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Carlos VII es el prototipo de esa raza de
hombres que tienen un nivel moral mucho más
alto que su siglo. La fe religiosa más
ardiente, el amor a la Patria llevado hasta
el delirio, la veneración más rendida a las
grandes instituciones de los grandes siglos,
la admiración inteligente y sincera de todos
los resplandores de la ciencia, la industria
y las artes de los tiempos modernos; el
conocimiento de los pueblos del viejo y del
nuevo Continente, aprendidos en la Historia
y en el estudio constante de viajes
sabiamente combinados para que muestren la
realidad de la vida social por todos sus
aspectos, los espectáculos más sorprendentes
de la naturaleza y los ejemplos de heroísmo
y grandeza moral más altos del siglo. El
fragor de las batallas, la vida agitada del
soldado y las más tiernas intimidades del
hogar, odios inextinguibles y amores
delirantes, ingratitudes son nombre y
lealtades sin medida, expatriaciones,
destierros y aclamaciones frenéticas de
millares de soldados; la vida humana por
todos sus aspectos, con todas sus sombras y
todas sus claridades, han pasado alrededor
de esa figura, delineando los contornos del
primer caballero del mundo, no sólo por la
alcurnia de sus blasones y de la progenie de
su raza, sino por aquellas excelsas
cualidades que la mano de Dios y los hechos
de la Historia han ido derramando sobre un
hombre que puede decir que, para forjar su
carácter y darle temple de acero, para que
no se quiebre al luchar el cuerpo a cuerpo
con la Revolución, se han dado cita todas
las grandezas de la naturaleza y del alma,
todas las tristezas del corazón y los odios
sañudos de las pasiones adversas irritadas.
Cuéntase en los poemas caballerescos que un
príncipe de heroicos alientos, teniendo que
pelear con un gigante que tiranizaba a las
gentes de su pueblo, y no pudiendo vencerle
más que con la espada de su padre, sepultado
con aquella debajo de una montaña, horadó la
mole de rocas y, separando con hercúleo
esfuerzo las losas del sepulcro, despertó al
rey muerto del sueño perdurable, y,
recibiendo de sus manos el acero siempre
victorioso, dió muerte al adversario en
reñida contienda y libertó de servidumbres a
su reino. Carlos VII, sabiendo que a la
Revolución, que es la mentira, sólo se la
vence con la verdad, ha penetrado en el
panteón de los siglos de nuestra historia,
y, separando las escorias que el absolutismo
cesarista y el parlamentarismo han arrojado
sobre el altar y el trono, pilares de la
Patria común, ha logrado alzar la losa
funeraria y recoger en sus manos, limpia de
herrumbres e impurezas, la antigua corona
real para mostrarla a los pueblos como
símbolo de la autoridad que no oprime y de
la libertad que no se rebela, seguro de que
en ella se mellarán las espadas de la
Revolución y que saldrá radiante de la
prueba caldaria de la dinamita anarquista,
en que perecerán todas las obras que no
estén rematadas por la cruz.
Y Carlos VII en todos sus manifiestos habla
un lenguaje más claro y preciso que Carlos
V, y el Conde de Montemolín, porque aquellos
dos reyes, muertos en el destierro por amar
a la justicia y aborrecer la iniquidad, se
dirigían a una sociedad que presenciaba el
comienzo del desarrollo de un sistema
funesto que aún no había producido todos sus
frutos de muerte, y su obra tenía que ser,
más que protesta negativa contra lo que se
alzaba que de afirmación precisa de lo que
tenía que levantarse; pues no habiendo
recorrido toda su escala el error y el mal,
ni se sabía lo que la inundación dejaría de
anegar, ni se conocían todas las
instituciones que habían de salir
purificadas de la contraprueba de los
incendios revolucionarios.
Ahora, cuando el ciclo revolucionario se ha
cerrado en los dominios de la inteligencia
con el retroceso a las últimas negaciones
del paganismo, y está próximo a cerrarse en
las realidades de la vida con el
derrumbamiento de la sociedad, derrocada de
los sillares graníticos en que la había
cimentado la Iglesia, al terrible empuje del
ejército del desorden, puede el Rey
cristiano desplegar a los cientos la
gloriosa bandera de los antiguos días y
presentarla a los pueblos como el emblema de
sus esperanzas y el palladium de sus
libertades.
Sí, de sus libertades, que después de un
siglo de revoluciones hechas en nombre de la
libertad, ésta es cautiva que gime pidiendo
aire y luz en las mazmorras del derecho
nuevo. El Estado ateo es el tirano que todo
lo avasalla, levantándose como una montaña
de plomo sobre los organismos sociales
dislocados y las espaldas de una manada de
siervos. Fuera de la libertad de la
blasfemia y la de crucificar de nuevo a
Jesucristo, la Revolución en todas sus
formas y en todos sus partidos no ha traído
al mundo más que la restauración de la
esclavitud gentílica.
Clases enteras sufren en las galerías de las
minas y de las fábricas las torturas de la
afrentosa servidumbre y, después de
diecinueve siglos de cristianismo, los
talleres que han renegado del eterno modelo
de Nazaret son mercados donde los más
fuertes comercian con los más débiles,
trocando en una mercancía lo que antes era
persona rescatada con la sangre de un Dios,
y ahora, a fuerza de la libertad
revolucionaria, ha vuelto a ser cosa.
Por eso Carlos VII habla a la sociedad
moderna un lenguaje que hasta ahora no había
ésta comprendido, porque el odio sectario y
la ignorancia criminal que le sirve de
compañera inseparable, lo habían
desfigurado, falsificándolo, para poder
combatirlo. La fórmula constante de su
pensamiento precisamente se resume en la
opuesta a la que sus contrarios le
atribuyen; odio al absolutismo y amor a la
libertad. Es decir, guerra al estado
centralizador y socialista que usurpa las
atribuciones de todas las entidades
sociales, concentrándolas en su voluntad
despótica para considerarse a sí mismo como
la única persona social que existe por
propio derecho, mientras las otras,
comenzando por la familia y acabando por la
Iglesia, viven por concesión o tolerancia; y
amor entusiasta a todas las justas
libertades que, como las civiles, enaltecen
al hombre reconociendo sus fueros
imprescriptibles, como las públicas
garantizan contra los abusos del poder esos
derechos, y como las políticas le hacen
participar, sin arrogarse la soberanía, del
ejercicio de sus funciones.
De aquí que Carlos VII pueda compendiar los
principios de su política en esta fórmula
que es el resumen de todos sus manifiestos y
la esencia de la Monarquía española,
cristiana en su esencia y federal en su
forma: manumisión de los esclavos y
emancipación de los siervos hechos por el
liberalismo, en nombre de la libertad,
devolviendo a todos los miembros y personas
sociales los derechos que el Estado moderno
les usurpa y que el Poder cristiano tiene la
obligación de reconocer y secundar.
A la Iglesia las libertades que las regalías
le usurpan; a la familia y sus
prolongaciones, la escuela y la Universidad,
el derecho a enseñar que el Estado docente
monopoliza y absorbe; al municipio, la
franquicia de administrar con independencia
sus intereses, hoy gestionados bajo la
inspección y el dominio del Poder central; a
la región, sus derechos de conservar y
perfeccionar la propia legislación civil,
lengua y literatura, y de dirimir los
peculiares litigios sin dependencias
burocráticas; a las clases sociales,
empezando por la agricultura, el comercio y
la industria, siguiendo por las
corporaciones científicas y acabando por la
aristocracia y el clero, el derecho a
nombrar sus especiales procuradores y
ligarlos a su voluntad con mandato
imperativo, declarando incompatible su cargo
con toda suerte de empleos y honores; a las
Cortes, espejo de la sociedad y compendio de
las fuerzas nacionales, la facultad de
exigir como condición indispensable su
consentimiento para establecer impuestos
nuevos y variar leyes fundamentales; al
Consejo Real, las prerrogativas, disueltas
en interminable serie de oficinas
burocráticas, ara todos los asuntos
generales en que le Monarca necesita su
concurso; al Rey, el ejercicio libre de las
facultades que ahora usurpa la oligarquía
del Gabinete por el refrendo ministerial, y,
finalmente, a la nación entera, el derecho
de ser libre bajo un soberano esclavo del
deber y súbdito de Cristo.
A cada derecho hollado y a cada necesidad
sentida por la sociedad española corresponde
una parte de este programa. Y ahora que la
nación se arrastra en el lecho de su
miseria, viendo los horizontes empañados por
nubes siniestras y sintiendo la pesadumbre
de un Ejército al que se niega el derecho a
la gloria, en vano será que la voz apagada
de los sofismas y los explotadores de la
masa servil, traten de oscurecer los
entendimientos y torcer las voluntades;
porque los hechos usan de la palabra con
tanta elocuencia, que los ojos se abren a la
luz y los brazos se levantan al cielo para
darle gracias porque, en medio de las
terribles desventuras que nos aquejan, aún
hay una Patria que salvar y un hombre que
puede salvarla.
El odio y la calumnia, celebrando esponsales
con la ignorancia, se han juntado para
arrojar ira y lodo a esa noble figura del
destierro que comparte con el Vicario de
Cristo la saña de las sectas y el respeto y
el amor de los que rinden homenaje a la
majestad del derecho y a la grandeza del
infortunio. ¡No importa! Por encima de la
gritería de los partidos que se reparten el
botín, y de los clamores de las sectas que
aclaman a Barrabás y piden la muerte del
justo, se destaca la figura del gran Rey que
no vacila, porque se apoya en la Cruz y que,
el día de la catástrofe de los suyos, al
despedirse de la legión tebana de los
tiempos modernos que traspone con él la
frontera de la Patria, no desmaya, y,
revelando toda la constancia viril de
nuestra raza, consuele a los héroes que
lloran con esta frase profética, que es ella
sola una epopeya: ¡Volveré!
Dios ha querido, sin duda, premiar al gran
caballero de la edad contemporánea; y por
eso, a despecho de las iras y la ceguedad de
los partidos liberales, no necesita él
volver a España; es España la que vuelve a
Carlos VII, empujada por esos partidos
próximos a deshonrarla después de haberla
saqueado. |