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Confundir lo diferente y separar lo idéntico
es sublevarse contra la realidad, que es la
verdad objetiva, y sintetizar en uno todos
los sofismas. Afirmar como uno lo que es
vario y como vario lo que uno, son los dos
métodos que usa la razón cuando sale del
orden arrastrada por el error o la locura.
Que se confundan, se separen o se inviertan
las ideas o las instituciones que fuera de
nosotros no están confundidas ni separadas,
ni invertidas, no alterará la naturaleza del
sofisma especulativo o práctico.
Y uno de los más grandes porque desciende de
lo ideal a lo real, es el que falsea las
relaciones entre las sociedades al romper
las que deben existir entre las dos
primeras, entre la religiosa y la política:
el cesarismo. ¿Cuál es su naturaleza?
El cesarismo es en su esencia la teoría o
institución pagana que convierte las
relaciones del poder religioso y político en
relación de identidad, por la confusión de
los dos en una misma soberanía. La confusión
puede ser total o parcial, y dentro de ésta
de diferentes grados; pero la confusión
existe siempre, porque radica en la esencia
del sistema. Desde el "Emperador- Sumo
Sacerdote" del paganismo hasta e "Rey- Papa"
protestante o el "Rey- Semi Pontífice"
regalista o el Estado soberano de la
relación con la Iglesia hay una jerarquía de
grados que no altera la sustancia del
sistema. Y como se refiere a los atributos
religiosos que se suponen inherentes a la
soberanía civil, tampoco cambia su
naturaleza con el sujeto de ella sea
individual o colectivo: César- Rey. César-
Gobierno, o César- Parlamento.
El regalismo es una forma hipócrita de
cesarismo, que puede presentarse de dos
maneras: reivindicando las funciones
religiosas, como regalía de la Corona, o
como prerrogativa del Estado. Su objeto de
destruir la unidad de la unidad de la
Iglesia universal, repartiéndola en Iglesias
nacionales. Y su esencia, como la del
cesarismo, de que es manifestación atenuada,
consiste en sostener que el poder no es solo
civil, sino también eclesiástico o mixto,
porque supone, cuando menos implícitamente,
que tiene, por si, por su propia naturaleza,
funciones y derechos religiosos. Es decir,
la aberración pagana de la confusión de los
dos poderes.
El Estado, por sí, tiene, como toda persona
humana, deberes religiosos, pero no tiene
derechos religiosos nada más que para
cumplir esos deberes. Si goza de otros
derechos de esa índole, aunque siempre
subalternos, es por concesión y merced
circunstancial del poder religioso, que
puede premiar con ellos los servicios que
haya prestado con su sumisión a la verdad;
pero si considera la cesión circunstancial
como el reconocimiento de una prerrogativa
propia y permanente, y si rechaza los
deberes y quiere mantener los derechos, que
son medios para cumplirlos, supone que les
son inherentes, esto es, que su poder es
mixto de civil y eclesiástico; y como lo sea
en un punto, no hay razón de que lo sea en
los demás, y el cesarismo pagano no tarda en
brotar con un poco de lógica, probando así
que es la esencia del sistema.
La confusión cesarista sube desde el sujeto
sobre que versan las dos potestades, el
hombre, que es a la vez creyente y
ciudadano, hasta la verdad suprema,
ultrajada con la blasfemia del ateísmo.
No hay más que ver las relaciones que
establece abajo, para ver las relaciones con
que termina arriba. ¿Cuáles son las
relaciones entre el católico y el ciudadano?
Las mismas que median entre la Iglesia y el
Estado. ¿Y cuales son las que deben existir
entre la Iglesia y el Estado? Las mismas que
entre la razón y la fe. ¿Y cuáles son las
que median entre la razón y la fe? Las
mismas que entre el orden natural y el
sobrenatural. Las órbitas de aplicación
varían, pero el principio es idéntico.
- O el católico es absorbido por el
ciudadano
- o están separados e independientes el
ciudadano y el católico,
- o el ciudadano es absorbido por el
católico
- o el ciudadano está unido al católico,
pero unido a él y distinto.
La primera fórmula supone estas otras de que
es consecuencia: la Iglesia absorbida por el
Estado; la fe absorbida por la razón; orden
sobrenatural absorbido por el natural; es
decir, ateísmo arriba y ateocracia y
cesarismo abajo.
La segunda fórmula supone éstas, que son sus
antecedentes: separación religiosa y moral
entre la Iglesia y el Estado; separación
entre la razón y la fe; separación entre el
orden natural y el sobrenatural. Pero como
una fe y un orden sobrenatural, de los
cuáles es independiente la razón, son
contradictorios, la segunda fórmula se
reduce a la primera, a la razón autónoma, al
ateísmo, y la separación religiosa a la
supremacía del Estado o al cesarismo.
La tercera fórmula, si fuera lógica, sería
corolario de estas premisas: Estado
absorbido por la Iglesia; razón absorbida
por la fe; orden natural absorbido por el
sobrenatural, y, como aplicación política,
no la teocracia, que es gobierno de Dios,
sino la hierocracia, es decir, un cesarismo
a lo divino, pero cesarismo al fin, y no
mejor que los otros.
La cuarta fórmula es la conclusión política
de estas proposiciones anteriores: Estado
distinto y en su órbita soberano, pero unido
moral y religiosamente y subordinado a la
Iglesia; razón diferente, pero unida y
subordinada a la fe; orden natural
diferente, pero unido y subordinado al orden
sobrenatural.
La Iglesia católica ha mantenido siempre
esta fórmula y ha rechazado las demás. A las
dos primeras las ha condenado por impías, y
a la tercera por absurda, porque es una
exageración temeraria que sale del camino de
la verdad y va a parar, por un sendero
diferente, al abismo de donde salen las
otras. Bonifacio VIII, en siglo XIV, en la
bula Unan Sanctam, que pudiéramos llamar de
las dos espadas; y León XIII, en el siglo
XIX, en la encíclica Immortale Dei, que
pudiéramos llamar de las dos sociedades, han
hablado de igual manera de subordinación sin
absorción.
Sólo la Iglesia Católica separó las dos
potestades haciéndolas residir en sujetos
diferentes, pero no aislándolas ni
poniéndolas al mismo nivel, lo que hubiera
sido poner la religiosa pro debajo de la
política, al poner la política a la altura
de la religiosa; sino concertándolas según
la jerarquía de sus fines para que el
superior tuviese sometido al inferior en
todo lo que su cumplimiento exige, pero no
en lo demás, porque no lo exige todo; que,
si así fuera, sobraba el Estado y no habría
relaciones entre él y la Iglesia, pues no
quedaría más que un sólo término
La potestad absoluta, directa y total sobre
el Estado no la ha sostenido nunca la
Iglesia, aunque, interpretando torcidamente
frases de documentos medievales y exhumado
las exageraciones de escritores de mediana
categoría o alegatos sombríos y pesimistas
de una época decadente como el De Plantu
Ecclesiae, haya querido la mala fe sostener
lo contrario, y precisamente para traspasar
esa potestad absoluta del Estado a fin de
que la ejerciese directa y total sobre la
Iglesia.
La potestad indirecta y parcial, la que
defendieron los grandes doctores y
apologistas y demostraron nuestros teólogos
y juristas como Vitoria y Soto, es el
principio mantenido siempre por la Iglesia.
Y aunque la verdad, con la certeza a que
tiene derecho, puede reclamar lo que nadie
más que ella puede exigir, en realidad la
Iglesia funda esa potestad en un principio
universal de orden, el que expresa la gran
ley de finalidad, sin la cual la jerarquía
seria sustituida por el caos.
La relación que existe entre todas las
sociedades, y no sólo entre la religiosa y
la civil, se fija por la jerarquía de sus
fines. De aquí este trilema inexorable
cuando se trata de las que median entre la
Iglesia y el Estado: o los fines de la
Iglesia y el Estado son iguales, y no hay en
los órdenes a que se refieren dependencia
ninguna; o el fin del Estado, con ser
temporal, es superior al ser de la Iglesia;
o el de la Iglesia es superior al del
Estado.
La afirmación de los primeros supuestos es
la negación de la Iglesia, porque es la
negación de su fin, y por lo tanto, de su
origen y de la parte esencial de su
naturaleza.
El Estado no tiene sobre su soberanía, ni
frente a su soberanía, un poder que afirme
un orden religioso, moral y jurídico,
inmutables, que sea norma y frontera de su
albedrío.
Las sociedades que no tienen la constitución
de la Iglesia, ni su universalidad, ni han
penetrado como ella la historia desde hace
dos mil años, no pueden reclamar una
autonomía que a ella se le niegue.
El Estado no tendrá límites arriba ni
muralla abajo; y cuando quiera fijarlos,
habrá de apelar a la irrisoria
autolimitación de los puristas del monismo,
de los partidarios de la soberanía única; es
decir, el Estado, que no es abstracción,
sino poder que se concreta en órganos que
son personas, debe limitarse a sí mismo,
aunque nadie pueda exigirle el cumplimiento
de ese deber que no está fuera de su
potestad. Así todas las sociedades y clases
no tendrán más garantías de sus derechos que
la que se digne trazar la voluntad generosa
del tirano, que deja atrás todos los
conocidos, puesto que se declara impersonal,
y hace de los tiranizados parte de su
soberanía para que no puedan protestar
contra ella y se quejen de sí mismos.
El tercer extremo de la disyuntiva es la
afirmación de la Iglesia y de la libertad.
La potestad civil no es absoluta. La
Iglesia, al afirmarse a si misma con la
jerarquía de sus principios y de sus
derechos, madre fecunda de personas
colectivas, defiende a todas las inferiores,
que sucumben si ella, que es la más grande
de todas, sufre detrimento en sus
prerrogativas.
Por eso toda opresión contra la familia,
contra el municipio, contra la región,
contra la escuela y la universidad, y contra
las clases, es decir, contra todos los
órganos de soberanía social, empieza siempre
contra la Iglesia.
Cautiva la Iglesia, las sociedades que ella
creó o alimentó, arrastraron cadenas de
servidumbre. Esta es la razón de que, fuera
de la Iglesia, y en la medida en que los
poderes se separan de ella, exista el
absolutismo cesarista.
Cesarismo bizantino, que emancipa el
patriarca del Pontífice para hacerlo un
capellán del Imperio de Oriente. Cesarismo
feudal de la Casa de Franconia, que quiere
reducir a la Iglesia a un vasallo de su
alodio. Cesarismo gibelino de la Casa de
Suavia, que quiere convertir al Papa en
Patriarca de Occidente reservándose el
Patronato. Cesarismo protestante de los
Reyes- Papas. Cesarismo regalista de los
Reyes- Primados de las Iglesias nacionales.
Autocracia moscovita con Patriarca
subalterno primero y ante sínodo sometido
después, y, finalmente, el cesarismo
parlamentario, monárquico o poliárquico, de
la estadolatría contemporánea, en que
Pilatos se pone la mitra y Herodes la tiara,
después de haber puesto constitucionalmente
los dos el INRI en la Cruz de la Iglesia.
Donde los poderes están confundidos, habita
la tiranía, donde están separados, la
guerra; donde están subordinados, la
libertad.
Las imágenes, tan corrientes en los siglos
cristianos, comparando las dos potestades
del Sol y la Luna, al Cielo y a la Tierra, a
dos ojos, a dos espadas, a una escuadra con
su nave capitana, revelan bien la diferencia
sin separación y la jerarquía sin absorción,
de entrambos poderes. La unión de la Iglesia
y el Estado, comparada con el alma y el
cuerpo, que usaron ya algunos Santos Padres,
ha sido muy explicada por los sabios
escolásticos, observando que la Iglesia es
forma sobrenatural por su origen, naturaleza
y fin, que comunica al Estado, ya sea
considerado como sociedad, o como poder
soberano, una vida superior, determinándole
y dándole el ser cristiano; porque tomar al
pie de la letra la comparación sería negar a
la Iglesia al convertirla en forma
exclusivamente natural, y aniquilar al
Estado al hacerle parte de un compuesto
sustancial de las dos sociedades, al que
habría que referir, como a un sólo sujeto,
acciones de órdenes diferentes, por aquello
de que actiones sunt suppositorum.
La célebre frase de un publicista francés:
"es preciso que los dos poderes estén unidos
en Roma para que estén separados en el resto
del mundo" es una gran verdad. Pero allí los
dos poderes están unidos sin confusión,
permaneciendo diferentes y subordinados,
como que el temporal no es más que un medio
para la libertad espiritual, porque hasta
ahora no se ha conocido otro medio de ser
independientes los soberanos que tener
soberanía.
¿Cuál es el ideal de las relaciones
prácticas de la Iglesia y el Estado?
Aquel a que tendía afanosamente las
sociedades cristianas; la "la unión moral y
la separación económica".
¿Cuales son hoy? Las contrarias, aún en los
pueblos donde la Iglesia no está perseguida
materialmente: la separación moral y la
dependencia administrativa y económica.
Una sociedad que no se administra
completamente a si misma y que no goza de
independencia económica, no es libre.
El "presupuesto" y el "patronato" son dos
ligaduras que atan a la Iglesia y a un
Estado que no es suyo y que, con frecuencia,
es su pretorio.
Es preciso que la Iglesia, capitalizando el
presupuesto que se le da como menguada
indemnización por un inmenso despojo, y
completándolo con una cuestación permanente
de los fieles, recobre su independencia
económica, y que el patronato otorgado por
los Pontífices como un galardón a los
mantenedores de ella, no exista, como no
existe en los Estados en donde más prospera
la Iglesia. |