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Señores:
Llamado por vuestra elección a llenar el
vacío que ha dejado en esta Academia un
varón ilustre por su doctrina, célebre por
la agudeza y la fecundidad de su ingenio y
por su literatura y su ciencia merecedor de
eterna y esclarecida memoria, ¿qué podrá
decir que sea digno de escritor tan eminente
y de esta nobilísima asamblea quien como yo
es pobre de fama y escaso de ingenio? Puesto
en caso tan grave, me ha parecido
conveniente escoger para tema de mi discurso
un asunto subidísimo, que, cautivando
vuestra atención, os fuerce a apartar de mí
vuestros ojos, para ponerlos en su grande
majestad y en su sublime alteza.
Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy
fábula y ludibrio de la tierra, y que fue en
tiempos pasados estrella del Oriente, adonde
han ido a beber su divina inspiración todos
los grandes poetas de las regiones
occidentales del mundo y en el cual han
aprendido el secreto de levantar los
corazones y de arrebatar las almas con
sobrehumanas y misteriosas armonías. Ese
libro es la Biblia, el libro por excelencia.
En él aprendió Petrarca a modular sus
gemidos; en él vio Dante sus terríficas
visiones; de aquella fragua encendida sacó
el poeta de Sorrento los espléndidos
resplandores de sus cantos. Sin él, Milton
no hubiera sorprendido a la mujer en su
primera flaqueza, al hombre en su primera
culpa, a Luzbel en su primera conquista, a
Dios en su primer ceño; ni hubiera podido
decir a las gentes la tragedia del paraíso,
ni cantar con canto de dolor la mala ventura
y triste hado del humano linaje. Y para
hablar de nuestra España, ¿quién enseñó al
maestro fray Luis de León a ser
sencillamente sublime? ¿De quién aprendió
Herrera su entonación alta, imperiosa y
robusta? ¿Quién inspiraba a Rioja aquellas
lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y
majestad y henchidas de tristeza, que dejaba
caer sobre los campos marchitos, y sobre los
mustios collados, y sobre las ruinas de los
imperios, como un paño de luto? ¿En cuál
escuela aprendió Calderón a remontarse a las
eternas moradas sobre las plumas de los
vientos? ¿Quién puso delante de los ojos de
nuestros grandes escritores místicos los
oscuros abismos del corazón humano? ¿Quién
puso en sus labios aquellas santas armonías,
y aquella vigorosa elocuencia, y aquellas
tremendas imprecaciones, y aquellas
fatídicas amenazas, y aquellos arranques
sublimes, y aquellos suavísimos acentos de
encendida caridad y de castísimo amor, con
que unas veces ponían espanto en la
conciencia de los pecadores y otras
levantaban hasta el arrobamiento las limpias
almas de los justos? Suprimid la Biblia con
la imaginación, y habréis suprimido la
bella, la grande literatura española, o la
habréis despojado al menos de sus destellos
más sublimes, de sus más espléndidos
atavíos, de sus soberbias pompas y de sus
santas magnificencias.
¿Y qué mucho, señores, que las literaturas
se deslustren, si con la supresión de la
Biblia quedarían todos los pueblos asentados
en tinieblas y en sombras de muerte? Porque
en la Biblia están escritos los anales del
cielo, de la tierra y del género humano; en
ella, como en la divinidad misma, se
contiene lo que fue, lo que es y lo que
será; en su primera página se cuenta el
principio de los tiempos y el de las cosas,
y en su última página el fin de las cosas y
de los tiempos. Comienza con el Génesis, que
es un idilio, y acaba con el Apocalipsis de
San Juan, que es un himno fúnebre. El
Génesis es bello como la primera brisa que
refrescó a los mundos, como la primera
aurora que se levantó en el cielo, como la
primera flor que brotó en los campos, como
la primera palabra amorosa que pronunciaron
los hombres, como el primer sol que apareció
en el Oriente. El Apocalipsis de San Juan es
triste como la última palpitación de la
naturaleza, como el último rayo de luz, como
la última mirada de un moribundo. Y entre
este himno fúnebre y aquel idilio vense
pasar unas en pos de otras a la vista de
Dios todas las generaciones y unos en pos de
otros todos los pueblos: las tribus van con
sus patriarcas; las repúblicas, con sus
magistrados; las monarquías, con sus reyes,
y los imperios, con sus emperadores.
Babilonia pasa con su abominación, Nínive
con su pompa, Menfis con su sacerdocio,
Jerusalén con sus profetas y su templo,
Atenas con sus artes y con sus héroes, Roma
con su diadema y con los despojos del mundo.
Nada está firme sino Dios; todo lo demás
pasa y muere, como pasa y muere la espuma
que va deshaciendo la ola.
Allí se cuentan o se predicen todas las
catástrofes, y por eso están allí los
modelos inmortales de todas las tragedias;
allí se hace el recuento de todos los
dolores humanos; por eso las arpas bíblicas
resuenan lúgubremente, dando los tonos de
todas las lamentaciones y de todas las
elegías. ¿Quién volverá a gemir como Job
cuando, derribado en el suelo por una mano
excelsa que le oprime, hinche con sus
gemidos y humedece con sus lágrimas los
valles de Idumea? ¿Quién volverá a
lamentarse como se lamentaba Jeremías en
torno de Jerusalén, abandonada de Dios y de
las gentes? ¿Quién será lúgubre y sombrío
como era sombrío y lúgubre Ezequiel, el
poeta de los grandes infortunios y de los
tremendos castigos, cuando daba a los
vientos su arrebatada inspiración, espanto
de Babilonia? Cuéntanse allí las batallas
del Señor, en cuya presencia son vanos
simulacros las batallas de los hombres; por
eso la Biblia, que contiene los modelos de
todas las tragedias, de todas las elegías y
de todas las lamentaciones, contiene también
el modelo inimitable de todos los cantos de
victoria. ¿Quién cantará como Moisés del
otro lado del mar Rojo, cuando cantaba la
victoria de Jehová, el vencimiento de Faraón
y la libertad de su pueblo? ¿Quién volverá a
cantar un himno de victoria como el que
cantaba Débora, la sibila de Israel, la
amazona de los hebreos, la mujer fuerte de
la Biblia? Y si de los himnos de victoria
pasamos a los himnos de alabanza, ¿en cuál
templo resonaron jamás como en el de Israel,
cuando subían al cielo aquellas voces
suaves, armoniosas, concertadas, con el
delicado perfume de las rosas de Jericó y
con el aroma del incienso del Oriente? Si
buscáis modelos de la poesía lírica, ¿qué
lira habrá comparable con el arpa de David,
el amigo de Dios, el que ponía el oído a las
suavísimas consonancias y a los dulcísimos
cantos de las arpas angélicas; o con el arpa
de Salomón, el rey sabio y felicísimo, que
puso la sabiduría en sentencias y en
proverbios y acabó por llamar vanidad a la
sabiduría; que cantó el amor y sus regalados
dejos, y su dulcísima embriaguez, y sus
sabrosos transportes, y sus elocuentes
delirios? Si buscáis modelos de la poesía
bucólica, ¿en dónde los hallaréis tan
frescos y tan puros como en la época bíblica
del patriarcado, cuando la mujer, la fuente
y la flor eran amigas, porque todas juntas y
cada una de por sí eran el símbolo de la
primitiva sencillez y de la cándida
inocencia? ¿Dónde hallaréis sino allí los
sentimientos limpios y castos, y el
encendido pudor de los esposos, y la
misteriosa fragancia de, las familias
patriarcales?
Y ved, señores, por qué todos los grandes
poetas, todos los que han sentido sus pechos
devorados por la llama inspiradora de un
Dios, han corrido a aplacar su sed en las
fuentes bíblicas de aguas inextinguibles,
que ahora forman impetuosos torrentes, ahora
ríos anchurosos y hondables, ya estrepitosas
cascadas y bulliciosos arroyos, o tranquilos
estanques y apacibles remansos.
Libro prodigioso aquél, señores, en que el
género humano comenzó a leer treinta y tres
siglos ha, y con leer en él todos los días,
todas las noches y todas las horas, aún no
ha acabado su lectura. Libro prodigioso
aquél, en que se calcula todo antes de
haberse inventado la ciencia de los
cálculos; en que sin estudios lingüísticos
se da noticia del origen de las lenguas; en
que sin estudios astronómicos se computan
las revoluciones de los astros; en que sin
documentos históricos se cuenta la Historia;
en que sin estudios físicos se revelan las
leyes del mundo. Libro prodigioso aquél, que
lo ve todo y que lo sabe todo; que sabe los
pensamientos que se levantan en el corazón
del hombre y los que están presentes en la
mente de Dios; que ve lo que pasa en los
abismos del mar y lo que sucede en los
abismos de la tierra; que cuenta o predice
todas las catástrofes de las gentes, y en
donde se encierran y atesoran todos los
tesoros de la misericordia, todos los
tesoros de la justicia y todos los tesoros
de la venganza. Libro en fin, señores, que,
cuando los cielos se replieguen sobre sí
mismos como un abanico gigantesco, y cuando
la tierra padezca desmayos, y el sol recoja
su luz y se apaguen las estrellas,
permanecerá él solo con Dios, porque es su
eterna palabra resonando eternamente en las
alturas.
a veis, señores, cuán libre y extendido
campo se abre aquí a las investigaciones de
los hombres. Obligado, empero, por la índole
exclusivamente literaria de esta ilustre
asamblea, a considerar a la Biblia solamente
como un libro que contiene la poesía de una
nación digna de perdurable memoria, me
limitaré a indicar algo de lo mucho que
podría indicarse y decirse acerca de las
causas que sirven para explicar su poderoso
atractivo y su resplandeciente hermosura.
Tres sentimientos hay en el hombre poéticos
por excelencia: el amor a Dios, el amor a la
mujer y el amor a la patria; el sentimiento
religioso, el humano y el político; por eso,
allí donde es oscura la noticia de Dios,
donde se cubre con un velo el rostro de la
mujer y donde son cautivas o siervas las
naciones, la poesía es a manera de llama
que, falta de alimentos, se consume y
desfallece. Por el contrario, allí donde
Dios brilla en su trono con toda la majestad
de su gloria, allí donde impera la mujer con
el irresistible poder de sus encantos, allí
donde el pueblo es libre, la poesía tiene
púdicas rosas para la mujer, gloriosas
palmas para las naciones, alas espléndidas
para encumbrarse a las regiones altísimas
del cielo.
De todos los pueblos que caen al otro lado
de la Cruz, el hebreo es el único que tuvo
una noticia cierta de Dios; el solo que
adivinó la dignidad de la mujer y el único
que puso siempre a salvo su libertad en los
grandes azares de su existencia borrascosa.
Y si no, volved los ojos al Oriente, al
Occidente, al Septentrión y al Mediodía, y
no encontraréis ni a la mujer, ni a Dios, ni
al pueblo, en cuanto baña el sol, y en
cuanto se extiende el mar, y en cuanto se
dilatan los términos de la tierra. Desde el
punto de vista religioso, todas las naciones
eran idólatras, maniqueas o panteístas. La
noticia de un Dios consustancial con el
mundo, esparcida entre todas las gentes en
las primitivas edades, tuvo su origen en las
regiones indostánicas. La existencia de un
Dios, principio de todo bien, y de otro,
principio de todo mal, haciéndole oposición
y contraste, fue invención de los sacerdotes
persas; y las repúblicas griegas fueron el
ejemplar de las naciones idólatras. El Dios
del Indostán estaba condenado a un eterno
reposo; el de los persas, a una impotencia
absoluta, y los dioses griegos eran hombres.
Por lo que hace a la mujer, estaba condenada
en todas las zonas del mundo al ostracismo
político y civil y a la servidumbre
doméstica. ¿Quién reconocería en esa
esclava, con la frente inclinada bajo el
peso de una maldición tremenda y misteriosa,
a la más bella, a la más suave, a la más
delicada criatura de la creación, en cuyo
divino rostro se retrata Dios, se reflejan
los cielos y se miran los ángeles?
Por último, señores, si buscáis un pueblo
libre, un pueblo que tenga noticia de la
dignidad humana, no encontraréis ninguno en
todos los ámbitos de la tierra que se eleve
a tan grande majestad y que se levante a
tanta altura. En vano le buscaréis en
aquellos imperios portentosos del Asia, que,
cayendo con estrépito unos sobre otros,
vinieron todos al suelo con espantosa ruina.
En vano le buscaréis en la tierra de los
Faraones, donde se levantan aquellos
gigantescos sepulcros, cuyos cimientos se
amasaron con el sudor y con la sangre de
naciones vencidas y sujetas, y que publican
con elocuencia muda y aterradora que
aquellas vastas soledades fueron asiento un
día de generaciones esclavas. Y si,
apartando los ojos de las regiones
orientales, los volvéis a las partes de
Occidente, ¿qué veis en las repúblicas
griegas sino aristocracias orgullosas y
tiránicas oligarquías? ¿Qué otra cosa viene
a ser Esparta, silla del Imperio de la raza
dórica, sino una ciudad oriental, dominada
por sus conquistadores? ¿Y qué viene a ser
Atenas, la heroica, la democrática, la
culta, patria de los dioses y de los héroes,
sino una ciudad habitada por un pueblo
esclavo y por una aristocracia fiera, y
desvanecida, que no se llamó a sí propia
pueblo sino porque el pueblo no era nada?
Vengamos ahora a la nación hebrea, y antes
de todo hablemos de su Dios, porque su
nombre está escrito con caracteres
imperecederos en todas las páginas de su
historia. Su nombre es Jehová; su
naturaleza, espiritual; su inteligencia,
infinita; su libertad, completa; su
independencia, absoluta; su voluntad,
omnipotente. La creación fue un acto de esa
voluntad independiente y soberana. Cuanto
creó con su poder se mantiene con su
providencia. Jehová mantiene a los astros en
sus órbitas, a la tierra en su eje, al mar
en su cauce. Las gentes se olvidaron de su
nombre, y él retiró su mano de las gentes, y
la inteligencia humana se vio envuelta de
súbito en una eterna noche; y entonces
eligió un pueblo entre todos y le llamó
hacia sí, y le abrió el entendimiento para
que entendiera; y entendió, y le adoró
puesto de hinojos, y caminó por sus vías, y
obedeció sus mandamientos, y se puso debajo
de su mano, llena de venganzas y de
misericordias, y ejecutó el encargo de ser
el instrumento de sus inescrutables
designios, y fue la luz de la tierra.
Único
entre todos los pueblos, escogido y
gobernado por Dios, el pueblo hebreo es
también el único cuya historia es un himno
sin fin en alabanza del Dios que le conduce
y le gobierna. Apartado de todas las
sociedades humanas, está solo, solo con
Jehová, que le habla con la voz de sus
profetas y con la de sus sacerdotes, y a
quien responde con cánticos de adoración,
que están resonando siempre en las cuerdas
de su lira.
Los cánticos hebreos recibieron de la unidad
majestuosa de su Dios su limpia sencillez,
su noble majestad y su incomparable belleza.
¿Qué viene a ser la sencillez de los
griegos, milagro del artificio, cuando se
ponen los ojos en la sencillez hebraica, en
la sencillez del pueblo predestinado, que
vio en el cielo un solo Dios, en la
humanidad un solo hombre y en la tierra un
solo templo? ¿Cómo no había de ser
maravillosamente sencillo un pueblo para
quien toda la sabiduría estaba en una sola
palabra, que la tierra pronunciaba con la
voz de sus huracanes, el mar con la ronca
voz de sus magníficos estruendos, las aves
con la voz de su canto, los vientos con la
voz de sus gemidos?
Lo que caracteriza al pueblo hebreo, lo que
le distingue de todos los pueblos de la
tierra, es la negación de sí mismo, su
aniquilamiento delante de su Dios. Para el
pueblo hebreo, todo lo que tiene movimiento
y vida es rastro y huella de su majestad
omnipotente, que resplandece así en el cedro
de las montañas como en el lirio de los
valles. Cada una de las palabras de Jehová
constituye una época de su historia. Dios,
le señala con el dedo la tierra de promisión
y le promete que de su raza vendría aquel
que anunció en el paraíso en los tiempos
adámicos por Redentor del mundo y por Rey y
Señor natural de las naciones. Ésta es la
época de la promesa, que corresponde a la de
los patriarcas. Apartado de los caminos del
Señor, levanta ídolos en el desierto, cae en
horrendas supersticiones e idolatrías, y el
Señor le anuncia disturbios, guerras,
cautiverios, torbellinos grandes y
tempestuosos, la ruina del templo, el
allanamiento de los muros de la ciudad santa
y su propia dispersión por todos los ámbitos
de la tierra. Ésta es la época de la
amenaza. Por último, llega la hora en la
plenitud de los tiempos, y aparece en el
horizonte la estrella de Jacob, y se consuma
el sacrificio cruento del Calvario, y el
templo cae, y Jerusalén se desploma, y el
pueblo judío se dispersa por el mundo. Ésta
es la época del castigo.
Ya lo veis, señores; la historia del pueblo
hebreo no es otra cosa, si bien se mira,
sino un drama religioso, compuesto de una
promesa, de una amenaza y de una catástrofe.
La promesa la oyó Abrahán, y la oyeron todos
los patriarcas; la amenaza la oyó Moisés, y
la oyeron los profetas; la catástrofe todos
la presenciamos. Vivos están los autores de
esta tragedia aterradora. Vivo está el Dios
de Israel, que tan grandes cosas obró para
enseñanza perpetua de las gentes; vivo está
el pueblo desventurado que puso una mano
airada y ciega en el rostro de su Dios, y
que, peregrino en el mundo, va contando a
las naciones sus pasadas glorias y sus
presentes desventuras.
Si es una cosa puesta fuera de toda duda que
la explicación de su historia está en la
palabra divina, no es menos evidente que hay
una correspondencia admirable entre las
vicisitudes de su poesía y las evoluciones
de su historia. La primera palabra de su
Dios es una promesa: su primer período
histórico, el patriarcado; y los primeros
cantos de su musa dicen al pueblo la promesa
de su Dios y a Jehová las esperanzas de su
pueblo. El encargo religioso y social de la
poesía hebraica, en aquellos tiempos
primitivos, era ajustar paces y alianzas
entre la Divinidad y el hombre, siendo los
mensajeros de estas paces, por parte del
hombre, su profunda adoración; por parte de
la Divinidad, su infinita misericordia. Nada
es comparable al encanto de la poesía
bíblica que corresponde a este período.
El patriarca es el tipo de la sencillez y de
la inocencia. Más bien que el varón
incorruptible y justo, es el niño sin
mancilla de pecado; por eso oye a menudo
aquella habla suavísima y deleitosa con que
Dios le llama hacia sí; por eso recibe
visitas de los ángeles. Más bien que el
hombre recto, que anda gozoso por las vías
del Señor, es el habitante del cielo que
anda triste por el mundo, porque ha perdido
su camino y se acuerda de su patria. Su
único padre es su Dios, los ángeles son sus
hermanos. Los patriarcas eran entonces, como
los apóstoles han sido después, la sal de la
tierra. En vano buscaréis por el mundo, en
aquellos remotísimos tiempos, al hombre
pobre de espíritu, rico de fe, manso y
sencillo de corazón, modesto en las
prosperidades, resignado en las
tribulaciones, de vida inocente y de
honestas y pacíficas costumbres. El tesoro
de esas virtudes apacibles resplandeció
solamente en las solitarias tiendas de los
patriarcas bíblicos.
Huésped en la tierra de Faraón, el pueblo
hebreo se olvidó de su Dios en los tiempos
adelante y amancilló sus santas costumbres
con las abominaciones egipcíacas; diose
entonces a supersticiones y agüeros en
aquella tierra agorera y supersticiosa, y
trocó a un tiempo mismo su Dios por los
ídolos y su libertad por la servidumbre.
Arrancole de ella violentamente la mano de
un hombre gobernado por una fuerza
sobrehumana, el más grande de los profetas
de Israel y el más grande entre los hijos de
los hombres.
Cuéntase de muchos que han ganado el señorío
de las gentes y asentado su dominación en
las naciones por la fuerza del hierro; de
ninguno se cuenta, sino de Moisés, que haya
fundado un señorío incontrastable con sólo
la fuerza de la palabra. Ciro, Alejandro,
Mahoma, llevaron por el mundo la desolación
y la muerte, y no fueron grandes sino porque
fueron homicidas. Moisés aparta su rostro
lleno de horror de las batallas sangrientas,
y entra en el seno de Abrahán, vestido de
blancas vestiduras y bañado de pacíficos
resplandores. Los fundadores de imperios y
principados, de que están llenas las
historias, abrieron las zanjas y echaron los
cimientos de su poder ayudados de
fuertísimos ejércitos y de fantásticas
muchedumbres. Moisés está solo en los
desiertos de la Arabia, rodeado de un
gigantesco motín por seiscientos mil
rebeldes, y con esos seiscientos mil
rebeldes, derribados en tierra por su
voluntad soberana, se compone un grande
imperio y un vastísimo principado. Todos los
filósofos y todos los legisladores han sido
hijos, por su inteligencia, de otros
legisladores y de más antiguos filósofos.
Licurgo es el representante de la
civilización dórica; Solón, el representante
de la cultura intelectual de los pueblos
jonios; Numa Pompilio representa la
civilización etrusca; Platón desciende de
Pitágoras; Pitágoras, de los sacerdotes del
Oriente. Sólo Moisés está sin antecesores.
Los babilonios, los asirios, los egipcios y
los griegos estaban oprimidos por reyes, y
él funda una república. Los templos
levantados en la tierra estaban llenos de
ídolos; él da la traza de un magnífico
santuario, que es el palacio silencioso y
desierto de un Dios tremendo e invisible.
Los hombres estaban sujetos unos a otros;
Moisés declara que su pueblo sólo está
sujeto a su Dios. Su Dios gobierna las
familias por el ministerio de la paternidad;
las tribus, por el ministerio de los
ancianos; las cosas sagradas, por el
ministerio de los sacerdotes; los ejércitos,
por el ministerio de sus capitanes, y la
república toda, por su omnipotente palabra,
que los ángeles del cielo ponen en el oído
de Moisés en las humeantes cimas de los
montes, que, turbándose con la presencia del
que los puso allí, tiemblan en sus
anchísimos fundamentos y se coronan de
rayos.
Con los patriarcas tuvo fin la época de la
promesa, y en Moisés tiene principio la
época de la amenaza. Con la palabra de Dios
cambia de súbito el semblante de su pueblo,
y la poesía hebrea se conforma de suyo a ese
nuevo semblante y a aquella nueva palabra.
Dios se ha convertido, de Padre que era, en
Señor; el pueblo, de hijo que era, en
esclavo; Dios le quita la libertad en
castigo de sus prevaricaciones y en premio
de su rescate. «Yo soy vuestro Dios, y
vosotros sois mi pueblo», había dicho Jehová
a los santos patriarcas. «Yo soy tu Señor y
tu propietario, el que te libró de la
servidumbre de los Faraones»; esto dice
Jehová, por la boca de Moisés a su pueblo
prevaricador y rebelde; Dios deja de hablar
dulce y secretamente a los hombres; los
ángeles no visitan ya sus tiendas
hospitalarias; la blanca y pura flor de la
inocencia no abre su casto cáliz en los
campos de Israel, que resuenan lúgubremente
con amenazas fatídicas y con sordas
imprecaciones. Todo es allí sombrío: el
desierto con su inmensa soledad, el monte
con sus pavorosos misterios, el cielo con
sus aterradores prodigios. La musa de Israel
amenaza como Dios y gime como el pueblo. Su
pecho, que hierve como un volcán, está
henchido hoy de bendiciones, mañana de
anatemas; sus cantos imitan hoy la apacible
serenidad de un cielo sin nubes, mañana el
sordo estruendo de un mar en tumulto; hoy
compone su rostro con la majestad épica,
mañana se descomponen sus facciones con el
terror dramático; poco después parece una
bacante en su desorden lírico; ya se ciñe de
palmas y canta la victoria, ya se inunda de
llanto y deja que se escapen de su pecho
tristes y dolorosas elegías.
Moisés, que es el más grande de todos los
filósofos, el más grande de todos los
fundadores de imperios, es también el más
grande de todos los poetas. Homero canta las
genealogías griegas, Moisés las genealogías
del género humano; Homero cuenta las
peregrinaciones de un hombre, Moisés las
peregrinaciones de un pueblo; Homero nos
hace asistir al choque violento de la Europa
y del Asia, Moisés nos pone delante las
maravillas de la creación; Homero canta a
Aquiles, Moisés a Jehová; Homero desfigura a
los hombres y a los dioses, sus hombres son
divinos y sus dioses humanos; Moisés nos
muestra sin velo el rostro de Dios y el
rostro del hombre. El águila homérica no
subió, más alta que las cumbres del Olimpo
ni voló más allá de los griegos horizontes.
El águila del Sinaí subió hasta el trono
resplandeciente de Dios y tuvo debajo de sus
alas todo el orbe de la tierra. En la
epopeya homérica, todo es griego: griego es
el poeta, griegos son los dioses, griegos
los héroes. En la epopeya bíblica, todo es
local y general a un tiempo mismo. El Dios
de Israel es el Dios de todas las gentes; el
pueblo de Israel es sombra y figura de todos
los pueblos, y el poeta de Israel es sombra
y figura de todos los hombres. Entre la
epopeya homérica y la bíblica, entre Homero
y Moisés, hay la misma distancia que entre
Júpiter y Jehová, entre el Olimpo y el
cielo, entre la Grecia y el mundo.
Ya lo veis, señores; para los que como
nosotros comprenden la inconmensurable
distancia que hay entre la divinidad
gentílica y la hebrea y entre el sentimiento
religioso del pueblo de Dios y el de los
pueblos gentiles, la causa de la índole
diversa de sus grandes monumentos poéticos
no puede ser una cosa recóndita y oculta,
éralo en tiempos pasados, cuando todas las
gentes andaban en tinieblas y cuando la
naturaleza del hombre y la de Dios eran
secretos escondidos a todos los sabios. Pero
como quiera que no podéis tener por ocioso y
por fuera de sazón que mayores torrentes de
luz esparzan la claridad de sus rayos sobre
tan ardua y tan importante materia, bueno
será que haya una estación aquí para llamar
vuestra atención hacia la distancia que hay
entre la mujer hebrea y la gentílica y hacia
los diversos encargos que las dieron esas
gentes en los domésticos hogares.
Y
no extrañéis, señores, que inmediatamente
después de haberos hablado de Dios os hable
de la mujer. Cuando Dios, enamorado del
hombre, su más perfecta criatura, determinó
hacerle el primer don, le dio en su amor
infinito a la mujer, para que esparciera
flores por sus sendas y luz por sus
horizontes. El hombre fue el Señor, y la
mujer el ángel del paraíso.
Cuando la mujer cometió la primera de sus
flaquezas, Dios permitió que el hombre
cometiera el primero de sus pecados, para
que vivieran juntos; juntos salieron de
aquellas moradas espléndidas, con el pie
lleno de temblor, el corazón de tristeza, y
con los ojos oscurecidos con lágrimas.
Juntos han ido atravesando las edades, su
mano puesta en su mano, ahora resistiendo
grandes torbellinos y tempestades
procelosas, ahora dejándose llevar mansa y
regaladamente por pacíficos temporales,
surcando el mar de la vida con grande
bonanza y con sosegada fortuna. Al herir
Dios con la vara de su justicia al hombre
prevaricador, cerrándole las puertas del
delicioso jardín que para él había dispuesto
con sus propias manos, tocado de
misericordia quiso dejarle algo que le
recordara el suave perfume de aquellas
moradas angélicas; y le dejó a la mujer,
para que al poner en ella sus ojos, pensara
en el paraíso.
Antes que saliera del edén, Dios prometió a
la mujer que de sus entrañas nacería,
andando el tiempo, el que había de
quebrantar la cabeza de la serpiente: De
esta manera, el Padre de todas las justicias
y de todas las misericordias juntó el
castigo con la promesa y el dolor con la
esperanza. Conservose completa esta
tradición primitiva, según la cual la mujer
era dos veces santa, con la santidad de la
promesa y con la santidad del infortunio,
entre los descendientes de Set, que
merecieron ser llamados hijos de Dios;
alterose, empero, notablemente entre los
descendientes de Caín, que, por su mala vida
y estragadas costumbres, fueron llamados
hijos de los hombres; los primeros
respetaron a la mujer, uniéndose con ella en
la tierra con el vínculo santo, uno e
indisoluble que el mismo Dios había formado
en el cielo; los segundos la envilecieron y
degradaron, instituyendo la poligamia,
mancha del lecho nupcial; siendo Lamec, el
primero de quien se cuenta que tomó por
suyas dos mujeres. Con estos malos
principios fueron los hombres a dar en
grandes estragos, hasta que, generalizada la
corrupción, se hizo necesaria la
intervención divina y la subsiguiente
desaparición de los hombres de sobre la faz
de la tierra, cubierta toda con las aguas
purificadoras del diluvio.
Aplacado el rostro de Dios, volvió a
poblarse la tierra, conservando, empero,
para perpetua enseñanza de los hombres,
claros testimonios de sus iras;
dispersáronse los hombres por todas sus
zonas, y se levantaron por todas partes
grandes imperios, compuestos de diversas
gentes y naciones. Hubo entonces, como en
los tiempos antediluvianos, quienes fueron
llamados hijos de Dios, y otros, que se
llamaron hijos, de los hombres; fueron los
primeros los descendientes de Abrahán, de
Isaac y de Jacob, que llevan en la Historia
el nombre de hebreos; fueron los segundos
los otros pueblos de la tierra, que llevan
en la Historia el nombre de gentiles.
Desfigurada entre los últimos la tradición
de la mujer, no llegó hasta ellos sino una
vaga noticia de su primera culpa, y no
vieron en ella otra cosa sino la causa de
todos los males que afligen al género
humano; borrada, por otra parte, casi de
todo punto la tradición del matrimonio
instituido en el cielo, los pueblos gentiles
ignoraban que la mujer había nacido para ser
la compañera del hombre, y la convirtieron
en instrumento vil de sus placeres y en
víctima inocente de sus furores. Por eso
instituyeron, como sus ascendientes
antediluvianos, la poligamia, que es el
sepulcro del amor; y por eso la dieron,
cuando así cumplía a sus antojos livianos,
libelo de repudio, instituyendo el divorcio,
que es la disolución de la sociedad
doméstica, fundamento perpetuo de todas las
asociaciones humanas. Por eso la hicieron
esclava de su esposo, para que estuviera sin
derechos y para que permaneciera
perpetuamente en su poder, como una víctima
a quien la sociedad pone en manos del
sacrificador o debajo de la mano de su
verdugo.
Esto sirve para explicar por qué el amor,
que es para nosotros el más delicioso de
todos los placeres y el más puro de todos
los consuelos, era considerado por los
gentiles como un castigo de los dioses. El
amor entre el hombre y la mujer tenía algo
de contrario a la naturaleza de las cosas,
que repugna como un sacrilegio toda especie
de unión entre seres entregados por la
cólera divina a enemistades perpetuas.
Cuando en los poemas griegos aparece el
amor, luego al punto pasa por delante de
nuestros ojos un fatídico nublado, síntoma
cierto de que están cerca los crímenes y las
catástrofes. El amor de Elena la adúltera
pierde a Troya y al Asia; el amor de una
esclava, siendo causa del odio insolente y
desdeñoso de Aquiles, pone a punto de
sucumbir a los griegos y a la Europa. Hasta
la virtud en la mujer era presagio de
tremendas desventuras: la honestidad de las
mujeres latinas puso el hierro en las manos
romanas y por dos veces produjo la completa
perturbación del Estado. Las catástrofes
domésticas iban juntas con las catástrofes
políticas. El amor toca con su envenenada
flecha el corazón de Dido, y arde en llamas
impuras, y se consume en los incendios de
una combustión espontánea. Fedra es visitada
por el dios, y se siente desfallecer, como
si hubiera sido herida por el rayo, y
discurre por sus venas una llama torpe y un
corrosivo vitriolo. Vosotros los que os
agradáis en las emociones de los trágicos
griegos, no os dejéis llevar de sus
peligrosos encantos, que son encantos de
sirenas. Esos amantes que allí veis, están
en manos de las Euménides; huid de ellos,
que están señalados con la señal de la
cólera de los dioses y están tocados de la
peste.
La mujer hebrea era, por el contrario, una
criatura benéfica y nobilísima. Poseedores
los hebreos de la tradición bíblica y
sabedores del fin para que la mujer fue
criada, la levantaron hasta sí, amándola
como a compañera suya, y aun la pusieron a
mayor altura que el hombre, por ser la mujer
el templo en donde había de habitar el
Redentor de todo el género humano. No fue, a
la verdad, el matrimonio entre la gente
hebrea un sacramento, como lo había sido
antes en el paraíso, y como había de serlo
en adelante, cuando el anunciado al mundo
viniese en la plenitud de los tiempos; fue,
sin embargo, una institución grandemente
religiosa y sagrada, al revés de lo que era
en las naciones gentílicas. Las bodas se
celebraban al compás de las oraciones que
pronunciaban los deudos de los esposos para
atraer sobre la nueva familia las
bendiciones del cielo; con estas
solemnidades y estos ritos se celebraron las
bodas de Rebeca con Isaac, de Rut con Booz y
de Sara con Tobías. El gran legislador del
pueblo hebreo había permitido la poligamia y
el divorcio, desórdenes difíciles de ser
arrancados de cuajo, cuando tan hondas
raíces habían echado en el mundo, y sobre
todo en sus zonas orientales. Esto no
obstante, ni el divorcio ni la poligamia
fueron tan comunes entre la gente hebrea
como entre los pueblos gentiles, ni
produjeron allí la disolución de la sociedad
doméstica, neutralizadas como estaban
aquellas instituciones con saludables y
santas doctrinas; por lo que hace a la
esclavitud de la mujer, fue cosa desconocida
en el pueblo de Dios, como quiera que la
esclavitud no se compadece con aquella alta
prerrogativa de ser Madre del Redentor,
otorgada a la mujer desde los tiempos
adámicos.
Las tradiciones bíblicas, que fueron causa
de la libertad de la mujer, fueron al mismo
tiempo ocasión de la libertad de los hijos;
los de los gentiles caían en el poder de sus
padres, los cuales tenían sobre ellos el
mismo derecho que sobre sus cosas; los de
los hebreos eran hijos de Dios, y uno de
ellos había de ser el Salvador de los
hombres. De aquí el santo respeto y
ternísimo amor de los hebreos a sus hijos,
igual al que tenían a sus mujeres; de aquí
el exquisito cuidado de las matronas en
amamantar a sus propios pechos a los que
habían llevado en sus entrañas, siendo tan
universal esta costumbre, que sólo se sabe
de Joás, rey de Judá; de Mifiboset y de
Rebeca que no hayan sido amamantados a los
pechos de sus madres. De aquí las
bendiciones que descendían de lo alto sobre
los progenitores de una numerosa familia y
sobre las madres fecundas.
Sus nietos son la corona de los ancianos,
dice la Sagrada Escritura. Dios había
prometido a Abrahán una posteridad numerosa,
y esa promesa era considerada por los
hebreos como una de las más insignes
mercedes; de aquí la esmerada solicitud de
sus legisladores por los crecimientos de la
población, cosa advertida ya por Tácito,
que, hablando del pueblo hebreo, observa lo
siguiente:
Augendae tamen multitudini consulitur: nam
et necare quemquam ex agnatis nefas.
Si ponéis ahora la consideración en la
distancia que hay entre la familia gentílica
y la hebrea, echaréis luego de ver que están
separadas entre sí por un abismo profundo:
la familia gentílica se compone de un señor
y de sus esclavos; la hebrea, del padre, de
la mujer y de sus hijos; entran como
elementos constitutivos de la primera
deberes y derechos absolutos; entran a
construir la segunda deberes y derechos
limitados. La familia gentílica descansa en
la servidumbre; la hebrea se funda en la
libertad. La primera es el resultado de un
olvido; la segunda, de un recuerdo; el
olvido y el recuerdo de las divinas
tradiciones, prueba clara de que el hombre
no ignora sino porque olvida, y no sabe sino
porque aprende.
Ahora se comprenderá fácilmente por qué la
mujer hebrea pierde en los poemas bíblicos
todo lo que tuvo entre los gentiles de
sombrío y de siniestro, y por qué el amor
hebreo, a diferencia del gentil, que fue
incendio de los corazones, es bálsamo de las
almas. Abrid los libros de los profetas
bíblicos, y en todos aquellos cuadros, o
risueños o pavorosos, con que daban a
entender a las sobresaltadas muchedumbres o
que iba deshaciéndose el nublado o que la
ira de Dios estaba cerca, hallaréis siempre
en primer término a las vírgenes de Israel
siempre bellas y vestidas de resplandores
apacibles, ahora levanten sus corazones al
Señor en melodiosos himnos y en angélicos
cantares, ahora inclinen bajo el peso del
dolor las cándidas azucenas de sus frentes.
Si reunidas en coros en las plazas públicas
o en el templo del Señor cantaban o se
movían en concertadas cadencias al compás de
sonoros instrumentos, las castas y nobles
hijas de Sión parecían bajadas del cielo
para consuelo de la tierra o enviadas por
Dios para regalo de los hombres. Cuando los
míseros hebreos, atados al carro del
vencedor, pisaron la tierra de su
servidumbre, pesoles más de la pérdida de su
vista que de la de su libertad; sin ellas
érales el sol odioso, el día oscuro, el
canto triste; y luego que por falta de
lágrimas suspendieron su llanto y por falta
de fuerzas sus gemidos, cerraron sus ojos a
la luz y colgaron sus inútiles arpas en los
sauces tristes de Babilonia.
Ni se contentaron los hebreos con fiar a la
mujer el blando cetro de los hogares, sino
que pusieron muchas veces en su mano
fortísima y victoriosa el pendón de las
batallas y el gobierno del Estado. La
ilustre Débora gobernó la república en
calidad de juez supremo de la nación; como
general de los ejércitos, peleó y ganó
batallas sangrientas; como poeta, celebró
los triunfos de Israel y entonó himnos de
victoria, manejando a un tiempo mismo con
igual soltura y maestría la lira, el cetro y
la espada.
En tiempo de los reyes, la viuda de
Alejandro Janneo tuvo el cetro diez años; la
madre del rey Asa le gobernó en nombre de su
hijo, y la mujer de Hircano Macabeo fue
designada por este príncipe para gobernar el
Estado después de sus días. Hasta el
espíritu de Dios, que se comunicaba a pocos,
descendió también sobre la mujer, abriéndola
los ojos y el entendimiento para que pudiese
ver y entender las cosas futuras. Hulda fue
alumbrada con espíritu de profecía, y los
reyes se acercaban a ella sobresaltados de
un gran temor, contritos y recelosos, para
saber de sus labios lo que en el libro de la
Providencia estaba escrito de su imperio. La
mujer, entre los hebreos, ahora gobernase la
familia, ahora dirigiera el Estado, ahora
hablara en nombre de Dios, ahora, por
último, avasallara los corazones, cautivos
de sus encantos, era un ser benéfico, que ya
participaba tanto de la naturaleza angélica
como de la naturaleza humana. Leed si no el
Cantar de los Cantares, y decidme si aquel
amor suavísimo y delicado, si aquella esposa
vestida de olorosas y cándidas azucenas, si
aquella música acordada, si aquellos
deliquios inocentes, y aquellos subidos
arrobamientos, y aquellos deleitosos
jardines no son, más bien que cosas vistas,
oídas y sentidas en la tierra, cosas que se
nos han representado como en sueños en una
visión del paraíso.
Y, sin embargo, señores, para conocer a la
mujer por excelencia, para tener noticia del
encargo que ha recibido de Dios, para
considerarla en toda su belleza inmaculada y
altísima, para formarse alguna idea de su
influencia santificadora, no basta poner la
vista en aquellos bellísimos tipos de la
poesía hebraica, que hasta ahora han
deslumbrado nuestros ojos y han embargado
nuestros sentidos dulcemente. El verdadero
tipo, el ejemplar verdadero de la mujer no
es Rebeca, ni Débora, ni la Esposa del
Cantar de los Cantares llena de fragancias
como una taza de perfumes. Es necesario ir
más allá y subir más alto; es necesario
llegar a la plenitud de los tiempos, al
cumplimiento de la primitiva promesa; para
sorprender a Dios formando el tipo perfecto
de la mujer, es necesario subir hasta el
trono resplandeciente de María. María es una
criatura aparte, más bella por sí sola que
toda la creación; el hombre no es digno de
tocar sus blancas vestiduras; la tierra no
es digna de servirla de peana, ni de
alfombra los paños de brocado; su blancura
excede a la nieve que se cuaja en las
montañas, su rosicler al rosicler de los
cielos, su esplendor al esplendor de las
estrellas. María es amada de Dios, adorada
de los hombres, servida de los ángeles. El
hombre es una criatura nobilisíma, porque es
señor de la tierra, ciudadano del cielo,
hijo de Dios; pero la mujer se le adelanta,
y le deslustra, y le vence, porque María
tiene nombres más dulces y atributos más
altos. El Padre la llama Hija, y la envía
embajadores; el Espíritu Santo la llama
Esposa, y la hace sombra con sus alas; el
Hijo la llama Madre, y hace su morada de su
sacratísimo vientre; los serafines componen
su corte, los cielos la llaman Reina, los
hombres la llaman Señora; nació sin mancha,
salvó al mundo, murió sin dolor, vivió sin
pecado.
Ved ahí la mujer, señores, ved ahí la mujer;
porque Dios en María las ha santificado a
todas: a las vírgenes, porque ella fue
virgen; a las esposas, porque ella fue
esposa; a las viudas, porque ella fue viuda;
a las hijas, porque ella fue hija; a las
madres, porque ella fue madre. Grandes y
portentosas maravillas ha obrado el
cristianismo en el mundo; él ha hecho paces
entre el cielo y la tierra, ha destruido la
esclavitud; ha proclamado la libertad humana
y la fraternidad de los hombres; pero, con
todo eso, la más portentosa de todas sus
maravillas, la que más hondamente ha
influido en la constitución de la sociedad
doméstica y de la civil, es la santificación
de la mujer, proclamada desde las alturas
evangélicas. Y cuenta, señores, que desde
que Jesucristo habitó entre nosotros, ni
sobre las pecadoras es lícito arrojar los
baldones y el insulto, porque hasta sus
pecados pueden ser borrados por sus
lágrimas. El Salvador de los hombres puso a
la Magdalena debajo de su amparo, y cuando
hubo llegado el día tremendo en que se
anubló el sol y se estremecieron y
dislocaron dolorosamente los huesos de la
tierra, al pie de su cruz estaban juntas su
inocentísima Madre y la arrepentida
pecadora, para darnos así a entender que sus
amorosos brazos estaban abiertos igualmente
a la inocencia y al arrepentimiento.
Ya hemos visto de qué manera el sentimiento
religioso y el del amor y la noticia
completa o desfigurada de la Divinidad y de
la mujer sirven hasta cierto punto para
ponernos de manifiesto las diferencias
esenciales que se advierten entre la poesía
bíblica y la de los pueblos gentiles. Sólo
nos falta ahora, para dar fin a este
discurso, que va creciendo demasiado, poner
a vuestra vista, como de relieve, la
inconmensurable distancia que hay entre las
constituciones políticas de los pueblos más
cultos entre los antiguos y la del pueblo
hebreo, depositario de la palabra revelada,
y el diverso influjo que esas distintas
constituciones ejercieron en la diferente
índole de la poesía gentílica y de la
hebraica.
Ya he manifestado antes, y confirmo ahora mi
primera manifestación, que las fuentes de
toda poesía grande y elevada son el amor a
Dios, el amor a la mujer y el amor al
pueblo, de tal manera que la poesía pierde
las alas con que vuela allí donde los poetas
no pueden beber la inspiración en esos
manantiales fecundos, en esas clarísimas
fuentes. Para que existan esos fecundísimos
amores, una cosa es necesaria: que sea
conocida la Divinidad con toda su pompa, la
mujer con todos sus encantos, el pueblo con
todas sus libertades y todas sus
magnificencias; por esta razón, allí donde
se da el nombre de Dios a la criatura, de
mujer a una esclava, de pueblo a una
aristocracia opresora, puede afirmarse, sin
temor de ser desmentido por los hechos, que
la poesía, con toda su pompa y majestad, no
existe, porque no existen esos fecundísimos
amores.
Ahora bien: la noción del pueblo es el
resultado de estas dos nociones: la de la
asociación y la de la fraternidad. ¿Sabéis
lo que es el pueblo? El pueblo es una
asociación de hermanos, y ved por qué la
noción del pueblo no puede coexistir en el
entendimiento con la de la esclavitud. De
donde se sigue que el pueblo no ha podido
existir ni ha existido sino en las
sociedades depositarias de la idea de la
fraternidad, revelada por Dios a la gente
hebrea, por Jesucristo a todas las gentes.
Lo que en las repúblicas griegas se llamó
pueblo no fue ni pudo ser un verdadero
pueblo, es decir, una asociación de
hermanos, sino una verdadera aristocracia,
o, lo que es lo mismo, una asociación de
señores.
Esto explica por qué entre los griegos la
poesía es eminentemente aristocrática.
Homero canta a los reyes y a los dioses, nos
dice sus genealogías, nos cuenta sus
aventuras, nos describe sus guerras, celebra
su nacimiento y llora su muerte. Los poetas
trágicos presentan a nuestra vista el
espectáculo, soberbiamente grandioso de sus
amores, de sus crímenes y de sus
remordimientos. Los humanos infortunios y
las pasiones humanas, para ser elevadas a la
dignidad y a la altura de sentimientos
trágicos, debían caer sobre las frentes y
conturbar los corazones de hombres de regia
estirpe y de nobilísima cuna. El fratricidio
no era un asunto trágico si los fratricidas
no se llamaban Eteocles y Polinice y si la
sangre no manchaba los mármoles del trono.
El incesto no era digno del coturno si la
mujer incestuosa no se llamaba Fedra o
Yocasta y si el horrendo crimen no manchaba
el tálamo de los reyes. Por donde se ve que
entre los griegos no había asuntos trágicos,
sino personas trágicas, y que la tragedia no
era aquella voz de terror, aquel acerbo
gemido que la humanidad deja escaparse de
sus labios cuando la turban las pasiones,
sino aquella otra voz fatídica y tremenda
que resonaba lúgubremente en los regios
alcázares cuando los dioses querían dar en
espectáculo al mundo las flaquezas de las
dinastías y la fragilidad de los imperios.
Si volvemos ahora los ojos al pueblo de
Dios, nos causará maravilla la grandeza y la
novedad del espectáculo. El pueblo de Dios
no trae su origen ni de semidioses ni de
reyes; desciende de pastores. Hijos todos
los hebreos de Abrahán, de Isaac y de Jacob,
todos son hermanos. Rescatados todos de la
servidumbre de Egipto, todos son libres;
sujetos todos a un solo Dios y a una sola
ley, todos son iguales. El pueblo de Dios es
el único de la tierra, entre los antiguos,
que conservó en toda su pureza la noción de
la libertad, de la igualdad y de la
fraternidad de los hombres. Cuando Moisés
les dio leyes, no instituyó el gobierno
aristocrático, sino el popular, y les
concedió derecho de elegir sus propios
magistrados, que, en calidad de guardadores
de su divino estatuto, tenían el encargo y
el deber de mantenerlos a todos, así en la
paz como en la guerra, bajo el imperio igual
de la justicia. Desconocíanse entre los
hebreos los privilegios aristocráticos y las
clases nobiliarias, y temeroso su gran
legislador de que la desigual distribución
de las riquezas no alterase con el tiempo
aquella prudente armonía de todas las
fuerzas sociales, puestas como en equilibrio
y balanza, instituyó el jubileo, que venía a
restablecer periódicamente esa justa balanza
y ese sabio equilibrio. Dieron a sus
magistrados supremos el nombre de jueces,
sin duda para significar que su oficio era
guardar y hacer guardar la ley que les había
dado Dios por su Profeta, sin la legítima
intervención de su voluntad particular y de
sus livianos antojos. En este estado se
mantuvo la república largo tiempo, hasta que
el pueblo, amigo siempre de mudanzas y
novedades, cambió su propio gobierno,
instituyendo la monarquía por un acto
solemne de su voluntad soberana. Este
cambio, sin embargo, tuvo menos de real que
de aparente, como quiera que el rey no fue
sino el heredero de la autoridad del juez,
limitada por la voluntad de Dios y por la
voluntad del pueblo.
Por eso, el pueblo es la persona trágica por
excelencia en las tragedias bíblicas. Al
pueblo se dirige la promesa y la amenaza; el
pueblo es el que acepta y sanciona la ley;
el pueblo es el que rompe en tumultos y
rebeliones, el que levanta ídolos y los
adora, el que quita jueces y pone reyes, el
que se entrega a supersticiones y agüeros,
el que bendice y maldice a un tiempo mismo a
sus profetas, el que ya los levanta sobre
todas las magistraturas, ya los destroza con
atrocísimos tormentos; el que magnifica al
Dios de Israel y recibe con himnos de
alabanza a los dioses egipcios y babilonios;
el que, puesto en el trance de escoger las
iras del Señor y sus misericordias, en el
ejercicio de su voluntad soberana renuncia a
sus misericordias y va delante de sus iras.
En Israel no hay más que el pueblo: el
pueblo lo llena todo, al pueblo habla Dios,
al pueblo habla Moisés, del pueblo hablan
los profetas, al pueblo sirven los
sacerdotes, al pueblo sirven los reyes,
hasta los salmos de David, cuando no son los
gemidos de su alma, son cantos populares.
Las pompas de la monarquía duraron poco, y
se desvanecieron como la espuma. Fueron
David y Salomón príncipes temerosos de Dios,
amigos del pueblo, en la paz magnánimos y en
la guerra felicísimos; gobernaron a Israel
con imperio templado y justo, y su
prosperidad pasaba delante de sus deseos; el
último fue visitado por los reyes del
Oriente, levantó el templo del Señor sobre
piedras preciosas y le enriqueció con
maderamientos dorados; la fama de sus
magnificencias y de su sabiduría más que
humana se extendió por todas las gentes.
Pero cuando estos príncipes dichosos bajaron
al sepulcro, luego al punto comenzó a
despeñarse la majestad del imperio, sin que
nunca más tornara a volver en sí;
dividiéronse las tribus, y, rota la santa
unidad del pueblo de Dios, se formaron de
sus fragmentos dos imperios enemigos, dados
ambos a torpezas y deleites. Siguiéronse de
aquí grandes discordias y guerras, furiosos
temporales y horrendas desventuras. Los
reyes se hicieron idólatras y adoraron los
ídolos; los sacerdotes se entregaron al ocio
y al descanso. El pueblo se había olvidado
de su Dios, y las muchedumbres tumultuaban
en las calles.
En medio de tan procelosas tempestades, y
corriendo tiempos tan turbios y aciagos,
despertó Dios a sus grandes profetas, para
que hicieran resonar en Judá el eco de su
palabra y sacaran de su profundo olvido y
hondo letargo a los reyes idólatras, a los
sacerdotes ociosos y a aquellas bárbaras
muchedumbres, dadas a sediciones y tumultos.
Jamás en ningún pueblo de la tierra, antiguo
ni moderno, hubo una institución tan
admirable, tan santa y tan popular como la
de los profetas del pueblo de Dios.
Atenas tuvo poetas y oradores; Roma,
tribunos y poetas. Los profetas del pueblo
de Dios fueron poetas, tribunos y oradores a
un tiempo mismo; como los poetas, cantaban
las perfecciones divinas; como los tribunos,
defendían los intereses populares; como los
oradores, proponían lo que juzgaban conforme
a las conveniencias del Estado. Un profeta
era más que Homero, más que Demóstenes, más
que Graco; era Graco, Homero y Demóstenes a
un mismo tiempo. El profeta era el hombre
que daba de mano a todo regalo de la carne y
a todo amor de la vida, y que, mensajero de
Dios, tenía el encargo de poner su palabra
en el oído del pueblo, en el oído de los
sacerdotes y en el oído de los reyes. Por
eso los profetas amenazaban, imprecaban,
maldecían; por eso dejaban escaparse de sus
pechos, poderosas, tremendas, aquellas voces
de temor y de espanto que se oían en
Jerusalén cuando venía sobre ella con
ejército fortísimo y numerosísimo el rey de
Babilonia, ministro de las venganzas de
Jehová, y de sus iras celestiales.
Los poetas cesáreos miraban siempre, antes
de hablar, los semblantes de los príncipes.
Los oradores y los tribunos de Atenas y de
Roma tenían puestos los ojos, antes de
soltar los torrentes de su elocuencia, en
los semblantes del pueblo; los profetas de
Israel cerraban los ojos para no lisonjear
ni los gustos de los pueblos ni los antojos
de los reyes, atentos sólo a lo que Dios les
decía interiormente en sus almas; por eso
hicieron frente a los odios implacables de
los príncipes, que, habiendo puesto su
sacrílega mano en el templo de Dios, no
temían ponerla en el rostro augusto de sus
profetas; por eso resistieron con
constantísimo semblante a la grande
indignación y bramido popular, creciendo su
constancia al compás de la persecución y al
compás de las olas de aquellas furiosas
tempestades, sin que se doblegasen sus almas
sublimes al miedo de los tormentos; por eso,
en fin, casi todos, o entregaron sus
gargantas al cuchillo o buscaron en tierras
extrañas un triste sepulcro.
Yo no sé, señores, si hay en la Historia un
espectáculo más bello que el de los profetas
del pueblo de Dios luchando armados con el
solo misterio de la palabra, contra todas
las potestades de la tierra. Yo no sé si ha
habido en el mundo poetas más altos,
oradores más elocuentes, hombres más
grandes, más santos y más libres; nada faltó
a su gloria: ni la santidad de la vida, ni
la santidad de la causa que sustentaron, ni
la corona del martirio.
Con los profetas tuvo fin la época de la
amenaza; con el Salvador del mundo comienza
la época del castigo. Antes de poner término
a este discurso hagamos todos aquí una
estación; recojamos el espíritu y el
aliento, porque el momento es tan terrible
como solemne.
Sófocles escribió una de las más bellas
tragedias del mundo, que intituló
Edipo rey. Esta tragedia ha sido
traducida, imitada, reformada por los más
bellos ingenios, y a nosotros nos ha cabido
la suerte de poseer con ese título una de
las tragedias que más honran nuestra
literatura clásica.
Pero hay otra tragedia más admirable, más
portentosa todavía, que corre sin nombre de
autor, y a quien su autor no puso título,
sin duda porque no es una tragedia especial,
sino más bien la tragedia por excelencia.
Son sus actores principales Dios y un
pueblo; el escenario es el mundo, y al
prodigioso espectáculo de su tremenda
catástrofe asisten todas las gentes y todas
las naciones. Entre esa gran tragedia y la
de Sófocles, a vuelta de algunas
diferencias, hay tan maravillosas
semejanzas, que me atrevería a intitularla
Edipo pueblo.
Edipo adivina los enigmas de la esfinge, y
es reputado por el más sabio y el más
prudente de los hombres; el pueblo judío
adivina el enigma de la humanidad, oculto a
todas las gentes, es decir, la unidad de
Dios y la unidad del género humano, y es
llamado por Jehová antorcha de todos los
pueblos. Los dioses dan a Edipo la victoria
sobre todos los competidores y le asientan
en el trono de Tebas. Jehová lleva como por
la mano al pueblo hebreo a la tierra de
promisión y le saca vencedor de todos sus
enemigos. Los dioses, por la voz de los
oráculos délficos, habían anunciado a Edipo,
entre otras cosas nefandas, que sería el
matador de su padre; Jehová, por la voz de
los oráculos bíblicos, había anunciado a los
judíos que matarían a su Dios. Un hombre
muere a manos de Edipo en una senda
solitaria; un hombre muere a manos del
pueblo de Dios en el Calvario; este hombre
era el Dios de Judá; aquel hombre era el
padre de Edipo. Yo no sé lo que hay; pero
algo hay, señores, en este
similiter cadens de la Historia,
que causa un involuntario pero profundísimo
estremecimiento.
Ya lo veis, señores: unos mismos son los
oráculos y una misma la catástrofe; ahora
veréis cómo una misma ceguedad hace
inevitable esa catástrofe y hace buenos
aquellos tremendos oráculos.
Edipo sabe que mató a aquel hombre en
aquella senda; pero su conciencia está
tranquila, porque su padre era Polibio;
Polibio estaba muy, lejos de allí, y el que
murió, a sus manos era desconocido y
extranjero. Los judíos saben que mataron al
hombre de Nazaret, saben que le pusieron en
una cruz en el monte Calvario y que le
pusieron entre dos ladrones para más
escarnecerle; pero su conciencia está
tranquila; su Dios había de venir, pero aún
estaba lejos; su Dios había de ser
conquistador y Rey, y había de rugir como el
león de Judá, mientras que el hombre de la
cruz había nacido en pobre lugar, de padres
pobres, y no había encontrado una piedra en
donde reclinar su frente. «Si eres hijo de
Dios, ¿por qué no bajas de la cruz?», dijo
el pueblo judío. «Si el que murió a mis
manos me había dado el ser, ¿cómo al darle
la muerte no saltó el corazón en mi pecho?»
« ¿Cómo es que no me habló la voz de la
sangre?», esto dijo el rey parricida. Y el
pueblo matador de su Dios y el hombre
matador de su padre se complacieron en su
sagacidad, y escarnecieron a los oráculos y
se mofaron de los profetas.
Pero la Divinidad implacable, que
calladamente está en ellos y obra en ellos,
los empuja para que caigan y quita la luz de
sus ojos para que no vean los abismos. Ambos
se hallan poseídos de súbito de una
curiosidad inmensa, sobrehumana. Edipo
pregunta a Yocasta, pregunta a Tiresias,
pregunta al anciano que sabe su secreto:
«¿Quién es el hombre de la senda? ¿Quién es
mi padre? ¿Quién soy yo?» El pueblo judío
pregunta a Jesús: «¿Quién eres? ¿Eres, por
ventura, nuestro Dios y nuestro Rey?» El
drama aquí comienza a ser terribilísimo; no
hay pecho que no sienta una opresión
dolorosa, inexplicable, increíble; ni frente
que no esté bañada con sudores, ni alma que
no desfallezca con angustias.
Entre tanto, la cólera de los dioses cae
sobre Tebas: la peste diezma las familias y
envenena las aguas y los aires. El cielo se
deslustra, las flores pierden su fragancia,
los campos su alegría. En la populosa ciudad
reina el silencio y el espanto, la
desolación y la muerte. Las matronas tebanas
discurren por los templos, y con votos y
plegarias cansan a los dioses. Sobre
Jerusalén la mística, la gloriosa, cae un
velo fúnebre; por aquí van santas mujeres
que se lamentan, por allí discurren en
tumulto muchedumbres que se enfurecen. Todas
las trompetas proféticas resuenan a la vez
en la ciudad sorda, ciega y maldita, que
lleva al Calvario al justo. «Una generación
no pasará sin que vengan sobre vosotras,
matronas de Sión, tan grandes desventuras,
que seréis asombro de las gentes; ya, ya
asoman por esos repechos las romanas
legiones; ya cruzan por los aires, trayendo
el rayo de Dios, las águilas capitolinas.
¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Ay de tus hijos!
Porqué tienen hambre, y no encuentran pan;
tienen sed, y no encuentran agua; quieren
hacer plegarias y votos en el templo de
Dios, y están sin Dios y sin templo; quieren
vivir, y a cada paso tropiezan con la
muerte; quieren una sepultura para sus
cuerpos, y sus cuerpos yacen en los campos
sin sepultura y son pasto de las aves.»
Edipo sale de su alcázar para consolar a su
pueblo moribundo, y gobernando los dioses su
lengua, los toma por testigos de que el
culpable será puesto a tormento y echado de
la tierra; lanza sobre él anticipadamente la
excomunión sacerdotal; le maldice en nombre
de la tierra y del cielo, de los dioses y de
los hombres, y carga su cabeza con las
execraciones públicas. El pueblo judío,
tomado de un vértigo caliginoso, poseído de
un frenesí delirante, puesto debajo de la
mano soberana que le anubla los ojos y le
oscurece la razón y ardiendo en la fragua de
sus furores, exclama diciendo:
Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.
¡Desventurado pueblo! ¡Desventurado rey!
Ellos pronuncian su propia sentencia, siendo
a un tiempo mismo jueces, víctimas y
verdugos. Y después, cuando los oráculos
bíblicos y los délficos se cumplieron, los
torbellinos arrancan al pueblo deicida de la
tierra de promisión, y el parricida huye del
trono de Tebas.
Edipo fue horror de la Grecia; el pueblo
judío es horror de los hombres. Edipo caminó
con los ojos sin luz, de monte en monte y de
valle en valle, publicando las venganzas
divinas; el pueblo judío camina, sin lumbre
en los ojos y sin reposarse jamás, de pueblo
en pueblo, de región en región, de zona en
zona, mostrando en sus manos una mancha de
sangre, que nunca se quita y nunca se seca.
Prefirió la ley del talión a la ley de la
gracia, y el mundo le juzga por la ley que
él mismo se ha dado; dio bofetadas a su
Dios, y ha ya diecinueve siglos que está
recibiendo las bofetadas del mundo; escupió
en el rostro de Dios, y el mundo escupe en
su rostro; despojó a su Dios de sus
vestiduras, y las naciones confiscan sus
tesoros y le arrojan desnudo al otro lado de
los mares; dio a beber a su Dios vinagre con
hiel, y con beber en ella a todas horas el
pueblo deicida, no consigue apurar la copa
de las tribulaciones; puso en los hombros de
su Dios una cruz pesadísima, y hoy se
inclina su frente bajo el peso de todas las
maldiciones humanas; crucificó, y es
crucificado. Pero el Dios de Abrahán, de
Isaac y de Jacob al mismo tiempo que
justiciero, es clemente; mientras que los
dioses ningún otro consuelo dejaron a Edipo
sino su Antígona, el Dios que murió en la
cruz, en prenda de su misericordia, dejó a
sus matadores la esperanza.
Entre la tragedia de Sófocles y esa otra
tragedia sin nombre y sin título, cuya
maravillosa grandeza acabo de exponer a
vuestros ojos con toda su terrible majestad,
hay la misma distancia que entre los dioses
gentílicos y el Dios de los hebreos y los
cristianos; la misma que entre la Fatalidad
y la Providencia; la misma que entre las
desdichas de un hombre y las desventuras de
un pueblo que ha sido el más libre de todos
los pueblos y el más grande de todos los
poetas.
He terminado, señores, el cuadro que me
había propuesto presentar ante vuestros
ojos; sí os parece bello y sublime, su
sublimidad y su belleza están en él, como
trazado que, ha sido por el mismo Dios en la
larga y lamentable historia de un pueblo
maravilloso; si en él encontráis grandes
lunares y sombras, esas sombras y esos
lunares son míos; por ellos reclamo vuestra
indulgencia; vuestra indulgencia, señores,
que nunca ha sido negada a los que, como yo,
la imploran y a los que, como yo, la
necesitan. |