viernes, 26 de enero de 2007

Dios.Patria.Fueros.Rey Legítimo 

 

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Ramiro de Maeztu Whitney.

Vitoria, 4 de mayo de 1875- Aravaca (Madrid), 29 de octubre de 1936

La misión interrumpida. Defensa de la Hispanidad

Para los españoles no hay otro camino que el de la Monarquía Católica, instituida para servicio de Dios y del prójimo. No podría fijar el de los pueblos de América, porque son muchos y diversos. Cada uno de ellos está condicionado por sus realidades geográficas y raciales. A mí no me gusta la palabra Imperio, que se ha echado a volar en estos años. No tengo el menor interés en que empleados de Madrid vuelvan a recaudar tributos en América. Lo que digo es que los pueblos criollos están empeñados en una lucha de vida o muerte con el bolchevismo, de una parte, y con el imperialismo económico extranjero, de la otra, y que si han de salir victoriosos han de volver por los principios comunes de la Hispanidad, para vivir bajo autoridades que tengan conciencia de haber recibido de Dios sus poderes, sin lo cual serán tiránicas, y de que esos poderes han de emplearse en organizar la sociedad de un modo corporativo, de tal suerte que las leyes y la economía se sometan al mismo principio espiritual que su propia autoridad, a fin de que todos los órganos y corporaciones del Estado reanuden la obra católica de la España tradicional, la depuren de sus imperfecciones y la continúen hasta el fin de los tiempos. Ello han de hacerlo nacionalizándose aún más de lo que están. Los argentinos han de ser más argentinos; los chilenos, más chilenos; los cubanos, más cubanos. Y no lo conseguirán sino son al mismo tiempo más hispánicos, por la Argentina y Chile y Cuba son sus tierras, pero la Hispanidad es su común espíritu, al mismo tiempo que la condición de su éxito en el mundo. El ansia universalista que les animaba cuando se ofrecían a la emigración de todos los pueblos de la tierra sólo es realizable por el Catolicismo. Las otras religiones son exclusivistas y celosas y la experiencia ya ha sido hecha. Los argentinos creían poder asimilar a los judíos, a los españoles o a los italianos. No lo han logrado. Los judíos se casan entre sí, y este cuidado de la pureza de su raza no es sino la expresión de su voluntad firme de no dejarse absorber por ningún otro pueblo.

El éxito se logra de otro modo. Don Eusebio Zuloaga me contaba que no hace muchos años le guió un cacique indio por las montañas de Bolivia. El indio se apoyaba en un bambú que tenía en el puño una vieja onza española. "¿Quién es ese?" -le preguntó Zuloaga, señalando con el dedo la efigie de la onza-. "El Rey de Castilla, mi rey" -repuso el indio-. "¿Cómo tu rey? Aquí en Bolivia tenéis un presidente" -observó Zuloaga-. Pero el indio se lo explicó todo: "Ese presidente lo nombra el rey de Castilla. Si no fuera por eso, ¿crees tú que yo me dejaría mandar por un mestizo?". Sin duda ha habido gobernantes en Bolivia que, hasta hace pocos años, han querido fortalecer su prestigio haciendo creer a los indios que los designaba el rey de España. Ello no muestra sino que la obra protectora de los indios, a que se dedicó durante tres siglos la Monarquía Católica española, por medio de toda organización gubernativa y eclesiástica, ha echado raíces tan profundas en los pueblos de América, que no pueden concebir otra autoridad legítima que la que ella designa. Y lo que aquí se significa (porque los Gobiernos se legitiman mucho más por su bondad que por su origen) es que la misión de todo Estado hispánico ha de consistir en fortalecer a los débiles, en levantar a los caídos, en facilitar a todos los hombres los medios de progresar y mejorarse, que es confirmar con obras la fe católica y universalista.

Para esta faena, la de seguir la misión interrumpida, han de esperar los pueblos hispánicos las simpatías y el apoyo de todos los países católicos. Si la Hispanidad se hizo con la idea católica, la Iglesia, en cambio, no ha producido en el curso de los siglos otro Imperio que se dedicara casi exclusivamente a su defensa, más que el nuestro. Esa misión hay que continuarla. En ella está la orientación que echábamos y echamos de menos. El mundo no ha concebido ideal más elevado que el de la Hispanidad. La vida del individuo no se eleva y ensancha sino por el ideal. Pero si una mujer abnegada dijo en la hora de su muerte que el patriotismo no es bastante, también puede decirse que la religión no es tampoco suficiente para llenar la vida, sino que necesita del patriotismo para encarnarse en esta tierra. En este ideal religioso y patriótico sería ya posible hasta recoger las almas extraviadas que de su patria regeneraron por no encontrar en ella los bienes de otros pueblos. Las diríamos que busquen donde quieran las ciencias y las artes que nos falten, para traerlas al "dulce y patrio nido", como pájaros menesterosos de pajuelas. No necesitan renegar de nuestro pasado, que también fue una busca por el mundo de cuanto precisábamos. Lo esencial es que defendamos nuestro ser. La vida del hombre se rige por la causa final. Su finalidad se encuentra en sus principios. Los pueblos señalan su porvenir en sus mismos orígenes, apenas se va plasmando en ellos la vocación de su destino.

Presumo que los caballeros de la Hispanidad están surgiendo en tierras muy diversas y lejos unos de otros, lo que no les impedirá reconocerse. ¿No se conocen entre sí los místicos, los amigos del arte, los grandes aficionados al mismo deporte? ¿No hay en el lenguaje de los buenos hispanos un diapasón, a la vez religioso y patriótico, que los distingue a todos? Esperemos entonces: "Don Gil, don Juan, don Lope, don Carlos, don Rodrigo" -porque su ideal personal será el de sus países, y el de sus países el de la Hispanidad, y éste el del género humano-, que los caballeros de la Hispanidad, con la ayuda de Dios, estén llamados a moldear el destino de sus pueblos.

 

 

 

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