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Ese vínculo que une nuestra vida con la vida
de la Patria nos obliga a mucho. A lo
primero que nos obliga es a conocerla, y no
se puede amar lo que se ignora. De aquí voy
a deducir una consecuencia: que si es
necesario conocer a la nación para amarla,
hay que conocer su vida íntima, hay que
conocer la directriz de su historia, el
principio vital que ha informado su ser y
todas las manifestaciones de su genio, y
para conocer eso, cuando se trata de España,
hay que conocer la Religión Católica.
Pero ¿es verdad que la Religión Católica
constituye el elemento predominante y
directivo de la Patria y de la nación
española? Para negarlo, a fin de eludir la
consecuencia de la enseñanza religiosa
obligatoria, hay que negar su historia, es
decir, negar a España, no tengo más que
trazar ante vosotros las líneas más grandes
y más generales de esa historia para
demostraros que la Religión Católica es la
inspiradora de España, la informadora de
toda su vida, la que le ha dado el ser, y
que sin ella no hay alma, ni carácter, ni
espíritu nacional.
Salimos de la unidad externa y poderosa de
Roma, que tendió su mano por España, cerca
de seis siglos, pero ni con su inmensa red
administrativa y militar, ni con la
transfusión de su lengua y de su derecho, no
con terribles hecatombes que dejaron pavesas
y escombros en lo lugares que fueron
ciudades heroicas, pudo salvar las
diferencias de las razas iberoceltas y de
las colonizadoras fenicias y helénicas, que,
apoyadas en la diversidad geográfica, latían
bajo su yugo, recibiendo su poderosa
influencia, pero también devolviéndola y
comunicándola en la literatura y en el
Imperio. Fué necesaria una unidad más fuerte
y más íntima que llegase hasta las
conciencias y aunase en un dogma, en una
moral y en un culto de almas, y las
iluminase con la palabra de los Apóstoles, y
las ungiese con sangre de mártires, y las
limpiase de la ley pagana en los circos y en
los concilios, estrechándolas con una
solidaridad interna, que, por ministerio de
la Iglesia y del tiempo, se convertirá en
alma colectiva. Por eso, cuando el
caudillaje militar de los bárbaros se
repartió los girones de la púrpura imperial
sobre el cadáver de Roma, la Iglesia se
interpuso entre el godo, arriano y rudo, y
el hispanorromano, católico y culto, y
venció a los vencedores, infundiéndoles la
fe y el saber de los vencidos.
Cegó en los Concilios Toledanos el abismo
que los separaba, formando aquel Código
singular, el mejor de su época, el Fuero
Juzgo, donde brotaba ya, rompiendo la
corteza absolutista, el germen de la
Monarquía cristiana, con la diferencia del
Rey y del tirano, y se armonizaban los tres
grande elementos de la civilización que
empezaba: el romanismo, el germanismo y el
cristianismo, superior y más poderoso que
los dos. Suprimió la ley de castas y la
separación familiar, sembrando la semilla de
la nacionalidad en un surco tan hondo que
podrá crecer y prosperar bajo las olas de la
invasión musulmana. Y cuando esa invasión se
desborda y las legiones sarracenas se
apoderan de las islas y de las grandes
ciudades del Mediterráneo, y saltan el
Pirineo y hacen temblar a Europa, ¿quien
salva la civilización de una catástrofe,
organizando la lucha secular de la
Reconquista? ¿quién la dirige? ¿de dónde
salen los grandes ejércitos que van a pelear
desde las montañas hasta las llanuras y de
las llanuras hasta el mar? Salen de las
cuevas de los eremitas y tienen su base de
operaciones en los monasterios de las
montañas. Esa reconquista, que es la cruzada
de Occidente, no es una serie de guerras
como las cruzadas de Oriente, es una sola
campaña, un inmenso campo de batalla, donde
se dan cita las generaciones y los siglos,
guiados por el mismo plan que va trazando la
Iglesia con la Cruz en el suelo peninsular.
El ejército central sale de la cueva del
Auseva; el de la izquierda, baja de los
Santuarios de la Burunda y de San Juan de la
Peña; el de la extrema izquierda recibe un
impulso de los que se extienden por la Marca
Hispánica y acampa en Ripoll, y el de la
derecha aparecerá en la frontera de Portugal
más tarde, sembrando los templos de etapas
de su jornada. ¿Y que sucede cuándo los
ejércitos avanzan? Alfonso II, apoyándose en
algunos núcleos de resistencia que han
quedado intactos en Galicia, llevará un día
sus fronteras hasta el Miño; Ramiro II, las
llevará, después de la memorable batalla de
Simancas, hasta el Duero; Alfonso VI, las
llevará hasta el Tajo, y Alfonso el
Batallador, hasta las Riberas del Ebro,
desde Tudela a Zaragoza; y las huestes que
recorren la orilla del Mediterráneo, que
tendrá que agitarse debajo de sus garras,
llegarán con Berenguer IV hasta la
desembocadura del Ebro, arrojando a los
dominadores más allá de la Ribera de Tortosa;
y las que siguen la línea del Atlántico
llegaron con Alfonso Enríquez a la
desembocadura del Tajo, que los lanzará a la
desoladora llanura del Alemtejo. Y cuando
una nueva invasión, que parece que trae el
desierto y la traslada por encima del
estrecho, nos ataca, todos los reyes
avanzarán unánimes, porque Alfonso IX de
León entrega parte de sus guerreros y se
queda de reserva con los demás, y entonces
será la Iglesia la que extienda sus mantos
de los caballeros de sus órdenes militares
para que cubran la tierra empapada con su
sangre en el Centro peninsular y puedan
pasar sobre ella los reyes confederados
alrededor de la Cruz y llevarla en triunfo
por el paso del Muradal hasta las colinas de
las Navas, y descender después, con un santo
que esconde el sayal del armiño, hasta el
Guadalquivir, y llegar más tarde a la vega
de Granada, y ponerla en sus adarves. Y no
se parará allí a dormir el sueño de la
victoria realizada, bajo pabellones de
laurel; se asomará al mar para cautivarle y
educarle con su fe y su genio, y se detendrá
un momento a descansar en el pórtico de la
Rábida para convertirle en pórtico de un
Nuevo Mundo, y, por medio de un sublime
terciario, Colón, que anda buscando dinero
para una nueva cruzada, protegido por tres
frailes, Fray Juan Pérez, fray Antonio de
Marchena y fray Diego de Deza, y por una
reina que lleva por apellido el de la
Iglesia, cruzará por rumbos desconocidos el
Océano y podrá el nombre de la Virgen.
ofreciéndole su empresa a la carabela que
dirige; el de San Salvador a la primera isla
que descubre, el de Santa Cruz a la primera
nave que construye en la Isabela; y al
desembarcar en Cádiz, después del segundo
viaje, cubrirá su cuerpo con el sayal del
franciscano. Y será entonces cuando los
guerreros emularán la fe de la legión de
misioneros más heroicos que el mundo ha
conocido; y, con el ardor del P. Olmedo o el
P. Zumárraga, y Anchieta y Montoya, el gran
Cortés, apenas pasado Tabasco, pondrá el
nombre de Veracruz a la primera ciudad que
levante el continente mejicano. Y cuando
aquel glorioso aventurero, cuyo centenario
vamos a celebrar, Vasco Núñez de Balboa,
saliendo de Santa María de Darién con un
puñado de españoles, y dominando tribus
indias que le secundan o se dispersan,
atraviesa, ante los mismos naturales
consternados, ríos que se desbordan,
pantanos que tienen la muerte en la
superficie y en el aire, y selvas jamás
cruzadas, itinerario que produce espanto en
el ánimo de los viajeros modernos, cuando,
después de exceder las fuerzas humanas, ve
tenderse ante sus ojos el inmenso mar del
Sur como un espejo que quiere reflejar tanto
heroísmo, antes de penetrar en él con la
espada en la mano o tomar posesión de sus
aguas en nombre de los monarcas españoles,
caerá de rodillas al lado de su Capellán
Andrés de Vera, y entonará aquel Te Deum que
con ellos entonará toda nuestra raza,
acompañados por el murmullo solemne de las
olas del Océano, que pronto va a quedar
cautivo entre los brazos de nuestra costa y
estrechado por nuestros genio.
Por la Iglesia fuimos con el P. Urdaneta y
Elcano a dar la vuelta al planeta, y con San
Francisco Javier a evangelizar millones de
hombres más allá de las fronteras donde
pasaron las victorias de Alejandro.
Por la Religión fuimos a pelear en los
pantanos de Flandes, para contrabalancear el
poder de la protesta, que hubiera sucumbido
sin la hora trágica en que se hundió la
Invencible; por ella hicimos la última
cruzada de Lepanto; fue nuestra nación, como
se ha dicho muy bien, la amazona que salvó a
la raza latina de la servidumbre
protestante, y la libertad y la moral del
servo arbitrio, de la fe sin obras, de la
predestinación necesaria, con los teólogos
de Trento y con los tercios que pelearon en
todos los campos de batalla de Europa; y
nosotros fuimos los que todavía, al comenzar
el siglo XIX, en las luchas napoleónicas,
salvamos a Europa de la tiranía
revolucionaria del Cesar, como se ha
reconocido, pues fué un francés,
Chateaubriand, quien dijo con razón que los
cañones de Bailén habían hecho temblar todos
los gabinetes europeos.
Y en las contiendas de los siglos XIX y XX,
¿no es verdad que todo gira alrededor de la
Cruz? Nuestras luchas civiles, nuestras
contiendas políticas, o por afirmaciones o
por negaciones, todas se refieren a la
Iglesia; y nuestros enemigos de hoy mismo,
si se suprimiera el Catolicismo en España,
se quedarían asombrados, se quedarían
absortos mirándose unos a otros, al
encontrarse sin programa. El grado de odio y
de opresión a la Iglesia, lo que se ha de
cercenar de sus derechos, lo que se han de
limitar sus facultades, ese es el programa
de los que se llaman anticlericales, de modo
que aún como negaciones viven en esa
afirmación soberana, que es el soporte
espiritual de la Patria. |