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Primeros años
Extremadura soportaba en 1809 enérgicamente,
resistiendo hasta el límite, la presión del
ejército napoleónico. Pero sus ciudades iban
cayendo en manos del enemigo. El 28 de marzo
fue ocupado Medellín. La población civil,
carente de medios de defensa; huía ante la
proximidad de los gabachos. La
familia Donoso Cortés, vecina de Don Benito,
no fue ajena a estos sinsabores, agravados
por el hecho de que la madre se encontraba
muy próxima a dar a luz; tanto, que no pudo
dar término a su viaje, y el 6 de mayo de
1809 le nacía un varón. Las circunstancias
extraordinarias de este alumbramiento, la
zozobra anhelante de los campesinos
extremeños que buscaban refugio frente al
invasor de su patria, habían de estar
presentes durante el resto de su vida en el
recién nacido, a quien la madre ofrendó a
Nuestra Señora de la Salud, muy venerada en
la parroquia en que se le bautizó. Al
neófito le fueron impuestos los nombres de
Juan Francisco María de la Salud.
El lugar exacto del nacimiento es origen de
controversias. Lo cierto es que nació fuera
de Don Benito y que fue bautizado en la
parroquia más próxima al alumbramiento: la
de Valle de la Serena.
Los Donoso Cortés eran, y son, una familia
de muy alto y antiguo abolengo,
descendientes del conquistador de Méjico,
Hernán Cortés, originarios, al parecer, de
Aragón y establecidos en Extremadura desde
hace varias generaciones. El padre del
futuro marqués de Valdegamas era abogado,
labrador y ganadero acomodado, lo que le
permitía una amplia movilidad económica. Por
esto se permitió el lujo de llevar a Don
Benito un maestro que enseñara las primeras
letras a sus hijos. Juan, a los once años,
sabía ya algo de latín, y convenientemente
aleccionado por el padre se trasladó a
Salamanca para proseguir sus estudios. Esto
era en el año 1820, el del pronunciamiento
de Riego en Cabezas de San Juan, lo que
indudablemente hace suponer que la vieja
Universidad, ya acusada con anterioridad de
doctrinas liberales, sería un foco de estas
enseñanzas.
El bagaje espiritual que Juan llevaba a
Salamanca provenía, principalmente, de los
desvelos de su madre, quien le inspiró una
dulce y recia devoción por la Santísima
Virgen, que fue, sin duda, una de las bases
más seguras para el desarrollo del proceso
de lo que él ha llamado su conversión.
No puede decirse que a la altura de su vida
en que nos encontramos fuera ya un agudo
lector de textos filosóficos, pero sí cabe
señalar su afición a los temas históricos.
La pluma acompañaba siempre sus lecturas, y
en un cuaderno anotaba las impresiones y
conclusiones a que llegaba.
Hemos de suponer que los juegos ocuparían
gran parte de su tiempo, para lo cual
contaba con una buena colección de hermanos
–Pedro, Manuel, Francisco, María Josefa,
Antonio, Ramón, Elena, María Manuela y
Eusebio–, que habrían de ayudarle en sus
travesuras, pues él era el mayor.
En la Universidad de Salamanca permaneció
Juan tan sólo un año. Cursó elementos de
Aritmética, Álgebra y Geometría, y poca pudo
ser la influencia filosófica que, por tanto,
ejercieron sobre él los profesores
salmantinos, seguidores entonces del
sensualismo y utilitarismo, tan en boga, aun
cuando sí es posible que despertaran en el
joven Donoso el deseo de conocer las obras
de estos autores.
Terminado el curso, sus padres decidieron
trasladarlo a Cáceres, al Colegio de San
Pedro, sin duda para tenerlo más cerca. Este
centro de enseñanza se fundó entonces con la
categoría de Universidad Provincial. Allí
cursó los dos últimos años exigidos para
poder estudiar Jurisprudencia.
El verano de 1823 Donoso lo pasa en Cabeza
de Buey, y allí conoce a Quintana, precisado
a refugiarse después de la intervención de
los Cien Mil Hijos de San Luis, que acabó
con el régimen liberal. La amistad entre
ambos fue pronto profunda, de tal forma que
el viejo político dotó de cartas de
recomendación a Donoso, en las que hizo
grandes elogios de su joven amigo. Esta
amistad es una influencia preciosa en la
primera formación política de Donoso, pues
fueron varios los veranos en que Quintana
desplegó ante él todas sus ilusiones
constitucionales. En octubre de 1823 se
traslada Juan a Sevilla, donde, después de
justificar que tiene aprobada la Filosofía
Moral, es admitido al segundo curso de
Jurisprudencia, cuando contaba únicamente
catorce años de edad.
Sevilla ejerció sobre Juan el embrujo de su
clima. Hizo versos, escribió dramas que
jamás se estrenaron, asistió a tertulias y
cenáculos literarios, tuvo sus primeras
ilusiones amorosas... Gabino Tejado comenta
así esta época de Donoso. «Nuestro filósofo
se trocó entonces en Bucólico Batilo, que
tuvo su correspondiente Dorila a quien
consagrar enamoradas endechas.» De los
amigos sevillanos de Donoso recordamos a
Pacheco, Gallardo, Sotelo, Cívico, Ulloa y
J. Claro.
Estos años de Sevilla fueron definitivos en
la formación del carácter del futuro marqués
de Valdegamas.
Terminados sus estudios de Jurisprudencia,
Donoso marcha a Madrid con recomendaciones
para diversos amigos de la familia que
habitan en la Corte y lleno de ilusiones y
de esperanzas. Inmediatamente de llegar se
puso en contacto con los grupos literarios,
y algún dinero debió de costarle, pues
pronto pide a su padre aumento de la
cantidad que le tenía asignada. En una de
estas tertulias debió de conocer a Nicomedes
Pastor Díaz, de quien se hizo íntimo amigo.
Trató a Larra, pues fue a su entierro, y
allí conoció a José Zorrilla, que leyó una
poesía sobre la tumba de «Fígaro». Desde
entonces el vallisoletano concurrió a las
reuniones de la casa que Donoso tenía en la
calle de Atocha.
Fundó revistas literarias, frecuentó
Redacciones de periódicos políticos,
intrigó, se movió y consiguió ser conocido.
Pero en otoño de 1828 el Colegio de Cáceres,
del que había sido alumno, le llama para ser
profesor del mismo, y le pide que haga el
discurso de inauguración. En la conferencia
hizo un recorrido histórico por las
distintas culturas, comenzando con la caída
del Imperio Romano, para seguir por la
invasión de los bárbaros, el espíritu de las
Cruzadas y entonar un encendido canto al
siglo XVIII, del que dice que ha recogido en
un solo punto todas las fuerzas que el
espíritu humano ha podido adquirir. La
contextura del discurso da clara idea de que
fue preparado con todo cuidado y de que se
había preocupado por tener en cuenta a los
grandes creadores de sistemas filosóficos.
El racionalismo preside todas sus tesis, y
Tejado descubre en él un «eclecticismo
propio».
Durante la ceremonia inaugural del curso en
Cáceres conoció a Teresa Carrasco, quien
sintió inmediata admiración por aquel joven
de mirada enérgica y segura que triunfaba
con el discurso. De aquí partió una amistad
sincera que terminó pronto –Donoso obraba
con vehemencia cuando estaba convencido de
la bondad de una causa– en boda. A
principios de 1830 contrajeron matrimonio
los dos jóvenes.
En los dos años siguientes a la boda Donoso
trabajó como abogado junto a su padre. De
esta época aparecen redactadas por él dos
exposiciones a Fernando VII. Hacia 1832
volvió de nuevo a la Corte. El 13 de octubre
de este año, con objeto de hacerse notar,
escribe una Memoria, sobre la situación
actual de España, que es una alabanza de
las dotes de Fernando VII y un duro ataque a
los partidarios del infante don Carlos. El
primer punto en que se apoya Donoso para su
labor política puede resumirse en estas
líneas: defensa del trono de Isabel,
adhesión a los principios liberales con un
sentido conservador y burgués, que le hará
formar en la etapa siguiente en el grupo
moderado, al que se adscribe resueltamente.
La Memoria tuvo una feliz acogida en
la prensa. Federico Suárez Verdeguer afirma
que «el mayor servicio que podía haber
recibido el liberalismo español en 1832 lo
prestó Donoso Cortés con su Memoria sobre
la Monarquía».
Donoso consiguió con su trabajo el efecto
apetecido. fue nombrado funcionario de la
Secretaría de Estado y despacho de Gracia y
Justicia, y un año más tarde –1834– obtiene
su primer ascenso. Continúa su colaboración
en periódicos y revistas, y por entonces
publica sus Consideraciones sobre la
diplomacia y su influencia en el estada
político y social de Europa, desde la
Revolución de julio hasta el tratado de la
Cuádruple Alianza. En el prólogo,
escrito después de las terribles matanzas de
frailes en Madrid el 17 de julio de 1834, y
bastante después de la obra, se nota el gran
efecto que en su ánimo hizo este sangriento
hecho. Pero después de recusar a los
impulsores de los desmanes, y hacer un canto
a la religión, inexplicablemente, colaboró
con Mendizábal, que, si no mató físicamente
a los frailes, destruyó sus casas y les
secularizó, pretendiendo así darles muerte
moral.
En las Consideraciones hace la
apología de la pequeña Isabel y ataca
durísimamente al pretendiente don Carlos. Se
muestra constitucionalista, admirador de la
Constitución de 1812, sin que le ofusque su
brillo, apreciando sus defectos sin exagerar
sus errores. «Mi corazón no simpatiza jamás
con los que la desprecian, pero mi
conciencia no me permite quemar incienso en
sus altares.» Se muestra partidario del
gobierno por la inteligencia, principio que
ha de conservar por mucho tiempo. «La razón
nos dicta y la Historia nos enseña que sólo
en nombre de la inteligencia se puede
dominar, porque sólo a ella pertenece el
dominio absoluto de las sociedades.» No
aparece muy clara su idea de la legitimidad.
Rechaza que la unión de muchos hombres con
sus votos pueda hacer un rey, pero basa la
legitimidad en el ejercicio, en la relación
de los actos del soberano con la justicia.
Termina las Consideraciones haciendo
un llamamiento a las Cortes que van a
reunirse para que obren con discreción y
procuren salvar el «divorcio» entre la
libertad y el orden. Suárez Verdeguer ha
encontrado en esta obra como objetivos
principales: defender el trono,
consolidar la libertad, sofocar la anarquía.
La influencia de los doctrinarios franceses
se ve clara a lo largo de este escrito, como
en el que nos hemos de ocupar a
continuación.
El Gobierno, tras la matanza de frailes, el
alzamiento de los militares liberales en
enero de 1835 y las medidas contra las
Órdenes religiosas recién iniciadas, creyó
oportuno asegurar, sobre bases más sólidas
que aquellas en que se, apoyaba, el débil
trono de la niña Isabel, y así proclamó el
Estatuto Real, obra esencialmente de
Martínez de la Rosa, y envió agentes a las
distintas regiones españolas para lograr
adhesiones a la causa de María Cristina.
Donoso marchó a Extremadura, y debió de
obtener un éxito sobresaliente, ya que se le
premió dándole la categoría de funcionario
más antiguo y una condecoración.
El folleto La Ley Electoral, considerada
en su base y en sus relaciones con el
espíritu de nuestras instituciones fue
comentado por Pastor Díaz muy
favorablemente, pues vino en el momento más
preciso para hacer triunfar la tesis de la
elección directa sobre la indirecta, que
contaba con muchos partidarios. El espíritu
que alienta esta producción donosiana hace
decir a Suárez Verdeguer: «Es el momento en
que Donoso está caído, el punto más bajo de
la evolución.» En realidad, continúa
defendiendo al Gobierno de la inteligencia
como único capaz de constituir y mantener
unidas a las sociedades. El triunfo de la
inteligencia se lo atribuye a Lutero: «Él
secularizó a la inteligencia, que, una vez
emancipada, debía dominar como señora.» Esta
obra fue completada por la Revolución
francesa. Si el Gobierno pertenece a la
inteligencia, han de gobernar los más
inteligentes, es decir, las aristocracias
legítimas. Lo interesante: ya no es, pues,
el origen del Poder, sino las manos que lo
ejercen, y por ellas se legitima. A través
de las breves páginas del escrito se nos
muestra un Donoso racionalista. También
triunfa con esta nueva obra, y es nombrado
jefe de Sección por Gómez Becerra, y más
tarde –el 8 de mayo de 1836–, secretario del
Gabinete de la Presidencia del Gobierno, que
por aquel entonces ostentaba Mendizábal, el
reformador del panorama religioso español, y
al caer éste, dimite de sus cargos. Sobre
esta colaboración, como ya hemos dicho, no
hay una explicación lógica que hacerse, y
nada puede justificarla.
Donoso, pese a su gran labor política, no
perdió afición a las tertulias literarias, y
en 16 de noviembre de 1835 asiste a una
reunión para reorganizar el Ateneo y obtiene
votos para ser nombrado secretario. Después
fue uno de los más asiduos concurrentes.
Ocurre entonces en la vida íntima de Donoso
un suceso excepcional que va a imprimir
carácter a su existencia. A poco de morir la
hija única de su matrimonio, muere la esposa
en el verano de 1835. Él será ya, por
siempre, un gran solitario. En los momentos
difíciles no tiene el consuelo que le ayude
a soportar los duros trances; en los felices
no encuentra con quién compartir sus éxitos.
Pero quizá a esto debamos el Donoso que
vamos a buscar, porque su soledad le llevó a
la meditación, y allí, escudriñando en las
profundidades de su conciencia, con la
gracia de Dios, encontró la verdad, a la que
había consagrado su vida. No era hombre dado
a proclamar sus sentimientos íntimos, pero
Veuillot, íntimo amigo del marqués de
Valdegamas, nos habla de que la imagen de
Teresa no se separó un momento de él y la
conservó siempre un fiel recuerdo, hasta el
punto de que en París a todas las niñas de
quien, muchas veces por motivos de caridad o
apostolado, fue padrino les impuso el nombre
querido de su esposa. Desde la muerte de
Teresa, Donoso no conoció el amor de otra
mujer. El proclamar esto es uno de los
mejores homenajes a este hombre de alma
exquisita.
El político liberal
En 1836 Donoso alcanza un puesto codiciado
para que su voz se oyera en el país: es
elegido diputado a Cortes por la provincia
de Badajoz. En las colecciones de periódicos
de la época, especialmente en El Correo
Nacional, donde se dan amplias
referencias de las sesiones del Congreso de
Diputados, aparece el nombre de Donoso
frecuentemente. Sus intervenciones, si no
muy numerosas, son las suficientes para
hacer que su nombre sea conocido.
La actuación periodística de Donoso es ahora
mucho mayor. Fue redactor de La Abeja
(1834-36), El Porvenir (1837), El
Correo Nacional (1838), El Piloto
(1839), y colaboró en la Revista de
Madrid, El Heraldo (1842), El Tiempo
(1846), El Faro (1847), El País
(1849), La Época (1849) y La
Coalición, de Badajoz.
El hecho más importante de su actuación
pública fue el Curso de Derecho Público,
que dio por encargo del Ateneo de Madrid en
su salón de actos, y que desarrolló del 22
de noviembre de 1836 al 21 de febrero de
1837. Estas lecciones han sido desigualmente
juzgadas, y generalmente mal. Joaquín Costa,
sin embargo, llega a decir que son el más
importante tratado técnico político desde
Suárez. La obra fue duramente criticada por
El Eco del Comercio, donde llegó a
llamarse a Donoso «Guizotín». Para nosotros
la importancia de las lecciones reside en
que marcan un punto interesante en el
itinerario de la transformación ideológica
de Donoso. Comienza señalando un conflicto
–que también encarnaba en él– representado
por la autonomía de la razón, como principio
social armonizador, y el de la libertad,
como destructor de la armonía social. «Las
inteligencias –la razón– se atraen. Las
libertades se excluyen. La ley de las
primeras es la fusión y la armonía; la ley
de los segundos, la divergencia y el
combate. Este dualismo del hombre es el
misterio de la Naturaleza y el problema de
la sociedad.» Para superar el dualismo se
precisa de una cohesión –el Gobierno–, que
no es otra cosa que «la sociedad misma en
acción». Aquí aparece la idea, bien moderna,
del Estado como movimiento. La acción del
Gobierno tiene un límite que no puede
traspasar, y cuando lo hace se convierte en
despotismo. Importante es su exposición
acerca de la soberanía; hay dos soberanías:
la del derecho y la de hecho; la primera
reside en la razón absoluta; la segunda, en
la razón limitada, que es un reflejo de la
anterior, y la poseen los distintos miembros
de la sociedad con arreglo a sus distintas
capacidades. Los representantes del pueblo
son los más capaces en teoría, según cree
Donoso, por lo que el Gobierno debe ser
representativo. En las lecciones hay atisbo
de algo que le obsesiona durante toda su
vida, y es que tanto la revolución como la
dictadura son necesidades transitorias de la
vida política.
En 1837 publicó el folleto titulado
Principios constitucionales aplicados al
principio de Ley fundamental presentado a
las Cortes por la Comisión nombrada al
efecto. Se ha querido ver en este
trabajo la primera iniciativa para el cambio
ideológico de Donoso. Critica la clásica
división de poderes diciendo que es un
absurdo, pues siempre domina el más fuerte.
Afirma la necesidad de reforzar el poder del
Monarca –la Familia Real es la depositaria
de la inteligencia que le han legado los
siglos– y afirma que «cuando la persona que
se sienta en el trono está despojada de él
–el Poder–, esa persona es un súbdito con
diadema». Las Cortes son «una institución
sublime, sólo inferior en importancia al
trono», pera no son Poder. Concibe aquí la
sociedad organizada jerárquicamente, en cuya
cima coloca al Monarca. Piensa que además de
la Cámara popular debe haber otra elegida
por el Monarca, sin intervención popular.
Termina con esta advertencia:
«Representantes del pueblo: No desarméis al
trono delante de la democracia, ni al Poder
delante de las facciones, porque ahora más
que nunca es débil el Poder, es fuerte el
pueblo.»
Se nota un largo camino recorrido desde las
Lecciones de Derecho político, y no
digamos nada de las Consideraciones sobre
la diplomacia, hasta este folleto.
Donoso ha sentido vacilar ya sus
convicciones con las duras experiencias a
que la realidad de su tiempo le ha sometido,
y al contraponer sus creencias a los hechos
se ve precisado a avanzar insensiblemente
hacia puntos por él ignorados. Poco después,
en julio de 1838, publica en El Correo
Nacional, con el título «Polémica con el
doctor Rossi y juicio crítico acerca de los
doctrinarios», un artículo, en el que
muestra su distanciamiento de los antiguos
maestros franceses, a los que dice que
fueron aptos para gobernar en una época de
transición, por faltarles el «dogma
filosófico, político, y social que la
sociedad buscaba, pero que cayeron por no
saber darle la seguridad ideológica
apetecida».
Merecen mención otros dos escritos de esta
misma época: España desde 1834 y
De la Monarquía absoluta en España,
donde sigue avanzando en su mutación
ideológica.
Esta variación en la postura ideológica de
Donoso le acerca a los círculos más próximos
a María Cristina, ante la hostilidad de los
progresistas capitaneados por Espartero. El
13 de enero de 1840 es nombrado nuevamente
jefe de Sección del Ministerio de Gracia y
Justicia y obtiene acta como diputado por
Cádiz. El 17 de julio de 1839 marcha a
Francia, después de obtener permiso en su
cargo administrativo. Bien había observado
el panorama político. El 12 de octubre la
reina gobernadora resigna la Regencia, y el
17 embarca en Valencia para Marsella. Allí
debió de encontrar a Donoso, quien le
redactó el Manifiesto que dirigió a la
nación española. La relación entre Donoso y
la reina fue constante en el exilio, y de
ella nació una leal devoción que nuestro
hombre profesó siempre –si bien los últimos
años de su vida se amenguó mucho– a la
última esposa de Fernando VII, y que ésta le
devolvía en una gran confianza y afecto.
Así, le propuso para formar parte de un
Consejo de tutela de las infantas Isabel y
Luisa Fernanda, aun cuando el Gobierno no le
admitió y nombró tutor único a Agustín
Argüelles. Después de una entrevista en Lyon
entre el caballero extremeño y María
Cristina, ésta le envió a Madrid con el fin
de conseguir un acuerdo con Espartero,
nombrado regente del Reino, sobre la
cuestión de la tutela, misión en la que
fracasó. Donoso, tras publicar en los
periódicos de la Corte un artículo en el que
defendía los regios derechos, regresó
nuevamente a París, y tomó amplio contacto
con los círculos artísticos y literarios. El
Instituto Histórico de París le incorporó a
su seno como miembro del mismo. No hay datos
concretos para explicar sus relaciones
durante esta época con los elementos de la
escuela tradicionalista francesa, pero se
nota que los había leído en sus Cartas al
Heraldo y que alguno de ellos,
concretamente De Maistre, le había
impresionado. Sus consideraciones sobre la
guerra, el sacrificio y el dolor, como
elementos purificadores, estuvieron siempre
presentes en Donoso. «Que entró dentro de la
sociedad francesa y no estuvo apartado de
ella, como afirma Schramm, lo prueba el que
en sus escritos hace desfilar a todos los
personajes más representativos de la Francia
de entonces.»
Noticias, aunque bien escasas, sobre las
actividades políticas del futuro marqués de
Valdegamas en París nos dicen que actuó como
secretario de la propia María Cristina e
intervino, por encargo de la reina, en la
pacificación de la lucha surgida en el
destierro entre los elementos militares y
civiles, sobre todo después del fracasado
intento de raptar a las infantas del Palacio
de Oriente. Participó en la llamada Orden
Militar Española, fundada en la capital
francesa como sociedad secreta para trabajar
confidencialmente en la tarea de hacer caer
a Espartero, a quien apoyaban sus
«ayacuchos», y al que el país veía con
disgusto ante el secuestro, más o menos
evidente, en que tenía a la futura reina
Isabel. En estas actividades
antiesparteristas trabó Donoso amistad con
el general Narváez, «el espadón de Loja»,
cuya figura había de tener tan
extraordinaria importancia en el futuro.
Tras la famosa «Salve» de Olózaga en el
Parlamento y el abandono del país por
Espartero, con el triunfo de la sublevación
de Narváez, Donoso regresa a España en
octubre de 1843, y reanuda sus tertulias en
el Parnasillo, a las que acudían Pastor
Díaz, Pacheco, Zorrilla y Campoamor.
A poco de regresar a Madrid, Donoso fue
nombrado diputado a Cortes por Badajoz y,
como en legislaturas anteriores, fue un
asiduo concurrente a las sesiones del
Parlamento. Su primera intervención de
importancia política fue al defender la
proclamación de la mayoría de edad de Isabel
II un año antes de lo que disponían las
leyes. Se le aclamó reina de España el 8 de
noviembre de 1843.
Con la nueva reina, su madre, María
Cristina, se comunicaba por medio de Donoso.
Las cartas eran enseñadas a Isabel, y como
no convenía que se guardaran en Palacio, las
conservaba el propio Donoso. En
reconocimiento de su lealtad, el 30 de marzo
de 1844 fue nombrado secretario particular
de S. M. Isabel II, «con ejercicio de
decreto», conforme a los deseos expresados
por su madre. María Cristina le encargó,
además, de todo lo relativo al testamento de
Fernando VII, y en 12 de septiembre de 1846
se le nombró curador ad litem de la
infanta Luisa Fernanda, y en octubre de
1845, consejero de Administración de Su
Majestad.
Siguiendo esta verdadera lluvia de mercedes,
Donoso fue nombrado representante de Isabel
II «en comisión especial y con el carácter
de ministro plenipotenciario» cerca de S.
M., viuda en París, con el sueldo de 100.000
reales anuales para invitarle a regresar a
Madrid; pero como esto llevaba anejo el
complicado problema del matrimonio de la
viuda de Fernando VII, fue uno de los que
más trabajaron para que se concediera a su
nuevo esposo, don Fernando Muñoz, hijo del
estanquero de Tarancón, el ducado de
Riansares. Salvando los inconvenientes y
reparos que al regreso de María Cristina
ponían Francia e Inglaterra, el 28 de
febrero pasó la ex reina la frontera, y el
12 de marzo fue recibida en Valencia, de
donde años antes había partido, con un
discurso de Donoso Cortés, que por entonces
recibió la gran cruz de Isabel la Católica.
En 1 de octubre de 1845 se le nombró también
gentilhombre de Cámara, con ejercicio.
Nuevamente fue elegido diputado por Badajoz,
y se le designó para formar parte, como
secretario, de la Comisión de Reforma
Constitucional. Redactó el informe y
defendió el proyecto en la Cámara. Por este
hecho concreto, Donoso rompió la relación
íntima que hasta entonces le había ligado al
grupo moderado, que entonces se llamaba
«puritano». La reforma significaba tanto
como un paso más hacia el orden, era como un
avance por el mismo camino por el que él
marchaba personalmente. Dos eran sus puntos
principales: dar un estado de solidez y
garantía a las relaciones de la Iglesia y el
Estado, y ante la proximidad del casamiento
de la reina y su hermana, heredera del
trono, darles una más amplia libertad en
cuanto a la elección de esposo; así, se
adoptó el acuerdo de que las Cortes debían
ser enteradas simplemente sobre el
proyectado enlace. Otro punto de amplia
discusión, que defendió Donoso con gran
apasionamiento, fue el de la elección de
senadores del Reino, que atribuyó solamente
al monarca, para establecer «entre el Senado
y el Congreso la diversidad que procede de
su origen». El dictamen sobre la Reforma,
atribuido por todos los autores íntegramente
a Donoso, y publicado hasta ahora como suyo
en todas las ediciones de sus Obras,
comienza con una tajante afirmación, que
indica bien a las claras su contenido: «La
Reforma cuenta por adversarios a los que no
reconocen a las Cortes, con el rey, la
potestad de hacer en las Constituciones
políticas aquellas mudanzas y correcciones
que aconsejan a veces la variedad de los
tiempos y el bien del Estado.» La fórmula de
«las Cortes con el rey», tan tradicional en
nuestro derecho público, es el
reconocimiento expreso del valor de las
instituciones seculares. «Las Cortes con el
rey son la fuente de las cosas legítimas.» A
pesar de ello sigue condenando la
fundamentación de la soberanía, tanto en el
cielo como en la voluntad del pueblo.
En el discurso, de forma tajante, rompe ya
toda relación con el partido moderado.
Lafuente dice que «en 1842 estaba Donoso
sediento de afirmaciones y muy enojado
contra las negociaciones y las dudas». Fue
esto, sin duda, lo que le llevó a esta
situación con los puritanos, a los que acusa
de no haber valorado debidamente los
elementos políticos netamente españoles,
entregándose, por el contrario, a ideas
extrañas. Habla con calor de su idea de la
Monarquía. «España, señores, ha sido siempre
una Monarquía: esa Monarquía en toda la
prolongación de los tiempos, ha sido una
Monarquía democrática. ¡La Monarquía! Ved
ahí para nosotros la realidad política. ¡El
catolicismo! Ved ahí para nosotros, para
todos, pero especialmente para nosotros, la
verdad religiosa.» El alma inquieta de
Donoso ha alcanzado ya una verdad, una
verdad en la que empieza a encontrar
descanso y sosiego. Pero le interesa que su
idea de la democracia no se confunda.
«Cuando yo hablo de la Monarquía
democrática, el Gobierno democrático, no
hablo de la Monarquía de las turbas. La
Monarquía democrática –ésa es su definición
en aquel momento– es aquella en que
prevalecen los intereses comunes sobre los
intereses privilegiados, los intereses
generales sobre los intereses
aristocráticos. Esta es la Monarquía
democrática.» La Historia le diría a Donoso
que no hay más democracia posible que la de
las turbas, en cuanto se admite el principio
de contar con esa misma masa, a la que él
oponía su veto.
La vida parlamentaria del político extremeño
llegó a ser en estos años mucho más intensa
que lo había sido hasta entonces. Su voz se
dejó oír a menudo en las Cortes, y se
valoraron en más sus intervenciones, que
llegaron a escucharse con sensación por la
influencia que ejercía en la Cámara. A pesar
de todo, Donoso continuó siendo un
solitario. «O bien porque le faltaron
ciertas prendas de carácter, o bien porque
su talento práctico no valiera tanto como su
talento especulativo, dado que no sea
absurda esta distinción de talento, o bien
porque las circunstancias entran por mucho
en el encumbramiento y buen éxito de los
nombres, Donoso Cortés, aunque llegó a
formar secta, escuela o semiescuela, de la
que fue jefe, jamás fue, ni capitaneó
siquiera, no ya un partido político activo y
militante, pero ni siquiera una pequeña
facción.»
Otro discurso de importancia en esta época
es el que pronunció el 15 de enero de 1845,
referente a la dotación de culto y clero,
cuando se discutía el proyecto del Gobierno
de Narváez. En él expone, de acuerdo con las
ideas de De Maistre, su opinión de que las
revoluciones son obra de los designios de la
Providencia, y aporta un importante cambio
de sus ideas anteriores. «La autoridad
pública, considerada en general, considerada
en abstracto, viene de Dios; en su nombre se
ejerce la doméstica del padre; en su nombre,
la religiosa de los sacerdotes; en su
nombre, la política de los gobernantes de
los pueblos, y el Estado, me encuentro
autorizado para decirlo lógicamente, debe
ser tan religioso como el hombre.» Afirma
que la suprema religiosidad del Estado
consiste en reconocer a la Iglesia, y que
siendo las dos sociedades de naturaleza
distinta, esta independencia puede
conservarse sin esfuerzo. Propone que se
haga el clero propietario de renta perpetua
del Estado, como medio seguro de atender a
su subsistencia y consagrar su
independencia. Por primera vez, y única,
Donoso levantó la bandera de la necesidad de
constituir un partido político nacional que
acabe con las diferencias de grupos y
banderías. «La cuestión ésta consiste en
hallar un terreno bastante alto, bastante
desembarazado para que en él pueda
evolucionar libremente un partido nacional
que ahogue la voz de todos los otros
partidos.» Los partidos deben unirse en lo
que para él constituye la verdad española, y
han de ser «muy liberales, muy populares,
muy monárquicos, muy religiosos». Se echa de
ver, fácilmente, cómo lo mejor del discurso
es la idea que en él alienta, pues
difícilmente el liberalismo, esencialmente
diversificador, puede unir, y Donoso
prosigue haciéndolo base de su sistema.
El discurso sobre los regios enlaces de
Isabel II y Luisa Fernanda, del que ya hemos
hablado anteriormente, valió a Donoso ser
nombrado vizconde del Valle y marqués de
Valdegamas, con grandeza de España, así como
que el Gobierno francés le hiciera gran
oficial de la Legión de Honor. No faltaban
quienes le viesen con desdén o sobrecejo
bogar tan prósperamente en las olas agitadas
del desdén cortesano; y aun de sus amigos
sinceros solía de cuando en cuando, en el
seno de la mutua confianza, desprenderse una
chispa de ingenio, cuando no un manifiesto
reproche por aquel aluvión de blasones que
se iban acumulando para decorar un nombre,
que sin ellos ciertamente era ya bastante
ilustre. Donoso, a quien ni las
ingeniosidades ni los reproches en este
asunto ofendían jamás, tenía para todos una
respuesta que él mismo, en tono familiar,
formulaba así cierto día, dirigiéndose a uno
de sus amigos verdaderos: «Diga usted: si
usted fuera un rabioso demócrata, y para
ganar voluntades necesitara frecuentar
encrucijadas tabernas, ¿qué traje usaría
usted? ¿No le sería más conveniente ir con
chaqueta al hombro, garrote en mano y
colorado gorro frigio? Pues aplique usted el
cuento, amigo mío, todo lo que mis ideas
tienen que hacer en el mundo, se hace
principalmente en los palacios, ¿qué traje
quiere usted que me ponga sino el que usan
los palaciegos?»
El ciclo de la actuación parlamentaria de
Donoso durante esta temporada se cierra con
su intervención acerca de las relaciones de
España con el extranjero, al discutirse en
las Cortes el proyecto de contestación al
discurso de la reina. Su primera afirmación
es tajante: «España no ha tenido desde mucho
tiempo acá una política exterior propiamente
dicha.» Para él hay tres países en la época
de su intervención parlamentaría que la
tienen: Inglaterra, que quiere a todo trance
conservar sus mercados y crear otros nuevos;
Rusia, que aspira a conservar sus conquistas
y prepararse para ampliarlas; Estados Unidos
de América del Norte, con el deseo de lograr
que el principio de libertad de los mares
sea reconocido, y su voluntad de asegurar y
convencer que América es para los
americanos, y que Europa no tiene derecho a
intervenir en los asuntos del Nuevo
Continente. De los demás países, Italia está
para él bajo el protectorado de Austria;
Bélgica, bajo el protectorado de Europa; los
pueblos alemanes, bajo el influjo de la
Confederación, y la Confederación recibe los
impulsos de Berlín y Viena, y éstos están
sometidos a la influencia de Rusia. Francia
no tiene política exterior aun cuando la
busca, y España ni la tiene ni la busca.
Habló también en este discurso de las
relaciones de España con Francia y Portugal.
Cree que la nación vecina ha buscado nuestra
amistad cuando se ha encontrado débil, y,
sin embargo, nos ha menospreciado al
sentirse poderosa. Nuestro punto de fricción
con los franceses lo encuentra en África.
Pero en realidad Francia no puede hacer nada
en este continente sin nosotros, ya que si
geográficamente somos una barrera entre los
dos, cultural, política y religiosamente,
nuestras ideas, aun cuando europeas, están
influidas de su proximidad al África.
«Francia no puede acudir a la asimilación;
¿qué le resta? Acudir al exterminio; pero
para el exterminio, prescindiendo de que no
es arma puesta al servicio de las naciones
civilizadas, prescindiendo de que no
civiliza a los exterminados y barbariza a
los exterminadores, es necesario contar con
la alianza del tiempo.» Pero Donoso ve que
Francia no tiene tiempo, pues sus ejércitos
de África habrá de llevarlos con el tiempo a
defender las fronteras del Rhin. España no
ha sabido sacar partido de las desventajas
de Francia en África, porque nadie se ha
planteado seriamente nuestra misión en este
Continente, y, sin embargo, «el interés
permanente de España es o su dominación en
África, o impedir la dominación exclusiva de
cualquiera otra nación. Digo que es nuestro
interés permanente porque no es de partido;
es español. No pasa con los meses ni con los
años; es interés que se prolonga con los
siglos».
A Inglaterra la juzga duramente, como en
otros de sus trabajos. «La Inglaterra,
señores, no aspira a la posesión material
del globo. La Inglaterra se contenta con
considerar al globo como si fuera un inmenso
campo de batalla y ocupar las posiciones más
ventajosas, las posiciones estratégicas,
como si dijéramos, los puntos fortificados;
es el sistema de Inglaterra. Esto no quiere
decir que Inglaterra aspira a la posesión
material de la Península. La Inglaterra,
señores, se contenta con tener en la
Península dos magníficas posiciones: una, en
la boca del Estrecho; otra, en las costas
del Océano: Gibraltar y Lisboa. Ahora bien,
señores, de esto resulta que la Inglaterra
está más cerca de nosotros que la Francia.
Si la Francia está en nuestras fronteras, la
Inglaterra está en nuestro territorio; si la
Francia está a nuestras puertas, la
Inglaterra está en nuestra casa; lo que
tenemos que temer nosotros de Inglaterra, lo
que Inglaterra está realizando va, si puede
decirse así, es el rompimiento de nuestra
unidad territorial.» «La dominación
exclusiva de la Inglaterra en Portugal es
nuestro oprobio. La nación no puede
consentirla, la nación no lo consentirá; no
lo consentirá, señores, porque la potencia
que sea señora de Portugal es tutora de
España, y el pueblo español, caído y todo
como está, postrado en el suelo como lo
vemos, conserva todavía, señores, suficiente
dignidad viril para no consentir caer bajo
la perpetua tutela como la mujer romana.»
Donoso sigue ascendiendo a la carrera en el
camino de su evolución política, acompañada
de una profunda transformación religiosa. Su
espíritu se halla en marcha, la gracia del
Señor le ha tocado el alma. Sólo hacen falta
los acontecimientos precisos que le disparen
hacia lo alto.
La transformación de Donoso
El primer signo de esta transformación es su
comentario sobre las reformas de Pío IX, a
los que ya hicimos referencia. Es hijo
sumiso de la Iglesia, y como tal, no
encuentra sino justificaciones para la
actuación del Papa.
Pero ahora se producen hechos importantes
que van a mover su alma. El camino de su
mutación se inicia, como él mismo confiesa,
según el testimonio del conde de
Bois-le-Comte con la amistad de un hombre
que le ejemplariza con su conducta, que le
dijo basaba únicamente en su condición de
católico. Quiso imitar desde ese día a aquel
santo varón, y la fe religiosa que estaba
aletargada en lo más íntimo de su ser,
ayudada por un movimiento de la Gracia,
comenzó a despertarse y a formar parte viva
de su estructura mental y de la conducta del
joven político. Que nunca dejó de ser
católico lo prueba el hilo de sus escritos y
discursos que hemos seguido hasta ahora,
aunque en muchas ocasiones su fogosidad y su
pasión dejasen en segundo término su sentido
religioso. La expresión exacta sería decir
que el catolicismo estaba presente en su
vida, pero no con una vigencia real y plena.
Esto se desprende de la carta del mismo
Donoso a Blanche-Raffin, tan traída y
llevaba por cuantos se han ocupado de su
vida: «Yo siempre fui creyente en lo íntimo
de mi alma; pero mi fe era estéril, porque
ni gobernaba mi pensamiento, ni inspiraba
mis discursos, ni guiaba mis amores...» La
remoción del tesoro de la fe católica que se
produce en su vida al contacto con el hombre
bueno le hace sentir el deseo de asirse a
verdades absolutas, de no andar más entre
vacilaciones. En estos años de lucha y de
zozobra interior se producen simultáneamente
otros dos hechos decisivos en su evolución.
En 1817 muere su hermano más querido, Pedro,
hombre afiliado al partido carlista, de
profunda religiosidad, y su muerte edificó
de tal suerte a Juan, que por esto, y
también por su contacto directo con la
muerte en una época de profunda lucha
interior, se sometió completamente al
espíritu que alentaba dentro de él. En su
carta al marqués de Raffin de 21 de julio de
1849 lo confiesa sinceramente: «Tuve un
hermano a quien vi vivir y morir, y que
vivió una vida de ángel y murió como los
ángeles morirían si muriesen. Desde entonces
juré amar y adorar, y amo y adoro... –iba a
decir lo que no se puede decir–, con ternura
infinita, al Dios de mi hermano. Dos años
van ya recorridos de aquella tremenda
desgracia... Vea usted aquí, amigo mío, la
historia íntima y secreta de mi
conversión... Como usted ve, aquí no ha
tenido influencia ninguna ni el talento ni
la razón; con mi talento flaco y con mi
razón enferma, antes que la verdadera fe me
hubiera llegado la muerte. El misterio
(porque toda conversión es un misterio) es
un misterio de ternura. No le amaba, y Dios
ha querido que le ame, y le amo; y porque le
amo, estoy convertido.» Bien claro se deduce
de estas líneas que Donoso percibió el golpe
de la Gracia llamando a su corazón, y su
alma –llena de ternura, dice él– se entregó
por completo.
Hasta hoy día el que con más cuidado y éxito
ha estudiado el proceso de transformación de
Donoso ha sido Suárez Verdeguer en su
trabajo Evolución Política de Donoso
Cortés. Para él es preciso separar
cuidadosamente los dos aspectos de su
conversión: el intelectual y el religioso, y
aunque el método es justo, no cabe dejar de
consignar que es preciso andar apoyado en
sus avances en un campo para comprender los
logrados en el otro. Para su mutación
política es preciso tener en cuenta los
graves sucesos revolucionarios que se
producen en toda Europa, excepto en
Inglaterra y en España, en el año 1848, y
que le intiman a entrar por un camino en el
que la transformación de su ideología
política es ya completa. No olvidemos
tampoco en este punto que su hermano Pedro
era, como hemos dicho, carlista. Schramm
considera importantísima en toda la
evolución de Donoso su posición política.
La nueva posición de Donoso acrecienta su
soledad, y ahora ya, por su gran influencia
política, va a ser atacado duramente,
incluso por su amigos de antes, que le ven
triunfar, aun a pesar de su rígida e
inflexible ideología. En unas coplas
epigramáticas le llaman «mártir
plenipotenciario, ex diputado y marqués», y
le dieron el apodo ridículo de
«Quiquiriquí».
Desde aquel momento, excepto su intervención
en la desavenencia entre los regios esposos
–de la que Natalio Rivas ha hablado–, no
actúa en la concreta y pequeña política
diaria, apegada a las circunstancias del
momento. Él mismo se considera despegado de
la tierra: «Yo estoy cansadísimo y
fatigadísimo de todo; como, por otra parte,
tengo la seguridad de que, todo se lo ha de
llevar el diablo, no sería extraño que me
metiera en mi casa para ver desde el
interior de nuestra provincia cómo fracasa
la nave; esto de luchar y luchar sin
esperanzas es duro.» Lo dice en 20 de julio
de 1851, y poco más tarde afirma: «No puedo
menos de felicitar a usted por su propósito
de separarse de la política activa. Este es
también mi propósito, y a él arreglo ya mi
conducta. Las cosas de la religión me ocupan
exclusivamente.»
Ha sido el propio Donoso quien ha señalado
con su misma pluma la transición de una de
sus épocas a la otra. En la Colección
escogida de sus escritos, que se publicó
poco antes de la revolución del 48, dice:
«El autor de los escritos que componen esta
colección no la publica porque ponga en ella
su vanidad, ni porque la estime en mucho; la
publica sólo para dar muestra de deferencia
a sus amigos, que deseaban hace tiempo ver
reunidos los escritos que sobre materias
graves he improvisado en cuestiones críticas
o solemnes. Resuelto, por otra parte, de hoy
más en nuevos derroteros y rumbos en las
ciencias sociales y políticas, ha creído que
esta colección podría servir para señalar a
un tiempo mismo el término de una época
importantísima de su vida y el principio de
otra que no ha de ser menos importante.»
Esta es una prueba más de que, contra lo que
opina Sehramm, no fue la revolución del 48
lo que influyó decisivamente en su
conversión. Si no cabe menospreciar la
reacción que ello supone en su ánimo, no
cabe darle una importancia excepcional. «La
revolución de febrero –dice Tejado– no es la
única ni la principal siquiera de las
explicaciones naturales del ardor con que se
arrojó en los estudios teológicos,
embebiendo su alma en los arrobamientos del
misticismo. Lo que hizo esa revolución fue
confirmar sus creencias, exaltar por la
doctrina que se había apoderado de su
espíritu y dotarla de sin igual pujanza para
combatir los que con harta razón juzgaba
consecuencias desastrosas de sus doctrinas
opuestas.»
Confirmaciones de este cambio es que al ser
llamado a la Real Academia Española se
dedica al estudio de la Biblia, y su
discurso de ingreso en la Corporación –16 de
abril de 1848– versó precisamente sobre la
Sagrada Escritura.
De esta época son los más conocidos
discursos de Donoso: el llamado «sobre la
Dictadura», pronunciado el 4 de enero de
1849, y el que versa «sobre Europa» –30 de
enero de 1850–, en los que el camino de su
evolución política está ya noblemente,
alcanzado. Las dos oraciones parlamentarias
han recorrido ayer el mundo, y vuelven a
recorrerlo hoy, llenando de asombro y
admiración. No siempre las interpretaciones
son justas ni desinteresadas, pero la fuerza
de su contenido queda patente con la
juventud permanente de sus argumentos.
La reciente publicación en España del libro
de Carl Schmitt Interpretación europea de
Donoso Cortés ha hecho surgir una
polémica sobre la verdadera idea de la
Dictadura de Valdegamas. Las ideas claras,
sin retorcimiento ninguno, son en este punto
fáciles de percibir. Se trata de un discurso
pronunciado en plena situación anormal de
España, rodeada por una Europa en la que la
revolución ha hecho presa. La única
posibilidad en aquellos momentos está
representada por el general Narváez, quien,
con la fuerza que le da su grado militar, es
el único que puede mantener el orden. Los
progresistas le atacan en el Parlamento por
la suspensión de garantías constitucionales
que consiguió Donoso, que se da cuenta
exacta de la situación, defiende al duque de
Valencia, partiendo de que más que las leyes
importa la sociedad para quien están hechas.
«El principio de su señoría –el progresista
Cortina–, bien analizado su discurso, es el
siguiente: en política interior, la
legalidad: todo por la legalidad; la
legalidad siempre, la legalidad en todas las
circunstancias, la legalidad en todas las
ocasiones; y yo, señores, que creo que las
leyes se han hecho para las sociedades, y no
las sociedades para las leyes, digo: la
sociedad, todo para la sociedad, todo por la
sociedad; la sociedad siempre, la sociedad
en todas sus circunstancias, la sociedad en
todas ocasiones. Cuando la legalidad basta
para salvar la sociedad, la legalidad;
cuando no basta, la dictadura. Señores, esta
palabra tremenda (qué tremenda es, aunque no
tanto como la palabra revolución, que es la
más tremenda de todas); digo que esta
palabra tremenda ha sido pronunciada aquí
por un hombre que todos conocen; este hombre
no ha sido, por cierto, de la madera de los
dictadores. Yo he nacido para comprenderlos,
no he nacido para imitarlos. Dos cosas me
son imposibles: condenar la dictadura y
ejercerla.» «... Digo, señores, que la
dictadura, en ciertas circunstancias, en
circunstancias dadas, en circunstancias como
las presentes, es un Gobierno legítimo, es
un Gobierno bueno, es un Gobierno
provechoso, como cualquier otro Gobierno; es
un Gobierno racional, que puede defenderse,
en la teoría, como puede defenderse en la
práctica.» Para explicar más su idea, Donoso
acude a un símil. Dice que el cuerpo social,
al igual que el cuerpo humano, debe
concentrar todo el poder para luchar contra
las fuerzas invasoras del mal, cuando el mal
se concentra en asociaciones políticas para
agrupar sus posibilidades contra el
Gobierno.
Se atreve luego a decir que así como Dios ha
impreso unas leyes a la Naturaleza, que
comparándolas con el orden político
pudiéramos llamar constitucionales, así
también las suspende algunas veces,
quebrantándolas con el hecho sobrenatural o
milagroso, que se corresponde en lo político
con el hecho extraordinario de la dictadura.
Para él «la cuestión, reducida a sus
verdaderos términos, no consiste ya en
averiguar si la dictadura es sostenible, si
en ciertas circunstancias es buena; la
cuestión consiste en averiguar sí han
llegado o pasado para España estas
circunstancias». Repasa los acontecimientos
revolucionarios a lo largo del año 48, y
dice: «La cuestión no está entre la libertad
y la dictadura; si estuviera entre la
libertad y la dictadura, yo votaría por la
libertad, como todos los que nos sentamos
aquí. Pero la cuestión es ésta, y concluyo:
se trata de escoger entre la dictadura de la
insurrección y la dictadura del Gobierno;
puesto en este caso, yo escojo la dictadura
del Gobierno, como menos pesada y menos
afrentosa. Se trata de escoger, por último,
entre la dictadura del puñal, y la dictadura
del sable: yo escojo la dictadura del sable,
porque es más noble.»
Donoso habla luego de la necesidad en que se
encuentra la sociedad de una mayor represión
política cuando falta la fe religiosa, y
estudia esta necesidad a lo largo de la
Historia. La única solución que entrevé
Donoso es la vuelta al espíritu religioso,
pero no lo cree posible ni probable en los
pueblos colectivamente, aun cuando lo espera
en los hombres.
El genio profético de Donoso, del que tanto
se ha hablado, lo explica él así: «Para
anunciar estas cosas no necesito ser
profeta. Me hasta considerar el conjunto
pavoroso de los acontecimientos humanos
desde su único punto de vista verdadero:
desde las alturas católicas.» Por eso él
enjuicia las revoluciones como hechos
providenciales que Dios envía a los pueblos.
«Yo he admirado aquí –en España– y allí
–fuera de ella– la lamentable ligereza con
que se trata de la causa honda de las
revoluciones. Señores, aquí, como en otras
partes, no se atribuyen las revoluciones
sino a los defectos de los Gobiernos. Cuando
las catástrofes son universales,
imprevistas, simultáneas, son siempre cosa
providencial, porque, señores, no otros son
los caracteres que distinguen las obras de
Dios de las obras de los hombres.» Las
revoluciones no las hacen los pueblos
esclavos y hambrientos. Son enfermedades de
los pueblos ricos y de los pueblos libres;
«el germen de las revoluciones está en los
deseos sobreexcitados de las muchedumbres,
por los tribunos que la explotan y se
benefician. Y seréis como los ricos;
ved ahí la fórmula de las revoluciones
socialistas contra las clases medias. Y
seréis como los nobles; ved ahí la
fórmula de las revoluciones de las clases
medias contra las clases nobiliarias. Y
seréis como los reyes; ved ahí la fórmula de
las revoluciones nobiliarias contra los
reyes. Por último, señores, y seréis a
manera de dioses; ved ahí la fórmula de
la primera rebelión del primer hombre contra
Dios. Desde Adán, el primer rebelde, hasta
Proudhon, el último impío, ésa es la fórmula
de todas las revoluciones».
Para comprender en todo su valor este
estudio sobre la dictadura sería preciso
traer aquí, inmediatamente, posiciones
personales y textos posteriores que [18]
aclaran y completan esta idea de Donoso,
interpretada según la conveniencia del
instante por cada uno, olvidándose de las
circunstancias en que se habló, y de hechos
lejanos que aclaran el total significado de
la teoría donosiana.
Además de atender al Parlamento, presidió
Donoso en 1948 el Ateneo de Madrid y el 6 de
marzo de 1849 llegó a Berlín como embajador
de España, con 200.000 reales de sueldo,
puesto del que regresó hacia el mes de
noviembre del mismo año con permiso de tres
meses como enfermo, después ampliado, por
justificar que le sentaba mal el clima de la
capital de Prusia, según dice en la
solicitud de permiso. Antes de marchar a
Berlín pintó Madrazo su célebre retraso. A
su paso por París visitó a Veuillot, y
aunque no se sabe si antes tuvieron
relación, de aquí salió una sincera y honda
amistad, como lo prueba, por ejemplo, la
carta que Donoso escribió al periodista
francés desde Don Benito, donde fue a
descansar, en la que el extremeño desgrana
toda su espiritualidad y delicadeza de alma
ante el paisaje que le vio nacer.
De 26 de mayo de 1849 es una carta del
marqués de Valdegamas a Montalembert,
escrita en Berlín. En ella insiste sobre sus
tesis acerca de diversos puntos teológicos y
políticos. «La civilización católica enseña
que la naturaleza humana está enferma y
caída; caída y enferma de una manera radical
en su esencia y en todos los elementos que
la constituyen. Estando enfermo el
entendimiento humano, no puede inventar la
verdad ni descubrirla, sino verla cuando se
la ponen delante; estando enferma la
voluntad, no puede querer el bien ni
obrarle, sino ayudada, y no lo será sino
estando sujeta y reprimida. Siendo esto así,
es cosa clara que la libertad de discusión
conduce necesariamente al error, como la
libertad de acción conduce necesariamente al
mal. La razón humana no puede ver la verdad
si no se la muestra una autoridad infalible
y enseñante; la voluntad humana no puede
querer el bien ni obrarle si no está
reprimida por el temor de Dios. Cuando la
voluntad se emancipa de Dios y la razón de
la Iglesia, el error y el mal reinan sin
contrapeso en el mundo.» Plantea también el
problema del bien y del mal, afirmando que
el triunfo sobre el mal es una cosa
reservada a Dios. Insiste ante Montalembert
en su propia situación personal: «En esta
especie de confesión general que hago en
presencia de usted debo declarar aquí
ingenuamente que mis ideas religiosas y
políticas de hoy no se parecen a mis ideas
políticas y religiosas de otro tiempo. Mi
conversión a los buenos principios se debe,
en primer lugar, a la misericordia divina, y
después, al estudio profundo de las
revoluciones... Las revoluciones son, desde
cierto aspecto y hasta cierto punto, buenas
como las herejías, porque confirman en la fe
y la esclarecen.»
Desde Berlín escribió también diversos
despachos oficiales, publicados por Tejado
como «Cartas a un amigo»; en ellas estudia
la situación general de Prusia, Austria y la
Confederación germánica, relacionándolas con
Europa.
A su vuelta a Madrid, Donoso pronunció en el
Parlamento otro de los discursos que han
alcanzado renombre universal. Es el llamado
Discurso sobre Europa (30 de enero de
1850), que es una ojeada genial sobre la
entonces actualidad europea –con la que ha
tomado contacto directo– y una previsión
certera del desarrollo de los
acontecimientos. Combate en primer lugar a
quienes creen que el avance socialista puede
detenerse únicamente con medidas económicas.
«El socialismo es hijo de la economía
política, como el viborezno es hijo de la
víbora, que, nacido apenas, devora a su
propia madre. Entrad en estas cuestiones
económicas, ponedlas en primer término, y yo
os anuncio que antes de dos años tendréis
todas las cuestiones socialistas en el
Parlamento y en las calles. ¿Se quiere
combatir al socialismo? Al socialismo no se
le combate; y esta opinión, de que antes se
hubieran reído los espíritus fuertes, no
causa ya risa en la Europa ni en el mundo:
si se quiere combatir al socialismo, es
preciso acudir a aquella religión que enseña
la caridad a los ricos; a los pobres, la
paciencia: que enseña a los pobres a ser
resignados y a los ricos a ser
misericordiosos.» Habla luego de la
importancia lograda por el socialismo y la
debilidad de Europa para combatirlo. Dice
que el socialismo tiene tres grandes
teatros: Francia, donde están los
discípulos; Italia, donde están los «seides»,
y Alemania, donde están los pontífices. La
sociedad no sabe actuar frente a este nuevo
hecho, y todo anuncia la confusión y el
cataclismo. Donoso tiene aquí uno de sus
momentos más elocuentemente catastróficos.
«Todo anuncia, todo, para el hombre que
tiene buena razón, buen sentido e ingenio
penetrante, todo anuncia, señores, una
crisis próxima y funesta; todo anuncia un
cataclismo como no lo han visto los hombres.
Y si no, señores, pensad en estos síntomas
que no se presentan nunca, y, sobre todo,
que no se presentan nunca reunidos, sin que
detrás vengan pavorosas catástrofes. Hoy
día, señores, en Europa todos los caminos
conducen a la perdición. Unos se pierden por
ceder, otros se pierden por resistir. Donde
la debilidad ha de ser la muerte, allí hay
príncipes débiles; donde la ambición ha de
causar la ruina, allí hay príncipes
ambiciosos; donde el talento mismo, señores,
ha de ser causa de perdición, allí pone Dios
príncipes entendidos.» Pero el mal de
Europa, que muchos achacan a los Gobiernos,
es muy otro. Para Donoso está en que los
gobernados han llegado a ser ingobernables;
en que ha desaparecido por completo la idea
de la autoridad divina y de la autoridad
humana. Refiere luego sus afirmaciones
concretas al caso de Francia, donde la
República subsiste, sin que se encuentre un
solo republicano, porque para él la
República es la forma necesaria de Gobierno
en los pueblos que son ingobernables.
Para fundamentar su teoría de las relaciones
entre lo religioso y lo político, habla de
dos fases históricas de la sociedad: una
afirmativa y otra negativa. La afirmativa
contiene estos tres enunciados positivos en
el orden religioso: primera, existe un Dios,
y ese Dios está en todas las partes;
segunda, ese Dios personal que está en todas
partes reina en el cielo y en la tierra;
este Dios, que reina en el cielo y en la
tierra, gobierna absolutamente las cosas
divinas y humanas. A estas tres afirmaciones
religiosas corresponden las tres
afirmaciones del orden político: «Hay un rey
que está en todas partes por medio de sus
agentes; ese rey que está en todas las
partes reina sobre sus súbditos; y ese rey
que reina sobre sus súbditos gobierna a sus
súbditos. De modo que la afirmación política
no es más que una consecuencia de la
afirmación religiosa.» Con estas tres
afirmaciones concluye para Donoso el período
de la civilización, del progreso y del
catolicismo. En el segundo período, negativo
y de barbarie, se gradúan estas tres
negaciones: Primera, Dios existe, Dios
reina; pero está tan alto, que no puede
gobernar las cosas humanas. A esta negación
corresponde la de los constitucionales
progresivos: «El rey existe, el rey reina;
pero no gobierna.» La segunda negación
religiosa es de orden panteísta: «Dios
existe, pero no tiene existencia personal;
Dios no es persona, y como no es persona, ni
gobierna ni reina; Dios es todo lo que
vemos, es todo lo que vive, todo lo que
existe, todo lo que se mueve; Dios es la
Humanidad.» La negación correspondiente es
la republicana: «El poder existe; pero el
poder no es persona, ni reina ni gobierna;
el poder es todo lo que vive, todo lo que
existe, todo lo que se mueve, luego es la
muchedumbre, luego no hay más medio de
gobierno que el sufragio universal, ni más
gobierno que la república.» Progresando en
el orden de las negaciones religiosas, viene
la tercera, la del ateo: «Dios ni reina, ni
gobierna, ni es persona, ni es muchedumbre;
no existe», a la que se corresponde la
negación política representada en aquel
momento en que escribe Donoso por Proudhon,
que dice llanamente: «No hay Gobierno.»
Dice Donoso que Europa camina por la segunda
de las negaciones, y marcha decididamente
hacia la tercera. Considera el peligro de
Rusia, y cree que no puede atacar en aquel
momento, pues ha perdido la influencia que
ejercía sobre Austria y Prusia por el
torrente revolucionario, que les ha hecho
variar de postura. Rusia, en caso de guerra,
tendría que luchar contra toda Europa, a lo
que no debe estar dispuesta. Véase aquí por
qué la Prusia rehuye la guerra, y véase aquí
por qué la Inglaterra quiere la guerra; y la
guerra hubiera estallado si no hubiera sido
por la debilidad crónica de la Francia, que
no quiso seguir en esto a la Inglaterra; si
no hubiese sido por la prudencia austriaca y
si no hubiese sido por la sagacísima
prudencia de la diplomacia rusa. Sin
embrago, Donoso opina que Rusia hará la
guerra al Occidente cuando haya conseguido
sus propósitos. Necesita, primero, que la
revolución, después de haber disuelto la
sociedad, disuelva los ejércitos
permanentes; segundo, que el socialismo,
despojando a los propietarios, extinga el
patriotismo, porque un propietario despojado
no es patriota, no puede serlo; cuando la
cuestión viene planteada de esta manera
angustiosa y congojosa, no hay patriotismo
en el hombre; tercera, el acabamiento de la
empresa de la confederación poderosa de
todos los pueblos esclavos bajo la
influencia y protectorado de la Rusia. Las
naciones esclavonas cuentan, señores, con 80
millones de habitantes. Ahora bien, cuando
en Europa no haya ejércitos permanentes,
habiendo sido disueltos por la revolución;
cuando en la Europa no haya patriotismo,
habiéndose extinguido por las revoluciones
socialistas; cuando en el Oriente de Europa
se haya verificado la confederación de los
pueblos esclavones; cuando en el Occidente
no haya más que dos grandes ejércitos: el
ejército de los despojados y el ejército de
los despojadores, entonces, señores, sonará
en el reloj de los tiempos la hora de Rusia;
entonces la Rusia podrá pasearse tranquila,
arma al brazo, por nuestra patria.» El
castigo en este momento de Rusia, Donoso lo
ve más contra Inglaterra que contra otra
cualquier nación. Pero de este contacto de
Rusia con la civilización occidental puede
venirle su descomposición, pues actuará en
sus venas como un veneno.
Inglaterra, sin embargo, es la menos
expuesta a las revoluciones. «Yo creo–
profetiza– más fácil una revolución en San
Petersburgo que en Londres.» Y el tiempo le
dio la razón. Pero para que Gran Bretaña
pueda cumplir su misión le falta ser
católica, tener formas e instituciones
católicas. Francia para nada cuenta con
respecto a este problema en el ánimo de
Donoso, pues ya no es una nación; «es el
club central de la Europa».
Expresa su opinión de que, al fin de
cuentas, los Gobiernos absolutos son los más
baratos para la sociedad, y que las
economías que pretendan hacerse en el
presupuesto nacional, como han de hacerse a
costa del Ejército, resultarán carísimas,
pues la civilización está defendida en este
momento sólo por las armas.
Al pedir la votación en favor del
presupuesto de defensa se dirige
especialmente a las derechas, recelosas de
la autoridad: «Y vosotros, señores de la
oposición conservadora, yo os lo pido: mirad
también por vuestro porvenir; mirad,
señores, por el porvenir de vuestro partido.
Juntos hemos combatido siempre; combatamos
juntos todavía. Vuestro divorcio es
sacrilegio; la patria os pedirá cuenta de él
en el día de sus grandes infortunios. Ese
día quizá no está lejos; el que no lo vea
posible, padece una ceguedad incurable. Si
sois belicosos, si queréis combatir aquí,
guardad para ese día vuestras armas. No
precipitéis, no precipitéis los conflictos.
Señores, ¿no le basta a cada hora su pena, a
cada día su congoja y a cada mes su trabajo?
Cuando llegue ese día de la tribulación, la
congoja será tanta, que llamaremos hermanos
hasta aquellos que son nuestros adversarios
políticos; entonces os arrepentiréis, aunque
tarde tal vez, de haber llamado enemigos a
los que son vuestros hermanos.»
Este discurso corrió por toda Europa, y
hasta Metternich hizo llegar sus elogios al
joven pensador español. La fuerza oratoria
de esta oración es tanta, que por sí solo
hubiera bastado para hacer conocer en todo
el Continente el nombre de Juan Donoso
Cortés.
El «Ensayo»
Poco después Donoso publicaba un trabajo de
gran extensión, que había tardado algún
tiempo en preparar. La obra fue terminada el
7 de agosto de 1850, pero hasta el año
siguiente no se dio a conocer al público. La
versión francesa fue hecha por Luis
Veuillot, director de L'Univers, gran
amigo del autor. Aquí se hacen notar a cada
paso los estudios teológicos seguidos por
Donoso, y el cambio seguro y definitivo de
su orientación política y religiosa.
El Ensayo está dividido en tres
libros. En el primero trata de las
relaciones de la teología y la política, de
la sociedad y el catolicismo y del triunfo
de la Iglesia católica sobre la sociedad. El
libro segundo comienza con una referencia a
la libertad humana y sus consecuencias;
trata del principio del bien y del mal, de
la armonización de la Providencia divina y
del libre albedrío, y de las soluciones que
para estos problemas han encontrado,
falsamente, las escuelas Liberal y
socialista. El tercer libro está dedicado a
analizar la solidaridad humana la
transmisión de la culpa, la acción
purificante del dolor; los errores liberales
y socialistas a este respecto, y del máximo
sacrificio, el de la encarnación del Hijo de
Dios y la redención del género humano. Al
frente de la edición colocó Donoso esta
advertencia, que no impidió las más duras
críticas: «Esta obra ha sido examinada en su
parte dogmática por uno de los teólogos de
más renombre de París, que pertenece a la
gloriosa escuela de los Benedictinos de
Solesmes. El autor se ha conformado en la
redacción definitiva de su obra con todas
sus observaciones.»
La iniciación del Ensayo es harto
conocida por haber sido reproducida más de
una vez por muchos que no conocen del
importante estudio sino esta frase: «M.
Proudhon ha escrito en su Confesiones de
un revolucionario estas notables
palabras: «Es cosa que admira el ver de qué
manera en todas nuestras cuestiones
políticas tropezamos siempre con la
teología.» Nada hay aquí que pueda causar
sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon.
La teología, por lo mismo que es la ciencia
de Dios, es el océano que contiene y abarca
todas las ciencias, así como Dios es el
océano que abarca y contiene todas las
cosas.» Hace ver luego cómo todas las
sociedades de todos los tiempos han tenido
un sentido religioso, que ha sido reconocido
por Rousseau y Voltaire. Pero las sociedades
que han abandonado el culto de Dios por la
idolatría del ingenio son pasto de las
revoluciones, porque en pos de los sofismas
vienen las revoluciones, y en pos de los
sofistas los verdugos. Analiza genialmente
esta idea, relacionándola con la política, y
dice: «En los pueblos orientales como en las
Repúblicas griegas y en el Imperio romano
como en las Repúblicas griegas y en los
pueblos orientales, los sistemas teológicos
sirven para explicar los sistemas políticos:
la teología es la luz de la Historia.
La teología católica dio vida, pues, a un
nuevo orden político. «Por el Catolicismo
entró el orden en el hombre, y por el
hombre, en las sociedades humanas.» «El
orden pasó del mundo religioso al mundo
moral, y del mundo moral al orden político.
El Dios católico, criador y sustentador de
todas las cosas, las sujetó al gobierno de
su providencia, y las gobernó por sus
vicarios.» «El Catolicismo, divinizando la
autoridad, santificó la obediencia; y
santificando la una y divinizando la otra,
condenó el orgullo en sus manifestaciones
más tremendas, en el espíritu de dominación
y en el espíritu de rebeldía. Dos cosas son
de todo punto imposibles en una sociedad
verdaderamente católica: el despotismo y las
revoluciones.» Dios dejó a la sociedad para
que le indicara el verdadero camino y le
enseñara la solución de sus problemas a la
Iglesia, su mística ciudad.
La potestad humana está por debajo de la
religiosa en este señalamiento del camino y
diferenciación del bien y del mal, y de esa
impotencia de la autoridad seglar para
designar los errores ha nacido el principio
de libertad de discusión, principio general
de las constituciones modernas, que se funda
en el hecho cierto de que no son infalibles
los Gobiernos, y en el falso de la
infalibilidad de la discusión. Es falsa esa
infalibilidad, porque no puede nacer de la
discusión si no está antes en los que
discuten y en los que gobiernan, y no puede
estar en ellos sino a condición de que la
naturaleza humana no sea errónea. Por otra
parte, si la naturaleza humana es infalible,
la verdad está en todos los hombres
independientemente de que estén reunidos o
no, y si la verdad está en todos los
hombres, aislados o juntos, todas sus
afirmaciones serán idénticas, y si son
idénticas, la discusión es absurda. En el
caso de que se afirme que la razón humana
está enferma y es falible, no puede estar
nunca cierto de la verdad por esa misma
falibilidad, y esta incertidumbre está en
todos los hombres, juntos o aislados, por lo
que sus afirmaciones han de ser inciertas, y
si son inciertas, la discusión sigue siendo
absurda.
La solución católica a este respecto es la
siguiente: «El hombre viene de Dios, y el
pecado, del hombre; la ignorancia y el
error, como el dolor y la muerte, del
pecado; la falibilidad, de la ignorancia; de
la falibilidad, lo absurdo de las
discusiones.» Pero el hombre fue redimido,
por donde salió de la esclavitud del pecado,
y de aquí que pueda convertir la ignorancia,
el error, el dolor y la muerte en medio de
su santificación, con el buen uso de su
libertad, ennoblecida y restaurada. «Para
este fin instituyó Dios su Iglesia inmortal,
impecable e infalible. La Iglesia representa
la naturaleza humana sin pecado, tal como
salió de las manos de Dios, llena de
justicia original y de gracia santificante:
por eso es infalible, y por eso no está
sujeta a la muerte.» Su existencia en la
tierra está puesta como medio de ayuda para
el hombre. «Síguese de aquí que sólo la
Iglesia tiene el derecho de afirmar y de
negar, y que no hay derecho fuera de ella
para afirmar lo que ella niega, para negar
lo que ella afirma.» De aquí la fecunda
intolerancia de la Iglesia que ha salvado al
mundo del caos, mientras las sociedades
escépticas y discutidoras se han perdido
vanamente. «La teoría cartesiana, según la
cual la verdad sale de la duda como Minerva
de la cabeza de Júpiter, es contraria a
aquella ley divina que preside al mismo
tiempo a la generación de los cuerpos y de
las ideas, en virtud de lo cual los
contrarios excluyen perpetuamente a sus
contrarios, y los semejantes engendran
siempre a sus semejantes. En virtud de esta
Ley, la duda sale perpetuamente de la duda,
y el escepticismo del escepticismo, como la
verdad de la fe, y de la verdad, la
ciencia.»
Habla más tarde del profundo ejemplo de
solidaridad y organización de la sociedad
católica, en la que todo hombre pertenece a
un grupo social, enlazado jerárquicamente a
otros, hasta concluir en el Sumo Pontífice,
cabeza visible de la Iglesia. Esta
ordenación se hace en virtud del precepto
divino del amor. El Hijo de Dios encarnado
triunfó sobre el mundo solamente en virtud
de medios sobrenaturales; «la razón fue
vencida por la fe, y la naturaleza por la
gracia». La Iglesia triunfó en el mundo en
virtud, también, del medio sobrenatural de
la gracia.
Es de considerar cómo Dios manifiesta su
voluntad en el mundo por medios prodigiosos,
de los cuales a los diarios llamamos
naturaleza, y a los intermitentes,
milagrosos. La Providencia «viene a ser una
gracia general, en virtud de la cual Dios
mantiene en su ser y gobierna según su
consejo todo lo que existe; así como la
gracia viene a ser a manera de una
providencia especial, con la que Dios tiene
cuidado del hombre. El dogma de la
providencia y de la gracia nos revelan la
existencia de un mundo sobrenatural, en
donde residen sustancialmente la razón y las
causas de todo lo que vemos». La fuerza
natural de la gracia se comunica
perpetuamente a los fieles por medio de los
sacramentos.
Este primer libro, cuyo análisis hemos
acabado, lo llama Donoso «Del catolicismo»,
y el segundo, «Problemas y soluciones
relativos al orden en general.» Enlaza en su
comienzo con el final del anterior: «Fuera
de la acción de Dios no hay más que la
acción del hombre; fuera de la Providencia
divina no hay más que la libertad humana. La
combinación de esta libertad con aquella
Providencia constituye la trama variada y
rica de la Historia.»
Insiste Donoso en unas consideraciones sobre
la libertad humana, en virtud de la cual
puede resistir el hombre a quien le dio tal
libertad, y no sólo resistirle, sino
vencerle; pero este vencimiento lleva
consigo la muerte del vencedor. En dejarse
vencer tiene el hombre su galardón; en
vencer, su castigo. El libre albedrío no
consiste en la facultad de escoger el bien y
el mal, que incitan al hombre por igual. Si
fuera así, el hombre sería menos libre, en
cuanto fuera más perfecto, pues su libertad
de elección quedaría disminuida por una
tendencia mayor e irresistible hacia el
bien, lo que amenguaría su libertad. Por
tanto, entre la libertad de elección por el
bien o el mal y la perfección humana –que ha
de tender al bien– hay «contradicción
patente, incompatibilidad absoluta». De
donde se deduce que el hombre libre no puede
ser perfecto sino renunciando a su libertad,
ni puede conservar su libertad sino
renunciando a su perfección. Si la noción
que se tiene de la libertad fuera la exacta,
Dios no sería libre, porque habría de estar
sometido a las solicitaciones del bien y del
mal, lo que es absurdo.
El error está, pues, en suponer que la
libertad consiste en la facultad de escoger,
cuando reside en la de querer, que supone la
facultad de entender. De donde la libertad
perfecta consistirá en entender y querer
perfectamente, «y como sólo Dios entiende y
quiere con toda perfección se sigue de aquí,
por una ilación forzosa, que sólo Dios es
perfectamente libre». El hombre es libre
porque tiene entendimiento y voluntad, pero
no es perfectamente libre, porque no está
dotado de un entendimiento y voluntad
perfectos e infinitos. No entiende cuanto
hay que entender, y está sujeto al error...
«De donde se sigue que la imperfección de su
libertad consiste en la facultad que tiene
de seguir el mal y abrazar el error; es
decir, que la imperfección de la libertad
humana consiste cabalmente en aquella
facultad de escoger, en que consiste, según
la opinión vulgar, su perfección absoluta».
Al ser creado en el Paraíso terrenal el
hombre entendía el bien, y porque lo
entendía, lo quería, abrazándolo libremente
por ese claro juicio que tenía para
distinguirlo. Entre su libertad y la de Dios
había una diferencia de limitación, pues la
del Señor no podía perderse ni padecer
menoscabo, y la del hombre, sí. El pecado
original nubló su entendimiento y dejó
intacta su voluntad. La libertad humana
enfermó gravísimamente, como está hoy. La
relación del hombre por Dios Encarnado
supone la concesión a cada hombre de «la
gracia que es suficiente para mover la
voluntad con blandura», es decir, la
claridad de entendimiento límite para emitir
juicios ciertos en las solicitaciones del
bien y del mal. Pero ha de cooperar el
hombre para que la gracia meramente
suficiente se torne en eficaz. «Todos los
esfuerzos del hombre, deben dirigirse, pues,
a dejar en ocio esa facultad, ayudado de la
gracia, hasta perderla del todo, si esto
fuera posible, con el perpetuo desuso. Sólo
el que la pierde entiende el bien, quiere el
bien y lo ejecuta; y sólo el que, esto hace
es perfectamente libre, y sólo el que es
libre es perfecto, y sólo el que es perfecto
es dichoso; por eso ningún dichoso la tiene:
ni Dios, ni sus santos, ni los coros de sus
ángeles.» Destruye a continuación Donoso las
objeciones de distintos errores sobre este
dogma de la libertad humana. Ataca también
el principio maniqueo del dios del bien y
del mal, y del que hace al hombre principio
del bien contra un dios principio del mal.
Dios creó al hombre exento de mal, pero no
lo hizo dotado de todo el bien, porque en
este caso lo hubiera hecho Dios. La
imperfección en la bondad del hombre está en
la posibilidad de escoger entre el bien y el
mal, de la que hizo mal uso apartándose de
la verdad, por lo que dejó de entenderla,
pero siguió entendiendo y obrando; el
término de su entendimiento fue el error, el
de su obrar el mal; en suma, el pecado que
niega a Dios que es el bien absoluto. El
hombre se entronizó entonces a sí mismo como
centro de la creación. «Su naturaleza se
convirtió de soberanamente armónica en
profundamente antitésica.» «En el sistema
católico el mal existe, pero existe con una
existencia modal; no existe esencialmente.»
No hay un principio del bien y del mal
cuando en toda rivalidad entre ello la
victoria será siempre y definitivamente de
Dios, que es el Bien Absoluto, como ya hemos
dicho. Se extiende luego en consideraciones
sobre los efectos del pecado, causa del
desorden del mundo.
Pero Dios consintió esto porque está en Él
variar el mal en bien y el desorden en
orden, de tal forma que el hombre que se
separa de Dios por su pecado ha de estar
bajo Su influencia por la aplicación de la
justicia. «La libertad de los seres
inteligentes y libres está en huir de la
circunferencia, que es Dios, para ir en
Dios, que es el centro; y en huir de dentro,
que es Dios, para ir a dar con Dios, que es
la circunferencia. Nadie, empero, es
poderoso para dilatarse más que la
circunferencia, ni para recogerse más que el
centro.» «Dios es, pues, el que señala a
todas las cosas su término, la criatura
escoge la senda.»
Analiza estos problemas en las escuelas
liberales y socialistas, para decirnos que
los liberales, en su desprecio de la
teología desconocen la relación entre las
cuestiones políticas y sociales con las
religiosas. Creen éstos que el mal es una
pura cuestión de gobierno, y que un gobierno
es malo cuando no es legítimo. Son legítimos
para ellos los gobiernos sometidos al
dominio de la razón, como afirman que el
gobierno de la razón divina es el encarnado
por el que está sometido a las leyes
naturales a que están sometidas desde el
principio las cosas materiales. Dice que
esto es así, aunque cause extrañeza, porque
la escuela liberal no es atea en sus dogmas,
sino en sus consecuencias. Es deísta, aun
sin saberlo, y de aquí parte su teoría
constituyente del pueblo. La escuela
liberal, «impotente para el bien, porque
carece de toda afirmación dogmática, y para
el mal, porque le causa horror toda negación
intrépida y absoluta, está condenada a ir,
sin saberlo, a dar con el bajel que lleva su
fortuna al puerto católico, a los escollos
socialistas. Esta escue |