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Siempre volvemos a lo mismo: la
desorientación nacional. No es verdad que
seamos inmorales. Nuestro pueblo sigue
siendo uno de los mejores de la tierra.
Entre nosotros marchan satisfactoriamente
todos los modos de vida: relaciones de
familia, de amistad, de negocio en la
pequeña industria y el pequeño comercio, que
sigue rigiéndose por principios de nuestro
Siglo de Oro. Lo que no marcha bien es la
política, el Estado, la enseñanza, cuantos
otros aspectos de la actuación social se han
dejado malear por ideas revolucionarias y
extranjeras. La tragedia en los países
nuestros es la de aquellas almas superiores,
que se han dejado ganar por el escepticismo,
que las condena a vivir sin ideales. Así la
vida misma acaba por hacerse intolerable. El
alma del hombre necesita de perspectivas
infinitas, hasta para resignarse a
limitaciones cotidianas. Lo que echamos de
menos lo tuvimos, hasta que en el siglo
XVIII lo perdimos: un gran fin nacional.
Esto es lo que hemos de buscar, lo que ya
buscan en los autores de otros países los
lectores de libros extranjeros. Y lo que han
de ir descubriendo en nuestra historia y
arte y religión y en la profundidad de
nuestros sentimientos más auténticos, los
caballeros de la Hispanidad. Esta España de
ahora, que vive como si estuviera de más en
el mundo, no es sino la sombra de aquella
otra que fue el brazo de Dios en la tierra.
¿Cómo resurgirá la verdadera? Por nuestras
ansias, y aun por el mismo espíritu de
aventura que nos extranjerizó hace dos
siglos. Porque todas las otras pruebas están
hechas, y andados todos los caminos. No nos
queda más que uno sólo por probar: el
nuestro. Tómense las esencias de los siglos
XVI y XVII; su mística, su religión, su
moral, su derecho, su política, su arte, su
función civilizadora. Nos mostrarán una obra
a medio hacer, una misión inacabada. En
cambio, al volver los ojos a los senderos
que en estos dos siglos hemos recorrido nos
encontraremos siempre con que no llevan a
ninguna parte. Nietzsche dijo de España que
había querido demasiado. La verdad es que
España no quiso sino lo que todas las
grandes ideas, como el liberalismo o el
socialismo, han deseado y prometido: la
redención del género humano. España no sólo
quiso, sino que hizo mucho. Compárense,
principios por principios, los que cumplen
sus promesas con lo que las dejan
incumplidas. Y el liberalismo no cumple las
suyas. En el orden del espíritu, su
escepticismo respecto de la verdad no hace
sino propagar la peste del indiferentismo,
como dice la proposición LXXIX del
Syllabus, que lo condena justamente por
conducir "más fácilmente a los pueblos a la
corrupción de las costumbres y del espíritu
y propagar la peste del indiferentismo".
¿Nos compensará de estos males con los
bienes que fomenta en la vida económica? Hoy
se ha desvanecido la ilusión que había
puesto el mundo en el ideal librecambista.
Los países principales vuelven la mirada a
regímenes de autarquía. Así se desvanecen
todas las críticas que se habían hecho
contra el sistema cerrado de la economía
española en América. Ningún país puede
consentir que sus riquezas sean explotadas
para exclusivo o principal beneficio de
extranjeros. ¿Quién podrá creer hoy en la
democracia? Las naciones más ricas se
arruinan para sacar a los electores de su
natural retraimiento, ofreciéndoles, a
expensas del Erario, ventajas particulares.
Tampoco creeremos en la ciencia, porque es
neutral y mata como cura. Y el progreso no
lo afirmaremos sino como un deber. La idea
del progreso no lo afirmaremos sino como un
deber. La idea del progreso, fatal e
irremediable, es un absurdo. El tiempo, que
todo lo devora, no puede por sí solo
mejorarnos. Era más cierta la mitología de
Saturno, en que se pinta al tiempo
comiéndose a sus hijos. Tampoco se sostendrá
nuestra beocia admiración por los países
extranjeros. Todos los pueblos que siguieron
caminos distintos de la común tradición
cristiana se hallan en una crisis tan
profunda que no se sabe si podrán salir de
ella. |