento
profundísimo en todos
pero
hombres conservadores. Yo hablé con muchos
de aquellos que se estremecen al solo nombre
de revolución y les ví encogerse, bajar
tristemente la cabeza como quien se resigna
dolorosamente a una fatalidad inevitable. Y
lo es que crean los hombres verdaderamente
conservadores que no
puede
conjurarse la revolución, no; creen que
puede conjurarse, que es posible, que es
fácil; pero ven con dolor, que al cabo
produce desmayo, que los gobiernos con sus
casi increíbles ceguedades están llamando la
revolución. Recuerdo que una vez desde este
sitio increpé á la inmensa mayoría de los
españoles porque escondían en sus casas su
virtud y su patriotismo: fui quizá injusto
con ellos; ellos no arrojan á la calle, y no
se ponen valerosamente al lado del Gobierno
porque no tienen confianza en el Gobierno;
porque temen que el Gobierno, sin quererlo y
sin saberlo, les entregue en manos de la
revolución que detestan. El desaliento
general que observé, aquella triste
resignación a lo que por culpa de los
Gobiernos parece inevitable, prueba que
están muy postradas las fuerzas
conservadoras. Ellas cobrarían nueva
vida y gran vida, si hubiese en España
Gobierno.
Por lo demás, en aquella sazón de cosas era
común sentir y general deseo que su Majestad
constituyera un ministerio de fuerza, un
ministerio que diese batalla a la
revolución; porque es claro que si la
revolución va creciendo y avanzando, ó
habéis de caer sin gloria á sus pies, ó
habéis de reñir con ella campal batalla, y
vencer ó sucumbir; pero cuanto más se tarde
en dar batalla, más debilitadas estarán las
fuerzas conservadoras.
Tal era el común sentir y general deseo:
para dar la batalla se necesita un
ministerio de fuerza. Cada cual, según sus
afectos, no quiero decir según sus
intereses, señalaba como al hombre
predestinado al general duque de Valencia o
al general duque de Tetuán. Su Majestad la
Reina llamó al primero á la presidencia de
su Consejo.
Yo voy á hablar del duque de Valencia: yo
voy á decir cosas que le serán
desagradables; yo hablaré, como tengo de
costumbre, sin ánimo de ofender, con la
debida cortesía; que aunque la palabra mía
es desaliñada y pobre, gracias á Dios soy
bastante señor de ella, para que no se me
escape ninguna inconveniente.
Yo hablaré del duque de Valencia, como hablé
en otro tiempo del duque de Tetuán; yo he
atacado mil veces enérgicamente al duque de
Tetuán; pero nunca desconocí sus eminentes
cualidades en la próspera fortuna y menos en
la adversa. Yo quiero decirlo ahora: aprobé
en su tiempo la anexión de Santo Domingo, y
no he de condenarla hoy. Palpité de júbilo
al considerar con los ojos del espíritu
tremolando sobre las torres de Tetuán las
banderas de Isabel la Católica, y no he de
escatimar ahora la gloria que ganó el conde
de Lucena para su nombre y para su patria.
No fue gloria cumplida; pero al cabo fue
gloria.
Lo propio digo del general duque de
Valencia. En su historia habrá cosas que
repruebo; pero hay cosas que ensalzo. Yo no
olvidaré nunca que ese hombre es el hombre
de Bullwer, el hombre de 1848, y el que
arrojó de España en aquella sazón al
representante de la nación más poderosa del
mundo, reveló que tenía en su alma algo del
alma del Cardenal Cisneros. Y digan lo que
quieran, fue gran cosa en medio del
trastorno general ver á ese hombre en pié,
sereno, impávido al lado del Trono de su
Reina, y á no levantarse con tranquila
majestad, mientras que todos los tronos de
Europa temblaban y se derrumbaban algunos.
Dígolo esto para que sepa el general duque
de Valencia que sé hacer justicia á
cualidades eminentes y á hechos gloriosos, y
comprenda con qué dolor, con qué profunda
repugnancia, dentro de breves instantes he
de decir cosas que le han de ser
desagradables.
Se podía esperar algo, se deba esperar mucho
del general Narváez, del hombre que había
dado de sí pruebas tan gallardas en punto á
claridad de entendimiento é intrepidez de
corazón. Había vivido además algunos años en
Paris; había vivido algunos en Loja,
¡grandes universidades para aprenderla
ciencia nueva! Pero el general Narváez no la
aprendió. Al ser llamado de nuevo á los
Consejos de la Corona se presentaba una
ocasión grande para un hombre grande; por lo
visto esta tierra de España no los produce,
agotada su virtud sin duda en sostener á un
pueblo nobilísimo. Grande era esta ocasión
para un hombre grande; pero el hombre de
Bullwer, el hombre de 1848, el que pudo
estudiar en Paris y aprender en Loja, no
acertó á ver que el pueblo español está
harto de luchas estériles, tiene hambre y
sed de justicia y de libertad verdadera; los
partidos políticos disueltos; la revolución
creciente y amenazando, o no sintió corazón
bastante para pronta y audazmente recoger
toda la autoridad, todas las fuerzas
morales, todas las fuerzas conservadoras del
país, y levantarlas, y animarlas, y caer
sobre la revolución, y dar la batalla y
vencerla; y después de tantas
situaciones efímeras, después de
tantos ministerios de partido, crear un
estado fecundo y un Gobierno verdaderamente nacional.
Grande era esta ocasión para un grande
hombre. Al ser llamado Narváez, unos
esperaban, otros temían; yo pronto
desesperé; yo ví que su señoría no se iba
hacia el Sr. Nocedal, sino que se iba hacia
González Bravo, y á seguida comprendí todo
lo que había de acontecer. Nombré al Sr.
Nocedal; y no se ofenda su modestia, si yo,
su amigo cada día más cordial, afirmo que es
uno de los pocos hombres que en medio de
tantas ceguedades ve claro, y en medio de
tanto miedo vergonzoso conserva
generosísimos alientos.
El Sr. Duque de Valencia volvió la espalda
al Sr. Nocedal, y fue á unirse al Sr.
González Bravo. Yo no ofendo al Sr. Gonzalez
Bravo; no puedo ofenderle. ¿Por qué? Porque
sólo puedo decir de él que salvo en dirigir
elecciones, es liberal, muy liberal,
eminentemente liberal..... al uso del día.
Esto no ha de tomarlo su señoría como
ofensa; esto le sonará como lisonja. Por lo
demás, nadie conoce mejor que yo
sus grandes cualidades. ¡Qué hombre! ¡Qué
palabra tan pintoresca y animosa! ¡Qué
corazón tan ardido dentro del pecho! ¡Qué
hombre, en fin, si la naturaleza le hubiera
hecho para gobernar y no para agitar. No lo
creeréis; pero el general Narváez,
abrazándose al Sr. Gonzalez Bravo, acaba de
ahogar al partido moderado, y desde ese
punto yo vi, sin tener larga vista, todo lo
que había de acontecer;
yo vi
que habíamos de tener una
continuación de la antigua fratricida lucha
entre el partido moderado y la unión
liberal, una continuación tristísima de
aquella miserable subasta de liberalismo de
que hablaba con elocuente voz mi amigo el
Sr. Nocedal. Y eso es lo que pasa, y
eso es lo que veis aquí, no hay más que la
continuación de esa lucha y de subasta.
Conocéis el origen de esa lucha, y su
historia fatal.
El
general Narváez, entendido y valeroso, á
pesar de la naturaleza que dudo yo que le
hiciera moderado se puso al frente de este
partido; era su jefe reconocido, casi rey.
Llegaba poco después a muy altos puestos
otro hombre nacido también para mandar;
encontró el primer puesto ocupado, y esperó,
porque es paciente: ese hombre era el conde
de Lucena. Las circunstancias y su valor le
pusieron al frente do otro partido, y el
conde de Lucena, que él dice que es liberal, cayó en la flaqueza de quererse manifestar
más liberal que el partido moderado. Yo soy
más liberal dijo; el Sr. Gonzalez Bravo, en
cinco años de enérgica lucha, contestó al
señor general O´Donnell: no eres liberal,
liberal soy yo. El Sr. Gonzalez Bravo tuvo
sin duda la idea de rejuvenecer al partido
moderado por un procedimiento antiguo,
introduciendo en las venas del viejo la
sangre de la joven, é introdujo en el
partido moderado la sangre de la democracia.
Ahora ha subido al poder; ahora se ha
ido,
y lo probaré á seguida, muy liberal; ahora
que estos señores de la unión tengan el mal
gusto de querer luchar en ese campo con el
Sr. González Bravo. Desde ahora lo anunció:
serán vencidos; fuera de elecciones,
nadie le
vence, y en elecciones no llevan ni
llevarán ventaja a su señoría, ni sus
antecesores ni sus sucesores; en elecciones
todos creerán necesario influir, porque es
necesario vivir. Por eso cuando observo que
el Sr. Posada Herrera se Levanta en este
sitio y clama contra la corrupción
electoral, me edifica; pero confieso que es
el hombre de más valor que hay en España.
Si el único encargo, si la obligación única,
si el
único altísimo deber del general
Narvaez hubiera sido destruirá la unión
liberal, confieso que el plan estaba bien
combinado, pero salió errada la cuenta. Hubo
de decir: nombro ministro de la Gobernación
al regenerador del partido moderado; pongo
por delante de él á los Sres. Arrazola y
Seijas, ornamento y gloria del partido: de
esta suerte los antiguos moderados, los
recalcitrantes, no se atreverán con el Sr.
Gonzalez Bravo por temor de atropellar á
los Sres. Arrazola y Seijas. En este punto
ya salió fallida la cuenta. Hubo de decir:
me asocio á Gonzalez Bravo: él es el
ministro mas liberal que puede haber en el
mundo, y siéndolo, las cuatro fracciones
protestantes de la unión liberal vendrán á
mi campo, ó por lo menos, no retornarán al
antiguo, y de esta suerte el ejército del
general 0'Donnell permanecerá flaco. Sobre
esto hubo de pensar: halagaré al partido
progresista, le lisonjearé, le llevaré,
general en jefe al campo electoral y daré
con él una batalla á la unión liberal y no
quedará uno á vida (perdonadme la vulgaridad
de la frase). Confieso que el plan estaba
bien combinado, pero que la cuenta salió
fallida: y fuera un gran pensamiento si
vosotros fueseis lo único malo que hay en
España. Pero el lance está que nosotros no
somos mejores; y el caso es que lo que hay
que hacer en España es cerrar los ojos á
cosas pasadas, perdonar extravíos, fundar
un Gobierno, y recoger á todos los hijos de
España. Muchos que ahora no edifican, serían
ejemplares si en España hubiese Gobierno.
Salió, pues, á pesar de que el plan era
bueno, fallida la cuenta; perdimos los que
no tenemos mas pretensión que ver pacifica y
engrandecida á la patria; perdimos con
vuestras luchas eternas; perdimos sobre todo
con esa mísera subasta de que antes hablé;
porque aquí, señores, no se entiende por ser
más liberal el ser más justo, el guardar más
religiosamente el derecho de todos, el
aliviar las cargas del pueblo, el dar los
empleos á la honradez y á la virtud, el
mirar por los pobres y pequeños: no, no se
entiende así; aquí pasa por más liberal ¡oh,
aberración inconcebible! el que consiente
más suelta á las pasiones, siquiera sean
malas, el que deje más desamparados los
intereses sagrados do la sociedad el que
favorece más abiertamente los crecimientos
de la revolución..... ¿Me engaño por
ventura, señores diputados? ¿No es esto
cierto? Da ahí nace que luchéis unos con
otros, y cada cual cuando le llega la vez o
se le rinda la ocasión proclama doctrinas
más liberales; de ello se goza la
revolución; la revolución con ello adelanta;
la revolución, con ello más poderosa, está a
la puerta viendoos despedazarse
miserablemente, y cuando estéis en lo más
reñido de la refriega, la revolución puede
dar el último paso y barrernos a todos y
acabar con lo que amamos, con lo que
respetamos, y acabar con ello a pesar de la
majestad de los siglos que lo defiende y
consagra. ¡Ah, que poca elevación de
espíritu, siento decirlo, tienen nuestros
hombres políticos! ¡Ah, cuan poca ambición,
hablo de aquella altísima ambición que solo
sintieron los grandes hombres, se abriga en
el pecho de nuestros hombres políticos!
Porque ellos debían ver que hoy hemos
llegado a un punto en que no hay, no puede
haber, no habrá más que dos partidos; la
revolución tiene ya su jefe que la guía;
además la revolución no necesita jefes
porque anda sola; lo que está vacante es un
puesto eminente; el puesto de jefe de los
ejércitos del orden. Quien lo ocupe, quien
reuniendo todas las fuerzas conservadoras
derrote a la revolución estableciendo el
reinado de la justicia, ese ganará fama
imperecedera, su nombre quedará inscrito,
mejor que en bronces y mármoles, en el
corazón de los hombres, y ese vivirá
mientras el mundo viviere. |