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Tanto el
sociedalismo orgánico de Mella como su
concepto de la Tradición, hunden sus raíces
en la idea de que “la sociedad se fundamenta
en la naturaleza del hombre”.
El hombre,
según el pensamiento de Aristóteles, es un
animal social, y en esta idea se
halla implícita toda una amplísima teoría
cuyas consecuencias supo Mella extraer, y
que fue ignorada tanto por el racionalismo
liberal como por el socialismo estatista.
Esas
instituciones autónomas o sociedades
históricas que durante la Edad Media, y aún
durante la moderna, hasta la revolución,
formaban en su existencia armonizada la
sociedad civil, podrían distribuirse en dos
distintos órdenes: unas tenían un carácter
natural, respondían a la naturaleza
específica del hombre: así, el impulso que
llamaríamos de afectividad y
continuidad determinaba la institución
familiar, con el pleno ejercicio de la
patria potestad en su esfera, su propio
patrimonio y su continuidad en el tiempo a
través de adecuados medios sucesorios; el
impulso económico-material
determinaba las clases profesionales y la
institución gremial, permanente y autónoma;
el impulso defensivo engendraba la
institución militar, más vinculada por su
naturaleza al orden político, pero con una
existencia intangible y fuero propio; el
impulso intelectual, por fin, exigía la
agrupación universitaria, libre y dotada de
su propia personalidad y carácter.
Fácilmente
puede reconocerse aquí un eco de la
concepción política de Platón en su
República. Recordemos como derivaba el
filósofo griego las tres clases sociales
fundamentales- jefes, guerreros y
productores- de las facultades anímicas-
razón, ánimo y apetito-, con sus mismas tres
virtudes privativas. Esta concepción
platónica ha sido interpretada muchas veces
como la teoría del grande hombre, que
reasume al individuo y lo somete a una
especie de realización terrena de la Idea
Hombre, que sería el Estado; pero, en
realidad, no es sino una anticipación del
principio aristotélico de la sociabilidad
natural, que en ella se halla como
implicado; es decir, de la teoría según la
cual los impulsos sociales y la estructura
natural de la sociedad se hallan preformados
en la naturaleza del hombre, que pide una
espontánea realización en instituciones
adecuadas.
La teoría de
las tres clases de la República debe
interpretarse a partir de la idea de
justicia o vida recta y armónica, es
decir, como el ideal realizable o la
actualización plena de la potencia insita en
la naturaleza del hombre. Así aparece, no
como una estructura superior que se impone
al hombre concreto y lo subsume, sino como
desarrollo de las potencias de su
naturaleza. La Edad Media cristiana fue, por
su parte, un esfuerzo gigantesco por llevar
a la práctica el ideal aristocrático y
jerárquico- clasista- de la teoría
platónica. Las clases y las instituciones de
la sociedad estamentaria constituyen, cada
una por sí, una realización autónoma, con
unidad finalista, de una potencia o
necesidad de la naturaleza humana,
ordenándose todas en el cuerpo social
jerarquizado que representa la unidad
sustancial del hombre.
El segundo
grupo de instituciones históricas tiene un
carácter más fáctico o existencial que
específico o natural. Brota de la realidad
geográfica y de la realización histórica de
las sociedades humanas y determina la
institución municipal para el
gobierno de las agrupaciones ciudadanas o
rurales, y la regional, que
representa el derecho de toda más amplia
sociedad histórica a administrarse por sí
misma y a gobernarse por las propias leyes
que brotan de su personalidad.
Sobre estas
instituciones naturales y fácticas surge la
necesidad de unidad y dirección que exige el
poder rector del Estado.
“Toda
institución- dice Mella- se funda, cuando es
legítima, en una necesidad de la naturaleza
humana”. “Y el Estado tiene la facultad de
conocer a la persona colectiva, pero no el
derecho de crearla según la teoría de que
sólo el Estado existe por derecho propio y
las demás instituciones por su concesión y
tolerancia”.
A través de
esta concepción recibe su luz definitiva la
idea de institución que hemos
procurado perfilar con alusiones al
pensamiento de Hauriou y Renard. Señala M.
Faribault que institución procede de
in-statuere- establecer sobre-, y
statuere procede de status, que,
a su vez, entronca con verbo isteme,
mantenerse. Su sentido etimológico total
sería, así, lo que se establece y
mantiene sobre. Pero ¿sobre qué? A esto
respondería Mella: sobre esos impulsos
legítimos de la naturaleza, con los que el
espíritu humano formará, superponiéndose y
completándolos, una obra humano-natural
profundamente política. Institución
incluirá, así, una doble significación:
realidad establecida sobre algo natural
y permanente, lo que la distingue del
contrato y de cualquier género de convención
o de esquema ideológico, y realización u
obra del hombre, lo que la opone a la
concepción organicista o meramente
naturalista de la formación política. |