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Preservativo
contra la Irreligión, o los planes de la
Filosofía contra la Religión y el Estado,
realizados por la Francia para subyugar la
Europa, seguidos por Napoleón en la
conquista de España, y dados a luz por
algunos de nuestros sabios en perjuicio de
nuestra patria.
por Fr. Rafael
de Vélez, examinador sinodal del obispado de
Sigüenza, y lector de sagrada teología en su
convento de Padres Capuchinos de esta
ciudad. Cádiz, Imprenta de la Junta de
Provincia, 1812.
[en la edición
de Madrid 1825:] por el Excelentísimo Señor
Don Fray Rafael de Vélez, Arzobispo de
Santiago, Caballero Gran Cruz de la Real y
distinguida Orden de Carlos III, del orden
de Capuchinos, &c. &c. En Madrid, en la
Imprenta de Repullés, año de 1825.
Prólogo
Establecida la obligación que tiene todo
hombre de defender su verdadera religión y
su patria, se advierte el peligro en que se
halla una y otra entre nosotros, por los
papeles que circulan; y se concluye, que los
magistrados y sabios deben trabajar, para
impedir tan terribles males en su origen
Cuando la
patria peligra todos sus hijos deben armarse
para defenderla. La naturaleza, siempre
próvida, ha impreso en nuestras almas unas
ideas tan vivas como indelebles, que nos
impelen hasta sacrificarnos gustosos por su
amor. No es el fanatismo, no las
preocupaciones de la infancia, ni menos la
educación de nuestros padres y maestros,
quien da al hombre valor extraordinario para
repeler a un enemigo, que le quiere privar
del suelo que le vio nacer.
Los derechos
del hombre, unos mismos en todos los países
de la tierra, e inmutables en la sucesión de
los siglos, la sociedad en la que por
naturaleza nace y vive hasta morir, y las
leyes que de ella dimanan; todo cuanto le
rodea y alcanza a ver con sus ojos apenas
aparece en el gran mundo, con una voz muda,
pero imperiosa y enérgica, le habla con
claridad al corazón: «esta es tu patria...
ella te ha dado el ser... debes amarla como
a quien te ha engendrado en su seno...
prefiere tu muerte a su esclavitud.»
Los que viven
entre los hielos de la Laponia, y los
moradores de la abrasada Libia; el que nació
en medio de una corte de magnificencia y
esplendor, como el que no ha visto más que
las cabañas y las chozas, todos sienten una
inclinación secreta hacia la cuna en que
respiraron la vez primera, y todos perciben
en el fondo de su alma las dulzuras de su
amor.
De esta ley
común, que se extiende a todo racional,
parece deberán eximirse ciertos hombres, que
por lo raro se han notado en casi todos los
siglos, y que en el nuestro por su excesivo
número se pueden ya calificar. Ellos mismos
se atribuyen con Pitágoras el título de
filósofos, por el amor que dicen tienen
a las ciencias, o por sus deseos de hallar
la verdad: se llaman espíritus fuertes;
porque no se dejan llevar de las
preocupaciones que degradan en su opinión a
los demás hombres: se dicen liberales,
porque con facilidad renuncian a sus
opiniones antiguas, y siguen otras nuevas de
mayor ilustración. Ellos se jactan de ser
superiores a todos los de su especie; su
patria es todo el mundo; sus compatricios
todos los hombres, hasta los hotentotes y
cafres; se apellidan y titulan verdaderos
cosmopolitas.
En toda la
Europa son conocidos con los nombres de
iluminados, materialistas, ateos,
incrédulos, libertinos, francmasones, impíos.
Sus doctrinas contra los reyes, autoridades
y religión acreditan estos títulos, y sus
obras los manifiestan a lo menos como unos
fanáticos, unos misántropos, enemigos de
toda sociedad.
Mas imperioso
es para todos los hombres el amor a la
religión, y a mucho más se extiende que el
cada uno siente hacia su propio país. Sus
ideas están impresas en nuestras almas aun
antes de nacer: conforme los sentidos se
perfeccionan, se van desenrrollando y
haciendo cada vez más sensibles sus
dulzuras, y el grande ascendiente que
siempre ejerce en nuestro corazón. Sin su
influjo los pueblos se convertirían en
grutas de fieras, y la reunión de los
hombres no sería sino bandas de salvajes que
se congregarían sólo para devorar.
La religión es
el más fuerte vínculo de la sociedad; las
leyes que de esta emanan, por aquella
reciben su principal sanción. El trono se
sostiene por su virtud; en la observancia de
los preceptos religiosos está vinculada la
garantía más segura de todo poder; y en sus
promesas se fijan exclusivamente las dignas
recompensas del ciudadano, los premios
justos a su honradez, y todo cuanto le puede
consolar en medio de los peligros que
arrostra por conservar los intereses de su
patria y de su religión, que son una misma
cosa con los bienes de su particular
propiedad.
Por una fatal
desgracia... mejor diré, por la manía de
innovarlo todo, se desentienden tan bien los
sabios referidos de estos vínculos de la
religión, con la facilidad que se eximen de
los preceptos que les impone el amor de su
patria. Unos bienes por aquel orden son para
los filósofos de nuestro siglo delirios de
una imaginación preocupada, vestigios de un
cerebro agitado por el fanatismo, ideas
quiméricas de Platón.
¿Será posible
no hayan llegado a conocer estos sabios qué
es religión? ¿Hablarán según los
sentimientos de su corazón? No puede ser.
Sus principios son patentes a todos los
hombres, sus derechos nadie los ignora;
ninguno puede dejar de sentir las
impresiones de su luz. Los filósofos niegan
la necesidad de su práctica para no verse
comprometidos a la admisión de unas leyes
que les precisan en toda secta a tributar
algún culto; publican que todo culto
exterior es idolátrico, superfluo e indigno
de Dios, o para eludir la fuerza de la
verdadera religión, que conocen ser la de
Jesucristo y la que más tira a refrenar sus
pasiones, sostienen con calor que en
cualquier secta se puede servir a Dios...
que la tolerancia universal de ritos y
adoraciones es dictada por el Evangelio...
que todo culto es grato al Ser supremo...
que el musulmán y el judío, el cristiano y
el gentil todos adoran la Divinidad, y en
todos se complace su amor. Esto es igualar a
Confucio con Moisés, a Foy con el Salvador,
el Evangelio con el Alcorán, y el Catecismo
de nuestra fe con el libro del Talmud. Los
cristianos (dicen los filósofos con
altivez), «son unos fanáticos; su religión
ha puesto en guerra a todas las naciones; el
Evangelio ha derramado más sangre que todas
las sectas juntas; la Iglesia de Jesucristo
se fundó por la ignorancia, y la sostiene la
superstición.»
Luego la patria
y la religión nada deben esperar de tales
sabios. A su juicio los Camilos y Arístides,
los Leonidas y Pausanias, los Escipiones y
Aníbales degradaron la humanidad por el amor
que cada uno profesó a su patria, y la
sangre que derramaron por defenderla. Los
mártires cristianos que murieron por su
religión tocaron la raya del fanatismo
religioso, y acabaron sus vidas llenos de
furor... ¡Cuántos errores! ¡Qué delirios!
Españoles; el
dulce amor de la patria por la que peleamos;
las promesas halagüeñas de la religión que
defendemos, sus suspiros y clamores, que va
a hacer cinco años oímos con dolor, no
hieren las fibras, ni se insinúan en los
corazones de estos hombres que por otra
parte predican dulzura, filantropía,
beneficencia y amor. Si existen entre
nosotros en la sangrienta lid que
sostenemos, estando a los principios que han
adoptado y siguen con tesón, de nada útil
pueden servirnos, y sí debemos temer que
cooperen con todas sus luces y armas a
nuestra cautividad y exterminio.
La historia de
un siglo los presenta a la faz de todo el
mundo como reos de lesa majestad y nación.
En Roma y Nápoles, en Francia y España
fueron delatados a los gobiernos por autores
de una rebelión general, que por necesidad
debía anegar a toda la Europa en su misma
sangre. Fleuri, Zeballos, Valsequio, Bergier,
el clero de Francia, otros muchos sabios de
la Europa, celosos de su patria y de su
religión, descorrieron el velo de la
novedad, ilustración, filosofía, reforma
con que aparecieron disfrazados al
principio, y los presentaron a toda la
tierra como a unos Diágoras o unos Epicuros,
unos Espinosas o Maquiavelos, enemigos de
Dios, de los tronos, de la sociedad, de toda
virtud, de toda religión.
La experiencia
más dolorosa continuada ya por el espacio de
veinte años ha comprobado a la Europa entera
la verdad, y lo terrible de aquellos
vaticinios, y ha hecho ver a todas las
autoridades civiles y religiosas la
obligación indispensable en que se hallan
los pueblos y todos los hombres de reunirse
para eludir con la verdad de la religión los
sofismas de estos falsos filósofos, y al
mismo tiempo de tomar las armas a fin de
resistir con la fuerza a los ejércitos que
su filosofía ha armado para destronar todos
los reyes y destruir todos los altares.
Intentamos
evitar a la España esta catástrofe universal
en la guerra pasada con la Francia; una
vergonzosa paz nos desarmó, y retiró a
nuestras casas para consumar por la intriga
lo que la fuerza de aquella nación no podía
entonces hacer. Su filosofía y su política
infernal se introdujeron en nuestra corte y
palacio, en nuestras ciudades y provincias;
y en el espacio de doce años pervirtieron
algunos de nuestros españoles, y minaron el
trono de nuestros monarcas; se atrevieron
contra nuestra santa religión; y persuadidos
que era ya la hora de realizar sus planes,
han cautivado a nuestros reyes, saquean e
incendian nuestros templos, persiguen a sus
ministros, y se jactan de tener conquistada
la nación.
Para cinco años
va que batallamos en la lid más desigual;
peleamos por nuestra patria, por nuestra
religión, por nuestras vidas, por todo
cuanto amamos. La religión nos colma de
bendiciones; la patria nos llena de honor;
la Europa admira nuestro heroísmo; la
posteridad nos juzgará.
Pero no basta
el valor solo de nuestros militares y los
esfuerzos de la nación entera para resistir
esta nueva guerra. Los principales triunfos
de la Francia no se deben a sus espadas. La
igualdad, la libertad, la irreligión, la
inmoralidad, las pasiones que arrastran a
los hombres, que ellos publican en sus
escritos, y que autorizan con las obras, son
las armas con que han vencido multitud de
pueblos y naciones seducidas por sus ideas
liberales de reforma e ilustración. A los
sabios y ministros del santuario les compete
descargar esta nube que todo lo asola, y
hacer ver a los incautos que la libertad
proclamada de la Francia es esclavitud; su
igualdad la que hay en las mazmorras, y su
felicidad y regeneración servir a un tirano,
sacudido el yugo de la religión.
Nada pues
importa hayamos hecho los mayores
sacrificios por romper los grillos del
tirano de la Europa, si admitimos sus ideas
de ilustración y sus planes de reforma. Si
algunos de aquellos a quienes hemos fiado el
timón de esta gran nave agitada, están
iniciados en los secretos diplomáticos de la
Francia, es de temer conspiren con ellos
para nuestro escollo y ruina. Si los
ecónomos de la opinión nacional, nuestros
publicistas y políticos no vierten en sus
escritos más que ideas análogas a las de la
Francia, el resultado de nuestra guerra será
siempre a su favor. ¿Cuántas medidas se han
adoptado, cuántas especies se han vertido
que no parecen si no dictadas por nuestros
mismos enemigos, para consumar por nosotros
lo que no han podido sus armas?
España,
celebrada en todos los siglos por su firme
adhesión a sus leyes y costumbres, venerada
de todos los cristianos por la pureza de su
fe y catolicismo, y hecha admiración de toda
la Europa en la formidable resistencia que
hace por su libertad y religión, ahora ha
principiado a sentir en medio de su mismo
seno una revolución nueva de ideas, una
guerra de opinión, una lid intestina más
terrible que la de la Francia, a la que si
no se resiste a los principios, sin duda se
le deberá el triunfo del tirano sobre
nuestra gran nación.
Las ideas
liberales esparcidas nuevamente por nuestros
escritos deben poner sin duda en combustión
todos los ánimos. El pueblo que no
distingue, aplaude gustoso las ideas que le
halagan, y ciego sigue a los que le dicen
son los restauradores de sus derechos. El
abuso de la imprenta ha puesto en mano de
nuestros españoles unas armas desconocidas
de sus padres, que aunque se les dice son
para su ilustración y defensa de sus
derechos, no son en realidad sino (como la
experiencia lo acredita en nuestra España y
en toda la Europa) para que ellos mismos se
den la muerte, dividiendo la opinión
pública, debilitando su energía, y
entibiando el entusiasmo religioso que los
ha movido a la presente guerra, para
defender nuestro monarca cautivo, y nuestra
religión ultrajada.
En efecto;
nuestros papeles públicos, nuestros
políticos nada nos hablan ya de Fernando VII,
no citan nuestra religión; por el contrario,
sólo se les oye; somos libres..., la tiranía
se acabó..., la religión necesita de
reforma..., la Inquisición se debe
abolir..., se habla a cara descubierta
contra los ministros del santuario, se ataca
a la religión, aunque se protesta se hace
contra los abusos.
¿No son estas
las máximas que publicaban los franceses
antes de su anarquía? ¿Se convocaron sus
estados generales más que para reformar la
nación? ¿Y no ha venido a parar en la
esclavitud más ignominiosa y en la pérdida
total de su fe? Léase la historia de su
revolución; compárense sus hechos con los
escritos de Volter, Rousseau, Hobes,
Montesquieu, D'Alambert y demás filósofos de
la Francia sobre materias de religión y de
política, y se manifestará hasta la
evidencia, que aquellas ideas de reforma e
ilustración se inspiraron por ellos mismos
para tener al pueblo de su parte; que no se
hizo más que realizar los planes de su
abominable filosofía, que por unos medios
tan fáciles, y tan necesarios muchas veces a
los pueblos, trataba de destruir la religión
de Jesucristo, y arruinar todos los tronos.
Los resultados
fueron conformes a los proyectos de la
filosofía. La Francia fue la primer víctima
que se inmoló en sus aras; su triunfo lo
fundó sobre las ruinas de esta inconstante
nación; la Europa ha sufrido la misma
suerte; la Francia esclava no podía quedar
pacífica si no veía todas las naciones
arrastrar sus cadenas; la mayor parte de la
Europa está ya cautiva por su furor
filosófico; la España va para cinco años
pelea por su libertad; ¿quien triunfará?
Sin duda será
víctima funesta de la Francia si sigue los
caminos que ha abierto la filosofía de
nuestro siglo, y que ha procurado enseñar a
todas las naciones. En nosotros ha quedado
la semilla de la corrupción sembrada por sus
escritos en la península. Algunos de los
nuestros tratan de cultivarla; ya han
manifestado sus ideas a la nación en los
papeles públicos; por este medio han
descendido sus ideas al pueblo, que siempre
ha sido sano. Temo que aun cuando arrojemos
más allá de los Pirineos a nuestros
opresores y tiranos, una revolución nueva
nos divida; y entonces... ¡Oh, España!...
¡amada patria mía!... ¡religión adorable!...
¿serán mis temores infundados? Pluguiera al
cielo... Pero el pueblo que hasta un año
hace no conocía los títulos brillantes de
libertad, igualdad y derechos del ciudadano;
que estaba adherido perfectamente a su rey
sin atreverse a juzgarlo aun cuando le viese
nulo y criminal, porque creía que esto
excedía a sus facultades; que veneraba su
religión como la principal base de su
felicidad individual y de toda la nación;
que miraba a la Inquisición como el muro
seguro y más firme baluarte del trono y del
altar; que oyó siempre sumiso a los
ministros del santuario como a enviados de
Dios y depositarios únicos y fieles de su
divina palabra; este pueblo tan adherido a
sus opiniones ha oído unas voces del todo
nuevas, y unas ideas que le seducen, aunque
le halagan. Hablan de religión y de sus
ministros, de sus rentas, de su número;
critican la virtud, y zahieren la
predicación; en materias de estado deciden
con magisterio opiniones atrevidas. Si se
les reprende este crimen, declaman con
orgullo; se acabó el despotismo... los
sacerdotes no componen la religión...
necesitan de una reforma general... la
religión no es una tela de araña, a quien no
se puede hurgar sin romper... tiene abusos
que se deben corregir...
¿No son estas
las ideas que se imprimen en multitud de
papeles que se hacen circular hasta las
provincias más lejanas? ¿No es esto lo que
se oye en muchos de los españoles?
¡Españoles! ¿Quién os ha seducido? Mirad que
estáis al borde del precipicio en que se
estrelló la Francia. No creedme a mi; oíd a
un historiador que escribió sus primeros
movimientos, y que al mismo tiempo asignó
sus causas y sus principales agentes.
«¿Quién pudiera
imaginar (dice este testigo ocular) que en
una nación de las más ilustradas se pudiese
ver un trastorno tan horrible? ¿Qué se
hallasen en ella tantos individuos que a la
voz de algunos incrédulos se precipitasen a
tanto furor y a tal extremo de
iniquidad?...»
«No era difícil
conocer que la causa de todo esto era el
funesto influjo de los modernos sofistas.
Muchos años antes con la licencia de los
escritos se había multiplicado el número de
sus sectarios; sobre todo entre la gente de
cierta clase que con más fortuna y otra
educación querían vivir al gusto de sus
pasiones, y aspiraban a distinguirse por
opiniones atrevidas.»
«En la viveza
de mi dolor yo acusaba al gobierno de haber
dejado propagar esta secta impía y
destructora; me quejaba del clero, que, o no
conoció el peligro, o no supo a tiempo tomar
medidas eficaces para precaverle; me
consternaba al ver que la muchedumbre por
ignorancia, y por no tener una idea viva y
segura de la verdad de su religión, la
dejaba envilecer.»
Así se explica
un hombre, más amante primero de la
filosofía que de la religión; un sabio antes
incrédulo, impío, liberal, y después
religioso y digno de imitación. Hagamos
nosotros comparación entre París y Cádiz,
Francia y España en las circunstancias que
la describe este sabio, y que nosotros vemos
en nuestra nación. El resultado será no
haber entre nosotros tanto error e
impiedad como en la Francia; pero no
dejan de advertirse tan funestos síntomas en
nuestros papeles públicos y sus autores; el
número de los sofistas e incrédulos
españoles no igualará con mucho al excesivo
de la Francia; mas es una verdad indudable
que entre nosotros no faltan.
Nuestro
carácter, en nada parecido al de los
franceses, no es veleidoso, amigo de la
novedad; mas como a una continuada lectura
de papeles gustosos por las sales de sus
sátiras, agradables por su dulce estilo,
buscados con ansia por las ideas brillantes
de reforma e ilustración, que se procuran
publicar con pomposos títulos y grandes
carteles, y aun dar a precio ínfimo... a
tantas pruebas no está hecha la constancia
de la muchedumbre.
Luego nuestra
patria y nuestra religión están en peligro,
no tanto por la irrupción que han hecho en
nuestras provincias los franceses, cuanto
por la multitud de prosélitos que han ganado
a su partido; de que son una prueba
indudable tantos periodistas y papeles
públicos, que se empeñan en ilustrarnos a la
francesa, es decir, pervertirnos.
Para que la
historia y la posteridad no diga de nosotros
lo que de la Francia, ya que el gobierno no
puede impedir tanto mal por las
circunstancias críticas en que se halla, a
los menos para que no se nos impute a los
ministros del santuario que, o no
conocimos el mal, o no supimos a tiempo
precaverlo, descorramos el velo a tantos
males, y quitemos la fatal venda que ha
cubierto los ojos de algunos españoles;
hagámosle ver...
I. Los planes
de la filosofía contra la religión de
Jesucristo y el estado...
II. Practicados
por los filósofos franceses para destruir el
trono de sus reyes y extinguir en sus
dominios la fe del Crucificado...
III. Adoptados
después por la Francia para acabar con todos
los monarcas de la Europa, y abolir todas
las instituciones cristianas...
IV. Realizados
por Napoleón y sus agentes en nuestra España
para nuestra cautividad y exterminio...
V. Resistidos
constantemente por nuestra nación en la
guerra cruel que sostenemos ya va para cinco
años...
VI. Y
últimamente admitidos en parte, publicados,
aplaudidos por multitud de políticos y
publicistas, que o por ignorancia o por
malicia trabajan incesantemente por su
admisión para nuestra ilustración, reforma,
y regeneración política y religiosa.
Si demuestro
(como intento) tan terribles verdades, daré
a los españoles un preservativo contra la
irreligión e incredulidad de nuestros
días; contra el espíritu de reforma que
anima a muchos, y contra las máximas que se
difunden en perjuicio conocido de la
religión y de la patria.
Así cooperaré
del modo que me es posible en la lucha que
nos hallamos a la defensa de nuestra adorada
religión, de nuestra amada patria, y de
nuestro rey cautivo, por lo que todos
suspiramos.
Número I
Se manifiestan los planes de que
se ha valido la falsa filosofía
desde el principio de la Iglesia para
destruir al cristianismo,
y se declaran los progresos y triunfos de la
religión contra la filosofía
Desde el
principio de la Iglesia la falsa y soberbia
filosofía se opuso a la verdadera religión
del Crucificado. Acostumbrada desde el
principio del mundo a ser las delicias de
los reyes y de los sabios, y a imperar sola
en los corazones y entendimiento de los
hombres, no podía mirar sin celos que una
ciencia nueva, pero más sublime por la
superioridad de sus nociones, la privase del
imperio que hasta allí en la mayor
tranquilidad había disfrutado. Juzgaba todas
las verdades conocibles y aun los mayores
arcanos por el criterio único de una razón
debilitada por la rebelión de las pasiones.
Al oír unos misterios superiores a su
capacidad no podía menos de trabajar por
penetrarlos, y no hallándolos comprensibles
a la luz natural, de que ella era únicamente
árbitra, fue consiguiente tratase su
impugnación con pruebas demostrables, si las
hallase, o se valiese de sofismas para
entretener a sus partidarios, mantener su
ascendiente en los hombres, y hacer que no
se le desertasen.
Esta política
filosófica debió multiplicar sus recursos
para sostener su influjo, en razón de los
que la religión cristiana poseía, y de los
que como divina usaba, para cautivar el
mundo entero y aun la misma filosofía en
obsequio de la moral y de la fe que ella
predicaba. Los sabios de primer orden, los
reyes de la tierra, la destrucción de la
idolatría, el silencio de los Arúspices y de
sus dioses, y la admiración de todos los
hombres fueron los primeros triunfos de la
religión del Crucificado. A los cuarenta y
cuatro años se había abrazado su doctrina en
multitud de provincias del orbe conocido, y
a poco llegó su gloria hasta los habitantes
de los polos.
La sañuda
filosofía al ver unos progresos tan rápidos,
armada de la brillante égida de la paz del
imperio romano, que publicaba iba a
turbarse, y de la espada de la religión
gentílica, entonces dominante, que veía ya
su exterminio, declaró la guerra más cruel
al establecimiento de la religión de
Jesucristo, y desafió en público combate a
todos los que la sostuviesen. ¡Guerra
terrible declarada en el primer siglo de la
iglesia y sostenida con calor hasta en el
diez y nueve que contamos!
Sostener la
eternidad de la materia; negar la libertad
humana unas veces, otras ensalzar la
naturaleza, de suerte que nada le sea
necesario; poner dos principios en todos los
seres, uno bueno y otro malo; afirmar no
haber premio para la virtud, castigo para el
delito, ni vida eterna; negar la divinidad
de Jesucristo, la necesidad de su fe y de su
religión católica para salvarse; estas son
las doctrinas que la filosofía enseñaba por
sus maestros, en oposición a la moral y fe
cristiana, que ha hecho revivir en casi
todos los siglos, aun cuando se hayan
refutado mil y mil veces por los cristianos,
y que ha procurado confirmar predicando a
los pueblos ser los cristianos enemigos de
los estados, o armando los pueblos contra
sus soberanos (si eran partidarios del
cristianismo) por unos medios que siempre
han halagado a las pasiones. A este fin
publicaban ser todos los hombres iguales,
libres; los reyes unos tiranos, su poder
despótico, su autoridad usurpada, sus leyes
arbitrarias. Ved aquí los planes trazados
por la filosofía para arruinar de una vez
todos los tronos, y con ellos la religión de
Jesucristo, que siempre ha sido su mayor
apoyo.
A tres pueden
reducirse todos estos planes. 1º Negar la
divinidad de nuestra religión. 2º Hacerla
perjudicial a los pueblos, e igualmente
odiar a sus ministros. 3º Viendo que ella es
la más análoga y necesaria a los gobiernos,
principalmente al monárquico, para llevar su
empresa adelante... armar los pueblos contra
los reyes, que por su conservación propia y
de sus estados deben sostener la religión, y
hacer que perezca el último rey del mundo
con el último sacerdote de la religión
cristiana.
Simón Mago,
Carpócrates, Manes, Celso, Porfirio, Juliano
y su mentor Laviano; los arrianos llamados
aristotélicos; los gentiles y judíos; los
académicos y luciferianos, estos fueron los
que tomaron a su cargo sostener en su auge
el imperio de la filosofía; los derechos de
la razón que juzgaban vulnerada por la fe
cristiana, y la libertad de las pasiones
reprimidas por su moral. De estos filósofos
traen su origen los herejes de todos los
siglos, y de unos y de otros ha formado la
filosofía moderna el código de sus leyes que
publican sus partidarios, y el plan general
exterminador de acabar de una vez con la
religión cristiana y con los monarcas que la
sostengan.
¡Qué débiles
fueron sus recursos! ¡Qué inútiles sus
esfuerzos! La verdad podrá oscurecerse algún
tanto; pero al fin triunfará del error,
dejándose ver más brillante. Los cristianos
avisados desde el principio por el Apóstol
de las gentes, prevenidos contra la
filosofía sus discípulos y sus falacias, aun
cuando se disfrazasen bajo el especioso velo
de la prudencia humana; alarmados por San
Judas contra cierta clase de hombres que en
los tiempos posteriores aparecerían con los
caracteres de impíos, soberbios,
blasfemos, presumidos de sabios y enemigos
de las potestades; sostuvieron firmes su
fe, dieron razón de su doctrina, y
rechazaron valerosos cuantos tiros les
asestaron. El infierno vomitó monstruos, la
filosofía armó sabios, es decir, los
emperadores y reyes de la tierra armados de
su poder y de los sofismas de los filósofos,
coligados contra su rey supremo y contra su
Cristo, pensaron en abolir los cultos, y
desterrar de los pueblos la religión de un
Dios humanado.
Amenazan
destierros, intimidan con las cárceles,
quieren aterrar a los cristianos con
torturas, fieras, muertes... En vano se
levanta el hombre, el polvo, la nada contra
su Hacedor; un crepúsculo de su luz le
postrará en tierra, y dejará de ser, o
desistirá de la empresa a que se había
arrojado temerario. Nada hace vacilar a los
fieles; sufren gustosos la pérdida de sus
familias, de sus intereses, de su patria, de
cuanto les era más amable; alegres caminan
al martirio, suben animosos a los cadalsos,
bajan tranquilos a ser devorados en los
anfiteatros; gozosos inclinan el cuello a la
cruel espada, y una multitud (imposible de
reducirse a guarismo) rubrica con su sangre
la fe que recibieron en el bautismo santo.
No fue este el
único testimonio que opusieron los
cristianos a los ardides de la filosofía.
Reputaron tan fatal ciencia por aquella de
quien les decía San Pablo era propia
únicamente del mundo y enemiga de
Jesucristo; se abstuvieron por mucho tiempo
de su estudio; pero los que de la misma
filosofía se habían desertado (siendo
algunos los más sobresalientes maestros en
la célebre Atenas, y los mejores abogados de
Roma), y suscrito a los principios de la
sublime sabiduría del Crucificado por el
convencimiento pleno de su razón, y por la
gracia del Dios que los ilustraba, tomaron a
su cargo (valiéndose de la misma filosofía)
hacer la apología del cristianismo contra
todos los que lo impugnaban. Estos sabios
dirigieron sus escritos a los emperadores
Marco Aurelio, Cómodo, Adriano, Antonino
Pío, Severo, al Senado de Roma y sus
prefectos en las provincias, demostrando
cuan falsos eran los delitos que los
filósofos imputaban a los cristianos, y cuan
injustamente se les perseguía como a ilusos,
revoltosos y enemigos de los emperadores.
Arístides,
Taciano, Hermias, Melitón, Apolinar,
Milciades, Minucio Félix, Arnobio, Cuadrato,
Justino, Clemente de Alejandría, Atenágoras,
Lactancio, Tertuliano, Epifanio, los
Gerónimos, Agustinos y Ciprianos... otros
muchos respondieron a cuantos filósofos
escribieron contra nuestra santa fe; los
desafiaron en sus escritos para públicos
combates; y si admitieron algunos, o se
retiraron cobardes de la línea de batalla
con el silencio, o se entregaron rendidos
abjurada la filosofía, poniendo a los pies
del vencedor sus armas.
¿Cesarían los
filósofos de oponerse al evangelio al ver
eludidos sus planes?... Esta era mucha
confusión para la filosofía, que jamás supo
humillarse. A falta de razones que oponer al
cristianismo, era indispensable escogitasen
sus partidarios nuevos medios para reprimir
una religión, «que siendo de ayer (como
escribía Tertuliano al senado de Roma y
emperador) había ya conquistado los campos,
las villas, las ciudades, los palacios,
dejando solos los ídolos y sus templos
inhabitables».
Atribuir a los
cristianos sediciones en los pueblos...
hacerlos sospechosos a los soberanos...
acusarlos de intolerantes, supersticiosos,
fanáticos, perjudiciales a la sociedad...
estos son los antiguos planes que ha trazado
en todos tiempos la filosofía, la política,
o la prudencia humana para destruir el
cristianismo, aun cuando se hallaba en su
infancia. No, no es nuevo a la filosofía
cuando le falta la razón acudir a
imputaciones falsas; este es su tribunal de
apelación, su asilo acostumbrado.
La muerte del
Salvador fue pena de tales causas atribuidas
al más amante de los hombres, al que pagó
fiel (sin estar obligado) el tributo al
soberano. La de sus discípulos en el mayor
número fue el resultado de acusaciones
idénticas a las de su maestro. ¿Qué mucho
que de tales principios se valgan todavía
los filósofos de nuestro tiempo en odio a
los cristianos?
Nerón dio
principio a la primera de las persecuciones
atribuyendo a los cristianos haber
incendiado a Roma. Los severianos los acusan
de haber sublevado los pueblos contra su
emperador Anastasio... Sería demasiado
molesto si fuera a referir cuantas
sediciones imputan los filósofos a los
cristianos. El impío Rousseau dijo en odio
del cristianismo, «las convulsiones que
antes y después de Constantino agitaron al
imperio Romano, en la mayor parte fueron
causadas por los cristianos, por su
insubordinación a las leyes de los
emperadores, y por su intolerancia e
insociabilidad con los demás vasallos del
imperio; todas las persecuciones que
padecieron por los que ellos llaman tiranos,
fueron castigos justos de su rebeldía contra
sus legítimos soberanos».
En los siglos
posteriores no ha merecido la religión
cristiana mejor crédito de los falsos
filósofos, que en todos tiempos han
abundado. Las guerras intestinas de la
Alemania en tiempo de Carlos V, las de
Francia en el reinado de Catalina de Medicis,
haber tumultuado los pueblos, rebelándolos
contra sus reyes, de incendios,
desolaciones, de ríos de sangre derramada,
de los crímenes más atroces hacen autora a
aquella religión divina, dulce, amable, que
(según Montesquieu y Rousseau) «quitó la
fiereza de los hombres, puso fin a sus
crueles guerras, haciéndoles más tratables».
Ábranse las
historias, consúltense en sana crítica por
imparciales, y se demostrará hasta la
evidencia, que los cómplices y reos de
tantos males en todos tiempos y naciones no
han sido sino los enemigos de la religión
católica, los que guiados de su soberbia
filosofía han pretendido sacudir el yugo de
la religión y del soberano, tomando por
pretexto la defensa. La religión ha cubierto
siempre sus ojos para no ver tantos excesos;
sus lágrimas corren perennemente por sus
mejillas; cuando se excitan tales
convulsiones, la religión es la que está más
expuesta, y la que siempre padece más en sus
progresos.
Aun cuando los
verdaderos fieles han sido los perseguidos
en todos tiempos, no cesaron jamás de pedir
al cielo por sus mismos tiranos. Esta es una
máxima peculiar sólo característica del
cristiano. Jesucristo la dejó escrita en su
evangelio, y la observó pendiente de la cruz
sobre el calvario. Sus discípulos enseñaron
a los primeros fieles a que tuviesen paz con
todos los hombres, rogasen a Dios por los
emperadores aunque entonces eran sus
perseguidores; por los príncipes aunque
fuesen díscolos; decían públicamente, que su
potestad no era sino de Dios; que debían ser
obedecidos por conciencia.
Así lo
practicaron en todos los siglos. Plinio da
testimonio de la obediencia de los
cristianos a las leyes del emperador,
escribiendo a Trajano. En la sucesión de los
tiempos su doctrina ha sido conforme a la de
su maestro y primeros discípulos; en todos
los países han sido sumisos a las
potestades. El concilio de Constanza
prohibió maquinar la muerte de los príncipes
aun cuando fuesen tiranos. Nuestros teólogos
y moralistas en ninguno de los casos
aprueban el regicidio... Concluyamos; la
religión cristiana ha sido siempre el amparo
de los reyes, el baluarte de los tronos, la
seguridad de los estados. Rousseau,
Montesquieu, Mirabeau, Bonaparte no han
dejado de conocer verdades tan evidentes. El
último, careciendo de toda religión, sólo
por sus intereses personales ha declarado la
religión católica la dominante en Francia.
Pensaba cuando general destruirla; insistía
en el mismo proyecto siendo cónsul; hecho
emperador se ha servido de ella para
afianzar su trono vacilante; cuando no tenga
que temer consumará sus planes.
Sostenida la
religión católica por las potestades de la
tierra que la filosofía conjuró al principio
para impedir sus progresos; siendo una
verdad demostrable por la historia de diez y
ocho siglos, y por la experiencia de todas
las naciones, que ella es la que mantiene la
paz de los estados, ¿de qué nuevos arbitrios
podrían valerse sus enemigos para llevar su
empresa adelante? Frustrados sus primitivos
planes por los mismos reyes a quienes a este
fin halagaban, no les resta otro medio que
declararles la guerra, y hacerlos también
víctimas de sus funestas máximas. Este ha
sido el último de sus horrorosos proyectos.
Para su ejecución se ha quitado la filosofía
su antiguo disfraz de razón y de política;
ha rasgado el velo especioso de paz y
moderación con que se introdujo en los
imperios; y se ha presentado en la arena
armada únicamente de su orgullo, para pelear
sola con todos los reyes, con todas sus
autoridades, con la religión de Jesucristo,
con sus ministros, y con todos los
cristianos.
Igualdad,
libertad, ilustración, reforma; mueran los
tiranos; acábese la superstición del
cristianismo, y el influjo de sus sacerdotes
en los pueblos; estas son las voces
favoritas con que ha alarmado toda la
Europa, y va a hacer tres siglos que la está
devastando. En las ciudades ha excitado
tumultos; en los reinos ha rebelado los
vasallos contra sus legítimos soberanos; ha
dividido los intereses de la religión y del
estado; los ha predicado opuestos; ha
inspirado la anarquía civil y eclesiástica,
igualando al monarca con el súbdito, el
sacerdote al obispo, y a este con el papa;
ha dado en fin libertad a cada pueblo para
destronar su rey, y elegir cada uno la
religión que más le plazca.
Los Husitas,
Wiclefitas y Socinianos, Pomponacio,
Espinosa, Beza, Lutero, Calvino, Muncero...
una multitud de hombres en todo iguales a
estos herejes fueron los predicantes de unos
errores tan perjudiciales a la Iglesia y a
los monarcas.
«Nuestros
soberanos (decía Lutero) son peores que el
turco; no tenemos necesidad de salir de
nuestros pueblos a declararles la guerra;
peleemos contra estos; son unos verdugos,
unos carniceros. Somos reos del evangelio
oprimido (clamaba Zwinglio) si sufrimos a
sus opresores, sea el imperio romano u otro
cualquiera de la tierra. Los pueblos deben
matar sus reyes si degeneran en tiranos,
enseñaba Wiclef.» Todos los reyes son unos
tiranos, sostienen los filósofos que después
han imitado aquellos monstruos. Tirano y rey
son sinónimos en su diccionario. Escribieron
a este intento obras bastantemente
abultadas. Calvino en la portada de sus
Instituciones cristianas puso por
emblema una espada de fuego y Non veni
pacem mittere, sed gladium. Sus
discípulos y demás herejes hicieron correr
arroyos de sangre humana. Anduvieron
provincias y naciones, esparcieron sus
doctrinas, atrajeron prosélitos a la reforma
que tanto decantaban, y consiguieron cubrir
la Europa de cadáveres.
Inglaterra
pierde su tranquilidad por haber abrazado
las nuevas ideas que antes detestaba.
Pueblos se arman contra pueblos; arden las
sediciones en los diversos condados; la
sangre de sus habitantes comienza a
derramarse en abundancia; el país que antes
era la morada de los santos, se convirtió
desde entonces en universidad y corte de
incrédulos.
Alemania toda
se pone en combustión; sus electores unos se
declaran por la nueva doctrina, otros firmes
en la fe que habían recibido de sus padres,
se ven en la precisión de armarse para
repeler con la fuerza la violencia que se
les hacía para entrar en liga contra el
emperador e iglesia romana. La Holanda, la
Dinamarca, la Polonia fueron envueltas por
el torrente que desolaba la Alemania; hasta
la Suecia, que parecía por su localidad ser
excéntrica al torbellino, se vio también
envuelta e imperiosamente arrastrada.
Roto el lazo
que unía al pueblo con su soberano;
desquiciada de su centro la clave del
edificio político; atacada la religión por
los reyes y sus pueblos, era indispensable
que la gran fábrica del estado se desplomase
envolviendo entre sus ruinas los monarcas y
los vasallos. Esta es una ley general de que
dan testimonios las naciones todas del
mundo, y que debe estremecer a cuantos
pretendan reformas en la religión.
Carlos I de
Inglaterra es juzgado por sus mismos
súbditos, sentenciado y muerto en un
cadalso... Carlos II, perseguido de sus
pueblos, por no ver reiterada en su persona
la catástrofe de su padre, tiene que
separarse de su reino, y acogerse fugitivo a
un extraño. Jacobo II sufre la misma suerte;
es abandonado de sus pueblos, perseguido
hasta que se retira a Francia. El Duque de
Guisa y el Cardenal su hermano son privados
de la vida por los reformadores. Henrique
III y IV mueren en la Francia a manos de los
asesinos. Francisco I y II, Henrique II,
Carlos IX... Los reyes todos de la Francia
desde el siglo XVI (en el que principiaron
las reformas) apenas han gozado en paz de
sus dominios.
En esta nación
se fijó desde entonces el centro de las
revoluciones religiosas, que por necesidad
han traído las civiles y políticas. En
Ginebra se erigió el trono de la filosofía
bajo el aspecto de reforma por Grueto y
otros llamados libertinos, que
abiertamente predicaban «no ser divina la
religión cristiana». Desde allí se propagó
su doctrina infernal a las provincias
limítrofes, hasta que trasladó a París su
corte.
El calvinismo,
que no es otra cosa más (según D'Alembert,
juez nada sospechoso) «que el deísmo o
filosofía mal explicada», entronizada en la
capital de una nación antes cristianísima,
principió desde esta época a arrasar los
campos, quemar villas, destruir ciudades;
profanó altares y templos; echó por tierra
los monasterios, degolló sacerdotes y
vírgenes; arrojó al fuego los santos, las
imágenes, a su Dios sacramentado...
La religión
católica para mitigar tantos estragos tuvo
que ceder a ejércitos formidables, que
sabían ganar batallas y degollar al mismo
tiempo hasta los niños que mamaban. ¡Tal es
la humanidad que tanto cacarean los
reformadores! La filosofía calviniana
prometió mantenerse en sus trincheras, y no
renovar el combate; engañó a los católicos;
fue nada más que para reponerse, y después
acometer con mayores ventajas.
En efecto,
escribió libros, propagó sus doctrinas
falsas, reunió partidarios, formó ejércitos,
que bajo el nombre de reformadores y
de filósofos se introdujeron en los
gobiernos, en las universidades y en los
palacios para minar a su salvo los tronos,
pervertir la moral cristiana, hacer
desaparecer los cultos de la verdadera
religión, combatir todas sus instituciones,
y acabar con las autoridades, ya civiles ya
religiosas.
Un ruido sordo,
pero espantoso, terrible, semejante al que
precede a las erupciones de los volcanes, se
percibía distantemente desde principios del
siglo XVIII en las ciudades de primer orden,
como en las aldeas más reducidas, por los
paseos, por las tertulias, por los teatros
de toda Francia. La filosofía tenía ya todas
sus medidas tomadas; por momentos se
acercaba el día de su triunfo; reyes,
duques, obispos, sabios; personas de la más
alta jerarquía se habían alistado en sus
banderas. Los papeles públicos eran como las
lavas abrasadas vomitadas por el Etna o
Vesubio, que todo lo envolvían en sus
corrientes, todo lo arrasaban.
Número II
Los filósofos de Francia en el
siglo XVIII insistiendo en los principios de
los herejes y de su filosofía,
renuevan los planes antiguos
contra la religión y el estado, triunfan
de uno y otro desmoralizando la Francia,
decapitando su rey, y divinizando la
razón o filosofía, a quien consagran
templos, y siguen
Baile,
Montesquieu, Punfendor, Diderot y Helvecio,
insistiendo en los proyectos de los herejes
del siglo XVI, emprendieron la obra de
regenerar a la Europa, destruir la religión
y las monarquías, adoptando los antiguos
planes de la filosofía contra la iglesia y
contra el estado. Federico de Prusia,
D'Alambert, Volter, Rousseau, y los
discípulos de estos concurrieron a la
empresa. El curso de los años y la
comunicación de sus ideas por la prensa
atrajeron multitud de prosélitos, que
muertos los primeros, siguiendo sus
principios, llevaron hasta su complemento la
revolución premeditada. A este fin
publicaron escritos en que se manifestaban
sus planes, vulgarizando sus ideas y
haciéndolas de moda en los pequeños y en los
grandes.
El carácter
veleidoso de los franceses, su amor a la
novedad, que siempre los ha distinguido de
las demás naciones, el estilo dulce y
amenizado con que se escribían tales
papeles, sus adornos de viñetas y estampas
obscenas o amatorias; los proyectos
lisonjeros de felicidad, reforma e
ilustración publicados por sus
periodistas en las capitales, retardados los
escritos para que los deseasen con más
ansia, en el ínterin que sus panegiristas
prodigaban elogios a los autores y a las
obras, la corrupción general del gobierno
que no atajaba tantos males, aun cuando
veían la religión abatida, perseguida,
escondida únicamente en los rincones de los
templos y de los claustros, y aun cuando se
representó por el clero en los años de
setenta el trastorno general que ya
lloraban... por unos medios de este orden
logró la filosofía establecer en un reino
ilustrado y cristiano al ateísmo y al
deísmo, a los materialistas e incrédulos,
a los impíos y filósofos, a una caterva
de hombres sin piedad, sin religión, sin
patria, sin temor a Dios ni a los hombres,
que no ya en lo oculto o en los escritorios
de sus casas, sino enmedio de los pueblos,
en las aldeas y en las ciudades, en las
casas y en los teatros se presentaban
públicamente a mofar la religión y sus
ministros, e insultar erguida su frente los
magistrados, publicando odio a sus reyes y a
sus autoridades.
La
Enciclopedia compuesta por los
principales filósofos de la Francia, el
gran Diccionario de Baile, el
Espíritu de las leyes publicado por
Montesquieu, el Pacto social dado a
luz por Rousseau, el Tratado de la razón
humana, el Examen de la religión,
la Princesa de Malabar, el
Cristianismo descubierto, el Examen
crítico de los apologistas de la religión
cristiana, el Sistema de la
naturaleza, el Hombre máquina,
las obras de Volter..., un enjambre
de libros envenenados, que servían de
catecismo a los que se preciaban de sabios,
que todos leían por ser moda, y no caer en
la nota de ignorantes, era la general
sentina de los mayores vicios contra la
moral de la religión, un copioso índice de
argumentos y sofismas contra nuestra fe, y
los conductores de un fuego que por la
libertad de la imprenta corría de uno a otro
extremo de la Francia, alarmando los
habitantes contra sus soberanos, contra la
religión y los ministros del santuario.
La religión
cristiana que contaba de duración diez y
ocho siglos, llevándose la atención del
universo desde su misma cuna, y siendo en
todos tiempos la admiración de los mayores
sabios, fue llamada a juicio en tales obras
por autores filósofos. Desenvolvieron sus
cimientos, sus pruebas las analizaron,
examinaron sus progresos, citaron a su
autor, a sus apóstoles, a todos los
cristianos y a sus apologistas; y al ver en
su majestuoso cuadro algunas leves sombras
(o defectos en sus hijos, que ellos siempre
han ponderado), fallaron atrevidos su
condena, su destrucción, su total
exterminio.
Si ponen la
vista en el Dios de los cristianos,
resuelven con blasfemia «ser un Dios feroz y
caprichudo, a quien es imposible amar». Si
registran la historia del evangelio, deciden
con magisterio; «que había costado al género
humano más sangre que todas las otras
religiones del mundo colectivamente
tomadas.» Si atienden a sus dogmas, les
parece son «doctrina de una cabeza mareada,
o de un cerebro agitado». Si su moral «igual
o inferior a la de Sócrates y Pitágoras», y
si sus milagros, nada superiores a los de
Apuleyo, Apolonio y Vespasiano. Las
austeridades y virtudes de los primitivos
fieles las aprecian como las que practican
los indios, los bonzos y brakmanes. «El
espíritu de ilusión, dicen sacrílegos, puede
obrar todo lo que el Espíritu Santo.» «Los
cristianos se ocupan en atormentar, en
perseguir, en destruir a su prójimo y a sus
hermanos.» ¿Puede decirse más contra el
cristianismo?...
Cuantos
crímenes se han practicado desde la
institución del cristianismo en los pueblos
que le abrazaron; mas, todas las guerras que
suscitó el imperio romano por extender sus
dominios; hasta las mismas crueldades
cometidas por sus prefectos en las diversas
provincias contra los cristianos; «estos son
(declaman) los frutos de la encarnación del
hijo de Dios.» ¡Qué blasfemias! El resultado
de estas acusaciones sacrílegas (que
horrorizan al fiel) y de tales juicios
diariamente repetidos de sobremesa en los
cafés y en los teatros, en los juegos de
pelota y en los billares fue (con escándalo
de toda la Europa) decretar la abolición de
la religión cristiana, como «fundada por el
fanatismo, sostenida por la hipocresía, y
perjudicial a la agricultura, al comercio y
a las artes».
Un momento de
reflexión basta para conocer que no se
trataba ya como en los siglos anteriores de
acometer por esta o aquélla parte a la
religión, negando un artículo de nuestra fe,
u oponiéndose a un punto de disciplina. La
filosofía, que después de la paz de
Constantino se ocultó hipócrita con el velo
de la herejía, frustrados sus ataques
parciales, trató soberbia quitarse el
disfraz que la envilecía, y restituida a su
ferocidad primitiva, atacar la religión en
todos sus puntos. Prolongó a este intento la
línea de combate desde el Dios de los
cristianos hasta el ministro de sus cultos.
Acometió al obispo que cuidaba de su grey, y
al monje que se hallaba en su retiro. Al
papa lo reputó por un ídolo apolillado
que por sí mismo se arruinaría, y a la
iglesia por una junta de fanáticos
que al instante desaparecería. Proscribió
los actos públicos de religión y las
instituciones religiosas, que eran como las
obras exteriores y primeros muros que
defendían el majestuoso alcázar de la
iglesia católica; la impiedad filosófica
destruyó cuanto decía piedad.
Se degradó al
clero para con el pueblo, llamándolo en
papeles públicos de un modo denigrativo los
birretes, capigorrones de cuello angosto,
mezquinos tercerones de parroquia. En
varios romances y folletos escritos al
estilo del vulgo, se ponderaban sus rentas
como destructoras del estado; se les decía
ser unos aristócratas, enemigos de los
pueblos; que se oponían a la reforma por no
perder sus comodidades. De París, donde se
imprimían todos los días veinte de estos
papeles envenenados (épocas hubo de treinta)
salían para todas las provincias, llevando
por todas partes el odio el estado
eclesiástico.
Los regulares,
aunque retirados del mundo, no tuvieron
mejor suerte. Se les ponía de hipócritas,
ociosos, inútiles al estado, perjudiciales a
los pueblos; y «que aunque se
apellidaban santos, sus claustros eran la
mansión horrorosa de los vicios». El general
Brune principió su carrera tomando a su
cargo alarmar los pueblos contra los
supersticiosos y fanáticos. Marat le
puso una imprenta, y Brune se hizo editor de
un diario para perseguir con sus libelos a
los clérigos y frailes.
La libertad de
la prensa ponía en manos de todos unos
escritos que tanto difamaban al clero de una
y otra jerarquía, sin perdonar ni a la
virgen, que compungida en su claustro,
rogaba a Dios por aquellos que la
perseguían. Pasó a más su odio; vistieron a
mujeres prostitutas con los hábitos de
varios institutos, las hicieron ir por las
calles, a los paseos, a los teatros, para
manifestar que hasta las monjas abrazaban su
partido.
En los
cristales de las tiendas, en libros
manuales, en los almacenes públicos de
modas, en los relojes y abanicos se vendían
y se mostraban públicamente las pinturas más
obscenas de monjes indecentes, de clérigos
avaros, de regulares profanos, de vírgenes
consagradas a Dios entregadas al
libertinaje, al meretricio... corramos un
espeso velo sobre esta parte de la historia
de nuestros días, que horrorizará a los
siglos posteriores, del modo que ha
horrorizado al nuestro. ¡Tales son los
ardides de los filósofos! ¡Tan funestas las
ideas de reforma e ilustración! Por
ellas pervirtieron al pueblo, y separaron
del amor a su religión y sus ministros a la
mayor parte de aquellas gentes, que si está
más unida a fe por su piedad, también está
más expuesta a dejarse seducir por falta de
cautela, y a perder la religión por su
ignorancia.
Por unos medios
tan viles, tan ridículos, tan opuestos a la
misma razón, desacreditó la filosofía a la
religión y sus ministros. Los partidarios de
esta secta impía lograron desmoralizar por
sus ejemplos a quienes no habían seducido
sus escritos. La Francia estaba preparada
para descatolizarse a la primera voz de un
edicto sin repugnarlo, y acaso sin sentirlo.
No es hipérbole. La historia confirma mi
expresión. Nosotros nos hemos cerciorado con
una experiencia dolorosa de la religión que
al año había en Francia, y de la que después
ha quedado. Se arrancó de aquel suelo
estéril y lleno de malezas el árbol de la
fe; se trasladó el reino de Dios a otros
dominios. Teman las naciones católicas.
Estén sobre aviso sus magistrados.
Las autoridades
no podían ya contener tanto mal. Unas
ganadas por las intrigas y promesas de los
filósofos, se hicieron agentes y
promovedoras de sus cábalas, otras en muy
inferior número no opusieron a tiempo unas
barreras fuertes al torrente general e
impetuoso que todo lo destruía. El rey
padecía los mismos insultos que la religión
y el clero. La corona apenas la ciñeron sus
sienes, principió a amenazar su caída; jamás
se fijó en su cabeza. El trono a que subió
aclamado, siempre estuvo vacilante; a poco
lo sintió minado; él mismo lo vio destruido.
Repetidas veces se oían en los papeles
públicos los sarcasmos más injuriosos e
indecentes, dirigidos contra María Antonieta
la reina, contra la persona misma del rey, y
de los ministros.
Los filósofos
de la Francia, imitando en un todo a los
Stolkos y Anabatistas, a Calvino, Muncero y
Luteranos clamaban en sus escritos... «Los
reyes son unos seres infernales.» «Sus
derechos han sido introducidos a la fuerza,
son nulos.» «Los caprichos de los tiranos
han sido el principio de sus leyes.» «Desde
que el príncipe se atreve a ser infiel a las
leyes, no les está más tiempo sujeta la
nación; más bien debe llamarse el príncipe
rebelde a los súbditos, que estos al
príncipe. Un hombre cualquiera que agrade al
pueblo poner sobre el trono, gozará de él
con más justo título, que estos que ahora le
ocupan por derecho de nacimiento. La Metrie
se quejaba en sus escritos «no hubiese un
hombre fuerte que de un golpe solo librase a
la patria de semejantes soberanos.»
Exhortaba a todos al regicidio. Igual
empresa habían tomado antes los Erasmos y
Lucianos, y una multitud casi infinita de
sus discípulos.
¿Qué impresión
harían en las clases todas del pueblo tales
obras, parto de los sabios que la Francia en
general aplaudía? El pueblo, pronto siempre
a sacudir el yugo de quien le domina, si se
pone a su frente quien lo alarme y lo guíe;
el ciudadano gravado de pechos y
contribuciones que siempre juzga excesivas,
no podía por menos de buscar semejantes
escritos, leerlos con ansia, aprobarlos con
entusiasmo, y públicamente aplaudirlos. ¡Así
bebieron los franceses incautos las ideas
más subversivas, y tragaron el opio mortal
que la cruel filosofía les preparó muy de
antemano para su esclavitud, su exterminio,
su total ruina!
Además de
tantos publicistas que diariamente salían en
sus escritos, ponderando las vejaciones del
pueblo, para atraerlos al partido de la
revolución, y alarmarlos contra las
autoridades, en los teatros se publicaban y
se repetían con frecuencia y con lástima (en
piezas análogas al intento) las opresiones
del pueblo, la apatía de los magistrados, la
indolencia de los ministros, y la
insensibilidad del rey a los clamores que le
dirigían los que debían ser preferidos a sus
hijos. Se ponderaban como inmensos los
gastos de la corona; y como al mismo tiempo
los ministros aumentaban los empréstitos
para exasperar los pueblos, su inversión la
atribuían al lujo y majestad superflua del
rey, reina, su familia y sus ministros; los
hacían odiosos, y preparaban los ánimos para
el regicidio.
Los filósofos
que sabían por principios los resortes de
las pasiones del corazón, y que el carácter
francés es como un fósforo inflamable al
soplo más mínimo, hacían representar
tragedias que gustasen a todos los
concurrentes al teatro, y atizasen el fuego
de la rebelión. Elevaban hasta el heroísmo
al pérfido Cromvel por haber muerto a su
Rey; se honraba a los asesinos de Tarquino;
se tributaban honores, consagrando un
sacrílego apoteosis a Bruto por haber
privado a su patria de su primer César.
«¡O cuán bello
es! (se clamaba sobre las tablas con
Volter). ¡O cuán bello es, amigos míos,
perecer en designios tan grandes y ver
correr su sangre con la de los tiranos!...
labemos (decía con ojos centelleantes)
labemos el oprobio de la tierra por la
muerte de los tiranos. Nosotros detestamos a
César... venguemos la patria... la
vengaremos todos. Muramos todos, bravos
amigos, supuesto que César muera. Hagamos
aún más; conjurémosnos a exterminar todos
aquellos que así como el César pretenden
gobernar.»
París era el
inflamado foco de donde se despedían a la
circunferencia de las provincias rayos
abrasados; era la nube cargada de gases
inflamables, que puesta en contacto con la
atmósfera de toda la Francia la hacía
participar de sus fuegos, y amenazaba a toda
la Europa con las señales más infalibles una
general devastación. Los relámpagos,
estallidos, rayos, se multiplicaban por los
horizontes; la tormenta más horrible que
jamás hasta allí había afligido a las
naciones, se principiaba a sentir. El fuego
de la insurrección se veía correr todas las
provincias desde el septentrión al mediodía,
y desde oriente a occidente, como las
exhalaciones en una noche oscura. Un furor
revolucionario se apoderó de todos los
cerebros; la gran fábrica del estado se
bamboleaba sin cesar; la religión amenazaba
ruina; todo indicaba una catástrofe
universal.
La religión
llegó a callar porque en medio de las olas
enfurecidas que agitaban a la Francia, su
dulce voz no se percibía. No se imprimían
las declamaciones de los sacerdotes, las
cartas de los curas, ni las pastorales de
los obispos contra tantos publicistas,
políticos y filósofos que hervían en las
capitales, aun cuando se imprimiesen; sus
exhortos no se leían por estos, sino para
criticarlos como faltos de gusto y de
estilo; se avergonzaban comprarlos aquellos
que presumían de sabios, porque no los
tuviesen por rutineros, sin ilustración, y
apegados a sus ideas antiguas. Algunos de
sus ministros, por semejantes temores,
cayeron (en corto número) en los lazos que
la moderna filosofía les preparó, unida con
la teología de Jansenio. El gran proyecto
consistía en dividir a los presbíteros de
los párrocos; segregar a estos de los
obispos; a los obispos de menos rentas
oponerlos a los que las disfrutaban más
pingües; y a estos y aquellos hacerlos
iguales como el sumo Pontífice. Así se
preparaba el cisma de la iglesia Galicana,
al mismo tiempo que se tramaba su revolución
política.
Llegó en efecto
a cumplirse el tiempo de realizar los
filósofos de la Francia todos sus planes.
Esta potencia era la primera adoradora de la
filosofía; debía, pues, ser su primera
esclava y su primera víctima. El 5 de Junio
del año de 89 se convocan en Versalles los
estados generales del reino. El ministro de
estado Neker, el corregidor de París Bailly,
hombres conocidos por impíos en toda
la nación; los abogados Camus, Martineu y
Trayllart, teólogos por interés, y herejes
por presunción; los filósofos
Mirabeau, el espurio L'Ametrie y Hobes; los
ateístas Seruty, Condorcet y Dupont...
una multitud de sofistas, incrédulos,
calvinistas, defendidos de otra caterva
mayor de asesinos, vagamundos e infames
extraídos de los presidios y cárceles para
formar las escoltas de aquellos, fueron los
corifeos de la revolución, los que se
llamaron asamblea nacional, y los únicos que
reformaron la nación.
Neker, que
aspiraba a ser el árbitro único de los
estados, siéndolo de los comunes, por
ser su número el duplo de la nobleza y clero
separados, logró por sus emisarios e
intrigas en los pueblos, que recayese la
elección de diputados en «individuos de
la secta filosófica, o en hombres ineptos
por sí mismos, y acomodados a dejarse llevar
de los sediciosos.» Aun cuando ninguno
de los otros órdenes aprobase las
solicitudes del estado llano, ellos
bastaban por sí para empatar todas las
votaciones, y eludir los recursos que las
otras clases quisiesen adoptar. Las tramas
urdidas por los agentes del ministro entre
los obispos, curas y sacerdotes,
disminuyeron el número de obispos
representantes, y aumentaron el de los
párrocos y presbíteros, cuyos sufragios
estarían siempre por el estado llano,
al que por la sangre eran más unidos. La
docilidad de estos, su falta de malicia en
asuntos de cábalas e intrigas los hizo
subscribirse en la primera junta por lo que
se decía pueblo.
El estado
noble perdió muchos de sus
representantes a solicitud de Mirabeau, que
era uno de sus principales miembros. En la
primera sesión debió ya publicarse el
triunfo de la filosofía. Todo estaba ganado
por los filósofos, para el clero y
nobleza todo estaba perdido. El
estado llano reunía la mayoría de los
votos; por precisión cuantos planes se
votasen para la reforma y regeneración
que se prometían, debían salir de su
partido. Se manifestó entonces el dolo, se
conoció el peligro, se vieron al frente de
los estados filósofos los más impíos,
que reasumían la representación nacional
como diputados por los pueblos. Se
reclamaron los órdenes, fueron inútiles
todas las protestas; al fin, se firmó la
confusión, y la oposición de los ministros
de la religión y nobles no sirvió ya sino
disminuir su partido, hacerlos odiosos a los
pueblos, probándoles con sus declamaciones
la aristocracia que falsamente se les
había de intento atribuido.
El Rey rodeado
de bayonetas, intimidado por los jefes de la
revolución, avisado ser aquella la voluntad
del pueblo, y amenazado con que a
toda fuerza se cumpliría, se vio en la
necesidad de firmar un edicto que declaraba
la reunión. Desde este día dejó ya de ser
Luis XVI el sucesor de los Clodoveos, Carlos
Magno y Luises; rompió él mismo con su
decreto el centro de su imperio; dejó caer
la corona de sus sienes, abrió el hoyo para
poner su cadalso, subió el primer escalón de
su suplicio, dio toda su autoridad al
pueblo que jamás usó de ella en
justicia. El poder siempre fue en manos del
pueblo la espada con que él mismo se ha
dividido, el germen de revoluciones,
estragos, muertes, guerras intestinas.
Hablen todas las naciones; sirvan de
testigos Grecia y Roma; dígalo la Francia
misma. Abrió juicio, quitó la vida en un
patíbulo al Rey que apellidó amable cuando
lo subió el trono... Luis XVI ya no
existe... ¡Triunfó la filosofía!...
No era el
verdadero pueblo contrario al Rey, ni a la
religión; sólo clamaba contra los abusos.
Los filósofos que habían usurpado su
representación eran los únicos enemigos
capitales de los monarcas, de la Iglesia
cristiana y de sus ministros. Ellos eran los
que usaban de las voces pueblo, nación,
reforma, para destruir con semejante
pretexto el altar y el trono, llenar todos
sus planes sustituyendo en lugar de
la fe de Jesucristo, y del poder de sus
soberanos, el imperio y el despotismo de la
irreligión y de la falsa filosofía.
Al instante se
decretan leyes contrarias a la inmunidad de
la iglesia y de sus ministros. Se le había
exigido al clero treinta millones, después
cuatrocientos; a todo se prestó a fin de no
dar pábulo a la rebelión. Por último, se
publican redimidos los diezmos, y las rentas
de las iglesias todas se dan por concluidas.
¡Ya están cumplidos los deseos de Volter, de
Federico el grande y de todos sus amigos!
¡Los ministros del santuario se ven
asalariados como los soldados en la milicia!
Una pensión reducida, que apenas basta para
no morir de necesidad, es la que únicamente
se les asigna, y lo que jamás cobraron sin
descuentos, sin dicterios, sin injurias. Se
declaran por nulos todos los votos
monásticos, y se publica podían ya pasar al
matrimonio todos sus individuos. Esto era
(según la doctrina de Rousseau) restituirlos
al ser de hombres, que por los votos habían
perdido. Se derogan las cesiones de los
reyes de Francia a favor del Vicario de
Jesucristo; el sucesor de S. Pedro (dicen
los filósofos políticos) debe carecer de
todas las temporalidades. Finalmente, se
accede por los comunes al parecer de
Mirabeau de descatolizar la Francia, para
que se efectúe la revolución completa.
Los sacerdotes
que se oponen a los progresos de la
impiedad, todos se proscriben. A los
prefectos de los departamentos se les intima
obren en todo rigor contra los ministros de
la iglesia, y que no duden ser en todo
sostenidos. A miles se sacrifican inocentes
víctimas únicamente por calumnias. No era
necesario más que ser fraile o clérigo
para ser conducido al suplicio. Iglesias,
altares, santos, sagrarios, Dios en el
adorable Sacramento... a todo se acomete,
todo se profana. Las iglesias se mudan en
teatros, en cuadras, en cuarteles; las
imágenes se mutilan, las aras se destruyen,
los sagrarios se cierran, y sellan con una
mano sacrílega, para que ningún sacerdote,
ningún fiel, aun moribundo, tenga el
consuelo de recibirle antes de espirar.
¡Ni en los
primitivos siglos se cometieron por la
filosofía tantos crímenes contra la religión
de Jesucristo! Los herejes repitieron estas
escenas en varias épocas, pero mucho menos
horribles; los calvinistas las reiteraron en
Francia en sus días; mas ahora sus
descendientes los filósofos, a todos han
excedido. ¡Cuántos delitos, cuánta sangre,
cuántos mártires ha costado a Francia su
pretendida reforma, su infernal filosofía!
Aún no está
contenta con tantos triunfos esta deidad
fementida. Para mayor ignominia de
Jesucristo, de su religión, de sus
ministros, para establecer su reino sobre la
ruina del de los cristianos, y llenar todos
sus planes, decreta, no por el
populacho, vulgo, gente rústica, o algunos
particulares, no en el fuego de una
discusión, sino a sangre fría, por
centenares de hombres presumidos de sabios
que componían la asamblea nacional, que se
les den públicos cultos; que el templo de
Dios de los cristianos, el más suntuoso y
magnífico edificio de todo París (quitados
por el cincel los relieves en que estaban
los trofeos de nuestra religión, los santos,
y la cruz de Jesucristo) se le dedicase con
toda solemnidad, y en lo sucesivo se
conociese por el templo de la razón.
Aquí se manda traer en solemne procesión,
como de triunfo, una cómica, su trono es el
altar mayor, a sus pies se entonan himnos
que la deifican; en el púlpito se predica el
cinismo... ¡todos los delitos! El corazón
del mayor de los filósofos, del príncipe de
los cómicos, del hombre más corrompido, del
impío por sistema, del ateísta por
principio... ¡de Volter!... se extrae de su
sepulcro, se conduce con solemnidad hasta
París, y se coloca en el templo de Dios
vivo... allí se le queman inciensos, se le
adora, se le diviniza como a la misma
razón y filosofía. A Rousseau alcanza
este privilegio; después lo obtuvieron Marat
y Mirabeau... La pluma se resiste a escribir
tantas impiedades... los oídos se sienten...
el alma se horroriza...
El ídolo de la
abominación está ya de asiento en el lugar
santo. Se acabó toda religión en Francia, y
se extinguió la monarquía. ¿Estarán
satisfechos los filósofos? ¿Cesarán
de derramar sangre, de sacrificar víctimas
cristianas a su execrable divinidad? No.
Ella ha jurado no dejar las armas de las
manos, ínterin haya un Rey, un altar, un
sacerdote. La religión cristiana se halla
establecida en casi toda la Europa; la
filosofía, su rival, no puede permitirle ser
limítrofe de la Francia; batida en este
reino cristianísimo, le parece fácil en
todas partes perseguirla y destronar
igualmente los reyes que se le resistan. La
conquista de la Francia era la primera que
debía afianzar el reino de la filosofía; las
demás naciones en seguida serían acometidas
con las fuerzas de aquella, para uncirlas al
carro de su triunfo.
Número III
Extinguida
la verdadera religión en Francia, y
entronizada la abominable filosofía,
extiende esta sus planes de
conquista a toda la Europa; salen sus
emisarios a todos los reinos para acabar con
los monarcas, y abolir la ley de Jesucristo.
Número IV
Se descubren
las tramas de la Francia y de Napoleón, para
cautivar nuestros reyes, incorporar la
España a sus dominios, corrompernos con sus
doctrinas, mudando las máximas de nuestra
religión por las de la filosofía.
Número V
España se
arma para defender su religión, su patria,
su rey y sus derechos; se describe la
heroica resistencia que han hecho sus
habitantes (en especial el estado
eclesiástico) contra el tirano de la Europa.
Número VI
Abatida la
España por la ocupación casi general de sus
provincias, principia a correr en algunos
papeles públicos la doctrina de la
filosofía, de que se ha valido la
Francia en sus planes de conquista;
se dan los testimonios extractados de los
mismos escritos, y se concluye, que la
religión y la patria se hallan en peligro,
si no por las armas francesas, por sus
máximas y principios.
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