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Érase un buitre
que me picoteaba los pies. Estoy indefenso
porque es muy poderoso y quería saltarme a
la cara. Preferí sacrificarle los pies, que
los tengo ya destrozados”.
F. Kafka.
Señora mía, veo
que no entendéis los tiempos presentes: lo
hecho, hecho está, y procuradnos pues
novedades porque sólo lo nuevo llama ya
nuestra atención.
J. W. Goethe (El Diablo, en Fausto).
La reacción
vitalista y existencial con que se inició el
siglo xx constituyó, sin duda, un importante
paso hacia una visión coherente y verdadera
del universo. El espiritualismo y el pensar
metafísico que durante los últimos siglos se
mantuvieron a la defensiva frente a los
ataques del materialismo, del determinismo
-de la orgullosa concepción racionalista en
suma-, parecieron durante la primera mitad
del xx tomar la ofensiva y penetrar
resueltamente en el propio camino de las
ciencias físico-naturales. Si a principios
de siglo los filósofos se disculpaban de
serlo y procuraban aparecer como científicos
experimentales, a mediados del mismo los
científicos tenían que ser filósofos y
hacían culminar sus obras en un capítulo
filosófico, a menudo espiritualista. La
crisis del racionalismo positivista supuso
la remoción de un gran obstáculo que se
oponía a la búsqueda abierta y sincera de la
verdad. Era como un cristalino colocado ante
las inteligencias, que orientaba su acción
en un sentido cuya radical inadecuación se
puso de manifiesto.
Hemos asistido,
en la plenitud del siglo xx, a un
renacimiento de la metafísica en sistemas de
profunda penetración intelectual. Sin
embargo, estos sistemas permanecen hoy un
tanto desconectados en el contexto de
nuestra cultura, como aislados o colgados de
sí mismos como fruto de una mera labor de
especialistas. Si se comparan en su papel e
influencia con las grandes construcciones
teológicos-filosóficas de la Edad Media
salta a la vista su falta de relación viva
con un sistema cultural de ideas y
creencias. La raíz de esta incapacidad
actual de la filosofía para coronar y
coordinar el sentido de la cultura está
seguramente en la pérdida, en los albores de
la Edad Moderna, de algo que era como el
germen para la fecundación y desarrollo de
nuestra civilización. Podemos observar
ahora, en una mirada retrospectiva, cómo las
grandes figuras de la filosofía no han
surgido aisladamente en cualquier pueblo o
ambiente, sino que han sucedido en el seno
de la cultura grecolatina, primero, y de la
cristiana, después, fuentes ambas de una
tradición filosófica de muchos siglos de
desarrollo. Ello se explica porque ese medio
cultural se asentaba en un esquema básico de
la realidad que constituía una comunidad de
ideas y creencias. Para la cultura clásica
este esquema se reducía a la dualidad y la
tensión entre el mundo imperfecto y móvil de
las cosas concretas y el logos o
esfera superior inteligible. Este dualismo
fue confirmado, en su raíz última, por la
concepción cristiana del mundo que daba así
una prueba de su verdad fundamental, aunque
concretando y ampliando aquel esquema con
las determinaciones positivas de un orden
sobrenatural. La época cristiana es, así,
heredera y continuadora en el plano cultural
de la grecolatina, y ambas forman la columna
vertebral de la cultura humana y la patria
de la filosofía. Volvamos por un momento a
nuestro ejemplo del lago: si al observador
que otea el fondo oscuro de las aguas se le
impone un esquema o prejuicio falso de lo
que allí ha de ver, cuanto descubra lo
encajará como manifestación de ello,
invalidándose así su obra. La destrucción de
este prejuicio deliberará de ese fracaso
forzoso, y a ello corresponde la destrucción
de la concepción racionalista, que hacía las
veces de ese esquema previo. Sin embargo, en
nuestro lago había un principio de
orientación y de guía –la idea de la ciudad
sepultada en su fondo-, principio que no era
fruto de un capricho casual o de un idea
dominante en una época, como aconteció con
el racionalismo, sino producto de una
iluminación superior, de una fe que era de
común aceptación en aquel medio cultural y
germen de su civilización. La fe no
predeterminará el contenido de la filosofía,
pero será hito de orientación para que las
miradas no se pierdan en estériles y
desesperantes sondeos. De hecho, nunca se ha
dado una tradición filosófica constructiva
sin este ambiente previo, y de él,
precisamente, está necesitada la filosofía
en su coyuntura actual.
Pero, en el
conjunto de la cultura, las circunstancias
han variado hoy de frente.
La secularización
y el abandono de unidad religiosa, que en un
tiempo se estimaron como el medio de acabar
con las luchas religiosas, aparecen hoy como
los grandes males, que abocan al mundo a
situaciones sin salida. En el terreno de la
ciencia, la hipertrofia (por “monocultivo”)
de su desarrollo ha convertido en
problemáticos todos los aspectos del existir
humano y ha planteado la posibilidad de una
destrucción de la vida humana global,
víctima de su propia técnica. En el campo de
la política, caducada la época liberal en
que se creía en el normal funcionamiento de
un Estado constitucional y jurídico, sólo
hay ya sitio para tiranías y los dirigismos.
La década de los años sesenta se ha
caracterizado, junto a la difusión de nuevas
formas de racionalismo, al modo del
neopositivismo, por una rápida escalada del
marxismo y de la masificación tecnificada.
Incluso reductos otrora inasequibles al
racionalismo moderno y a sus consecuencias,
como la Iglesia Católica, se han visto
invadidos, en la llamada de la “época
postconciliar”, por tendencias proclives a
esa actitud mental, como el “progresismo
religioso”. Pseudo-teólogos como el jesuita
Teilhard de Chardin han servido de
inspiración a tendencias eclesiásticas que
reniegan de la tradición histórica de la
Iglesia y abogan por una “desmitificación”
cientifista de la fe y por una adaptación de
la misma al “mundo moderno”, con claras
tendencias al socialismo y aun al marxismo.
Paralelamente con este fenómeno, otros
signos de disolución amenazan súbitamente a
la civilización occidental y, con ella, a su
tradición filosófica. La pasada década de
los setenta se inició bajo el signo de las
“revoluciones culturales”.
Al igual que la
Revolución política de 1789 inició la
disolución de la estructura institucional
corporativa de la sociedad cristiana, esta
nueva revolución intenta disolver la
estructura de las mentes en sus convicciones
básicas y en la noción de una verdad
objetiva e inmutable. Como consecuencia de
ello, una juventud estudiantil masificada y
desarraigada de todo mundo de fe y de
valores, hastiada de una sociedad
tecnificada de mero “consumo”, irrumpe con
su protesta violenta hacia cauces de
anarquismo y de nihilismo. Fenómeno este en
que podría reconocerse la auténtica y actual
“rebelión de las masas”.
El filósofo Marcuse y el marxismo
“culturalizado” de Gramsci parecen ser los
ídolos más señalados de esta sorda marea en
que culminan dos siglos de espíritu
revolucionario. ¿Cuál será el futuro de
la filosofía? Caben dos posibilidades: hoy
los hombres carecen de la antigua unidad de
creencias, y sólo de la fe religiosa brotan
los impulsos interiores, de pura honradez,
que llevan a la cooperación y al sacrificio
que requiere la verdadera sociabilidad.
Tampoco tienen ya esa pseudo-fe en un orden
de valores morales y jurídicos (de estilo
kantiano o similares) que mantuvieron el
orden en las últimas centurias. Como
reconoce Sartre, suprimida la existencia de
Dios, desaparecen esos valores previos que
se mantuvieron artificialmente colgados de
sí mismos. Si sólo se cree en la vida, en
sus impulsos inmediatos, y en su constante
evolución, puede caer la humanidad bajo el
dominio de estados puramente técnicos en los
que la vida del hombre, la filosofía y el
mismo concepto de verdad queden sometidos a
una organización dirigida, a una creación
circunstancial. Tal modo de vivir y de
gobernar puede llegar a ser inevitable, pero
ello determinaría un trágico eclipse del
espíritu humano y, con él, de la filosofía.
Sin embargo, cabe
también confiar en ese renacer de la
metafísica que nos ha ofrecido este siglo
nuestro, como fruto de una aguda crisis del
orgulloso racionalismo moderno. En que la
percepción del ser y de la contingencia
del existir abran para el hombre de hoy una
actitud de humildad en la cual reviva en
nuestra cultura la luz de la fe y el
espíritu de gratitud. Sólo así, en una
renacida comunidad de creencias y
voluntades, podría levantarse la filosofía
del actual marasmo de dispersión e
infecundidad para reencontrar, como
escribiera Menéndez Pelayo, los serenos
templos de la antigua sabiduría. |