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Libro primero
Capítulo I
De cómo en toda gran cuestión política va
envuelta siempre una gran cuestión teológica
M. Proudhon ha escrito en sus Confesiones
de un revolucionario estas notables
palabras: «Es cosa que admira el ver de qué
manera en todas nuestras cuestiones
políticas tropezamos siempre con la
teología». Nada hay aquí que pueda causar
sorpresa, sino la sorpresa de M. Proudhon.
La teología, por lo mismo que es la ciencia
de Dios, es el océano que contiene y abarca
todas las ciencias, así como Dios es el
océano que contiene y abarca todas las
cosas.
Todas ellas estuvieron antes de que fueran y
están después de creadas en el entendimiento
divino; porque, si Dios las hizo de la nada,
las ajustó a un molde que está en Él
eternamente Todas están allí por aquella
altísima manera con que están los efectos en
sus causas, las consecuencias en sus
principios, los reflejos en la luz, las
formas en sus eternos ejemplares. En Él
están juntamente la anchura de la mar, la
gala de los campos, las armonías de los
globos, las pompas de los mundos, el
esplendor de los astros, las magnificencias
de los cielos. Allí está la medida, el peso
y número de todas las cosas; y todas las
cosas salieron de allí con número, peso y
medida. Allí están las leyes inviolables y
altísimas de todos los seres, y cada cual
está bajo el imperio de la suya. Todo lo que
vive, encuentra allí las leyes de la vida;
todo lo que vegeta, las leyes de la
vegetación; todo lo que se mueve, las leyes
del movimiento; todo lo que tiene sentido,
la ley de las sensaciones; todo el que tiene
inteligencia, la ley de los entendimientos;
todo el que tiene libertad, la ley de las
voluntades. De esta manera puede afirmarse,
sin caer en el panteísmo, que todas las
cosas están en Dios y que Dios está en todas
las cosas.
Esto sirve para explicar por qué causa, al
compás mismo con que se disminuye la fe, se
disminuyen las verdades en el mundo; y por
qué causa la sociedad que vuelve la espalda
a Dios ve ennegrecerse de súbito, con
aterradora oscuridad, todos sus horizontes.
Por esta razón, la religión ha sido
considerada por todos los hombres y en todos
los tiempos como el fundamento
indestructible de las sociedades humanas:
Omnis humanae societatis fundamentum
convellit qui religionem convellit, dice
Platón en el libro X de sus Leyes. Según
Jenofonte (sobre Sócrates), «las ciudades y
naciones más piadosas han sido siempre las
más duraderas y más sabias». Plutarco afirma
(contra Colotés) que «es cosa más fácil
fundar una ciudad en el aire que constituir
una sociedad sin la creencia de los dioses».
Rousseau, en el Contrato social (1.4
c.8), observa que «jamás se fundó Estado
ninguno sin que la religión le sirviese de
fundamento». Voltaire dice (Tratado de la
tolerancia c.20) que «allí donde hay una
sociedad, la religión es de todo punto
necesaria». Todas las legislaciones de los
pueblos antiguos descansan en el temor de
los dioses. Polibio declara que ese santo
temor es todavía más necesario que en los
otros en los pueblos libres. Numa, para que
Roma fuese la ciudad eterna, hizo de ella la
ciudad santa. Entre los pueblos de la
antigüedad, el romano fue el más grande,
cabalmente porque fue el más religioso. Como
César hubiera pronunciado un día en pleno
Senado ciertas palabras contra la existencia
de los dioses, luego al punto Catón y
Cicerón se levantaron de sus sillas para
acusar al mozo irreverente de haber
pronunciado una palabra funesta a la
República. Cuéntase de Fabricio, capitán
romano, que, como oyese al filósofo Cineas
mofarse de la divinidad en presencia de
Pirro, pronunció estas palabras memorables:
«Plegue a los dioses que nuestros enemigos
sigan esta doctrina cuando estén en guerra
con la República».
La diminución de la fe, que produce la
diminución de la verdad, no lleva consigo
forzosamente la diminución, sino el extravío
de la inteligencia humana. Misericordioso y
justo a un tiempo mismo, Dios niega a las
inteligencias culpables la verdad, pero no
les niega la vida; las condena al error, mas
no a la muerte. Por eso, todos hemos visto
pasar delante de nuestros ojos esos siglos
de prodigiosa incredulidad y de altísima
cultura, que han dejado en pos de sí un
surco, menos luminoso que inflamado, en la
prolongación de los tiempos, y que han
resplandecido con una luz fosfórica en la
Historia. Poned, sin embargo, en ellos
vuestros ojos; miradlos una vez y otra vez,
y veréis que sus resplandores son incendios
y que no iluminan sino porque relampaguean.
Cualquiera diría que su iluminación procede
de la explosión súbita de materias de suyo
oscuras, pero inflamables, más bien que de
las purísimas regiones donde se engendra
aquella luz apacible, dilatada suavemente en
las bóvedas del cielo, con soberano pincel,
por un pintor soberano.
Y lo mismo que aquí se dice de las edades,
puede decirse de los hombres. Negándoles o
concediéndoles la fe, les niega Dios o les
quita la verdad; ni les da ni les quita la
inteligencia. La de los incrédulos puede ser
altísima, y la de los creyentes humilde: la
primera, empero, no es grande sino a la
manera del abismo, mientras que la segunda
es santa a la manera de un tabernáculo: en
la primera habita el error, en la segunda la
verdad. En el abismo está, con el error, la
muerte; en el tabernáculo, con la verdad, la
vida. Por esta razón, para aquellas
sociedades que abandonan el culto austero de
la verdad por la idolatría del ingenio, no
hay esperanza ninguna. En pos de los
sofismas vienen las revoluciones, y en pos
de los sofistas los verdugos.
Posee la verdad política el que conoce las
leyes a que están sujetos los gobiernos;
posee la verdad social el que conoce las
leyes a que están sujetas las sociedades
humanas; conoce estas leyes el que conoce a
Dios; conoce a Dios el que oye lo que Él
afirma de sí y cree lo mismo que oye. La
teología es la ciencia que tiene por objeto
esas afirmaciones. De donde se sigue que
toda afirmación relativa a Dios, o, lo que
es lo mismo, que toda verdad política o
social se convierte forzosamente en una
verdad teológica.
Si todo se explica en Dios y por Dios, y la
teología es la ciencia de Dios, en quien y
por quien todo se explica, la teología es la
ciencia de todo. Si lo es, no hay nada fuera
de esa ciencia, que no tiene plural; porque
el todo, que es su asunto, no le tiene. La
ciencia política, la ciencia social, no
existen sino en calidad de clasificaciones
arbitrarias del entendimiento humano. El
hombre distingue en su flaqueza lo que está
unido en Dios con una unidad simplicísima.
De esta manera distingue las afirmaciones
políticas de las afirmaciones sociales y de
las afirmaciones religiosas, mientras que en
Dios no hay sino una afirmación, única,
indivisible y soberana. Aquel que, cuando
habla explícitamente de cualquiera cosa,
ignora que habla implícitamente de Dios, y
que, cuando habla explícitamente de
cualquier ciencia, ignora que habla
implícitamente de teología, puede estar
cierto de que no ha recibido de Dios sino la
inteligencia absolutamente necesaria para
ser hombre. La teología, pues, considerada
en su acepción más general, es el asunto
perpetuo de todas las ciencias, así como
Dios es el asunto perpetuo de las
especulaciones humanas. Toda palabra que
sale de los labios del hombre es una
afirmación de la divinidad, hasta aquella
que la maldice o que la niega. El que,
revolviéndose contra Dios, exclama
frenético, diciendo: «Te aborrezco, tú no
existes», expone un sistema completo de
teología, de la misma manera que el que
levanta a Él el corazón contrito y le dice:
«Señor, hiere a tu siervo que te adora». El
primero arroja a su rostro una blasfemia, el
segundo pone a sus pies una oración; ambos,
empero, le afirman, aunque cada cual a su
manera, porque ambos pronuncian su nombre
incomunicable.
En la manera de pronunciar ese nombre está
la solución de los más temerosos enigmas: la
vocación de las razas, el encargo
providencial de los pueblos, las grandes
vicisitudes de la Historia, los
levantamientos y las caídas de los imperios
más famosos, las conquistas y las guerras,
los diversos temperamentos de las gentes, la
fisonomía de las naciones y hasta su varia
fortuna.
Allí donde Dios es la infinita sustancia, el
hombre, entregado a una contemplación
silenciosa, da la muerte a sus sentidos, y
pasa la vida como un sueño, acariciado por
brisas olorosas y enervantes. El adorador de
la infinita sustancia está condenado a una
esclavitud perpetua y a una indolencia
infinita: el desierto tendrá para él algo de
divino sobre la ciudad, porque es más
silencioso, más solitario y más grande; y,
sin embargo, no le adorará como a su dios,
porque el desierto no es infinito; el océano
sería su única divinidad, porque lo abarca
todo, si no tuviera extrañas turbulencias y
ruidos extraños; el sol, que todo lo
alumbra, sería digno de su culto, si no
abrazara con su vista su disco
resplandeciente; el cielo sería su señor, si
no hubiera lumbreras; y la noche, si no
tuviera rumores; su dios es todas estas
cosas juntas: inmensidad, oscuridad,
inmovilidad, silencio. Allí se levantarán a
lo alto, y de repente, por la secreta virtud
de una vegetación poderosa, imperios
colosales y bárbaros, que caerán con
estrepito en un día, abrumados por la
inmensa pesadumbre de otros más gigantescos
y colosales, sin dejar rastro en la memoria
de los hombres ni de su caída ni de su
levantamiento; los ejércitos estarán sin
disciplina, como los individuos sin
inteligencia; el ejército será, ante todas
cosas y principalmente, muchedumbre; la
guerra tendrá menos por objeto averiguar
cuál es la nación más heroica que cuál es el
imperio más populoso; la victoria misma no
será un titulo de legitimidad sino porque es
el símbolo de la divinidad siéndolo de la
fuerza. Como se ve, la teología y la
historia indostánica son una cosa misma.
Volviendo los ojos al Occidente, se ve, como
tendida a sus puertas, una región que da
entrada a un nuevo mundo en lo moral, en lo
político y en lo teológico. La inmensa
divinidad oriental se descompone allí y
pierde lo que tiene de austero y de
formidable: su unidad es multitud. La
divinidad era allí inmóvil; la multitud
bulle aquí sin reposo. Todo era allí
silencio; todo es aquí rumores, cadencias y
armonías. La divinidad oriental se
prolongaba por todos los tiempos y rebosaba
por todos los espacios; la gran familia
divina tiene aquí su árbol genealógico y
cabe toda con anchura en la cumbre de un
monte. Una eterna paz reposa en el dios del
Oriente; todo es aquí, en el alcázar divino,
guerra, confusión y tumulto. La unidad
política pasa por las mismas vicisitudes que
la unidad religiosa: aquí es un imperio cada
ciudad, mientras que allí todas las
muchedumbres formaban un imperio. A un dios
corresponde un rey; a una república de
dioses, otra de ciudades. En esta multitud
de ciudades y de dioses todo será
desordenado y confuso; los hombres tendrán
un no sé qué de heroico y de divino, y los
dioses un no sé qué de terrenal y humano;
los dioses darán a los hombres la
comprensión de las grandes cosas y el
instinto de las cosas bellas, y los hombres
darán a los dioses sus discordias y sus
vicios; habrá hombres de alta fama y virtud,
y dioses incestuosos y adúlteros.
Impresionable y nervioso, ese pueblo será
grande por sus poetas y famoso por sus
artistas, y se dará al mundo en espectáculo;
la vida no será bella a sus ojos sino en
cuanto resplandece con los reflejos de la
gloria, ni tendrá a la muerte por tremenda
sino en cuanto le siga el olvido; sensual
hasta en la medula de sus huesos, no verá en
la vida sino los placeres, y tendrá la
muerte por dichosa si muere entre flores. La
familiaridad y el parentesco con sus dioses
hará a ese pueblo vano, caprichoso, locuaz y
petulante; falto de respeto a la divinidad,
carecerá la gravedad en sus designios de
fijeza en sus propósitos, de consistencia en
sus resoluciones. El mundo oriental se
presentará a sus ojos como una región llena
de sombras o como un mundo poblado de
estatuas: el Oriente a su vez, poniendo los
ojos en su vida tan efímera, en su muerte
tan temprana, en su gloria tan breve, le
llamará pueblo de niños. Para el uno la
grandeza está en la duración, para el otro
en el movimiento. De esta manera la teología
griega, y la historia griega, y el
temperamento griego son una misma cosa.
Este fenómeno es visible sobre todo en la
historia del pueblo romano. Sus principales
dioses, de familia etrusca, por lo que
tenían de dioses, eran griegos; por lo que
tenían de etruscos, eran orientales; por lo
que tenían de griegos, eran muchos; por lo
que tenían de orientales, eran austeros y
sombríos. En política, como en religión,
Roma es a un mismo tiempo el Oriente y el
Occidente. Es una ciudad como la de Teseo, y
un imperio como el de Ciro. Roma figura a
Jano: en su cabeza hay dos caras, y en sus
dos caras dos semblantes; el uno es el
símbolo de la duración oriental, y el otro
el del movimiento griego. Tan grande es su
movilidad, que llega a los confines del
mundo; y tan agigantada su duración, que el
mundo la llama eterna. Criada por el consejo
divino para preparar las vías a Aquel que
había de venir, su encargo providencial fue
asimilarse todas las teologías y dominar a
todas las gentes. Obedeciendo a un
llamamiento misterioso, todos los dioses
suben al Capitolio romano; y pasmadas las
gentes con un súbito terror, derriban al
suelo su cerviz todos los pueblos y todas
las naciones. Todas las ciudades, unas
después de otras, se ven desamparadas de sus
dioses; los dioses, unos después de otros,
se ven despojados de todos sus templos y de
todas sus ciudades. Su gigantesco imperio
tiene por suya la legitimidad oriental, esto
es, la muchedumbre, y la fuerza, y la
legitimidad del Occidente, esto es, la
inteligencia y la disciplina. Por eso todo
lo avasalla y nada le resiste, todo lo
tritura y nadie se queja. De la misma manera
que su teología tiene al mismo tiempo algo
de diferente y algo de común con todas las
teologías, Roma tiene algo que le es propio
y mucho que le es común con todas las
ciudades vencidas por sus armas o
deslustradas por su gloria: tiene de Esparta
la severidad, de Atenas la cultura, de
Menfis la pompa, y la grandeza de Babilonia
y de Nínive. Para decirlo todo de una vez,
el Oriente es la tesis, el Occidente su
antítesis, Roma la síntesis; y el romano
Imperio no significa otra cosa sino que la
tesis oriental y la antítesis occidental han
ido a perderse y a confundirse en la
síntesis romana. Descompóngase ahora en sus
elementos constitutivos esa poderosa
síntesis, y se observará que no es síntesis
en el orden político y social sino porque lo
es también en el orden religioso. En los
pueblos orientales como en las repúblicas
griegas y en el Imperio romano como en las
repúblicas griegas y en los pueblos
orientales, los sistemas teológicos sirven
para explicar los sistemas políticos: la
teología es la luz de la Historia.
La grandeza romana no podía bajar del
Capitolio sino por los mismos medios que la
habían servido para subir a su cumbre. Nadie
podía asentar su planta en Roma sino con el
permiso de sus dioses; nadie podía escalar
el Capitolio sino derrocando antes a
Júpiter Optimo Máximo. Los antiguos, que
tenían una noticia confusa de la fuerza
vital que reside en el sistema religioso,
creían que ninguna ciudad podía ser vencida
si antes no era abandonada por los dioses
nacionales. Seguíase de aquí, en todas las
guerras de ciudad a ciudad, de pueblo a
pueblo y de raza a raza, una contienda
espiritual y religiosa, que seguía los
mismos pasos que la material y política. Los
sitiados, al mismo tiempo que resistían con
el hierro, volvían los ojos a sus dioses
para que no los dejaran en mísero abandono.
Los sitiadores a su vez los conjuraban al
abandono de la ciudad con misteriosas
imprecaciones. ¡Desventurada la ciudad en
donde resonaba tremenda aquella voz que
decía: «Vuestros dioses se van, vuestros
dioses os abandonan!». El pueblo de Israel
no podía ser vencido cuando Moisés levantaba
las manos al Señor, y no podía vencer cuando
las derribaba hacia el suelo; Moisés es la
figura del genero humano, proclamando en
todas edades, con diferentes fórmulas y de
diferente manera, la omnipotencia de Dios y
la dependencia del hombre, el poderío de la
religión y la virtud de las plegarias.
Roma sucumbió porque sus dioses sucumbieron;
su imperio acabó porque acabó su teología.
De esta manera, la Historia viene a poner
como de relieve el gran principio que esta
en lo más hondo del abismo de la conciencia
humana.
Roma había dado al mundo sus Césares y sus
dioses. Júpiter y César Augusto se habían
dividido entre sí el grande Imperio de las
cosas humanas y divinas. El sol, que había
visto levantarse y caer agigantados
imperios, no había visto ninguno, desde el
día de su creación, de tan augusta majestad
y de tan extraña grandeza. Todas las gentes
habían recibido su yugo; hasta las más
ásperas y agrestes habían doblado sus
cervices; el mundo había depuesto las armas,
la tierra guardaba silencio.
Por aquel tiempo nació, en humilde establo,
de padres humildes, un Niño prodigioso en la
tierra de los prodigios. Decíase de él que
al tiempo de aparecer entre los hombres
había brillado una nueva estrella en el
cielo; que apenas nacido, había sido adorado
de pastores y de reyes; que espíritus
angélicos habían hablado a los hombres y
habían cruzado por los aires; que su nombre
incomunicable y misterioso había sido
pronunciado en el principio del mundo; que
los patriarcas habían aguardado su venida;
que los profetas habían anunciado su reino,
y que hasta las sibilas habían cantado sus
victorias. Estos extraños rumores habían
llegado hasta los oídos de los servidores
del César, y de aquí un vago terror y
sobresalto en sus pechos. Ese sobresalto y
ese vago terror pasaron, sin embargo, muy
pronto, cuando vieron que los días y las
noches proseguían como siempre en perpetua
rotación, y que el sol seguía iluminando
como antes el horizonte romano. Y dijeron
para sí los gobernadores imperiales: El
César es inmortal, y los rumores que oímos
fueron rumores de gente asustadiza y ociosa.
Y así pasaron treinta años; contra las
preocupaciones del vulgo hay un remedio
eficaz: el desprecio y el olvido.
Pero véase aquí que, pasados treinta años,
la gente descontentadiza y ociosa vuelve a
buscar, en nuevos y más extraños rumores, un
nuevo alimento a sus ocios. El Niño se había
hecho hombre; al decir de las gentes, al
recibir en su cabeza las aguas del Jordán,
había venido sobre Él un espíritu en figura
de paloma, se habían rasgado los cielos y
había resonado una voz clamando en las
alturas: «Este es mi Hijo muy querido».
Entre tanto, el que le bautizó, hombre
austero y sombrío, habitante en los
desiertos y aborrecedor del género humano,
clamaba a las gentes sin cesar: «Haced
penitencia», y señalando con el dedo al Niño
hecho hombre, daba este testimonio de Él:
«Este es el Cordero de Dios, que quita los
pecados del mundo». Que en todo esto había
una farsa de mal género, representada por
farsantes de mala especie, era cosa que para
todos los espíritus fuertes de
aquella edad no ofrecía ningún género de
duda. «El pueblo judío -decían- fue siempre
muy dado a sortilegios y supersticiones: en
las edades pasadas, y cuando volvía sus ojos
oscurecidos con el llanto hacia su
abandonado templo y hacia su patria perdida,
esclavo del babilonio, un gran conquistador,
anunciado por sus profetas, le había
redimido del cautiverio y le había devuelto
a un tiempo mismo su templo y su patria; no
era, pues, cosa extraña, sino antes muy
natural, que aguardara una nueva redención y
un nuevo Libertador que quebrantara para
siempre en su cerviz la dura cadena de
Roma».
Si no hubiera habido más que esto, las
gentes despreocupadas y entendidas de
aquella edad hubieran dejado caer
probablemente estos rumores, como hicieron
con los pasados, hasta que el tiempo, ese
gran ministro de la razón humana, los
hubiera desvanecido por los aires; pero no
sé qué hado funesto dispuso de otra manera
las cosas; porque sucedió que Jesús (éste
era el nombre de la persona de quien se
contaban tan grandes prodigios) comenzó a
enseñar una nueva doctrina y a obrar obras
espantables. Su audacia o su locura llegó a
punto de llamar hipócritas y soberbios a los
soberbios e hipócritas, y blanqueados
sepulcros a los que eran sepulcros
blanqueados. La dureza de sus entrañas fue
tan grande, que aconsejó a los pobres la
paciencia, y escarneciéndolos después,
celebró su buena ventura. Para vengarse de
los ricos, que le tuvieron siempre en menos,
les dijo: «Sed misericordiosos». Condenó la
fornicación y el adulterio, y comió el pan
de los fornicadores y adúlteros. Desdeñó,
tan grande era su envidia, a los doctores y
a los sabios; y conversó, tan ruines eran
sus pensamientos, con gentes rudas y
groseras. Fue tan extremado en el orgullo,
que se llamó el Señor de las tierras, de los
mares y de los cielos; y fue tan consumado
en las artes de la hipocresía, que lavó los
pies a unos pobres pescadores. A pesar de su
austeridad estudiada, dijo que su doctrina
era amor; condenó el trabajo en Marta y
santificó el ocio en María; estuvo en
relaciones secretas con los espíritus
infernales, y por precio de su alma recibió
el don de los milagros. Las turbas le
seguían, y le adoraban las muchedumbres.
Como se ve, a pesar de su buena voluntad, no
podían permanecer por más tiempo impasibles
los guardadores de las cosas santas y de las
prerrogativas imperiales, responsables como
eran, por razón de sus oficios, de la
majestad de la religión y de la paz del
Imperio. Lo que les movió principalmente a
salir de su reposo fue el aviso que tuvieron
de que, por una parte, una grande multitud
de gentes había estado a punto de proclamar
a Jesús Rey de los judíos; y por otra, se
había llamado a sí mismo Hijo de Dios y
había intentado apartar a los pueblos del
pago de los tributos.
El que tales cosas había dicho, y el que
tales obras había obrado, era necesario que
muriera por el pueblo. Faltaba sólo
justificar estos cargos y aclarar
debidamente estos puntos. Por lo tocante a
los tributos, como fuese preguntado sobre el
particular, dio aquella célebre respuesta
con que desconcertó a los curiosos
diciéndoles: «Dad a Dios lo que es de Dios y
al César lo que es del César»; que fue tanto
como decir: «Os dejo vuestro César, y os
quito vuestro Júpiter». Preguntado por
Pilato y por el gran sacerdote, ratificó su
dicho, afirmando de sí que era el Hijo de
Dios; pero que no era de este mundo su
reino. Entonces dijo Caifás: «Este hombre es
culpable y debe morir». y Pilato al revés:
«Dejad libre a este hombre, porque es
inocente».
Caifás, gran sacerdote, miraba la cuestión
desde el punto de vista religioso; Pilato,
hombre lego, miraba la cuestión desde el
punto de vista político. Pilato no podía
comprender qué tenía que ver el Estado con
la religión, César con Júpiter, la política
con la teología; Caifás, por el contrario,
pensaba que una nueva religión trastornaría
el Estado, que un nuevo Dios destronaría al
César, y que la cuestión política iba
envuelta en la cuestión teológica. La
muchedumbre pensaba instintivamente como
Caifás, y en sus roncos bramidos llamaba a
Pilato enemigo de Tiberio. La cuestión quedó
en este estado por entonces.
Pilato, tipo inmortal de los jueces
corrompidos, sacrificó el justo al miedo, y
entregó a Jesús a las furias populares, y
creyó purificar su conciencia lavándose las
manos. El Hijo de Dios subió a la cruz lleno
de vilipendios y ludibrios: allí se
levantaron contra Él, con sus manos y con
sus bocas, los ricos y los pobres, los
hipócritas y los soberbios, los sacerdotes y
los sabios, las mujeres de mala vida y los
hombres de mala conciencia, los adúlteros y
los fornicadores. El Hijo expiró en la cruz
pidiendo por sus verdugos y encomendando su
espíritu a su Padre.
Todo entró por un momento en reposo; pero
después viéronse cosas que aún no habían
visto los ojos de los hombres: la
abominación de la desolación en el templo;
las matronas de Sión maldiciendo su
fecundidad; los sepulcros hendidos;
Jerusalén sin gente; sus muros por el suelo;
su pueblo disperso por el mundo; el mundo en
armas; las águilas de Roma dando al aire
míseros alaridos; Roma sin Césares y sin
dioses; las ciudades despobladas, y poblados
los desiertos; por gobernadores de las
naciones, hombres que no saben leer,
vestidos de pieles; muchedumbres obedeciendo
a la voz de aquel que dijo en el Jordán:
«Haced penitencia», y a la voz de aquel otro
que dijo: «El que quiera ser perfecto, que
deje todas las cosas, que tome su cruz y me
siga»; y los reyes adorando la Cruz, y la
Cruz levantada en todas partes.
¿Por qué tan grandes mudanzas y trastornos?
¿Por qué tan grande desolación y tan
universal cataclismo? ¿Qué significa eso?
¿Qué sucede? Nada: que unos nuevos teólogos
andan anunciando una nueva teología por el
mundo.
Capítulo II
De la sociedad bajo el imperio de la
teología católica
Esa nueva teología se llama el catolicismo.
El catolicismo es un sistema de civilización
completo; tan completo, que en su inmensidad
lo abarca todo: la ciencia de Dios, la
ciencia del ángel, la ciencia del universo,
la ciencia del hombre. El incrédulo cae en
éxtasis a vista de su inconcebible
extravagancia, y el creyente a vista de tan
extraña grandeza. Si hay alguno, por
ventura, que al mirarle pasa de largo y se
sonríe, las gentes, mas asombradas aún de
tan estúpida indiferencia que de aquella
grandeza colosal y de aquella extravagancia
inconcebible, alzan la voz y exclaman:
«Dejemos pasar al insensato».
La humanidad entera ha cursado por espacio
de diecinueve siglos en las escuelas de sus
teólogos y de sus doctores; y al cabo de
tanto aprender y al cabo de tanto cursar,
hoy día es, y aún no ha llegado con su sonda
al abismo de su ciencia. Allí aprende cómo y
cuándo han de acabar y cuándo y cómo han
tenido principio las cosas y los tiempos;
allí se le descubren secretos maravillosos
que estuvieron siempre escondidos a las
especulaciones de los filósofos gentiles y
al entendimiento de sus sabios; allí se le
revelan las causas finales de todas las
cosas, el concertado movimiento de las cosas
humanas, la naturaleza de los cuerpos y las
esencias de los espíritus, los caminos por
donde andan los hombres, el término adonde
van, el punto de donde vienen, el misterio
de su peregrinación y el derrotero de su
viaje, el enigma de sus lágrimas, el secreto
de la vida y el arcano de la muerte. Los
niños amamantados a sus fecundísimos pechos
saben hoy más que Aristóteles y Platón,
luminares de Atenas. Y, sin embargo, los
doctores que tales cosas enseñan, y que a
tales alturas alcanzan, son humildes. Sólo
al mundo católico le ha sido dado ofrecer un
espectáculo en la tierra reservado antes a
los ángeles del cielo: el espectáculo de la
ciencia derribada por la humildad ante el
acatamiento divino.
Llámase esta teología católica,
porque es universal; y lo es en todos los
sentidos y bajo todos los aspectos: es
universal porque abarca todas las verdades;
lo es porque abarca todo lo que todas las
verdades contienen; lo es porque por su
naturaleza está destinada a dilatarse por
todos los espacios y a prolongarse por todos
los tiempos; lo es en su Dios y lo es en sus
dogmas.
Dios era unidad en la India,
dualismo en la Persia, variedad
en Grecia, muchedumbre en Roma. El
Dios vivo es uno en su sustancia,
como el índico: múltiple en sus
personas, a la manera del pérsico; a la
manera de los dioses griegos es vario
en sus atributos; y por la multitud de los
espíritus (dioses) que le sirven es
muchedumbre a la manera de los dioses
romanos. Es causa universal, sustancia
infinita e impalpable, eterno reposo y autor
de todo movimiento; es inteligencia suprema,
voluntad soberana, es continente, no
contenido. Él es el que lo sacó todo de la
nada y el que mantiene cada cosa en su ser;
el que gobierna las cosas angélicas, las
cosas humanas y las cosas infernales. Es
misericordiosísimo, justísimo, amorosísimo,
fortísimo, potentísimo, simplicísimo,
secretísimo, hermosísimo, sapientísimo. El
Oriente conoce su voz, el Occidente le
obedece, el Mediodía le reverencia, el
Septentrión le acata. Su palabra hincha la
creación, los astros velan su faz, los
serafines reflejan su luz en sus alas
encendidas, los cielos le sirven de trono, y
la redondez de la tierra está colgada de su
mano. Cuando los tiempos fueron cumplidos,
el Dios católico mostró su faz; esto bastó
para que todos los ídolos fabricados por los
hombres cayeran derribados por el suelo. No
podía ser de otra manera, si se atiende a
que las teologías humanas no eran sino
fragmentos mutilados de la teología
católica, y a que los dioses de las naciones
no eran otra cosa sino la deificación de
alguna de las propiedades esenciales del
Dios verdadero, del Dios bíblico.
El catolicismo se apoderó del hombre en su
cuerpo, en sus sentidos y en su alma. Los
teólogos dogmáticos le enseñaron lo que
había de creer, los morales lo que había de
obrar, y los místicos, remontándose sobre
todos, le enseñaron a levantarse a lo alto
en alas de la oración, esa escala de Jacob
de piedras abrillantadas, por donde baja
Dios hasta la tierra y sube el hombre hasta
el cielo, hasta confundirse cielo y tierra,
Dios y hombre, abrasados todos juntamente en
el incendio de un amor infinito.
Por el catolicismo entró el orden en el
hombre, y por el hombre en las sociedades
humanas. El mundo moral encontró en el día
de la redención las leyes que había perdido
en el día de la prevaricación y del pecado.
El dogma católico fue el criterio de las
ciencias, la moral católica el criterio de
las acciones, y la caridad el criterio de
los afectos. La conciencia humana, salida de
su estado caótico, vio claro en las
tinieblas interiores, como en las tinieblas
exteriores, y conoció la bienaventuranza de
la paz perdida, a la luz de esos tres
divinos criterios.
El orden pasó del mundo religioso al mundo
moral, y del mundo moral al mundo político.
El Dios católico, criador y sustentador de
todas las cosas, las sujetó al gobierno de
su providencia, y las gobernó por sus
vicarios. San Pablo dice en su Epístola a
los Romanos (c.13): Non est potestas nisi
a Deo. Y Salomón, en los Proverbios (c.8
v.15): Per me reges regnant, et
conditores legum justa decernunt. La
autoridad de sus vicarios fue santa,
cabalmente por lo que tuvo de ajena, es
decir, de divina. La idea de la autoridad es
de origen católico. Los antiguos
gobernadores de las gentes pusieron su
soberanía sobre fundamentos humanos;
gobernaron para sí, y gobernaron por la
fuerza. Los gobernadores católicos,
teniéndose en nada a sí propios, no fueron
otra cosa sino ministros de Dios y
servidores de los pueblos. Cuando el hombre
llegó a ser hijo de Dios, luego al punto
dejó de ser esclavo del hombre. Nada hay a
un tiempo mismo más respetable, más solemne
y más augusto que las palabras que la
Iglesia ponía en los oídos de los príncipes
cristianos al tiempo de su consagración:
«tomad este bastón como el emblema de
vuestro sagrado poder, y para que podáis
fortificar al débil, sostener al que vacila,
corregir al vicioso y llevar al bueno por el
camino de la salvación. Tomad el cetro como
la regla de la equidad divina, que gobierna
al bueno y castiga al malo; aprended por
aquí a amar la justicia y a aborrecer la
iniquidad». Estas palabras guardaban una
consonancia perfecta con la idea de la
autoridad legítima, revelada al mundo por
Nuestro Señor Jesucristo: Scitis quia hi,
qui videntur, principari gentibus,
dominantur eis: et príncipes eorum
potestatem habent ipsorum.
Non ita est autem in vobis, sed quicumque
voluerit fieri major, erit vester minister;
et quicumque voluerit in vobis primus esse,
erit omnium servus. Nam et filius hominis
non venit ut ministraretur ei, sed ut
ministraret, et daret animam suam
redemptionem pro multis
(Mc 10, 42-45).
Todos ganaron con esta revolución dichosa:
los pueblos y sus gobernadores; los
segundos, porque no habiendo dominado antes
sino sobre los cuerpos por el derecho de la
fuerza, gobernaron ya los cuerpos y los
espíritus juntamente, sustentados por la
fuerza del derecho; los primeros, porque de
la obediencia del hombre pasaron a la
obediencia de Dios, y porque de la
obediencia forzada pasaron a la obediencia
consentida. Empero, si todos ganaron, no
ganaron todos igualmente, como quiera que
los príncipes, en el hecho mismo de gobernar
en nombre de Dios, representaban a la
Humanidad desde el punto de vista de su
impotencia para constituir una autoridad
legítima por sí sola y en su nombre propio;
mientras que los pueblos, en el hecho mismo
de no obedecer en el príncipe sino a su
Dios, eran los representantes de la más alta
y gloriosa de las prerrogativas humanas, la
que consiste en no sujetarse sino al yugo de
la autoridad divina. Esto sirve para
explicar, por una parte, la singular
modestia con que resplandecen en la Historia
los príncipes dichosos, a quienes los
hombres llaman grandes, y la Iglesia llama
santos; y por otra, la singular nobleza y
altivez que se echa de ver en el semblante
de todos los pueblos católicos. Una voz de
paz, y de consuelo, y de misericordia se
había levantado en el mundo, y había
resonado hondamente en la conciencia humana;
y esa voz había enseñado a las gentes que
los pequeños y menesterosos nacen para ser
servidos, porque son menesterosos y
pequeños; que los grandes y los ricos nacen
para servir, porque son ricos y porque son
grandes. El catolicismo, divinizando la
autoridad, santificó la obediencia; y
santificando la una y divinizando la otra,
condenó el orgullo en sus manifestaciones
más tremendas, en el espíritu de dominación
y en el espíritu de rebeldía. Dos cosas son
de todo punto imposibles en una sociedad
verdaderamente católica: el despotismo y las
revoluciones. Rousseau, que tuvo algunas
veces súbitas y grandes iluminaciones, ha
escrito estas notables palabras: «Los
gobiernos modernos son deudores
indudablemente al cristianismo, por una
parte, de la consistencia de su autoridad; y
por otra, de que sean más grandes los
intervalos entre las revoluciones. Ni se ha
extendido a esto sólo su influencia, porque
obrando sobre ellos mismos, los ha hecho más
humanos; para convencerse de ello no hay más
que compararlos con los gobiernos antiguos»
(Emile 1.4). Y Montesquieu ha dicho:
«No cabe duda sino que el cristianismo ha
creado entre nosotros el derecho político
que reconocemos en la paz, y el de gentes
que respetamos en la guerra, cuyos
beneficios no agradecerá nunca
suficientemente el género humano» (Esprit
des lois 1.29 c.3).
El mismo Dios, que es autor y gobernador de
la sociedad política, es autor y gobernador
de la sociedad doméstica. En lo más
escondido, en lo más alto, en lo más sereno
y luminoso de los cielos, reside un
Tabernáculo inaccesible aun a los coros de
los ángeles: en ese Tabernáculo inaccesible
se está obrando perpetuamente el prodigio de
los prodigios y el misterio de los
misterios. Allí está el Dios católico, uno y
trino, uno en esencia, trino en las
Personas. El Padre engendra eternamente a su
Hijo, y del Padre y del Hijo procede
eternamente el Espíritu Santo. Y el Espíritu
Santo es Dios, y el Hijo es Dios, y el Padre
es Dios; y Dios no tiene plural, porque no
hay más que un Dios, trino en las Personas y
uno en la esencia. El Espíritu Santo es Dios
como el Padre, pero no es Padre; es Dios
como el Hijo, pero no es Hijo. El Hijo es
Dios como el Espíritu Santo, pero no es
Espíritu Santo; es Dios como el Padre, pero
no es Padre; el Padre es Dios como el Hijo,
pero no es Hijo; es Dios como el Espíritu
Santo, pero no es Espíritu Santo. El Padre
es omnipotencia, el Hijo es sabiduría, el
Espíritu Santo es. amor; y el Padre y el
Hijo y el Espíritu Santo son infinito amor,
potencia suma, perfecta sabiduría. Allí la
unidad, dilatándose, engendra eternamente la
variedad; y la variedad, condensándose, se
resuelve en unidad eternamente. Dios es
tesis, es antítesis y es síntesis; y es
tesis soberana, antítesis perfecta, síntesis
infinita. Porque es uno, es Dios; porque es
Dios, es perfecto; porque es perfecto, es
fecundísimo; porque es fecundísimo, es
variedad; porque es variedad, es familia. En
su esencia están, de una manera inenarrable
e incomprensible, las leyes de la creación y
los ejemplares de todas las cosas. Todo ha
sido hecho a su imagen; por eso la creación
es una y varia. La palabra universo
tanto quiere decir como unidad y variedad
juntas en uno.
El hombre fue hecho por Dios a imagen de
Dios, y no solamente a su imagen, sino
también a su semejanza; por eso el hombre es
uno en la esencia y trino en las personas.
Eva procede de Adán, Abel es engendrado por
Adán y por Eva, y Abel y Eva y Adán son una
misma cosa: son el hombre, son la naturaleza
humana. Adán es el hombre padre, Eva es el
hombre mujer, Abel es el hombre hijo. Eva es
hombre como Adán, pero no es padre; es
hombre como Abel, pero no es hijo. Adán es
hombre como Abel, sin ser hijo, y como Eva,
sin ser mujer. Abel es hombre como Eva, sin
ser mujer, y como Adán, sin ser padre.
Todos estos nombres son nombres divinos,
como son divinas las funciones significadas
por ellos. La idea de la paternidad,
fundamento de la familia, no ha podido caber
en el entendimiento humano. Entre el padre y
el hijo no hay ninguna de aquellas
diferencias fundamentales que presentan una
base bastante ancha para asentar en ella un
derecho. La prioridad es un hecho y nada
más; la fuerza es un hecho y nada más; la
prioridad y la fuerza no pueden constituir
por sí mismas el derecho de la paternidad,
aunque pueden dar origen a otro hecho: el
hecho de la servidumbre. El nombre propio
del padre, supuesto este hecho, es el de
señor, como el nombre del hijo es el de
esclavo. Y esta verdad que nos dicta
la razón, está confirmada por la Historia:
en los pueblos olvidados de las grandes
tradiciones bíblicas, la paternidad no ha
sido nunca sino el nombre propio de la
tiranía doméstica. Si hubiera existido un
pueblo, olvidado por una parte de esas
grandes tradiciones y apartado por otra del
culto de la fuerza material, en ese pueblo
los padres y los hijos hubieran sido y se
hubieran llamado hermanos. La paternidad
viene de Dios, y sólo de Dios puede venir en
el nombre y en la esencia. Si Dios hubiera
permitido el olvido completo de las
tradiciones paradisíacas, el género humano,
con la institución, hubiera perdido hasta su
nombre.
La familia, divina en su institución, divina
en su esencia, ha seguido en todas partes
las vicisitudes de la civilización católica;
y esto es tan cierto, que la pureza o la
corrupción de la primera es siempre síntoma
infalible de la pureza o de la corrupción de
la segunda, así como la historia de las
varias vicisitudes y trastornos de la
segunda es la historia de los trastornos y
de las vicisitudes por que va pasando la
primera.
En las edades católicas, la tendencia de la
familia es a perfeccionarse: de natural se
convierte en espiritual, y del hogar pasa a
los claustros. Mientras que los hijos se
postran reverentes en el hogar a los pies
del padre y de la madre, los habitantes de
los claustros, hijos más rendidos y
reverentes, bañan con lágrimas los
sacratísimos pies de otro Padre mejor y el
sacratísimo manto de otra Madre más tierna.
Cuando la civilización católica va de
vencida y entra en un período decadente,
luego al punto la familia decae, su
constitución se vicia, sus elementos se
descomponen, y todos sus vínculos se
relajan. El padre y la madre, entre quienes
no puso Dios otro medianil sino el amor,
ponen entre los dos el medianil de un
ceremonial severo, mientras que una
familiaridad sacrílega suprime la distancia
que puso Dios entre los hijos y los padres,
echando por el suelo el medianil de la
reverencia. La familia, entonces envilecida
y profanada, se dispersa, y va a perderse en
los clubs y en los casinos.
La historia de la familia puede encerrarse
en pocos renglones. La Familia divina,
ejemplar y modelo de la familia humana, es
eterna en todos sus individuos. La familia
humana espiritual, que después de la divina
es la más perfecta de todas, dura en todos
sus individuos lo que dura el tiempo; la
familia humana natural, entre el padre y la
madre, dura lo que dura la vida, y entre el
padre y los hijos, largos años. La familia
humana anticatólica dura entre el padre y la
madre algunos años; entre el padre y los
hijos, algunos meses; la familia artificial
de los clubs dura un día; la del casino, un
instante. La duración es aquí, como en otras
muchas cosas, la medida de las perfecciones.
Entre la familia divina y la humana de los
claustros hay la misma proporción que entre
el tiempo y la eternidad; entre la
espiritual de los claustros, la más
perfecta, y la sensual de los clubs, la más
imperfecta de todas las humanas, hay la
misma proporción que entre la brevedad del
minuto y la inmensidad de los tiempos.
Capítulo III
De la sociedad bajo el imperio de la Iglesia
Católica
Constituidos, por una parte, el criterio de
las ciencias, el criterio de los afectos y
el criterio de las acciones; constituidas,
por otra, en la sociedad la autoridad
política, y en la familia la autoridad
doméstica, era necesario constituir otra
autoridad sobre todas las humanas, órgano
infalible de todos los dogmas, depositaria
augusta de todos los criterios, que fuera a
un tiempo mismo santa y santificante, que
fuera la palabra de Dios encarnada en el
mundo, la luz de Dios reverberando en todos
los horizontes, la caridad divina inflamando
todas las almas; que atesorara en altísimo y
escondido tabernáculo, para derramarlos por
la tierra, los infinitos tesoros de las
gracias del cielo; que fuera refrigerio de
los hombres fatigados, refugio de los
hombres pecadores, fuente de aguas vivas
para los que tienen sed, pan de vida eterna
para los que tienen hambre, sabiduría para
los ignorantes, para los extraviados camino;
que estuviera llena de advertencias y de
lecciones para los poderosos, y para los
pobres llena de amor y de misericordia; una
autoridad puesta en tan grande altura que
pudiera hablar a todas con imperio, y sobre
roca tan firme que no pudiera ser
contrastada por las alteradas ondas de este
mar sin reposo; una autoridad fundada
directamente por Dios, y que no estuviera
sujeta a los vaivenes de las cosas humanas;
que fuera a un tiempo mismo siempre nueva y
siempre antigua, duración y progreso, y a
quien asistiera Dios con especial
asistencia.
Esa autoridad altísima, infalible, fundada
para la eternidad, y en quien se agrada Dios
eternamente, es la santa Iglesia católica,
apostólica, romana, cuerpo místico del
Señor, esposa dichosa del Verbo, que enseña
al mundo lo que aprende de boca del Espíritu
Santo; que, puesta como en una región media
entre la tierra y el cielo, cambia plegarias
por dones, y ofrece perpetuamente al Padre,
por la salvación del mundo, la sangre
preciosísima del Hijo en sacrificio perpetuo
y en perfectísimo holocausto.
Como quiera que Dios hace todas las cosas
acabadas y perfectas, no era propio de su
infinita sabiduría dar la verdad al mundo y,
entrando después en su perfecto reposo,
dejarla expuesta a las injurias del tiempo,
vano asunto de las disputas del hombre. Por
esa razón ideó eternamente su Iglesia, que
resplandeció en el mundo en la plenitud de
los tiempos, hermosísima y perfectísima, con
aquella alta perfección y soberana hermosura
que tuvo siempre en el entendimiento divino.
Desde entonces ella es, para los que
navegamos por este mar del mundo que hierve
en tempestades, faro luminoso puesto en
escollo eminente. Ella sabe lo que nos salva
y lo que nos pierde, nuestro primer origen y
nuestro último fin, en que consiste la
salvación y en qué la condenación del
hombre; y ella sola lo sabe; ella gobierna
las almas, y ella sola las gobierna; ella
ilumina los entendimientos, y ella sola los
ilumina; ella endereza la voluntad, y ella
sola la endereza; ella purifica y enciende
los afectos, y ella sola los enciende y los
purifica; ella mueve los corazones, y sola
los mueve con la gracia del Espíritu Santo.
En ella no cabe ni pecado, ni error, ni
flaqueza; su túnica no tiene mancha; para
ella las tribulaciones son triunfos, los
huracanes y las brisas la llevan al puerto.
Todo en ella es espiritual, sobrenatural y
milagroso: es espiritual, porque su gobierno
es de las inteligencias, y porque las armas
con que se defiende y con que mata son
espirituales; es sobrenatural, porque todo
lo ordena a un fin sobrenatural, y porque
tiene por oficio ser santa y santificar
sobrenaturalmente a los hombres; es
milagrosa, porque todos los grandes
misterios se ordenan a su milagrosa
institución y porque su existencia, su
duración, sus conquistas son un milagro
perpetuo. El Padre envía al Hijo a la
tierra, el Hijo envía sus apóstoles al mundo
y el Espíritu Santo a sus apóstoles: de esa
manera, en la plenitud como en el principio
de los tiempos, en la institución de la
Iglesia como en la creación universal,
intervienen a la vez el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Doce pescadores pronuncian
las palabras que suenan misteriosamente en
sus oídos y luego al punto es conturbada la
tierra; un fuego desusado arde en las venas
del mundo; un torbellino saca de quicio a
las naciones, arrebata a las gentes,
trastorna los imperios, confunde las razas;
el género humano suda sangre bajo la presión
divina; y de toda esa sangre, y de toda esa
confusión de razas, de naciones y de gentes,
y de esos torbellinos impetuosos, y de ese
fuego que circula por todas las venas de la
tierra, el mundo sale radiante y renovado,
puesto a los pies de la Iglesia de Nuestro
Señor Jesucristo.
Esa mística ciudad de Dios tiene puertas que
miran a todas partes, para significar el
universal llamamiento: Unam omnium
Rempublicam agnoscimus mundum, dice
Tertuliano. Para ella no hay bárbaros ni
griegos, judíos ni gentiles. En ella caben
el escita y el romano, el persa y el
macedonio, los que acuden del Oriente y del
Occidente, los que vienen de la banda del
Septentrión y de las partes del Mediodía.
Suyo es el santo ministerio de la enseñanza
y de la doctrina, suyo el imperio universal
y el universal sacerdocio; tiene por
ciudadanos a reyes y emperadores; sus héroes
son los mártires y los santos. Su invencible
milicia se compone de aquellos varones
fortísimos que vencieron en sí todos los
apetitos de la carne y sus locas
concupiscencias. El mismo Dios preside
invisiblemente en sus austeros senados y en
sus santísimos concilios. Cuando sus
Pontífices hablan a la tierra, su palabra
infalible ha sido escrita ya por el mismo
Dios en el cielo.
Esa Iglesia, puesta en el mundo sin
fundamentos humanos, después de haberle
sacado de un abismo de corrupción, le sacó
de la noche de la barbarie. Ella ha
combatido siempre los combates del Señor; y
habiendo sido en todos atribulada, ha salido
en todos vencedora. Los herejes niegan su
doctrina, y triunfa de los herejes; todas
las pasiones humanas se rebelan contra su
imperio, y triunfa de todas las pasiones
humanas. El paganismo pelea con ella su
último combate, y ella rinde a sus pies al
paganismo. Emperadores y reyes la persiguen,
y la ferocidad de sus verdugos es vencida
por la constancia de sus mártires. Pelea
sólo por su santa libertad, y el mundo le da
el imperio.
Bajo su imperio fecundísimo han florecido
las ciencias, se han purificado las
costumbres, se han perfeccionado las leyes y
han crecido con rica y espontánea vegetación
todas las grandes instituciones domésticas,
políticas y sociales. Ella no ha tenido
anatemas sino para los hombres impíos, para
los pueblos rebeldes y para los reyes
tiranos. Ha defendido la libertad, contra
los reyes que aspiraron a convertir la
autoridad en tiranía; y la autoridad, contra
los pueblos que aspiraron a una emancipación
absoluta; y contra todos, los derechos de
Dios y la inviolabilidad de sus santos
mandamientos. No hay verdad que la Iglesia
no haya proclamado, ni error a que no haya
dicho anatema. La libertad, en la verdad, ha
sido para ella santa; y en el error, como el
error mismo, abominable; a sus ojos el error
nace sin derechos y vive sin derechos, y por
esa razón ha ido a buscarle, y a
perseguirle, y a extirparle en lo más
recóndito del entendimiento humano. Y esa
perpetua ilegitimidad, y esa desnudez
perpetua del error, así como ha sido un
dogma religioso, ha sido también un dogma
político, proclamado en todos tiempos por
todas las potestades del mundo. Todas han
puesto fuera de discusión el principio en
que descansan; todas han llamado error, y
han despojado de toda legitimidad y de todo
derecho al principio que le sirve de
contraste. Todas se han declarado infalibles
a sí propias en esa calificación suprema; y
si no han condenado todos los errores
políticos, no consiste esto en que la
conciencia del género humano reconozca la
legitimidad de ningún error, sino en que no
ha reconocido nunca en las potestades
humanas el privilegio de la infalibilidad en
la calificación de los errores.
De esa impotencia radical de las potestades
humanas para designar los errores ha nacido
el principio de la libertad de discusión,
fundamento de las constituciones modernas.
Ese principio no supone en la sociedad, como
pudiera parecer a primera vista, una
imparcialidad incomprensible y culpable
entre la verdad y el error; se funda en
otras dos suposiciones, de las cuales la una
es verdadera y la otra falsa: se funda, por
una parte, en que no son infalibles los
gobiernos, lo cual es una cosa evidente; se
funda, por otra, en la infalibilidad de la
discusión, lo cual es falso a todas luces.
La infalibilidad no puede resultar de la
discusión si no está antes en los que
discuten; no puede estar en los que
discuten, si no está al mismo tiempo en los
que gobiernan; si la infalibilidad es un
atributo de la naturaleza humana, está en
los primeros y en los segundos; si no está
en la naturaleza humana, ni está en los
segundos ni está en los primeros, o todos
son falibles o son infalibles todos. La
cuestión, pues, consiste en averiguar si la
naturaleza humana es falible o infalible; la
cual se resuelve forzosamente en esta otra,
conviene a saber: si la naturaleza del
hombre es sana o está caída y enferma.
En el primer caso, la infalibilidad,
atributo esencial del entendimiento sano, es
el primero y el más grande de todos sus
atributos, de cuyo principio se siguen
naturalmente las siguientes consecuencias.
Si el entendimiento del hombre es infalible
porque es sano, no puede errar porque es
infalible; si no puede errar porque es
infalible, la verdad está en todos los
hombres, ahora se los considere juntos,
ahora se los considere aislados; si la
verdad está en todos los hombres aislados o
juntos, todas sus afirmaciones y todas sus
negaciones han de ser forzosamente
idénticas; si todas sus afirmaciones y todas
sus negaciones son idénticas, la discusión
es inconcebible y absurda.
En el segundo caso, la falibilidad,
enfermedad del entendimiento enfermo, es la
primera y la mayor de las dolencias humanas;
de cuyo principio se siguen las
consecuencias siguientes: si el
entendimiento del hombre es falible porque
está enfermo, no puede estar nunca cierto de
la verdad porque es falible; si no puede
estar nunca cierto de la verdad porque es
falible, esa incertidumbre está de una
manera esencial en todos los hombres, ahora
se los considere juntos, ahora se los
considere aislados; si esa incertidumbre
está de una manera esencial en todos los
hombres, aislados o juntos, todas sus
afirmaciones y todas sus negaciones son una
contradicción en los términos, porque han de
ser forzosamente inciertas; si todas sus
afirmaciones y todas sus negaciones son
inciertas, la discusión es absurda e
inconcebible.
Sólo el catolicismo ha dado una solución
satisfactoria y legítima, como todas sus
soluciones, a este problema temeroso. El
catolicismo enseña lo siguiente: «El hombre
viene de Dios; el pecado, del hombre; la
ignorancia y el error, como el dolor y la
muerte, del pecado; la falibilidad, de la
ignorancia; de la falibilidad, lo absurdo de
las discusiones». Pero añade después: «El
hombre fue redimido», lo cual si no
significa que por el acto de la redención, y
sin ningún esfuerzo suyo, salió de la
esclavitud del pecado, significa, a lo
menos, que por la redención adquirió la
potestad de romper esas cadenas y de
convertir la ignorancia, el error, el dolor
y la muerte en medios de su santificación
con el buen uso de su libertad, ennoblecida
y restaurada. Para este fin instituyó Dios
su Iglesia inmortal, impecable e infalible.
La Iglesia representa la naturaleza humana
sin pecado, tal como salió de las manos de
Dios, llena de justicia original y de gracia
santificante; por eso es infalible, y por
eso no está sujeta a la muerte. Dios la ha
puesto en la tierra para que el hombre,
ayudado de la gracia, que a nadie se niega,
pueda hacerse digno de que se le aplique la
sangre derramada por Él en el Calvario,
sujetándose libremente a sus divinas
inspiraciones. Con la fe vencerá su
ignorancia; con su paciencia, el dolor, y
con su resignación, la muerte; la muerte, el
dolor y la ignorancia no existen sino para
ser vencidas por la fe, por la resignación y
por la paciencia.
Síguese de aquí que sólo la Iglesia tiene el
derecho de afirmar y de negar, y que no hay
derecho fuera de ella para afirmar lo que
ella niega, para negar lo que ella afirma.
El día en que la sociedad, poniendo en
olvido sus decisiones doctrinales, ha
preguntado qué cosa es la verdad, qué cosa
es el error, a la prensa y a la tribuna, a
los periodistas y a las asambleas, en ese
día el error y la verdad se han confundido
en todos los entendimientos, la sociedad ha
entrado en la región de las sombras, y ha
caído bajo el imperio de las ficciones.
Sintiendo, por una parte, en sí misma una
necesidad imperiosa de someterse a la verdad
y de sustraerse al error, y siéndole
imposible, por otra, averiguar qué cosa es
el error y qué cosa es la verdad, ha formado
un catálogo de verdades convencionales y
arbitrarias, y otro de soñados errores, y ha
dicho: «Adoraré las primeras y condenaré los
segundos», ignorando, tan grande es su
ceguedad, que, adorando a las unas y
condenando a los otros, ni condena ni adora
nada, o que, si condena y si adora algo, se
adora y se condena a sí misma.
La intolerancia doctrinal de la Iglesia ha
salvado el mundo del caos. Su intolerancia
doctrinal ha puesto fuera de cuestión la
verdad política, la verdad doméstica, la
verdad social y la verdad religiosa;
verdades primitivas y santas, que no están
sujetas a discusión, porque son el
fundamento de todas las discusiones;
verdades que no pueden ponerse en duda un
momento, sin que en ese momento mismo el
entendimiento oscile, perdido entre la
verdad y el error, y se oscurezca y enturbie
el clarísimo espejo de la razón humana. Eso
sirve para explicar por qué, mientras que la
sociedad emancipada de la Iglesia no ha
hecho otra cosa sino perder el tiempo en
disputas efímeras y estériles, que, teniendo
su punto de partida en un absoluto
escepticismo, no pueden dar por resultado
sino un escepticismo completo, la Iglesia, y
la Iglesia sola, ha tenido el santo
privilegio de las discusiones fructuosas y
fecundas. La teoría cartesiana, según la
cual la verdad sale de la duda, como Minerva
de la cabeza de Júpiter, es contraria a
aquella ley divina que preside al mismo
tiempo a la generación de los cuerpos y a la
de las ideas, en virtud de la cual los
contrarios excluyen perpetuamente a sus
contrarios, y los semejantes engendran
siempre a sus semejantes. En virtud de esta
ley, la duda sale perpetuamente de la duda,
y el escepticismo del escepticismo, como la
verdad de la fe, y de la verdad la ciencia.
A la comprensión profunda de esta ley de la
generación intelectual de las ideas se deben
las maravillas de la civilización católica.
A esa portentosa civilización se debe todo
lo que admiramos y todo lo que vemos. Sus
teólogos, aun considerados humanamente,
afrentan a los filósofos modernos y a los
filósofos antiguos; sus doctores causan
pavor por la inmensidad de su ciencia; sus
historiadores oscurecen a los de la
antigüedad por su mirada generalizadora y
comprensiva. La Ciudad de Dios, de
San Agustín, es aún hoy día el libro más
profundo de la Historia que el genio
iluminado por los resplandores católicos ha
presentado a los ojos atónitos de los
hombres. Las actas de sus concilios, dejando
aparte la divina inspiración, son el
monumento más acabado de la prudencia
humana. Las leyes canónicas vencen en
sabiduría a las romanas y a las feudales.
¿Quien vence en ciencia a Santo Tomás, en
genio a San Agustín, en majestad a Bossuet,
en fuerza a San Pablo? ¿Quién es más poeta
que Dante? ¿Quién iguala a Shakespeare?
¿Quién aventaja a Calderón? ¿Quién, como
Rafael, puso jamás en el lienzo inspiración
y vida? Poned a las gentes a la vista de las
pirámides de Egipto, y os dirán: «Por aquí
ha pasado una civilización grandiosa y
bárbara». Ponedlas a la vista de las
estatuas griegas y de los templos griegos, y
os dirán: «Por aquí ha pasado una
civilización graciosa, efímera y brillante».
Ponedlas a la vista de un monumento romano,
y os dirán: «Por aquí ha pasado un gran
pueblo». Ponedlas a la vista de una
catedral, y al ver tanta majestad unida a
tanta belleza, tanta grandeza unida a tanto
gusto, tanta gracia junta con una hermosura
tan peregrina, tan severa unidad en una tan
rica variedad, tanta mesura junta con tanto
atrevimiento, tanta morbidez en las piedras,
y tanta suavidad en sus contornos, y tan
pasmosa armonía entre el silencio y la luz,
las sombras y los colores, os dirán: «Por
aquí ha pasado el pueblo más grande de la
historia y la más portentosa de las
civilizaciones humanas; ese pueblo ha debido
tener del egipcio lo grandioso, del griego
lo brillante, del romano lo fuerte; y sobre
lo fuerte, lo brillante y lo grandioso, algo
que vale más que lo grandioso, lo fuerte y
lo brillante: lo inmortal y lo perfecto».
Si se pasa de las ciencias, de las letras y
de las artes al estudio de las instituciones
que la Iglesia vivificó con su soplo,
alimentó con su sustancia, mantuvo con su
espíritu y abasteció con su ciencia, este
nuevo espectáculo no ofrecerá menores
maravillas y portentos. El catolicismo, que
todo lo refiere y todo lo ordena a Dios, y
que, refiriéndolo y ordenándolo a Dios todo,
convierte la suprema libertad en elemento
constitutivo del orden supremo, y la
infinita variedad en elemento constitutivo
de la unidad infinita, es por su naturaleza
la religión de las asociaciones vigorosas,
unidas todas entre sí por afinidades
simpáticas. En el catolicismo el hombre no
está solo nunca: para encontrar un hombre
entregado a un aislamiento solitario y
sombrío, personificación suprema del egoísmo
y del orgullo, es necesario salir de los
confines católicos. En el inmenso círculo
que describen esos confines inmensos, los
hombres viven agrupados entre sí, y se
agrupan obedeciendo al impulso de sus más
nobles atracciones. Los grupos mismos entran
los unos en los otros, y todos en uno más
universal y comprensivo, dentro del cual se
mueven anchamente, obedeciendo a la ley de
una soberana armonía. El hijo nace y vive en
la asociación doméstica, ese fundamento
divino de las asociaciones humanas. Las
familias se agrupan entre sí de una manera
conforme a la ley de su origen, y agrupadas
de esta manera, forman aquellos grupos
superiores que llevan el nombre de clases;
las diferentes clases se consagran a
diferentes funciones: unas cultivan las
artes de la paz, otras las artes de la
guerra; unas conquistan la gloria, otras
administran la justicia y otras acrecientan
la industria. Dentro de estos grupos
naturales se forman otros espontáneos,
compuestos de los que buscan la gloria por
una misma senda, de los que se consagran a
una misma industria, de los que profesan un
mismo oficio; y todos estos grupos,
ordenados en sus clases, y todas las clases
jerárquicamente ordenadas entre sí,
constituyen el Estado, asociación ancha en
la que todas las otras se mueven con
anchura.
Esto desde el punto de vista social. Desde
el punto de vista político, las familias se
asocian en grupos diferentes: cada grupo de
familias constituye un municipio; cada
municipio es la participación en común de
las familias que le forman, del derecho de
rendir culto a su Dios, de administrarse a
sí propias, de dar pan a los que viven y
sepultura a los muertos. Por eso cada
municipio tiene un templo, símbolo de su
unidad religiosa, y una casa municipal,
símbolo de su unidad administrativa; y un
territorio, símbolo de su unidad
jurisdiccional y civil; y un cementerio,
símbolo de su derecho de sepulturas. Todas
estas diferentes unidades constituyen la
unidad municipal, la cual tiene también su
símbolo en el derecho de levantar sus armas
y de desplegar su bandera. De la variedad de
los municipios se forma la unidad nacional,
la cual a su vez se simboliza en un trono y
se personifica en un rey. Sobre todas estas
magníficas asociaciones está la de todas las
naciones católicas con sus príncipes
cristianos, fraternalmente agrupados en el
seno de la Iglesia. Esta perfectísima y
suprema asociación es unidad en su cabeza y
variedad en sus miembros: es variedad en los
fieles derramados por el mundo, y unidad en
la cátedra santa que resplandece en Roma,
cercada de divinos resplandores. Esa cátedra
eminente es el centro de la humanidad,
representada, en lo que tiene de varia, por
los concilios generales, y en lo que tiene
de una, por el que es en la tierra Padre
común de los fieles y Vicario de Jesucristo.
Esa es variedad suprema, unidad suma y
sociedad perfectísima. Todos los elementos
que braman alterados y en desorden en las
sociedades humanas, se mueven en ésta
concertadamente. El Pontífice es rey a un
mismo tiempo por derecho divino y por
derecho humano: el derecho divino
resplandece principalmente en la
institución; el derecho humano se manifiesta
principalmente en la designación de la
persona; y la persona designada para
Pontífice por los hombres, es instituida
Pontífice por Dios. Así como reúne la
sanción humana y la divina, junta en uno
también las ventajas de las monarquías
electivas y las de las hereditarias; de las
unas tiene la popularidad, de las otras la
inviolabilidad y el prestigio; a semejanza
de las primeras, la monarquía pontical está
limitada por todas partes; a semejanza de
las segundas, las limitaciones que tiene no
la vienen de fuera, sino de dentro, ni de la
ajena voluntad, sino de la propia; el
fundamento de sus limitaciones está en su
caridad ardiente, en su prodigiosa humildad
y en su prudencia infinita. ¿Qué monarquía
es esta en la que el rey, siendo elegido, es
venerado, y en la que, pudiendo ser reyes
todos, está en pie eternamente, sin que sean
parte para derribarla por tierra ni las
guerras domésticas ni las discordias
civiles? ¿Qué monarquía es esta en la que el
rey elige a los electores que luego eligen
al rey, siendo todos elegidos y todos
electores? ¿Quién no ve aquí un alto y
escondido misterio: la unidad engendrando
perpetuamente la variedad, y la variedad
constituyendo su unidad perpetuamente?
¿Quién no ve aquí representada la universal
confluencia de todas las cosas? Y ¿quién no
advierte que esa extraña monarquía es la
representación de Aquel que, siendo
verdadero Dios y verdadero hombre, es
divinidad y humanidad, unidad y variedad
juntas en uno? La ley oculta que preside a
la generación de lo uno y de lo vario, debe
de ser la más alta, la más universal, la más
excelente y la más misteriosa de todas, como
quiera que Dios ha sujetado a ella todas las
cosas, las humanas como las divinas, las
creadas como las increadas, las visibles
como las invisibles; siendo una en su
esencia, es infinita en sus manifestaciones;
todo lo que existe, parece que no existe
sino para manifestarla; y cada una de las
cosas que existen la manifiestan de
diferente manera: de una manera está en
Dios, de otra en Dios hecho hombre, de otra
en su Iglesia, de otra en la familia, de
otra en el universo; pero está en todo y en
cada una de las partes del todo; aquí en un
misterio invisible e incomprensible, y allí,
sin dejar de ser un misterio, es un fenómeno
visible y un hecho palpable.
Al lado del rey, cuyo oficio es reinar con
una soberanía independiente, y gobernar con
un imperio absoluto, esta un senado
perpetuo, compuesto de príncipes que tienen
de Dios el principado. Y este senado
perpetuo y divino es un senado gobernante; y
siendo gobernante, lo es de tal manera, que
ni entorpece, ni disminuye, ni eclipsa la
potestad suprema del monarca. La Iglesia es
la sola monarquía que ha conservado intacta
la plenitud de su derecho, estando
perpetuamente en contacto con una oligarquía
potentísima; y es la única oligarquía que,
puesta en contacto con un monarca absoluto,
no ha estallado en rebeliones y
turbulencias. De la misma manera que en pos
del rey van los príncipes, en pos de los
príncipes vienen los sacerdotes, encargados
de un ministerio santísimo. En esta sociedad
prodigiosa todas las cosas suceden al revés
de como pasan en todas las asociaciones
humanas. En éstas la distancia puesta entre
los que están al pie y los que están en la
cumbre de la jerarquía social es tan grande,
que los primeros se sienten tentados del
espíritu de rebelión, y los segundos caen en
la tentación de la tiranía. En la Iglesia
las cosas están ordenadas de tal modo, que
ni es posible la tiranía ni son posible las
rebeliones. Aquí la dignidad del Súbdito es
tan grande, que la del prelado está en lo
que tiene de común con el súbdito, más bien
que en lo especial que tiene como prelado.
La mayor dignidad de los obispos no está en
ser príncipes, ni la de Pontífice en ser
rey; está en que Pontífices y obispos son
como sus súbditos, sacerdotes. Su
prerrogativa altísima e incomunicable no
está en la gobernación; está en la potestad
de hacer al Hijo de Dios esclavo de su voz,
en ofrecer el Hijo al Padre en sacrificio
incruento por los delitos del mundo, en ser
los canales por donde se comunica la gracia,
y en el supremo e incomunicable derecho de
remitir y de retener los pecados. La más
alta dignidad está en lo que son todos los
dignatarios, más bien que en lo que son
algunos. No está en el apostolado ni en el
pontificado, está en el sacerdocio.
Considerada aisladamente la dignidad
pontifical, la Iglesia parece una monarquía
absoluta. Considerada en sí su constitución
apostólica, parece una oligarquía
potentísima. Considerada, por una parte, la
dignidad común a prelados y sacerdotes y,
por otra, el hondo abismo que hay entre el
sacerdocio y el pueblo, parece una inmensa
aristocracia. Cuando se ponen los ojos en la
inmensa muchedumbre de los fieles derramados
por el mundo, y se ve que el sacerdocio y el
apostolado y el pontificado están a su
servicio, que nada se ordena en esta
sociedad prodigiosa para los crecimientos de
los que mandan, sino para la salvación de
los que obedecen; cuando se considera el
dogma consolador de la igualdad esencial de
las almas; cuando se recuerda que el
Salvador del género humano padeció las
afrentas de la cruz por todos y por cada uno
de los hombres; cuando se proclama el
principio de que el buen pastor debe morir
por sus ovejas; cuando se reflexiona que el
término de la acción de todos los diferentes
ministerios está en la congregación de los
fieles, la Iglesia parece una democracia
inmensa, en la gloriosa acepción de esta
palabra; o por lo menos, una sociedad
instituida para un fin esencialmente popular
y democrático. Y lo más singular del caso es
que la Iglesia es todo lo que parece. En las
otras sociedades esas varias formas de
gobierno son incompatibles entre sí, o si
por acaso se juntan en uno, no se juntan
jamás sin que pierdan muchas de sus
propiedades esenciales. La monarquía no
puede vivir juntamente con la oligarquía y
con la aristocracia, sin que la primera
pierda lo que naturalmente tiene de
absoluta, y éstas lo que tienen de potentes.
La monarquía, la oligarquía y la
aristocracia no pueden vivir con la
democracia sin que ésta pierda lo que tiene
de absorbente y de exclusiva como la
aristocracia lo que tiene de potente, la
oligarquía lo que tiene de invasora y la
monarquía lo que tiene de absoluta; viniendo
a convertirse en definitiva su mutua unión
en su mutuo aniquilamiento. Sólo en la
Iglesia, sociedad sobrenatural, caben todos
estos gobiernos combinados armónicamente
entre sí, sin perder nada de su pureza
original ni de su grandeza primitiva. Esta
pacífica combinación de fuerzas que son
entre sí contrarias, y de gobiernos cuya
única ley, humanamente hablando, es la
guerra, es el espectáculo más bello en los
anales del mundo. Si el gobierno de la
Iglesia pudiera ser definido, podría
definírsele diciendo que es una inmensa
aristocracia dirigida por un poder
oligárquico, puesto en la mano de un rey
absoluto, el cual tiene por oficio darse
perpetuamente en holocausto por la salvación
del pueblo. Esta definición sería el
prodigio de las definiciones, de la misma
manera que la cosa en ella definida es el
prodigio más grande de la historia.
Resumiendo en breves palabras cuanto va
dicho hasta aquí, podemos afirmar, sin temor
de ser desmentidos por los hechos, que el
catolicismo ha puesto en orden y en
concierto todas las cosas humanas. Ese orden
y ese concierto, relativamente al hombre,
significan que por el catolicismo el cuerpo
ha quedado sujeto a la voluntad, la voluntad
al entendimiento, el entendimiento a la
razón, la razón a la fe, y todo a la
caridad, la cual tiene la virtud de
transformar al hombre en Dios, purificado
con un amor infinito. Relativamente a la
familia, significan que por el catolicismo
han llegado a constituirse definitivamente
las tres personas domésticas, juntas en uno
con dichosísima lazada. Relativamente a los
gobiernos, significan que por el catolicismo
han sido santificadas la autoridad y la
obediencia, y condenadas para siempre la
tiranía y las revoluciones. Relativamente a
la sociedad, significan que por el
catolicismo tuvo fin la guerra de las castas
y principio la concertada armonía de todos
los grupos sociales; que el espíritu de
asociaciones fecundas sucedió al espíritu de
egoísmo y de aislamiento, y el imperio del
amor al imperio del orgullo. Relativamente a
las ciencias, a las letras y a las artes,
significan que por el catolicismo ha entrado
el hombre en posesión de la verdad y de la
belleza, del verdadero Dios y de sus divinos
resplandores. Resulta, por último, de cuanto
llevamos dicho hasta aquí, que con el
catolicismo apareció en el mundo una
sociedad sobrenatural, excelentísima,
perfectísima, fundada por Dios, conservada
por Dios, asistida por Dios; que tiene en
depósito perpetuamente su eterna palabra;
que abastece al mundo del pan de la vida;
que ni puede engañarse ni puede engañarnos;
que enseña a los hombres las lecciones que
aprende de su divino Maestro; que es
perfecto trasunto de las divinas
perfecciones, sublime ejemplar y acabado
modelo de las sociedades humanas.
En los siguientes capítulos se demostrará
cumplidamente que ni el cristianismo ni la
Iglesia católica, que es su expresión
absoluta, han podido obrar tan grandes
cosas, tan altos prodigios y tan
maravillosas mudanzas, sin una acción
sobrenatural y constante por parte de Dios,
el cual gobierna sobrenaturalmente a la
sociedad con su providencia, y al hombre con
su gracia.
Capítulo IV
El Catolicismo es amor
Entre la Iglesia católica y las otras
sociedades derramadas por el mundo hay la
misma distancia que entre las concepciones
naturales y las sobrenaturales, entre las
humanas y las divinas.
Para el mundo pagano la sociedad y la ciudad
eran una cosa misma. Para el romano la
sociedad era Roma; para el ateniense,
Atenas. Fuera de Atenas y de Roma no había
más que gentes bárbaras e incultas, por su
naturaleza agrestes e insociables. El
cristianismo reveló al hombre la sociedad
humana; y como si esto no fuera bastante, le
reveló otra sociedad mucho más grande y
excelente, a quien no puso en su inmensidad
ni términos ni remates. De ella son
ciudadanos los santos que triunfan en el
cielo, los justos que padecen en el
purgatorio y los cristianos que combaten en
la tierra.
Léanse atentamente una por una todas las
paginas de la historia; y después de
haberlas leído, y después de haberlas
meditado todas, se verá con asombro que esa
concepción gigantesca viene sola, y que
viene sin aviso, sin antecedente ninguno;
que viene como una revelación sobrenatural,
comunicada al hombre sobrenaturalmente. El
mundo la recibió de un golpe, y no la vio
venir; como quiera que, cuando la vio, ya
era venida. La vio con una sola iluminación
y con una simple mirada. ¿Quién, sino Dios,
que es amor, podía haber enseñado a los que
combaten aquí que están en comunión con los
que padecen en el purgatorio y con los que
triunfan en el cielo? ¿Quién, sino Dios,
pudo unir con amorosa lazada a los muertos y
a los vivientes, a los justos, a los santos
y a los pecadores? ¿Quién, sino Dios, pudo
poner puentes en esos inmensos océanos?
La ley de la unidad y de la variedad, esa
ley por excelencia, que es a un mismo tiempo
humana y divina, sin la cual nada se explica
y con la cual se explica todo, se nos
muestra aquí en una de sus más portentosas
manifestaciones. La variedad está en el
cielo, porque el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo son tres personas; y esa
variedad va a perderse, sin confundirse, en
la unidad, porque el Padre es Dios, el Hijo
es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y Dios
es uno. La variedad está en el paraíso,
porque Adán y Eva son dos personas
diferentes; y esa variedad va a perderse,
sin confundirse, en la unidad, porque Adán y
Eva son la naturaleza humana, y la
naturaleza humana es una. La variedad está
en Nuestro Señor Jesucristo, porque en Él
concurren, por una parte, la naturaleza
divina y por otra, la naturaleza corpórea, y
la espiritual en la naturaleza humana; y la
naturaleza corpórea y la espiritual y la
divina van a perderse, sin confundirse, en
Nuestro Señor Jesucristo, que es una sola
persona. La variedad, por último, está en la
Iglesia que combate en la tierra, y padece
en el purgatorio, y triunfa en el cielo, y
esa variedad va a perderse, sin confundirse,
en Nuestro Señor Jesucristo, cabeza única de
la Iglesia universal, el cual, considerado
como Hijo único del Padre, es, como el
Padre, el símbolo de la variedad de las
personas en la unidad de la esencia, así
como en calidad de Dios hombre es el símbolo
de la variedad de las esencias en la unidad
de la persona; siendo considerado a un
tiempo mismo como Dios hombre y como Hijo de
Dios, el símbolo perfecto de todas las
variedades posibles y de la unidad infinita.
Y como quiera que la suprema armonía
consiste en que la unidad, de donde toda
variedad nace y en la que toda variedad se
resuelve, se muestre siempre idéntica a si
misma en todas sus manifestaciones, de aquí
es que una misma es siempre la ley en virtud
de la cual se hace uno todo lo que es vario.
La variedad de la Trinidad divina es una por
el amor; la variedad humana, compuesta del
padre, de la madre y del hijo, se hace una
por el amor. La variedad de la naturaleza
humana y de la divina se hacen una en
Nuestro Señor Jesucristo por la encarnación
del Verbo en las entrañas de la Virgen,
misterio de amor; la variedad de la Iglesia
que combate, de la que padece y de la que
triunfa, se hace una en Nuestro Señor
Jesucristo por las oraciones de los
cristianos que triunfan, las cuales bajan
convertidas en benéfico rocío sobre los
cristianos que combaten, y por las oraciones
de los cristianos que combaten, las cuales
bajan como una lluvia fecundísima sobre los
cristianos que padecen; y la oración
perfecta es el éxtasis del amor. «Dios es
caridad; el que está en caridad está en
Dios, y Dios en él». Si Dios es caridad, la
caridad es la infinita unidad, porque Dios
es la unidad infinita si el que está en
caridad está en Dios y Dios en él: Dios
puede bajar hasta el hombre por la caridad,
y el hombre puede remontarse por la caridad
hasta Dios; y todo esto sin confundirse; de
tal manera que ni Dios hecho hombre pierde
su naturaleza divina, ni el hombre hecho
Dios pierde su naturaleza humana, siendo el
hombre siempre hombre, aunque sea Dios; y
Dios siempre Dios, aunque sea hombre; y todo
esto por medios exclusivamente
sobrenaturales, es decir, por medios
exclusivamente divinos.
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