sábado, 03 de mayo de 2008

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

 Índice

 

 Círculos carlistas

 C. C Aparisi y Guijarro

 C. C. C. San Miguel

 C. C. La Lealtad

 

 Secretaría de prensa

 Comunicados

 Noticias

 Notas de prensa

 Especiales

 

 Opinión

 Política

 Bióetica y moral

 El rincón de Federico

 

 El carlismo

 Artículos de historia

 Pensamiento   tradicionalista

 Documentos históricos del carlismo

 Monografías

 Biografías

 Archivo histórico carlista

 

 Jóvens carlistes

 

 Crítica literaria

 

 Extras

 Himnos y canciones

 El carlismo en tu PC

 

 Prensa carlista

 Boletín Reino de Valencia

 Ahora Información

 

 Enlaces

 Comunión Tradicionalista Carlista

 Cruz de Borgoña

 

 Bazar carlista

 

 

 

 

 

 

Manuel José Anguita Pérez (a) Fray Rafael de Vélez p.p.

Vélez-Málaga, 15 de octubre de 1777-Herbón (Coruña), 3 de agosto de 1850

Preservativo contra la Irreligión, o los planes de la Filosofía contra la Religión y el Estado. 1812

 

Preservativo contra la Irreligión, o los planes de la Filosofía contra la Religión y el Estado, realizados por la Francia para subyugar la Europa, seguidos por Napoleón en la conquista de España, y dados a luz por algunos de nuestros sabios en perjuicio de nuestra patria.

por Fr. Rafael de Vélez, examinador sinodal del obispado de Sigüenza, y lector de sagrada teología en su convento de Padres Capuchinos de esta ciudad. Cádiz, Imprenta de la Junta de Provincia, 1812.

[en la edición de Madrid 1825:] por el Excelentísimo Señor Don Fray Rafael de Vélez, Arzobispo de Santiago, Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III, del orden de Capuchinos, &c. &c. En Madrid, en la Imprenta de Repullés, año de 1825.

 

 

 

Prólogo


Establecida la obligación que tiene todo hombre de defender su verdadera religión y su patria, se advierte el peligro en que se halla una y otra entre nosotros, por los papeles que circulan; y se concluye, que los magistrados y sabios deben trabajar, para impedir tan terribles males en su origen

 

Cuando la patria peligra todos sus hijos deben armarse para defenderla. La naturaleza, siempre próvida, ha impreso en nuestras almas unas ideas tan vivas como indelebles, que nos impelen hasta sacrificarnos gustosos por su amor. No es el fanatismo, no las preocupaciones de la infancia, ni menos la educación de nuestros padres y maestros, quien da al hombre valor extraordinario para repeler a un enemigo, que le quiere privar del suelo que le vio nacer.

Los derechos del hombre, unos mismos en todos los países de la tierra, e inmutables en la sucesión de los siglos, la sociedad en la que por naturaleza nace y vive hasta morir, y las leyes que de ella dimanan; todo cuanto le rodea y alcanza a ver con sus ojos apenas aparece en el gran mundo, con una voz muda, pero imperiosa y enérgica, le habla con claridad al corazón: «esta es tu patria... ella te ha dado el ser... debes amarla como a quien te ha engendrado en su seno... prefiere tu muerte a su esclavitud.»

Los que viven entre los hielos de la Laponia, y los moradores de la abrasada Libia; el que nació en medio de una corte de magnificencia y esplendor, como el que no ha visto más que las cabañas y las chozas, todos sienten una inclinación secreta hacia la cuna en que respiraron la vez primera, y todos perciben en el fondo de su alma las dulzuras de su amor.

De esta ley común, que se extiende a todo racional, parece deberán eximirse ciertos hombres, que por lo raro se han notado en casi todos los siglos, y que en el nuestro por su excesivo número se pueden ya calificar. Ellos mismos se atribuyen con Pitágoras el título de filósofos, por el amor que dicen tienen a las ciencias, o por sus deseos de hallar la verdad: se llaman espíritus fuertes; porque no se dejan llevar de las preocupaciones que degradan en su opinión a los demás hombres: se dicen liberales, porque con facilidad renuncian a sus opiniones antiguas, y siguen otras nuevas de mayor ilustración. Ellos se jactan de ser superiores a todos los de su especie; su patria es todo el mundo; sus compatricios todos los hombres, hasta los hotentotes y cafres; se apellidan y titulan verdaderos cosmopolitas.

En toda la Europa son conocidos con los nombres de iluminados, materialistas, ateos, incrédulos, libertinos, francmasones, impíos. Sus doctrinas contra los reyes, autoridades y religión acreditan estos títulos, y sus obras los manifiestan a lo menos como unos fanáticos, unos misántropos, enemigos de toda sociedad.

Mas imperioso es para todos los hombres el amor a la religión, y a mucho más se extiende que el cada uno siente hacia su propio país. Sus ideas están impresas en nuestras almas aun antes de nacer: conforme los sentidos se perfeccionan, se van desenrrollando y haciendo cada vez más sensibles sus dulzuras, y el grande ascendiente que siempre ejerce en nuestro corazón. Sin su influjo los pueblos se convertirían en grutas de fieras, y la reunión de los hombres no sería sino bandas de salvajes que se congregarían sólo para devorar.

La religión es el más fuerte vínculo de la sociedad; las leyes que de esta emanan, por aquella reciben su principal sanción. El trono se sostiene por su virtud; en la observancia de los preceptos religiosos está vinculada la garantía más segura de todo poder; y en sus promesas se fijan exclusivamente las dignas recompensas del ciudadano, los premios justos a su honradez, y todo cuanto le puede consolar en medio de los peligros que arrostra por conservar los intereses de su patria y de su religión, que son una misma cosa con los bienes de su particular propiedad.

Por una fatal desgracia... mejor diré, por la manía de innovarlo todo, se desentienden tan bien los sabios referidos de estos vínculos de la religión, con la facilidad que se eximen de los preceptos que les impone el amor de su patria. Unos bienes por aquel orden son para los filósofos de nuestro siglo delirios de una imaginación preocupada, vestigios de un cerebro agitado por el fanatismo, ideas quiméricas de Platón.

¿Será posible no hayan llegado a conocer estos sabios qué es religión? ¿Hablarán según los sentimientos de su corazón? No puede ser. Sus principios son patentes a todos los hombres, sus derechos nadie los ignora; ninguno puede dejar de sentir las impresiones de su luz. Los filósofos niegan la necesidad de su práctica para no verse comprometidos a la admisión de unas leyes que les precisan en toda secta a tributar algún culto; publican que todo culto exterior es idolátrico, superfluo e indigno de Dios, o para eludir la fuerza de la verdadera religión, que conocen ser la de Jesucristo y la que más tira a refrenar sus pasiones, sostienen con calor que en cualquier secta se puede servir a Dios... que la tolerancia universal de ritos y adoraciones es dictada por el Evangelio... que todo culto es grato al Ser supremo... que el musulmán y el judío, el cristiano y el gentil todos adoran la Divinidad, y en todos se complace su amor. Esto es igualar a Confucio con Moisés, a Foy con el Salvador, el Evangelio con el Alcorán, y el Catecismo de nuestra fe con el libro del Talmud. Los cristianos (dicen los filósofos con altivez), «son unos fanáticos; su religión ha puesto en guerra a todas las naciones; el Evangelio ha derramado más sangre que todas las sectas juntas; la Iglesia de Jesucristo se fundó por la ignorancia, y la sostiene la superstición.»

Luego la patria y la religión nada deben esperar de tales sabios. A su juicio los Camilos y Arístides, los Leonidas y Pausanias, los Escipiones y Aníbales degradaron la humanidad por el amor que cada uno profesó a su patria, y la sangre que derramaron por defenderla. Los mártires cristianos que murieron por su religión tocaron la raya del fanatismo religioso, y acabaron sus vidas llenos de furor... ¡Cuántos errores! ¡Qué delirios!

Españoles; el dulce amor de la patria por la que peleamos; las promesas halagüeñas de la religión que defendemos, sus suspiros y clamores, que va a hacer cinco años oímos con dolor, no hieren las fibras, ni se insinúan en los corazones de estos hombres que por otra parte predican dulzura, filantropía, beneficencia y amor. Si existen entre nosotros en la sangrienta lid que sostenemos, estando a los principios que han adoptado y siguen con tesón, de nada útil pueden servirnos, y sí debemos temer que cooperen con todas sus luces y armas a nuestra cautividad y exterminio.

La historia de un siglo los presenta a la faz de todo el mundo como reos de lesa majestad y nación. En Roma y Nápoles, en Francia y España fueron delatados a los gobiernos por autores de una rebelión general, que por necesidad debía anegar a toda la Europa en su misma sangre. Fleuri, Zeballos, Valsequio, Bergier, el clero de Francia, otros muchos sabios de la Europa, celosos de su patria y de su religión, descorrieron el velo de la novedad, ilustración, filosofía, reforma con que aparecieron disfrazados al principio, y los presentaron a toda la tierra como a unos Diágoras o unos Epicuros, unos Espinosas o Maquiavelos, enemigos de Dios, de los tronos, de la sociedad, de toda virtud, de toda religión.

La experiencia más dolorosa continuada ya por el espacio de veinte años ha comprobado a la Europa entera la verdad, y lo terrible de aquellos vaticinios, y ha hecho ver a todas las autoridades civiles y religiosas la obligación indispensable en que se hallan los pueblos y todos los hombres de reunirse para eludir con la verdad de la religión los sofismas de estos falsos filósofos, y al mismo tiempo de tomar las armas a fin de resistir con la fuerza a los ejércitos que su filosofía ha armado para destronar todos los reyes y destruir todos los altares.

Intentamos evitar a la España esta catástrofe universal en la guerra pasada con la Francia; una vergonzosa paz nos desarmó, y retiró a nuestras casas para consumar por la intriga lo que la fuerza de aquella nación no podía entonces hacer. Su filosofía y su política infernal se introdujeron en nuestra corte y palacio, en nuestras ciudades y provincias; y en el espacio de doce años pervirtieron algunos de nuestros españoles, y minaron el trono de nuestros monarcas; se atrevieron contra nuestra santa religión; y persuadidos que era ya la hora de realizar sus planes, han cautivado a nuestros reyes, saquean e incendian nuestros templos, persiguen a sus ministros, y se jactan de tener conquistada la nación.

Para cinco años va que batallamos en la lid más desigual; peleamos por nuestra patria, por nuestra religión, por nuestras vidas, por todo cuanto amamos. La religión nos colma de bendiciones; la patria nos llena de honor; la Europa admira nuestro heroísmo; la posteridad nos juzgará.

Pero no basta el valor solo de nuestros militares y los esfuerzos de la nación entera para resistir esta nueva guerra. Los principales triunfos de la Francia no se deben a sus espadas. La igualdad, la libertad, la irreligión, la inmoralidad, las pasiones que arrastran a los hombres, que ellos publican en sus escritos, y que autorizan con las obras, son las armas con que han vencido multitud de pueblos y naciones seducidas por sus ideas liberales de reforma e ilustración. A los sabios y ministros del santuario les compete descargar esta nube que todo lo asola, y hacer ver a los incautos que la libertad proclamada de la Francia es esclavitud; su igualdad la que hay en las mazmorras, y su felicidad y regeneración servir a un tirano, sacudido el yugo de la religión.

Nada pues importa hayamos hecho los mayores sacrificios por romper los grillos del tirano de la Europa, si admitimos sus ideas de ilustración y sus planes de reforma. Si algunos de aquellos a quienes hemos fiado el timón de esta gran nave agitada, están iniciados en los secretos diplomáticos de la Francia, es de temer conspiren con ellos para nuestro escollo y ruina. Si los ecónomos de la opinión nacional, nuestros publicistas y políticos no vierten en sus escritos más que ideas análogas a las de la Francia, el resultado de nuestra guerra será siempre a su favor. ¿Cuántas medidas se han adoptado, cuántas especies se han vertido que no parecen si no dictadas por nuestros mismos enemigos, para consumar por nosotros lo que no han podido sus armas?

España, celebrada en todos los siglos por su firme adhesión a sus leyes y costumbres, venerada de todos los cristianos por la pureza de su fe y catolicismo, y hecha admiración de toda la Europa en la formidable resistencia que hace por su libertad y religión, ahora ha principiado a sentir en medio de su mismo seno una revolución nueva de ideas, una guerra de opinión, una lid intestina más terrible que la de la Francia, a la que si no se resiste a los principios, sin duda se le deberá el triunfo del tirano sobre nuestra gran nación.

Las ideas liberales esparcidas nuevamente por nuestros escritos deben poner sin duda en combustión todos los ánimos. El pueblo que no distingue, aplaude gustoso las ideas que le halagan, y ciego sigue a los que le dicen son los restauradores de sus derechos. El abuso de la imprenta ha puesto en mano de nuestros españoles unas armas desconocidas de sus padres, que aunque se les dice son para su ilustración y defensa de sus derechos, no son en realidad sino (como la experiencia lo acredita en nuestra España y en toda la Europa) para que ellos mismos se den la muerte, dividiendo la opinión pública, debilitando su energía, y entibiando el entusiasmo religioso que los ha movido a la presente guerra, para defender nuestro monarca cautivo, y nuestra religión ultrajada.

En efecto; nuestros papeles públicos, nuestros políticos nada nos hablan ya de Fernando VII, no citan nuestra religión; por el contrario, sólo se les oye; somos libres..., la tiranía se acabó..., la religión necesita de reforma..., la Inquisición se debe abolir..., se habla a cara descubierta contra los ministros del santuario, se ataca a la religión, aunque se protesta se hace contra los abusos.

¿No son estas las máximas que publicaban los franceses antes de su anarquía? ¿Se convocaron sus estados generales más que para reformar la nación? ¿Y no ha venido a parar en la esclavitud más ignominiosa y en la pérdida total de su fe? Léase la historia de su revolución; compárense sus hechos con los escritos de Volter, Rousseau, Hobes, Montesquieu, D'Alambert y demás filósofos de la Francia sobre materias de religión y de política, y se manifestará hasta la evidencia, que aquellas ideas de reforma e ilustración se inspiraron por ellos mismos para tener al pueblo de su parte; que no se hizo más que realizar los planes de su abominable filosofía, que por unos medios tan fáciles, y tan necesarios muchas veces a los pueblos, trataba de destruir la religión de Jesucristo, y arruinar todos los tronos.

Los resultados fueron conformes a los proyectos de la filosofía. La Francia fue la primer víctima que se inmoló en sus aras; su triunfo lo fundó sobre las ruinas de esta inconstante nación; la Europa ha sufrido la misma suerte; la Francia esclava no podía quedar pacífica si no veía todas las naciones arrastrar sus cadenas; la mayor parte de la Europa está ya cautiva por su furor filosófico; la España va para cinco años pelea por su libertad; ¿quien triunfará?

Sin duda será víctima funesta de la Francia si sigue los caminos que ha abierto la filosofía de nuestro siglo, y que ha procurado enseñar a todas las naciones. En nosotros ha quedado la semilla de la corrupción sembrada por sus escritos en la península. Algunos de los nuestros tratan de cultivarla; ya han manifestado sus ideas a la nación en los papeles públicos; por este medio han descendido sus ideas al pueblo, que siempre ha sido sano. Temo que aun cuando arrojemos más allá de los Pirineos a nuestros opresores y tiranos, una revolución nueva nos divida; y entonces... ¡Oh, España!... ¡amada patria mía!... ¡religión adorable!... ¿serán mis temores infundados? Pluguiera al cielo... Pero el pueblo que hasta un año hace no conocía los títulos brillantes de libertad, igualdad y derechos del ciudadano; que estaba adherido perfectamente a su rey sin atreverse a juzgarlo aun cuando le viese nulo y criminal, porque creía que esto excedía a sus facultades; que veneraba su religión como la principal base de su felicidad individual y de toda la nación; que miraba a la Inquisición como el muro seguro y más firme baluarte del trono y del altar; que oyó siempre sumiso a los ministros del santuario como a enviados de Dios y depositarios únicos y fieles de su divina palabra; este pueblo tan adherido a sus opiniones ha oído unas voces del todo nuevas, y unas ideas que le seducen, aunque le halagan. Hablan de religión y de sus ministros, de sus rentas, de su número; critican la virtud, y zahieren la predicación; en materias de estado deciden con magisterio opiniones atrevidas. Si se les reprende este crimen, declaman con orgullo; se acabó el despotismo... los sacerdotes no componen la religión... necesitan de una reforma general... la religión no es una tela de araña, a quien no se puede hurgar sin romper... tiene abusos que se deben corregir...

¿No son estas las ideas que se imprimen en multitud de papeles que se hacen circular hasta las provincias más lejanas? ¿No es esto lo que se oye en muchos de los españoles? ¡Españoles! ¿Quién os ha seducido? Mirad que estáis al borde del precipicio en que se estrelló la Francia. No creedme a mi; oíd a un historiador que escribió sus primeros movimientos, y que al mismo tiempo asignó sus causas y sus principales agentes.

«¿Quién pudiera imaginar (dice este testigo ocular) que en una nación de las más ilustradas se pudiese ver un trastorno tan horrible? ¿Qué se hallasen en ella tantos individuos que a la voz de algunos incrédulos se precipitasen a tanto furor y a tal extremo de iniquidad?...»

«No era difícil conocer que la causa de todo esto era el funesto influjo de los modernos sofistas. Muchos años antes con la licencia de los escritos se había multiplicado el número de sus sectarios; sobre todo entre la gente de cierta clase que con más fortuna y otra educación querían vivir al gusto de sus pasiones, y aspiraban a distinguirse por opiniones atrevidas.»

«En la viveza de mi dolor yo acusaba al gobierno de haber dejado propagar esta secta impía y destructora; me quejaba del clero, que, o no conoció el peligro, o no supo a tiempo tomar medidas eficaces para precaverle; me consternaba al ver que la muchedumbre por ignorancia, y por no tener una idea viva y segura de la verdad de su religión, la dejaba envilecer.»

Así se explica un hombre, más amante primero de la filosofía que de la religión; un sabio antes incrédulo, impío, liberal, y después religioso y digno de imitación. Hagamos nosotros comparación entre París y Cádiz, Francia y España en las circunstancias que la describe este sabio, y que nosotros vemos en nuestra nación. El resultado será no haber entre nosotros tanto error e impiedad como en la Francia; pero no dejan de advertirse tan funestos síntomas en nuestros papeles públicos y sus autores; el número de los sofistas e incrédulos españoles no igualará con mucho al excesivo de la Francia; mas es una verdad indudable que entre nosotros no faltan.

Nuestro carácter, en nada parecido al de los franceses, no es veleidoso, amigo de la novedad; mas como a una continuada lectura de papeles gustosos por las sales de sus sátiras, agradables por su dulce estilo, buscados con ansia por las ideas brillantes de reforma e ilustración, que se procuran publicar con pomposos títulos y grandes carteles, y aun dar a precio ínfimo... a tantas pruebas no está hecha la constancia de la muchedumbre.

Luego nuestra patria y nuestra religión están en peligro, no tanto por la irrupción que han hecho en nuestras provincias los franceses, cuanto por la multitud de prosélitos que han ganado a su partido; de que son una prueba indudable tantos periodistas y papeles públicos, que se empeñan en ilustrarnos a la francesa, es decir, pervertirnos.

Para que la historia y la posteridad no diga de nosotros lo que de la Francia, ya que el gobierno no puede impedir tanto mal por las circunstancias críticas en que se halla, a los menos para que no se nos impute a los ministros del santuario que, o no conocimos el mal, o no supimos a tiempo precaverlo, descorramos el velo a tantos males, y quitemos la fatal venda que ha cubierto los ojos de algunos españoles; hagámosle ver...

I. Los planes de la filosofía contra la religión de Jesucristo y el estado...

II. Practicados por los filósofos franceses para destruir el trono de sus reyes y extinguir en sus dominios la fe del Crucificado...

III. Adoptados después por la Francia para acabar con todos los monarcas de la Europa, y abolir todas las instituciones cristianas...

IV. Realizados por Napoleón y sus agentes en nuestra España para nuestra cautividad y exterminio...

V. Resistidos constantemente por nuestra nación en la guerra cruel que sostenemos ya va para cinco años...

VI. Y últimamente admitidos en parte, publicados, aplaudidos por multitud de políticos y publicistas, que o por ignorancia o por malicia trabajan incesantemente por su admisión para nuestra ilustración, reforma, y regeneración política y religiosa.

Si demuestro (como intento) tan terribles verdades, daré a los españoles un preservativo contra la irreligión e incredulidad de nuestros días; contra el espíritu de reforma que anima a muchos, y contra las máximas que se difunden en perjuicio conocido de la religión y de la patria.

Así cooperaré del modo que me es posible en la lucha que nos hallamos a la defensa de nuestra adorada religión, de nuestra amada patria, y de nuestro rey cautivo, por lo que todos suspiramos.

 

 

Número I


Se manifiestan los planes de que se ha valido la falsa filosofía
desde el principio de la Iglesia para destruir al cristianismo,
y se declaran los progresos y triunfos de la religión contra la filosofía

 

Desde el principio de la Iglesia la falsa y soberbia filosofía se opuso a la verdadera religión del Crucificado. Acostumbrada desde el principio del mundo a ser las delicias de los reyes y de los sabios, y a imperar sola en los corazones y entendimiento de los hombres, no podía mirar sin celos que una ciencia nueva, pero más sublime por la superioridad de sus nociones, la privase del imperio que hasta allí en la mayor tranquilidad había disfrutado. Juzgaba todas las verdades conocibles y aun los mayores arcanos por el criterio único de una razón debilitada por la rebelión de las pasiones. Al oír unos misterios superiores a su capacidad no podía menos de trabajar por penetrarlos, y no hallándolos comprensibles a la luz natural, de que ella era únicamente árbitra, fue consiguiente tratase su impugnación con pruebas demostrables, si las hallase, o se valiese de sofismas para entretener a sus partidarios, mantener su ascendiente en los hombres, y hacer que no se le desertasen.

Esta política filosófica debió multiplicar sus recursos para sostener su influjo, en razón de los que la religión cristiana poseía, y de los que como divina usaba, para cautivar el mundo entero y aun la misma filosofía en obsequio de la moral y de la fe que ella predicaba. Los sabios de primer orden, los reyes de la tierra, la destrucción de la idolatría, el silencio de los Arúspices y de sus dioses, y la admiración de todos los hombres fueron los primeros triunfos de la religión del Crucificado. A los cuarenta y cuatro años se había abrazado su doctrina en multitud de provincias del orbe conocido, y a poco llegó su gloria hasta los habitantes de los polos.

La sañuda filosofía al ver unos progresos tan rápidos, armada de la brillante égida de la paz del imperio romano, que publicaba iba a turbarse, y de la espada de la religión gentílica, entonces dominante, que veía ya su exterminio, declaró la guerra más cruel al establecimiento de la religión de Jesucristo, y desafió en público combate a todos los que la sostuviesen. ¡Guerra terrible declarada en el primer siglo de la iglesia y sostenida con calor hasta en el diez y nueve que contamos!

Sostener la eternidad de la materia; negar la libertad humana unas veces, otras ensalzar la naturaleza, de suerte que nada le sea necesario; poner dos principios en todos los seres, uno bueno y otro malo; afirmar no haber premio para la virtud, castigo para el delito, ni vida eterna; negar la divinidad de Jesucristo, la necesidad de su fe y de su religión católica para salvarse; estas son las doctrinas que la filosofía enseñaba por sus maestros, en oposición a la moral y fe cristiana, que ha hecho revivir en casi todos los siglos, aun cuando se hayan refutado mil y mil veces por los cristianos, y que ha procurado confirmar predicando a los pueblos ser los cristianos enemigos de los estados, o armando los pueblos contra sus soberanos (si eran partidarios del cristianismo) por unos medios que siempre han halagado a las pasiones. A este fin publicaban ser todos los hombres iguales, libres; los reyes unos tiranos, su poder despótico, su autoridad usurpada, sus leyes arbitrarias. Ved aquí los planes trazados por la filosofía para arruinar de una vez todos los tronos, y con ellos la religión de Jesucristo, que siempre ha sido su mayor apoyo.

A tres pueden reducirse todos estos planes. 1º Negar la divinidad de nuestra religión. 2º Hacerla perjudicial a los pueblos, e igualmente odiar a sus ministros. 3º Viendo que ella es la más análoga y necesaria a los gobiernos, principalmente al monárquico, para llevar su empresa adelante... armar los pueblos contra los reyes, que por su conservación propia y de sus estados deben sostener la religión, y hacer que perezca el último rey del mundo con el último sacerdote de la religión cristiana.

Simón Mago, Carpócrates, Manes, Celso, Porfirio, Juliano y su mentor Laviano; los arrianos llamados aristotélicos; los gentiles y judíos; los académicos y luciferianos, estos fueron los que tomaron a su cargo sostener en su auge el imperio de la filosofía; los derechos de la razón que juzgaban vulnerada por la fe cristiana, y la libertad de las pasiones reprimidas por su moral. De estos filósofos traen su origen los herejes de todos los siglos, y de unos y de otros ha formado la filosofía moderna el código de sus leyes que publican sus partidarios, y el plan general exterminador de acabar de una vez con la religión cristiana y con los monarcas que la sostengan.

¡Qué débiles fueron sus recursos! ¡Qué inútiles sus esfuerzos! La verdad podrá oscurecerse algún tanto; pero al fin triunfará del error, dejándose ver más brillante. Los cristianos avisados desde el principio por el Apóstol de las gentes, prevenidos contra la filosofía sus discípulos y sus falacias, aun cuando se disfrazasen bajo el especioso velo de la prudencia humana; alarmados por San Judas contra cierta clase de hombres que en los tiempos posteriores aparecerían con los caracteres de impíos, soberbios, blasfemos, presumidos de sabios y enemigos de las potestades; sostuvieron firmes su fe, dieron razón de su doctrina, y rechazaron valerosos cuantos tiros les asestaron. El infierno vomitó monstruos, la filosofía armó sabios, es decir, los emperadores y reyes de la tierra armados de su poder y de los sofismas de los filósofos, coligados contra su rey supremo y contra su Cristo, pensaron en abolir los cultos, y desterrar de los pueblos la religión de un Dios humanado.

Amenazan destierros, intimidan con las cárceles, quieren aterrar a los cristianos con torturas, fieras, muertes... En vano se levanta el hombre, el polvo, la nada contra su Hacedor; un crepúsculo de su luz le postrará en tierra, y dejará de ser, o desistirá de la empresa a que se había arrojado temerario. Nada hace vacilar a los fieles; sufren gustosos la pérdida de sus familias, de sus intereses, de su patria, de cuanto les era más amable; alegres caminan al martirio, suben animosos a los cadalsos, bajan tranquilos a ser devorados en los anfiteatros; gozosos inclinan el cuello a la cruel espada, y una multitud (imposible de reducirse a guarismo) rubrica con su sangre la fe que recibieron en el bautismo santo.

No fue este el único testimonio que opusieron los cristianos a los ardides de la filosofía. Reputaron tan fatal ciencia por aquella de quien les decía San Pablo era propia únicamente del mundo y enemiga de Jesucristo; se abstuvieron por mucho tiempo de su estudio; pero los que de la misma filosofía se habían desertado (siendo algunos los más sobresalientes maestros en la célebre Atenas, y los mejores abogados de Roma), y suscrito a los principios de la sublime sabiduría del Crucificado por el convencimiento pleno de su razón, y por la gracia del Dios que los ilustraba, tomaron a su cargo (valiéndose de la misma filosofía) hacer la apología del cristianismo contra todos los que lo impugnaban. Estos sabios dirigieron sus escritos a los emperadores Marco Aurelio, Cómodo, Adriano, Antonino Pío, Severo, al Senado de Roma y sus prefectos en las provincias, demostrando cuan falsos eran los delitos que los filósofos imputaban a los cristianos, y cuan injustamente se les perseguía como a ilusos, revoltosos y enemigos de los emperadores.

Arístides, Taciano, Hermias, Melitón, Apolinar, Milciades, Minucio Félix, Arnobio, Cuadrato, Justino, Clemente de Alejandría, Atenágoras, Lactancio, Tertuliano, Epifanio, los Gerónimos, Agustinos y Ciprianos... otros muchos respondieron a cuantos filósofos escribieron contra nuestra santa fe; los desafiaron en sus escritos para públicos combates; y si admitieron algunos, o se retiraron cobardes de la línea de batalla con el silencio, o se entregaron rendidos abjurada la filosofía, poniendo a los pies del vencedor sus armas.

¿Cesarían los filósofos de oponerse al evangelio al ver eludidos sus planes?... Esta era mucha confusión para la filosofía, que jamás supo humillarse. A falta de razones que oponer al cristianismo, era indispensable escogitasen sus partidarios nuevos medios para reprimir una religión, «que siendo de ayer (como escribía Tertuliano al senado de Roma y emperador) había ya conquistado los campos, las villas, las ciudades, los palacios, dejando solos los ídolos y sus templos inhabitables».

Atribuir a los cristianos sediciones en los pueblos... hacerlos sospechosos a los soberanos... acusarlos de intolerantes, supersticiosos, fanáticos, perjudiciales a la sociedad... estos son los antiguos planes que ha trazado en todos tiempos la filosofía, la política, o la prudencia humana para destruir el cristianismo, aun cuando se hallaba en su infancia. No, no es nuevo a la filosofía cuando le falta la razón acudir a imputaciones falsas; este es su tribunal de apelación, su asilo acostumbrado.

La muerte del Salvador fue pena de tales causas atribuidas al más amante de los hombres, al que pagó fiel (sin estar obligado) el tributo al soberano. La de sus discípulos en el mayor número fue el resultado de acusaciones idénticas a las de su maestro. ¿Qué mucho que de tales principios se valgan todavía los filósofos de nuestro tiempo en odio a los cristianos?

Nerón dio principio a la primera de las persecuciones atribuyendo a los cristianos haber incendiado a Roma. Los severianos los acusan de haber sublevado los pueblos contra su emperador Anastasio... Sería demasiado molesto si fuera a referir cuantas sediciones imputan los filósofos a los cristianos. El impío Rousseau dijo en odio del cristianismo, «las convulsiones que antes y después de Constantino agitaron al imperio Romano, en la mayor parte fueron causadas por los cristianos, por su insubordinación a las leyes de los emperadores, y por su intolerancia e insociabilidad con los demás vasallos del imperio; todas las persecuciones que padecieron por los que ellos llaman tiranos, fueron castigos justos de su rebeldía contra sus legítimos soberanos».

En los siglos posteriores no ha merecido la religión cristiana mejor crédito de los falsos filósofos, que en todos tiempos han abundado. Las guerras intestinas de la Alemania en tiempo de Carlos V, las de Francia en el reinado de Catalina de Medicis, haber tumultuado los pueblos, rebelándolos contra sus reyes, de incendios, desolaciones, de ríos de sangre derramada, de los crímenes más atroces hacen autora a aquella religión divina, dulce, amable, que (según Montesquieu y Rousseau) «quitó la fiereza de los hombres, puso fin a sus crueles guerras, haciéndoles más tratables».

Ábranse las historias, consúltense en sana crítica por imparciales, y se demostrará hasta la evidencia, que los cómplices y reos de tantos males en todos tiempos y naciones no han sido sino los enemigos de la religión católica, los que guiados de su soberbia filosofía han pretendido sacudir el yugo de la religión y del soberano, tomando por pretexto la defensa. La religión ha cubierto siempre sus ojos para no ver tantos excesos; sus lágrimas corren perennemente por sus mejillas; cuando se excitan tales convulsiones, la religión es la que está más expuesta, y la que siempre padece más en sus progresos.

Aun cuando los verdaderos fieles han sido los perseguidos en todos tiempos, no cesaron jamás de pedir al cielo por sus mismos tiranos. Esta es una máxima peculiar sólo característica del cristiano. Jesucristo la dejó escrita en su evangelio, y la observó pendiente de la cruz sobre el calvario. Sus discípulos enseñaron a los primeros fieles a que tuviesen paz con todos los hombres, rogasen a Dios por los emperadores aunque entonces eran sus perseguidores; por los príncipes aunque fuesen díscolos; decían públicamente, que su potestad no era sino de Dios; que debían ser obedecidos por conciencia.

Así lo practicaron en todos los siglos. Plinio da testimonio de la obediencia de los cristianos a las leyes del emperador, escribiendo a Trajano. En la sucesión de los tiempos su doctrina ha sido conforme a la de su maestro y primeros discípulos; en todos los países han sido sumisos a las potestades. El concilio de Constanza prohibió maquinar la muerte de los príncipes aun cuando fuesen tiranos. Nuestros teólogos y moralistas en ninguno de los casos aprueban el regicidio... Concluyamos; la religión cristiana ha sido siempre el amparo de los reyes, el baluarte de los tronos, la seguridad de los estados. Rousseau, Montesquieu, Mirabeau, Bonaparte no han dejado de conocer verdades tan evidentes. El último, careciendo de toda religión, sólo por sus intereses personales ha declarado la religión católica la dominante en Francia. Pensaba cuando general destruirla; insistía en el mismo proyecto siendo cónsul; hecho emperador se ha servido de ella para afianzar su trono vacilante; cuando no tenga que temer consumará sus planes.

Sostenida la religión católica por las potestades de la tierra que la filosofía conjuró al principio para impedir sus progresos; siendo una verdad demostrable por la historia de diez y ocho siglos, y por la experiencia de todas las naciones, que ella es la que mantiene la paz de los estados, ¿de qué nuevos arbitrios podrían valerse sus enemigos para llevar su empresa adelante? Frustrados sus primitivos planes por los mismos reyes a quienes a este fin halagaban, no les resta otro medio que declararles la guerra, y hacerlos también víctimas de sus funestas máximas. Este ha sido el último de sus horrorosos proyectos. Para su ejecución se ha quitado la filosofía su antiguo disfraz de razón y de política; ha rasgado el velo especioso de paz y moderación con que se introdujo en los imperios; y se ha presentado en la arena armada únicamente de su orgullo, para pelear sola con todos los reyes, con todas sus autoridades, con la religión de Jesucristo, con sus ministros, y con todos los cristianos.

Igualdad, libertad, ilustración, reforma; mueran los tiranos; acábese la superstición del cristianismo, y el influjo de sus sacerdotes en los pueblos; estas son las voces favoritas con que ha alarmado toda la Europa, y va a hacer tres siglos que la está devastando. En las ciudades ha excitado tumultos; en los reinos ha rebelado los vasallos contra sus legítimos soberanos; ha dividido los intereses de la religión y del estado; los ha predicado opuestos; ha inspirado la anarquía civil y eclesiástica, igualando al monarca con el súbdito, el sacerdote al obispo, y a este con el papa; ha dado en fin libertad a cada pueblo para destronar su rey, y elegir cada uno la religión que más le plazca.

Los Husitas, Wiclefitas y Socinianos, Pomponacio, Espinosa, Beza, Lutero, Calvino, Muncero... una multitud de hombres en todo iguales a estos herejes fueron los predicantes de unos errores tan perjudiciales a la Iglesia y a los monarcas.

«Nuestros soberanos (decía Lutero) son peores que el turco; no tenemos necesidad de salir de nuestros pueblos a declararles la guerra; peleemos contra estos; son unos verdugos, unos carniceros. Somos reos del evangelio oprimido (clamaba Zwinglio) si sufrimos a sus opresores, sea el imperio romano u otro cualquiera de la tierra. Los pueblos deben matar sus reyes si degeneran en tiranos, enseñaba Wiclef.» Todos los reyes son unos tiranos, sostienen los filósofos que después han imitado aquellos monstruos. Tirano y rey son sinónimos en su diccionario. Escribieron a este intento obras bastantemente abultadas. Calvino en la portada de sus Instituciones cristianas puso por emblema una espada de fuego y Non veni pacem mittere, sed gladium. Sus discípulos y demás herejes hicieron correr arroyos de sangre humana. Anduvieron provincias y naciones, esparcieron sus doctrinas, atrajeron prosélitos a la reforma que tanto decantaban, y consiguieron cubrir la Europa de cadáveres.

Inglaterra pierde su tranquilidad por haber abrazado las nuevas ideas que antes detestaba. Pueblos se arman contra pueblos; arden las sediciones en los diversos condados; la sangre de sus habitantes comienza a derramarse en abundancia; el país que antes era la morada de los santos, se convirtió desde entonces en universidad y corte de incrédulos.

Alemania toda se pone en combustión; sus electores unos se declaran por la nueva doctrina, otros firmes en la fe que habían recibido de sus padres, se ven en la precisión de armarse para repeler con la fuerza la violencia que se les hacía para entrar en liga contra el emperador e iglesia romana. La Holanda, la Dinamarca, la Polonia fueron envueltas por el torrente que desolaba la Alemania; hasta la Suecia, que parecía por su localidad ser excéntrica al torbellino, se vio también envuelta e imperiosamente arrastrada.

Roto el lazo que unía al pueblo con su soberano; desquiciada de su centro la clave del edificio político; atacada la religión por los reyes y sus pueblos, era indispensable que la gran fábrica del estado se desplomase envolviendo entre sus ruinas los monarcas y los vasallos. Esta es una ley general de que dan testimonios las naciones todas del mundo, y que debe estremecer a cuantos pretendan reformas en la religión.

Carlos I de Inglaterra es juzgado por sus mismos súbditos, sentenciado y muerto en un cadalso... Carlos II, perseguido de sus pueblos, por no ver reiterada en su persona la catástrofe de su padre, tiene que separarse de su reino, y acogerse fugitivo a un extraño. Jacobo II sufre la misma suerte; es abandonado de sus pueblos, perseguido hasta que se retira a Francia. El Duque de Guisa y el Cardenal su hermano son privados de la vida por los reformadores. Henrique III y IV mueren en la Francia a manos de los asesinos. Francisco I y II, Henrique II, Carlos IX... Los reyes todos de la Francia desde el siglo XVI (en el que principiaron las reformas) apenas han gozado en paz de sus dominios.

En esta nación se fijó desde entonces el centro de las revoluciones religiosas, que por necesidad han traído las civiles y políticas. En Ginebra se erigió el trono de la filosofía bajo el aspecto de reforma por Grueto y otros llamados libertinos, que abiertamente predicaban «no ser divina la religión cristiana». Desde allí se propagó su doctrina infernal a las provincias limítrofes, hasta que trasladó a París su corte.

El calvinismo, que no es otra cosa más (según D'Alembert, juez nada sospechoso) «que el deísmo o filosofía mal explicada», entronizada en la capital de una nación antes cristianísima, principió desde esta época a arrasar los campos, quemar villas, destruir ciudades; profanó altares y templos; echó por tierra los monasterios, degolló sacerdotes y vírgenes; arrojó al fuego los santos, las imágenes, a su Dios sacramentado...

La religión católica para mitigar tantos estragos tuvo que ceder a ejércitos formidables, que sabían ganar batallas y degollar al mismo tiempo hasta los niños que mamaban. ¡Tal es la humanidad que tanto cacarean los reformadores! La filosofía calviniana prometió mantenerse en sus trincheras, y no renovar el combate; engañó a los católicos; fue nada más que para reponerse, y después acometer con mayores ventajas.

En efecto, escribió libros, propagó sus doctrinas falsas, reunió partidarios, formó ejércitos, que bajo el nombre de reformadores y de filósofos se introdujeron en los gobiernos, en las universidades y en los palacios para minar a su salvo los tronos, pervertir la moral cristiana, hacer desaparecer los cultos de la verdadera religión, combatir todas sus instituciones, y acabar con las autoridades, ya civiles ya religiosas.

Un ruido sordo, pero espantoso, terrible, semejante al que precede a las erupciones de los volcanes, se percibía distantemente desde principios del siglo XVIII en las ciudades de primer orden, como en las aldeas más reducidas, por los paseos, por las tertulias, por los teatros de toda Francia. La filosofía tenía ya todas sus medidas tomadas; por momentos se acercaba el día de su triunfo; reyes, duques, obispos, sabios; personas de la más alta jerarquía se habían alistado en sus banderas. Los papeles públicos eran como las lavas abrasadas vomitadas por el Etna o Vesubio, que todo lo envolvían en sus corrientes, todo lo arrasaban.

 

 

Número II


Los filósofos de Francia en el siglo XVIII insistiendo en los principios de los herejes y de su filosofía, renuevan los planes antiguos contra la religión y el estado, triunfan de uno y otro desmoralizando la Francia, decapitando su rey, y divinizando la razón o filosofía, a quien consagran templos, y siguen

 

Baile, Montesquieu, Punfendor, Diderot y Helvecio, insistiendo en los proyectos de los herejes del siglo XVI, emprendieron la obra de regenerar a la Europa, destruir la religión y las monarquías, adoptando los antiguos planes de la filosofía contra la iglesia y contra el estado. Federico de Prusia, D'Alambert, Volter, Rousseau, y los discípulos de estos concurrieron a la empresa. El curso de los años y la comunicación de sus ideas por la prensa atrajeron multitud de prosélitos, que muertos los primeros, siguiendo sus principios, llevaron hasta su complemento la revolución premeditada. A este fin publicaron escritos en que se manifestaban sus planes, vulgarizando sus ideas y haciéndolas de moda en los pequeños y en los grandes.

El carácter veleidoso de los franceses, su amor a la novedad, que siempre los ha distinguido de las demás naciones, el estilo dulce y amenizado con que se escribían tales papeles, sus adornos de viñetas y estampas obscenas o amatorias; los proyectos lisonjeros de felicidad, reforma e ilustración publicados por sus periodistas en las capitales, retardados los escritos para que los deseasen con más ansia, en el ínterin que sus panegiristas prodigaban elogios a los autores y a las obras, la corrupción general del gobierno que no atajaba tantos males, aun cuando veían la religión abatida, perseguida, escondida únicamente en los rincones de los templos y de los claustros, y aun cuando se representó por el clero en los años de setenta el trastorno general que ya lloraban... por unos medios de este orden logró la filosofía establecer en un reino ilustrado y cristiano al ateísmo y al deísmo, a los materialistas e incrédulos, a los impíos y filósofos, a una caterva de hombres sin piedad, sin religión, sin patria, sin temor a Dios ni a los hombres, que no ya en lo oculto o en los escritorios de sus casas, sino enmedio de los pueblos, en las aldeas y en las ciudades, en las casas y en los teatros se presentaban públicamente a mofar la religión y sus ministros, e insultar erguida su frente los magistrados, publicando odio a sus reyes y a sus autoridades.

La Enciclopedia compuesta por los principales filósofos de la Francia, el gran Diccionario de Baile, el Espíritu de las leyes publicado por Montesquieu, el Pacto social dado a luz por Rousseau, el Tratado de la razón humana, el Examen de la religión, la Princesa de Malabar, el Cristianismo descubierto, el Examen crítico de los apologistas de la religión cristiana, el Sistema de la naturaleza, el Hombre máquina, las obras de Volter..., un enjambre de libros envenenados, que servían de catecismo a los que se preciaban de sabios, que todos leían por ser moda, y no caer en la nota de ignorantes, era la general sentina de los mayores vicios contra la moral de la religión, un copioso índice de argumentos y sofismas contra nuestra fe, y los conductores de un fuego que por la libertad de la imprenta corría de uno a otro extremo de la Francia, alarmando los habitantes contra sus soberanos, contra la religión y los ministros del santuario.

La religión cristiana que contaba de duración diez y ocho siglos, llevándose la atención del universo desde su misma cuna, y siendo en todos tiempos la admiración de los mayores sabios, fue llamada a juicio en tales obras por autores filósofos. Desenvolvieron sus cimientos, sus pruebas las analizaron, examinaron sus progresos, citaron a su autor, a sus apóstoles, a todos los cristianos y a sus apologistas; y al ver en su majestuoso cuadro algunas leves sombras (o defectos en sus hijos, que ellos siempre han ponderado), fallaron atrevidos su condena, su destrucción, su total exterminio.

Si ponen la vista en el Dios de los cristianos, resuelven con blasfemia «ser un Dios feroz y caprichudo, a quien es imposible amar». Si registran la historia del evangelio, deciden con magisterio; «que había costado al género humano más sangre que todas las otras religiones del mundo colectivamente tomadas.» Si atienden a sus dogmas, les parece son «doctrina de una cabeza mareada, o de un cerebro agitado». Si su moral «igual o inferior a la de Sócrates y Pitágoras», y si sus milagros, nada superiores a los de Apuleyo, Apolonio y Vespasiano. Las austeridades y virtudes de los primitivos fieles las aprecian como las que practican los indios, los bonzos y brakmanes. «El espíritu de ilusión, dicen sacrílegos, puede obrar todo lo que el Espíritu Santo.» «Los cristianos se ocupan en atormentar, en perseguir, en destruir a su prójimo y a sus hermanos.» ¿Puede decirse más contra el cristianismo?...

Cuantos crímenes se han practicado desde la institución del cristianismo en los pueblos que le abrazaron; mas, todas las guerras que suscitó el imperio romano por extender sus dominios; hasta las mismas crueldades cometidas por sus prefectos en las diversas provincias contra los cristianos; «estos son (declaman) los frutos de la encarnación del hijo de Dios.» ¡Qué blasfemias! El resultado de estas acusaciones sacrílegas (que horrorizan al fiel) y de tales juicios diariamente repetidos de sobremesa en los cafés y en los teatros, en los juegos de pelota y en los billares fue (con escándalo de toda la Europa) decretar la abolición de la religión cristiana, como «fundada por el fanatismo, sostenida por la hipocresía, y perjudicial a la agricultura, al comercio y a las artes».

Un momento de reflexión basta para conocer que no se trataba ya como en los siglos anteriores de acometer por esta o aquélla parte a la religión, negando un artículo de nuestra fe, u oponiéndose a un punto de disciplina. La filosofía, que después de la paz de Constantino se ocultó hipócrita con el velo de la herejía, frustrados sus ataques parciales, trató soberbia quitarse el disfraz que la envilecía, y restituida a su ferocidad primitiva, atacar la religión en todos sus puntos. Prolongó a este intento la línea de combate desde el Dios de los cristianos hasta el ministro de sus cultos. Acometió al obispo que cuidaba de su grey, y al monje que se hallaba en su retiro. Al papa lo reputó por un ídolo apolillado que por sí mismo se arruinaría, y a la iglesia por una junta de fanáticos que al instante desaparecería. Proscribió los actos públicos de religión y las instituciones religiosas, que eran como las obras exteriores y primeros muros que defendían el majestuoso alcázar de la iglesia católica; la impiedad filosófica destruyó cuanto decía piedad.

Se degradó al clero para con el pueblo, llamándolo en papeles públicos de un modo denigrativo los birretes, capigorrones de cuello angosto, mezquinos tercerones de parroquia. En varios romances y folletos escritos al estilo del vulgo, se ponderaban sus rentas como destructoras del estado; se les decía ser unos aristócratas, enemigos de los pueblos; que se oponían a la reforma por no perder sus comodidades. De París, donde se imprimían todos los días veinte de estos papeles envenenados (épocas hubo de treinta) salían para todas las provincias, llevando por todas partes el odio el estado eclesiástico.

Los regulares, aunque retirados del mundo, no tuvieron mejor suerte. Se les ponía de hipócritas, ociosos, inútiles al estado, perjudiciales a los pueblos; y «que aunque se apellidaban santos, sus claustros eran la mansión horrorosa de los vicios». El general Brune principió su carrera tomando a su cargo alarmar los pueblos contra los supersticiosos y fanáticos. Marat le puso una imprenta, y Brune se hizo editor de un diario para perseguir con sus libelos a los clérigos y frailes.

La libertad de la prensa ponía en manos de todos unos escritos que tanto difamaban al clero de una y otra jerarquía, sin perdonar ni a la virgen, que compungida en su claustro, rogaba a Dios por aquellos que la perseguían. Pasó a más su odio; vistieron a mujeres prostitutas con los hábitos de varios institutos, las hicieron ir por las calles, a los paseos, a los teatros, para manifestar que hasta las monjas abrazaban su partido.

En los cristales de las tiendas, en libros manuales, en los almacenes públicos de modas, en los relojes y abanicos se vendían y se mostraban públicamente las pinturas más obscenas de monjes indecentes, de clérigos avaros, de regulares profanos, de vírgenes consagradas a Dios entregadas al libertinaje, al meretricio... corramos un espeso velo sobre esta parte de la historia de nuestros días, que horrorizará a los siglos posteriores, del modo que ha horrorizado al nuestro. ¡Tales son los ardides de los filósofos! ¡Tan funestas las ideas de reforma e ilustración! Por ellas pervirtieron al pueblo, y separaron del amor a su religión y sus ministros a la mayor parte de aquellas gentes, que si está más unida a fe por su piedad, también está más expuesta a dejarse seducir por falta de cautela, y a perder la religión por su ignorancia.

Por unos medios tan viles, tan ridículos, tan opuestos a la misma razón, desacreditó la filosofía a la religión y sus ministros. Los partidarios de esta secta impía lograron desmoralizar por sus ejemplos a quienes no habían seducido sus escritos. La Francia estaba preparada para descatolizarse a la primera voz de un edicto sin repugnarlo, y acaso sin sentirlo. No es hipérbole. La historia confirma mi expresión. Nosotros nos hemos cerciorado con una experiencia dolorosa de la religión que al año había en Francia, y de la que después ha quedado. Se arrancó de aquel suelo estéril y lleno de malezas el árbol de la fe; se trasladó el reino de Dios a otros dominios. Teman las naciones católicas. Estén sobre aviso sus magistrados.

Las autoridades no podían ya contener tanto mal. Unas ganadas por las intrigas y promesas de los filósofos, se hicieron agentes y promovedoras de sus cábalas, otras en muy inferior número no opusieron a tiempo unas barreras fuertes al torrente general e impetuoso que todo lo destruía. El rey padecía los mismos insultos que la religión y el clero. La corona apenas la ciñeron sus sienes, principió a amenazar su caída; jamás se fijó en su cabeza. El trono a que subió aclamado, siempre estuvo vacilante; a poco lo sintió minado; él mismo lo vio destruido. Repetidas veces se oían en los papeles públicos los sarcasmos más injuriosos e indecentes, dirigidos contra María Antonieta la reina, contra la persona misma del rey, y de los ministros.

Los filósofos de la Francia, imitando en un todo a los Stolkos y Anabatistas, a Calvino, Muncero y Luteranos clamaban en sus escritos... «Los reyes son unos seres infernales.» «Sus derechos han sido introducidos a la fuerza, son nulos.» «Los caprichos de los tiranos han sido el principio de sus leyes.» «Desde que el príncipe se atreve a ser infiel a las leyes, no les está más tiempo sujeta la nación; más bien debe llamarse el príncipe rebelde a los súbditos, que estos al príncipe. Un hombre cualquiera que agrade al pueblo poner sobre el trono, gozará de él con más justo título, que estos que ahora le ocupan por derecho de nacimiento. La Metrie se quejaba en sus escritos «no hubiese un hombre fuerte que de un golpe solo librase a la patria de semejantes soberanos.» Exhortaba a todos al regicidio. Igual empresa habían tomado antes los Erasmos y Lucianos, y una multitud casi infinita de sus discípulos.

¿Qué impresión harían en las clases todas del pueblo tales obras, parto de los sabios que la Francia en general aplaudía? El pueblo, pronto siempre a sacudir el yugo de quien le domina, si se pone a su frente quien lo alarme y lo guíe; el ciudadano gravado de pechos y contribuciones que siempre juzga excesivas, no podía por menos de buscar semejantes escritos, leerlos con ansia, aprobarlos con entusiasmo, y públicamente aplaudirlos. ¡Así bebieron los franceses incautos las ideas más subversivas, y tragaron el opio mortal que la cruel filosofía les preparó muy de antemano para su esclavitud, su exterminio, su total ruina!

Además de tantos publicistas que diariamente salían en sus escritos, ponderando las vejaciones del pueblo, para atraerlos al partido de la revolución, y alarmarlos contra las autoridades, en los teatros se publicaban y se repetían con frecuencia y con lástima (en piezas análogas al intento) las opresiones del pueblo, la apatía de los magistrados, la indolencia de los ministros, y la insensibilidad del rey a los clamores que le dirigían los que debían ser preferidos a sus hijos. Se ponderaban como inmensos los gastos de la corona; y como al mismo tiempo los ministros aumentaban los empréstitos para exasperar los pueblos, su inversión la atribuían al lujo y majestad superflua del rey, reina, su familia y sus ministros; los hacían odiosos, y preparaban los ánimos para el regicidio.

Los filósofos que sabían por principios los resortes de las pasiones del corazón, y que el carácter francés es como un fósforo inflamable al soplo más mínimo, hacían representar tragedias que gustasen a todos los concurrentes al teatro, y atizasen el fuego de la rebelión. Elevaban hasta el heroísmo al pérfido Cromvel por haber muerto a su Rey; se honraba a los asesinos de Tarquino; se tributaban honores, consagrando un sacrílego apoteosis a Bruto por haber privado a su patria de su primer César.

«¡O cuán bello es! (se clamaba sobre las tablas con Volter). ¡O cuán bello es, amigos míos, perecer en designios tan grandes y ver correr su sangre con la de los tiranos!... labemos (decía con ojos centelleantes) labemos el oprobio de la tierra por la muerte de los tiranos. Nosotros detestamos a César... venguemos la patria... la vengaremos todos. Muramos todos, bravos amigos, supuesto que César muera. Hagamos aún más; conjurémosnos a exterminar todos aquellos que así como el César pretenden gobernar.»

París era el inflamado foco de donde se despedían a la circunferencia de las provincias rayos abrasados; era la nube cargada de gases inflamables, que puesta en contacto con la atmósfera de toda la Francia la hacía participar de sus fuegos, y amenazaba a toda la Europa con las señales más infalibles una general devastación. Los relámpagos, estallidos, rayos, se multiplicaban por los horizontes; la tormenta más horrible que jamás hasta allí había afligido a las naciones, se principiaba a sentir. El fuego de la insurrección se veía correr todas las provincias desde el septentrión al mediodía, y desde oriente a occidente, como las exhalaciones en una noche oscura. Un furor revolucionario se apoderó de todos los cerebros; la gran fábrica del estado se bamboleaba sin cesar; la religión amenazaba ruina; todo indicaba una catástrofe universal.

La religión llegó a callar porque en medio de las olas enfurecidas que agitaban a la Francia, su dulce voz no se percibía. No se imprimían las declamaciones de los sacerdotes, las cartas de los curas, ni las pastorales de los obispos contra tantos publicistas, políticos y filósofos que hervían en las capitales, aun cuando se imprimiesen; sus exhortos no se leían por estos, sino para criticarlos como faltos de gusto y de estilo; se avergonzaban comprarlos aquellos que presumían de sabios, porque no los tuviesen por rutineros, sin ilustración, y apegados a sus ideas antiguas. Algunos de sus ministros, por semejantes temores, cayeron (en corto número) en los lazos que la moderna filosofía les preparó, unida con la teología de Jansenio. El gran proyecto consistía en dividir a los presbíteros de los párrocos; segregar a estos de los obispos; a los obispos de menos rentas oponerlos a los que las disfrutaban más pingües; y a estos y aquellos hacerlos iguales como el sumo Pontífice. Así se preparaba el cisma de la iglesia Galicana, al mismo tiempo que se tramaba su revolución política.

Llegó en efecto a cumplirse el tiempo de realizar los filósofos de la Francia todos sus planes. Esta potencia era la primera adoradora de la filosofía; debía, pues, ser su primera esclava y su primera víctima. El 5 de Junio del año de 89 se convocan en Versalles los estados generales del reino. El ministro de estado Neker, el corregidor de París Bailly, hombres conocidos por impíos en toda la nación; los abogados Camus, Martineu y Trayllart, teólogos por interés, y herejes por presunción; los filósofos Mirabeau, el espurio L'Ametrie y Hobes; los ateístas Seruty, Condorcet y Dupont... una multitud de sofistas, incrédulos, calvinistas, defendidos de otra caterva mayor de asesinos, vagamundos e infames extraídos de los presidios y cárceles para formar las escoltas de aquellos, fueron los corifeos de la revolución, los que se llamaron asamblea nacional, y los únicos que reformaron la nación.

Neker, que aspiraba a ser el árbitro único de los estados, siéndolo de los comunes, por ser su número el duplo de la nobleza y clero separados, logró por sus emisarios e intrigas en los pueblos, que recayese la elección de diputados en «individuos de la secta filosófica, o en hombres ineptos por sí mismos, y acomodados a dejarse llevar de los sediciosos.» Aun cuando ninguno de los otros órdenes aprobase las solicitudes del estado llano, ellos bastaban por sí para empatar todas las votaciones, y eludir los recursos que las otras clases quisiesen adoptar. Las tramas urdidas por los agentes del ministro entre los obispos, curas y sacerdotes, disminuyeron el número de obispos representantes, y aumentaron el de los párrocos y presbíteros, cuyos sufragios estarían siempre por el estado llano, al que por la sangre eran más unidos. La docilidad de estos, su falta de malicia en asuntos de cábalas e intrigas los hizo subscribirse en la primera junta por lo que se decía pueblo.

El estado noble perdió muchos de sus representantes a solicitud de Mirabeau, que era uno de sus principales miembros. En la primera sesión debió ya publicarse el triunfo de la filosofía. Todo estaba ganado por los filósofos, para el clero y nobleza todo estaba perdido. El estado llano reunía la mayoría de los votos; por precisión cuantos planes se votasen para la reforma y regeneración que se prometían, debían salir de su partido. Se manifestó entonces el dolo, se conoció el peligro, se vieron al frente de los estados filósofos los más impíos, que reasumían la representación nacional como diputados por los pueblos. Se reclamaron los órdenes, fueron inútiles todas las protestas; al fin, se firmó la confusión, y la oposición de los ministros de la religión y nobles no sirvió ya sino disminuir su partido, hacerlos odiosos a los pueblos, probándoles con sus declamaciones la aristocracia que falsamente se les había de intento atribuido.

El Rey rodeado de bayonetas, intimidado por los jefes de la revolución, avisado ser aquella la voluntad del pueblo, y amenazado con que a toda fuerza se cumpliría, se vio en la necesidad de firmar un edicto que declaraba la reunión. Desde este día dejó ya de ser Luis XVI el sucesor de los Clodoveos, Carlos Magno y Luises; rompió él mismo con su decreto el centro de su imperio; dejó caer la corona de sus sienes, abrió el hoyo para poner su cadalso, subió el primer escalón de su suplicio, dio toda su autoridad al pueblo que jamás usó de ella en justicia. El poder siempre fue en manos del pueblo la espada con que él mismo se ha dividido, el germen de revoluciones, estragos, muertes, guerras intestinas. Hablen todas las naciones; sirvan de testigos Grecia y Roma; dígalo la Francia misma. Abrió juicio, quitó la vida en un patíbulo al Rey que apellidó amable cuando lo subió el trono... Luis XVI ya no existe... ¡Triunfó la filosofía!...

No era el verdadero pueblo contrario al Rey, ni a la religión; sólo clamaba contra los abusos. Los filósofos que habían usurpado su representación eran los únicos enemigos capitales de los monarcas, de la Iglesia cristiana y de sus ministros. Ellos eran los que usaban de las voces pueblo, nación, reforma, para destruir con semejante pretexto el altar y el trono, llenar todos sus planes sustituyendo en lugar de la fe de Jesucristo, y del poder de sus soberanos, el imperio y el despotismo de la irreligión y de la falsa filosofía.

Al instante se decretan leyes contrarias a la inmunidad de la iglesia y de sus ministros. Se le había exigido al clero treinta millones, después cuatrocientos; a todo se prestó a fin de no dar pábulo a la rebelión. Por último, se publican redimidos los diezmos, y las rentas de las iglesias todas se dan por concluidas. ¡Ya están cumplidos los deseos de Volter, de Federico el grande y de todos sus amigos! ¡Los ministros del santuario se ven asalariados como los soldados en la milicia! Una pensión reducida, que apenas basta para no morir de necesidad, es la que únicamente se les asigna, y lo que jamás cobraron sin descuentos, sin dicterios, sin injurias. Se declaran por nulos todos los votos monásticos, y se publica podían ya pasar al matrimonio todos sus individuos. Esto era (según la doctrina de Rousseau) restituirlos al ser de hombres, que por los votos habían perdido. Se derogan las cesiones de los reyes de Francia a favor del Vicario de Jesucristo; el sucesor de S. Pedro (dicen los filósofos políticos) debe carecer de todas las temporalidades. Finalmente, se accede por los comunes al parecer de Mirabeau de descatolizar la Francia, para que se efectúe la revolución completa.

Los sacerdotes que se oponen a los progresos de la impiedad, todos se proscriben. A los prefectos de los departamentos se les intima obren en todo rigor contra los ministros de la iglesia, y que no duden ser en todo sostenidos. A miles se sacrifican inocentes víctimas únicamente por calumnias. No era necesario más que ser fraile o clérigo para ser conducido al suplicio. Iglesias, altares, santos, sagrarios, Dios en el adorable Sacramento... a todo se acomete, todo se profana. Las iglesias se mudan en teatros, en cuadras, en cuarteles; las imágenes se mutilan, las aras se destruyen, los sagrarios se cierran, y sellan con una mano sacrílega, para que ningún sacerdote, ningún fiel, aun moribundo, tenga el consuelo de recibirle antes de espirar.

¡Ni en los primitivos siglos se cometieron por la filosofía tantos crímenes contra la religión de Jesucristo! Los herejes repitieron estas escenas en varias épocas, pero mucho menos horribles; los calvinistas las reiteraron en Francia en sus días; mas ahora sus descendientes los filósofos, a todos han excedido. ¡Cuántos delitos, cuánta sangre, cuántos mártires ha costado a Francia su pretendida reforma, su infernal filosofía!

Aún no está contenta con tantos triunfos esta deidad fementida. Para mayor ignominia de Jesucristo, de su religión, de sus ministros, para establecer su reino sobre la ruina del de los cristianos, y llenar todos sus planes, decreta, no por el populacho, vulgo, gente rústica, o algunos particulares, no en el fuego de una discusión, sino a sangre fría, por centenares de hombres presumidos de sabios que componían la asamblea nacional, que se les den públicos cultos; que el templo de Dios de los cristianos, el más suntuoso y magnífico edificio de todo París (quitados por el cincel los relieves en que estaban los trofeos de nuestra religión, los santos, y la cruz de Jesucristo) se le dedicase con toda solemnidad, y en lo sucesivo se conociese por el templo de la razón. Aquí se manda traer en solemne procesión, como de triunfo, una cómica, su trono es el altar mayor, a sus pies se entonan himnos que la deifican; en el púlpito se predica el cinismo... ¡todos los delitos! El corazón del mayor de los filósofos, del príncipe de los cómicos, del hombre más corrompido, del impío por sistema, del ateísta por principio... ¡de Volter!... se extrae de su sepulcro, se conduce con solemnidad hasta París, y se coloca en el templo de Dios vivo... allí se le queman inciensos, se le adora, se le diviniza como a la misma razón y filosofía. A Rousseau alcanza este privilegio; después lo obtuvieron Marat y Mirabeau... La pluma se resiste a escribir tantas impiedades... los oídos se sienten... el alma se horroriza...

El ídolo de la abominación está ya de asiento en el lugar santo. Se acabó toda religión en Francia, y se extinguió la monarquía. ¿Estarán satisfechos los filósofos? ¿Cesarán de derramar sangre, de sacrificar víctimas cristianas a su execrable divinidad? No. Ella ha jurado no dejar las armas de las manos, ínterin haya un Rey, un altar, un sacerdote. La religión cristiana se halla establecida en casi toda la Europa; la filosofía, su rival, no puede permitirle ser limítrofe de la Francia; batida en este reino cristianísimo, le parece fácil en todas partes perseguirla y destronar igualmente los reyes que se le resistan. La conquista de la Francia era la primera que debía afianzar el reino de la filosofía; las demás naciones en seguida serían acometidas con las fuerzas de aquella, para uncirlas al carro de su triunfo.

 

 

Número III

 

Extinguida la verdadera religión en Francia, y entronizada la abominable filosofía, extiende esta sus planes de conquista a toda la Europa; salen sus emisarios a todos los reinos para acabar con los monarcas, y abolir la ley de Jesucristo.

 

 

Número IV

 

Se descubren las tramas de la Francia y de Napoleón, para cautivar nuestros reyes, incorporar la España a sus dominios, corrompernos con sus doctrinas, mudando las máximas de nuestra religión por las de la filosofía.

 

 

Número V

 

España se arma para defender su religión, su patria, su rey y sus derechos; se describe la heroica resistencia que han hecho sus habitantes (en especial el estado eclesiástico) contra el tirano de la Europa.

 

 

Número VI

 

Abatida la España por la ocupación casi general de sus provincias, principia a correr en algunos papeles públicos la doctrina de la filosofía, de que se ha valido la Francia en sus planes de conquista; se dan los testimonios extractados de los mismos escritos, y se concluye, que la religión y la patria se hallan en peligro, si no por las armas francesas, por sus máximas y principios.

 

 

 

 

Esta página está editada por la Comunión Tradicionalista Carlista del Reino de Valencia. Las opiniones vertidas son responsabilidad de sus autores salvo aquellas sin firma, de las cuales se responsabiliza el editor de la página. Se permite la reproducción de los textos e imágenes, siempre que se utilicen de buena fe y se cite autor, si lo hubiere, y procedencia