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Yo he dicho alguna vez que el cuerpo
electoral es un inmenso cuerpo sin alma. Yo
podría leer aquí el inmenso promontorio que
forman, desde el año 1890, en que se
promulgó la ley del sufragio universal,
todos los tomos del diario de sesiones; y de
ellos veríais surgir en las discusiones de
actas una acusación terrible y pavorosa de
todos los partidos y de todas las fracciones
de la Cámara, contra el sufragio universal
individualista. Todos les habéis acusado y
¡hasta que punto! Apenas se había
establecido cuando el señor Sagasta
pronunciaba aquella frase célebre contra
unas Cortes conservadoras, diciendo que
estaban deshonradas antes que nacidas.
Yo recuerdo aquella frase acerba del señor
Cánovas del Castillo, cuando decía: "El
cuerpo electoral no existe en España, porque
su voluntad está siempre al lado de los
partidos gobernantes, y no se ha dado
todavía el caso de que uno solo haya sido
derrotado en una elección."
Nombradme Ministro de la Gobernación y
veremos si en el espacio de tres meses o de
quince días no traigo aquí más minorías que
aquellas que yo quiera reconocer. Nombrad al
compañero Iglesias y os aseguro que no habrá
aquí más que una inmensa mayoría de
socialistas. Esto ¿Que prueba?; que hay una
capa inmensa de caciques que están
interpuestos entre esa voluntad del sufragio
individualista y del Parlamento; pero ese
caciquismo no brota espontáneamente de
abajo, no es árbol que arraiga en las clases
sociales, no está compuesto de prestigios
reconocidos que ejercen alguna influencia;
es una planta invertida que tiene raíces en
las alturas y las ramas abajo, y en vano
será podar las ramas mientras no se
arranquen de cuajo las raíces.
Y ese caciquismo existe con los partidos, y
los partidos turnantes son flor y nata de
todo ese caciquismo, y él es que os obliga a
plantear en una forma completamente absurda,
y, por lo tanto, insoluble, el problema de
la administración local. Se dice, por un
lado, que es necesario responder a las
aspiraciones comunes de todos los oprimidos
y establecer algo que se parezca a
descentralización administrativa, y
económica regional; pero habla enseguida de
interés en partido, y dice: el día en que la
administración tenga cierta autarquía
municipal, el día en que haya
descentralización administrativa y
económica, en todas esas fuerzas, ahora
dispersas, disgregadas bajo la lápida del
caciquismo, que es una lápida sepulcral,
recobren su vigor y su energía, aquel día no
podrán venir mayorías gubernamentales al
Parlamento; y por un lado el deseo de
satisfacer las aspiraciones generales del
país, y por otro lado la necesidad de que
sigan subsistiendo los dos partidos
gubernamentales turnantes con las mayorías
del Parlamento, hacen que las leyes, girando
entre una afirmación y una negación, lleguen
aquí con ese eclecticismo bastardo que no
responde, por un lado, a las aspiraciones
nacionales, ni tiene , por otro, la
franqueza necesaria para responder a los
intereses de las oligarquías que vienen
turnando, como diarquías espartanas, aunque
de espartanas tengan muy poco, en las
alturas del Poder.
Por eso toda vuestra obra es funesta, por
eso tengo yo que levantarme aquí, no a
defender el voto corporativo, como lo
proclamáis los conservadores, no a defender
el voto individualista, como lo proclamáis
los liberales, sino a combatir a los de esta
derecha, que no es derecha, y a combatir a
esas izquierdas, que en su mayor parte no
son izquierdas.
La obra de la Revolución francesa y de los
principios de 1789 ha fracasado. Ya lo
habéis visto; siempre habían dicho los
hombres de mi escuela que la afirmación de
la autonomía individual era contraria -por
la falta de permanencia que supone, y por la
negación de todo principio que sirva de
limitación a la inteligencia o de dique al
albedrío de la voluntad- a todo aquello que
encierra de permanente la tradición
histórica, y el concepto de organismo, pues
le faltaba la unidad y la continuidad de un
principio vital, y los átomos individuales
que venían a formarle quedaban siempre con
el derecho de romper el vínculo que entre
ellos se establecía.
¡El individuo! El individuo ha sido en
centro de todo un sistema; y, aunque os
parezca una paradoja, aunque os parezca un
sofisma, yo os diré que el individuo, tal
como vosotros lo entendéis, es una creación
artificial, que el individuo que sirve de
centro a todo vuestro sistema es fantasma
que rechaza la naturaleza humana y que
rechaza la Historia.
Desde la primera pareja humana, que tuvo que
ser simultánea, hasta la hora presente, el
individuo es en parte, un producto social.
He nacido en el seno de una familia, tengo
detrás de mí una estirpe de antepasados que
hasta el primer hombre se remonta; tengo
conmigo una herencia fisiológica; llevo
también el ambiente del medio en el que he
nacido, físico y moral; hábitos, costumbres,
tradiciones, la lengua que hablo, el acento
con que pronuncio, todo existía antes de que
yo viniera a la tierra; las creencias que
han arraigado en mi mente, los sentimientos
que existen en mi corazón no son obra
exclusivamente mía, porque dependo yo de los
objetos a que se refiere, y no ello de mí.
Quitad de mi todo esto, creencias,
sentimientos,costumbres, tradiciones,
hábitos, lengua, todo lo que yo h tomado de
la sociedad, y, ¿Qué quedará más que aquel
todo potestativo de que hablaba Alberto el
Magno, definiendo al hombre, antes de ser
actuadas sus facultades, como una
potencialidad? No quedará más que el
individuo en abstracto, lo que se llama en
lógica un universal reflejo.
¡Ah, siempre el individuo! El individuo en
todas partes, cuando, como dice uno de los
más grandes representantes de esa escuela
orgánica, Shafle, puede afirmarse, y no es
paradoja, que es más real la persona
colectiva que la misma persona individual,
que sin ella no existiría. ¿Hay nada tan
hondo y singular como la poesía? Y dentro de
la poesía, ¿Conocéis algo que sea tan íntimo
como lo que se llama poesía lírica,
subjetiva por excelencia? Señaladme el poeta
más grande de todos, el que haya cantado
dolores, pasiones, afectos tan íntimos, tan
personales que crea que sólo él los ha
sentido; y hallaréis que, por extraños que
parezcan, encuentran un eco en los corazones
de los demás hombres, porque hay en ellos
algo de social; y desde el profeta de
Idumea, tendido en su muladar y lanzando
ayes de dolor que aún estremecen al mundo,
hasta la lira orgiástica de Lord Byron, no
cantarán un sentimiento íntimo sin conmover
a una generación o a un pueblo, porque sus
lamentos repercutirán en otra fibra del
corazón humano, hallarán eco en otra alma,
que, como la suya, vibrará; porque no hay un
dolor tan subjetivo y aislado que se evapore
como una lágrima solitaria, como un grito
perdido en la humanidad, sin encontrar otro
dolor humano, otro corazón, que responda con
la compasión o con amor al suyo.
Por eso hay tres conceptos del hombre que
hay que tener en cuenta cuando se trata de
la representación. El hombre abstracto de la
Revolución, aquel que De Maistre no había
encontrado en ninguna parte, porque, según
aquella frase tan sabida, él había visto
rusos, italianos, franceses, alemanes, pero
al hombre no le había encontrado en ningún
punto. Ese hombre es una abstracción, es un
universal; y desde Aristóteles sabemos que,
aunque los universales tengan fundamento en
las cosas, como lo demuestra la jerarquía,
en la realidad no se dan más que sustancias
concretas; el hombre abstracto, separado de
todas aquellas condiciones que determinan y
concretan su personalidad, no se da en la
realidad; en la realidad se da el hombre con
otras adiciones, con otras determinaciones;
el hombre de un pueblo, de una región, de
una clase, el hombre social, y sobre él, y
concretándole más, el verdadero individuo,
en cuanto combina los elementos sociales en
el molde de su propia naturaleza,
produciendo aquello que tiene de más
singular, el carácter, que es como la
fisonomía del espíritu, más indeleble aún
que la de su rostro, y ése no es
representable por nadie más que por él
mismo. |