sábado, 06 de enero de 2007

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Juan Vázquez de Mella

Cangas de Onís (Asturias), 8 de Junio de 1861- Madrid, 28 de febrero de 1928

El principio individualista. 27 de febrero de 1908. Discurso en el Congreso

Yo he dicho alguna vez que el cuerpo electoral es un inmenso cuerpo sin alma. Yo podría leer aquí el inmenso promontorio que forman, desde el año 1890, en que se promulgó la ley del sufragio universal, todos los tomos del diario de sesiones; y de ellos veríais surgir en las discusiones de actas una acusación terrible y pavorosa de todos los partidos y de todas las fracciones de la Cámara, contra el sufragio universal individualista. Todos les habéis acusado y ¡hasta que punto! Apenas se había establecido cuando el señor Sagasta pronunciaba aquella frase célebre contra unas Cortes conservadoras, diciendo que estaban deshonradas antes que nacidas.

 

Yo recuerdo aquella frase acerba del señor Cánovas del Castillo, cuando decía: "El cuerpo electoral no existe en España, porque su voluntad está siempre al lado de los partidos gobernantes, y no se ha dado todavía el caso de que uno solo haya sido derrotado en una elección."

 

Nombradme Ministro de la Gobernación y veremos si en el espacio de tres meses o de quince días no traigo aquí más minorías que aquellas que yo quiera reconocer. Nombrad al compañero Iglesias y os aseguro que no habrá aquí más que una inmensa mayoría de socialistas. Esto ¿Que prueba?; que hay una capa inmensa de caciques que están interpuestos entre esa voluntad del sufragio individualista y del Parlamento; pero ese caciquismo no brota espontáneamente de abajo, no es árbol que arraiga en las clases sociales, no está compuesto de prestigios reconocidos que ejercen alguna influencia; es una planta invertida que tiene raíces en las alturas y las ramas abajo, y en vano será podar las ramas mientras no se arranquen de cuajo las raíces.

 

Y ese caciquismo existe con los partidos, y los partidos turnantes son flor y nata de todo ese caciquismo, y él es que os obliga a plantear en una forma completamente absurda, y, por lo tanto, insoluble, el problema de la administración local. Se dice, por un lado, que es necesario responder a las aspiraciones comunes de todos los oprimidos y establecer algo que se parezca a descentralización administrativa, y económica regional; pero habla enseguida de interés en partido, y dice: el día en que la administración tenga cierta autarquía municipal, el día en que haya descentralización administrativa y económica, en todas esas fuerzas, ahora dispersas, disgregadas bajo la lápida del caciquismo, que es una lápida sepulcral, recobren su vigor y su energía, aquel día no podrán venir mayorías gubernamentales al Parlamento; y por un lado el deseo de satisfacer las aspiraciones generales del país, y por otro lado la necesidad de que sigan subsistiendo los dos partidos gubernamentales turnantes con las mayorías del Parlamento, hacen que las leyes, girando entre una afirmación y una negación, lleguen aquí con ese eclecticismo bastardo que no responde, por un lado, a las aspiraciones nacionales, ni tiene , por otro, la franqueza necesaria para responder a los intereses de las oligarquías que vienen turnando, como diarquías espartanas, aunque de espartanas tengan muy poco, en las alturas del Poder.

 

Por eso toda vuestra obra es funesta, por eso tengo yo que levantarme aquí, no a defender el voto corporativo, como lo proclamáis los conservadores, no a defender el voto individualista, como lo proclamáis los liberales, sino a combatir a los de esta derecha, que no es derecha, y a combatir a esas izquierdas, que en su mayor parte no son izquierdas.

 

La obra de la Revolución francesa y de los principios de 1789 ha fracasado. Ya lo habéis visto; siempre habían dicho los hombres de mi escuela que la afirmación de la autonomía individual era contraria -por la falta de permanencia que supone, y por la negación de todo principio que sirva de limitación a la inteligencia o de dique al albedrío de la voluntad- a todo aquello que encierra de permanente la tradición histórica, y el concepto de organismo, pues le faltaba la unidad y la continuidad de un principio vital, y los átomos individuales que venían a formarle quedaban siempre con el derecho de romper el vínculo que entre ellos se establecía.

 

¡El individuo! El individuo ha sido en centro de todo un sistema; y, aunque os parezca una paradoja, aunque os parezca un sofisma, yo os diré que el individuo, tal como vosotros lo entendéis, es una creación artificial, que el individuo que sirve de centro a todo vuestro sistema es fantasma que rechaza la naturaleza humana y que rechaza la Historia.

 

Desde la primera pareja humana, que tuvo que ser simultánea, hasta la hora presente, el individuo es en parte, un producto social. He nacido en el seno de una familia, tengo detrás de mí una estirpe de antepasados que hasta el primer hombre se remonta; tengo conmigo una herencia fisiológica; llevo también el ambiente del medio en el que he nacido, físico y moral; hábitos, costumbres, tradiciones, la lengua que hablo, el acento con que pronuncio, todo existía antes de que yo viniera a la tierra; las creencias que han arraigado en mi mente, los sentimientos que existen en mi corazón no son obra exclusivamente mía, porque dependo yo de los objetos a que se refiere, y no ello de mí. Quitad de mi todo esto, creencias, sentimientos,costumbres, tradiciones, hábitos, lengua, todo lo que yo h tomado de la sociedad, y, ¿Qué quedará más que aquel todo potestativo de que hablaba Alberto el Magno, definiendo al hombre, antes de ser actuadas sus facultades, como una potencialidad? No quedará más que el individuo en abstracto, lo que se llama en lógica un universal reflejo.

 

¡Ah, siempre el individuo! El individuo en todas partes, cuando, como dice uno de los más grandes representantes de esa escuela orgánica, Shafle, puede afirmarse, y no es paradoja, que es más real la persona colectiva que la misma persona individual, que sin ella no existiría. ¿Hay nada tan hondo y singular como la poesía? Y dentro de la poesía, ¿Conocéis algo que sea tan íntimo como lo que se llama poesía lírica, subjetiva por excelencia? Señaladme el poeta más grande de todos, el que haya cantado dolores, pasiones, afectos tan íntimos, tan personales que crea que sólo él los ha sentido; y hallaréis que, por extraños que parezcan, encuentran un eco en los corazones de los demás hombres, porque hay en ellos algo de social; y desde el profeta de Idumea, tendido en su muladar y lanzando ayes de dolor que aún estremecen al mundo, hasta la lira orgiástica de Lord Byron, no cantarán un sentimiento íntimo sin conmover a una generación o a un pueblo, porque sus lamentos repercutirán en otra fibra del corazón humano, hallarán eco en otra alma, que, como la suya, vibrará; porque no hay un dolor tan subjetivo y aislado que se evapore como una lágrima solitaria, como un grito perdido en la humanidad, sin encontrar otro dolor humano, otro corazón, que responda con la compasión o con amor al suyo.

 

Por eso hay tres conceptos del hombre que hay que tener en cuenta cuando se trata de la representación. El hombre abstracto de la Revolución, aquel que De Maistre no había encontrado en ninguna parte, porque, según aquella frase tan sabida, él había visto rusos, italianos, franceses, alemanes, pero al hombre no le había encontrado en ningún punto. Ese hombre es una abstracción, es un universal; y desde Aristóteles sabemos que, aunque los universales tengan fundamento en las cosas, como lo demuestra la jerarquía, en la realidad no se dan más que sustancias concretas; el hombre abstracto, separado de todas aquellas condiciones que determinan y concretan su personalidad, no se da en la realidad; en la realidad se da el hombre con otras adiciones, con otras determinaciones; el hombre de un pueblo, de una región, de una clase, el hombre social, y sobre él, y concretándole más, el verdadero individuo, en cuanto combina los elementos sociales en el molde de su propia naturaleza, produciendo aquello que tiene de más singular, el carácter, que es como la fisonomía del espíritu, más indeleble aún que la de su rostro, y ése no es representable por nadie más que por él mismo.

 

 

 

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