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Una de las frases hechas y de los lugares
comunes que sirven de relleno en las
disertaciones y escritos de los modernos
charlatanes y sociólogos es, sin duda, la de
que estamos en un período de transición. Los
mismos que repiten de continuo la frase no
comprenden su verdadero sentido, y procuran
traducirla de un modo harto optimista,
suponiendo que con ella se quiere indicar el
cambio que se está operando en el seno de
las sociedades entre el antiguo régimen
cristiano, fundado en el derecho católico, y
el régimen moderno, fundado en el derecho
nuevo, entendiendo por éste la democracia
individualista o armónica que se va
lentamente estableciendo sobre los restos
del antiguo mundo, ya carcomido y decrépito.
Pero, en realidad, a poco que se medite y
observe, es otra la transición que estamos
presenciando y otro muy distinto el combate
que se libra en el mundo. El liberalismo
individualista y ecléctico, radical y
doctrinario, fue indudablemente durante gran
parte del siglo, y aún lo es para algunos
espíritus rezagados, el supremo ideal que
pugnaba por entronizarse en los pueblos, y
que explicaba con sus contiendas la
convulsión de la sociedad moderna, periodo
angustiosísimo que terminaría de un modo
feliz cuando las nuevas ideas hubiesen
pasado de los espíritus a los hechos y
gracias a ellas Cristo bajase del altar para
ceder el puesto a la razón emancipada del
yugo de su Cruz.
Mas sucedió al revés precisamente de lo que
esperaban los modernos redentores de la
Humanidad. El mundo por ellos combatido cayó
al suelo en el orden político, manteniéndose
firme en el social, a pesar de las violentas
acometidas y de los sacudimientos con que
trataron de remover sus cimientos seculares.
En cambio, la nueva creación revolucionaria,
dando muestras de la consistencia y solidez
del principio racionalista que le sirvió de
pedestal, no ha llegado a celebrar el primer
centenario sin que ya aparezca cuarteada
toda la fábrica, agrietados los muros y
próxima a derrumbarse con estrépito, a pesar
de haber empleado la mayor parte del tiempo,
no en añadirle nuevas dependencias, sino en
revocar la fachada y poner al edificio
andamiaje, a fin de que pudiese prolongar su
mísera existencia, retardando lo más posible
el descrédito de los arquitectos. Todo fue
en vano. El edificio político y económico
ahí está arruinándose, como todos los
edificios, por la techumbre, que es lo
primero que se deteriora y destruye.
¡Cosa verdaderamente notable! La revolución
política termina su evolución precisamente
en el momento en que empieza a cundir por
todas partes su descrédito. Diríase que Dios
esperaba que los obreros de la nueva babel
lanzasen el primer grito de júbilo al ver lo
adelantado de su obra, para castigar su
soberbia mostrándoles lo estéril y miserable
de la empresa de que se enorgullecían.
Libertad de pensamiento y de palabra contra
el deber de absoluta dependencia que liga al
hombre con Dios; soberanía individual y
colectiva contra la natural subordinación
del súbdito a la autoridad legítima;
libertad económica contra la relación de
caridad y de justicia que liga a los fuertes
y poderosos con los débiles y pobres; todas
las libertades revolucionarias están ahí de
cuerpo presente, demostrándonos con sus
desastrosos efectos la aberración del
principio que las alimenta.
La lucha de sectas, escuelas y partidos,
desgarrando los espíritus y encendiendo la
guerra en la inteligencias y en los
corazones; la serie interminable de
oligarquías que con nombres diversos hacen
pasar su voluntad tiránica por la que se
suponía que había de brotar de la masa
social, y, por último, la muchedumbre
obrera, que dice a sus libertadores que le
devuelvan la antigua reglamentación, porque
tanta libertad liberal la ahoga con la
argolla de la miseria; todo esto constituye
el gran proceso de la revolución, dándose la
muerte con la piqueta con que se había
propuesto no dejar en su sitio una sola
piedra del antiguo alcázar, cuya belleza y
majestad ni siquiera quiso comprender.
No es, por lo tanto, el mundo cristiano el
que se derrumba para que sobre sus escombros
se alce el paganismo restaurado. La idea
católica, a pesar de todas las propagandas
revolucionarias, sigue siendo la savia de
que todavía reciben las naciones la vida que
les resta.
Si ha perdido su influjo en los Estados, aún
conserva la divina virtualidad para volver a
ejercerla en tiempo no lejano con la misma
eficacia de otros siglos. Lo que cae y se
desmorona es el edificio liberal, apenas
levantado.
Un nuevo orden social y económico, que en
todo lo que encierra de bueno es la
reproducción del antiguo régimen cristiano,
y que en todo lo que encierra lo malo, que
es mucho, es la exageración del principio
liberal, cuyos efectos trata de evitar, es
lo que ahora se levanta. La revolución
liberal política desaparece, y se va a
comenzar la social. Su triunfo será más
efímero que la primera, pero no lo será la
enseñanza que la sociedad deducirá de la
catástrofe, porque el día en que se plantee
la última consecuencia social de la
revolución será el primer día de la
verdadera restauración cristiana de la
sociedad.
En la nueva lucha, los liberalismos
individualistas y eclécticos serán apartados
por los combatientes con desprecio, para que
ambos adversarios puedan dirimir sin
estorbos enojosos la suprema cuestión. Y es
preciso estar ciegos para no ver que los
nuevos y únicos contendientes serán el
verdadero socialismo católico de la Iglesia,
que proclama la esclavitud voluntaria de la
caridad y el sacrificio, y el socialismo
ateo de la Revolución, que afirma la
esclavitud por la fuerza y la tiranía del
dios Estado. |