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Decía Napoleón que cada uno de sus soldados llevaba
en la mochila una vara de mariscal. Y bien podríamos
decir que junto a tal bastón llevaban también la
Revolución en sus espaldas. Cuando el 2 de mayo de
1808 los ciudadanos de Madrid se alzaban en armas
contra el invasor francés comenzaba la guerra de
España a la Ilustración y el enciclopedismo. Y,
cuando el 12 de abril de 1814, 69 diputados de las
Cortes ordinarias publicaban un manifiesto en el que
pedían a SMC D. Fernando VII "la convocatoria de
Cortes con la solemnidad y en la forma en que se
celebraban las antiguas" nacía la guerra del
Tradicionalismo a la Revolución. Si el 30 de mayo de
1814 el rey entra en Madrid entre aclamaciones y
gritos de "vivan las cadenas" es porque el buen
pueblo español proclamaba que si la anarquía causada
por la constitución de Cádiz era la libertad, ellos
preferían la sujección a la Ley de Dios y del rey.
El Trono y el Altar.
El carlismo, la forma genuinamente española de
legitimismo contrarrevolucionario, se gestó en la
guerra civil entre realistas y revolucionarios de
1821 a 1823 que concluyó con la entrada del ejército
de la Santa Alianza a petición de los españoles; en
la revuelta de los soldados realistas catalanes
agraviados por el rey, la llamada "guerra del
malcontents" de 1827; en la proclama, en fin, de la
Diputación de Vizcaya de 1833, en la que protesta
por la derogación del Auto acordado que revocaba la
Pragmática sanción por la cual el rey alteraba el
orden sucesorio vigente sin convocatoria de Cortes
legítimas, afirmando la proclama vizcaína la
legitimidad de la sucesión del príncipe D. Carlos
María Isidro. Sin embargo el nacimiento oficial del
carlismo se produce el 3 de octubre de 1833, 10 días
después de la muerte del rey Fernando VII, cuando el
administrador de correos de Talavera, Manuel
González, alzó la bandera de la Tradición al grito
de ¡viva Carlos V!, comenzando así la primera de un
total de 3 guerras civiles y una Cruzada.
Rápidamente detenido y fusilado, fue también el
primero de los numerosísimos mártires que dieron su
vida por la Tradición. Toda España se alzó por SMC
D. Carlos V y se unió en un sólo clamor: "Dios,
Patria y Rey". Los enemigos eran pocos pero
significativos: grupos de afrancesados,
enciclopedistas, aristócratas, financieros, masones
y carbonarios, mas dominaban la administración, el
ejército y la corte, y con la ayuda de los ejércitos
liberales de Francia, Inglaterra y Portugal lograron
vencer en una sangrienta y larga guerra de 7 años a
los voluntarios del pueblo español, sin fusiles ni
cañones, pero empujados por su ardiente fe en Dios y
su rey.
Desde entonces hasta el día de hoy, a lo largo de
170 años, la Contrarrevolución española se ha
llamado Carlismo, y ha combatido a la Revolución y a
todos los hijos que, como abortos, ha ido pariendo:
la monarquía liberal, la república, el socialismo,
el imperialismo, el comunismo, el
nacionalsocialismo. Nunca las derrotas lograron
tales logros: gracias al carlismo en España jamás
logró triunfar completamente la Revolución. Nunca
los españoles ofrendaron con tanta generosidad su
sangre como en la guerras contra aquella.
Valencia ha sido hija predilecta de la Tradición a
lo largo de toda la historia. Tallada, Forcadell,
Alió, Cabrera, el "Tigre del Maestrazgo", Arnau,
Salvador y Palacio, Santés, Cucala, Lozano, evocan
la lucha de los tradicionalistas en tierras
valencianas. Pero no sólo de guerreros fructificó el
carlismo valenciano: intelectuales, filósofos y
pensadores como Aparisi y Guijarro o Polo y
Peyrolón, armaron con sólido brío el cuerpo
doctrinal tradicionalista. Las acciones de Morella,
Segura, Camorra, aún resuenan en las crónicas de los
pueblos del Maestrazgo o el Campo del Turia. En 1936
muchos jóvenes valencianos se enrolaron en el Tercio
Virgen de los Desamparados para combatir al
comunismo. Desgraciadamente la caída de Valencia en
manos rojas al principio de la Cruzada redujo en
gran medida los miembros y la efectivdad del Tercio
y causó el asesinato de muchos mártires de la
Tradición.
¿Por qué carlistas hoy? Porque sigue la lucha contra
el sistema liberal. Porque un poder que se arroga la
soberanía nacional es más absolutista que cualquier
rey. Porque un parlamento dominado por partidos
políticos que no reconocen ninguna autoridad por
encima de ellos es una tiranía frente a un rey
limitado por la ley de Dios por arriba y por las
Cortes representativas y legítimamente constituidas
por abajo. Porque una España fuerte ha de estar
compuesta de la unión de sus reinos, principados y
señoríos, por las Españas históricas con sus
libertades y derechos respetados. Porque una
sociedad vigorosa no puede dejar la defensa de sus
intereses en grupos clientelares llamados partidos,
que se venden fácilmente a los poderosos por
alcanzar el poder, y tratan de destruir todas
aquellas instituciones (gremios, universidades,
sindicatos, cámaras, colegios profesionales,
academias, municipios) nacidas espontáneamente entre
las personas.
Pero sobre todo porque un pueblo que olvida a Dios,
un pueblo que no quiere vivir bajo la Ley natural,
está condenado a la disolución, a la pérdida de
valores, a la desesperanza, a la perdición. La
fidelidad es la más pura y noble de las virtudes, y
la Comunión Tradicionalista Carlista proclama la
suya a Dios, a su Santa Madre Iglesia, a su cabeza,
el papa, y al Magisterio de la Tradición Católica,
como así también a las Españas y a su Rey Legítimo,
el rey católico y Tradicional. Y no hay cualidad
alguna en la que destaquen más los carlistas que en
la Lealtad. Hoy, como aquel 3 de octubre de 1833
nosotros, los leales a la verdadera España,
proclamamos ¡viva don Carlos! ¡Viva Dios, la Patria,
los fueros y el Rey legítimo!.
Valencia, 10 de diciembre de
2004.

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