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ÉXITO DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “MÁRTIRES
CARLISTAS DEL REINO DE VALENCIA, 1936-39”

El
pasado viernes 21 de mayo, en un salón de actos del
Museo de la Ciudad de Valencia lleno de público
(varias decenas de personas tuvieron que seguir el
acto de pie) entre el que se encontraban muchos
familiares directos de los mártires, tuvo lugar la
emotiva presentación del libro de D. Luis Pérez
Domingo, Mártires carlistas del Reino de
Valencia 1936-39, magníficamente editado por
ACTAS dentro de la colección LUIS HERNANDO DE
LARRAMENDI.
La
presentación del acto estuvo a cargo de Don Luis
Hernando de Larramendi, en nombre de la
Fundación Larramendi, que fue otorgando el turno de
palabra a las personalidades que formaban la mesa.
Destacar que en la presidencia también se encontraba
José Mas, presidente del Círculo Cultural
Aparisi y Guijarro. Por orden de intervención los
ponentes fueron: el historiador barcelonés D.
César Alcalá, autor, entre otros, del libro
Persecución en la retaguardia (sobre los
mártires carlistas catalanes); D. José Miguel
Orts, presidente de la CTC del Reino de
Valencia; el autor del libro, D. Luis Pérez
Domingo, que con palabras emocionadas agradeció
a todos la realización de este acto recordando al
millar de carlistas valencianos asesinados y D.
Domingo Fal, Consejero Nacional de la CTC,
hizo un llamamiento al compromiso carlista, con
vocación de servicio a Dios y a la Patria, tal y
como lo hicieron nuestros mártires. Destacó el
carácter de Cruzada que el carlismo imprimió a la
contienda de 1936-39, a pesar de los errores que se
cometieron en el bando nacional. Finalizó comentando
entrañables y simpáticas anécdotas de su hermano
Alfonso Carlos, fallecido tras una rapidísima
enfermedad el pasado 5 de agosto.
El
acto terminó tomando la palabra de nuevo D. Luis
Hernando de Larramendi, comentando el significado de
la palabra MÁRTIR: aquel que muere por la fe y
perdonando a sus enemigos. Leyó diferentes
fragmentos de cartas enviadas por algunos mártires a
sus familias antes de morir, en las que instan a
perdonar a los que les asesinan con las mismas
palabras de Cristo: “Perdonadles, no saben lo que
hacen”. Con estas emotivas palabras terminó un acto
lleno de sentimiento y emoción que hizo asomar las
lágrimas a más de uno.
Antes de levantar la sesión, José Romero, secretario
de la CTC valenciana hizo entrega de diferentes
obsequios a los componentes de la mesa , en especial
al autor del libro, que recibió el nombramiento de
socio de honor del Círculo Cultural Católico San
Miguel de Llíria.
Un
acto para el recuerdo pero también para el
compromiso con nuestra sociedad como hicieron
nuestros mártires.
Ofrecemos a continuación los discursos completos de
César Alcalá, José Miguel Orts y Luis Pérez Domingo.
César Alcalá: “NOS TOCA EXPLICAR LA VERDAD, TODA LA
VERDAD”
Nos hemos reunido en esta magnífica ciudad para
presentar el libro de don Luis Pérez Domingo. A mí
me ha tocado presentarles un libro que lo siento un
poco mío. Hace ya bastantes años, cuando trabajaba
en uno que publique sobre los mártires carlistas que
hubo en Cataluña durante la guerra civil, un amigo
común me pidió que escribiera a don Luis porqué él
estaba trabajando en otro dedicado a los mártires
del Reino de Valencia. Éste común amigo nuestro, y
de muchos de los presentes, era don Alfonso Carlos
Fal Macías. Desgraciadamente la muerte le sobrevino
sin poder ver cumplido uno de sus deseos: ver el
libro de don Luis Pérez Domingo publicado. Sin
embargo, desde allá arriba, estoy seguro que, en
estos momentos, es feliz al contemplarnos. Alfonso,
éste acto también te pertenece.
Pues bien, me puse en contacto con Luis y le ofrecí
mi ayuda. Lo ayudé en todo lo que pude, enviándole
documentación que había recogido durante mi
investigación y poniéndolo en contacto con doña
Trinidad Mariner, de Nules. También creo que lo
convencí para que presentara el manuscrito al premio
Larramendi. Todo su esfuerzo se ha visto
recompensado con la edición de éste libro que hoy
presentamos. Aunque la finalidad de un escritor o de
un investigador es ver publicado su trabajo,
particularmente toda esta experiencia me ha apartado
una cosa más importante: haber conocido a don Luis
Pérez Domingo y poderlo considerar un buen amigo.
Quiero darte las gracias, públicamente, por tu
amistad, por tus consejos, por tus críticas
constructivas y por la desinteresada ayuda que
siempre he encontrada en ti.
La
obra de don Luis es muy importante para conocer la
persecución que sufrió el Carlismo en el Reino de
Valencia. Por desgracia éste tema ha sido poco
tratado por los historiadores. Si tenemos,
actualmente, dos martirologios, el de Cataluña y el
del Reino de Valencia, carecemos de otros que nos
ayudarían a comprender, un poco más, la persecución
que sufrió el Carlismo en la retaguardia durante la
guerra civil.
El
miércoles 20 de noviembre de 2001 todos los partidos
del Congreso de los Diputados rindieron homenaje a
los represaliados por el franquismo. Una de las
víctimas declaró al periódico El País que:
sólo justicia. Sin reabrir heridas, sin venganza y
sin rencor. Si bien las declaraciones son
testimoniales, no estamos de acuerdo pues, siempre,
los recuerdos, sean cuales sean, abren heridas. El
23 de noviembre de 2002 el historiador Gabriel
Jackson publicó un artículo en el mismo periódico
donde comentaba: nunca he estado tan convencido
como ahora de que debemos hablar, escribir y enseñar
la verdad, en toda su gris complejidad. Las mentidas
engendran mentiras, las exageraciones engendran
exageraciones, y la ley de las consecuencias
involuntarias dicta que se crearán nuevos
resentimientos, errores y animosidades si no somos
capaces de concentrarnos en la verdad.
Estamos de acuerdo con las palabras de Jackson, esto
es, debemos hablar y explicar la verdad. Parece como
sí, sólo los republicanos hubieran sufrido. Estamos
de acuerdo en reivindicar los muertos republicanos y
buscar las fosas comunes donde estuvieron enterados.
Ahora bien, hay muertos nacionales a los que nadie
reivindica. Se cree, equivocadamente, que los
carlistas ganaron la guerra. Esto es una verdad sólo
a medias. Si bien es cierto que los carlistas
ganaron la guerra civil -al menos esto es lo que
algunos han considerado- no es menos cierto que la
perdieron, pues así fueron tratados por el bando
ganador.
Como decía Jackson debemos explicar la verdad. Pues
muy bien, expliquémosla. Esta tiene que ser nuestra
finalidad, explicar lo que les sucedió a los
carlistas en el momento de estallar la guerra civil.
Pues bien, es el momento de reivindicar unos
derechos y unos reconocimientos. Ellos, los
carlistas, tienen los mismos derechos que los
republicanos fusilados por Franco una vez finalizada
la guerra. Lo que ocurre es que éste aspecto queda
muchas veces en segundo término y se le da más
importancia a otros hechos -tan importantes como los
descritos- pero que, en el fondo, adquieren la
importancia de la persona que los trata. Estamos de
acuerdo que los republicanos reivindiquen a sus
muertos, ahora bien, sólo con éste testimonio no
conoceremos la verdad. Por eso queremos hablar de
los carlistas asesinados en la retaguardia pues, en
la mayoría de los casos, nunca nadie ha rehabilitado
estas muertes y, por derivada, se ha escondido la
verdad sobre estas ejecuciones.
¿Quién habla en nombre de nuestros mártires?
Nosotros hablamos en nombre de ellos. Debemos
nuestra obligación de recordarlos no sólo por ellos,
por nosotros, sino para que las generaciones
venideras conozcan la verdad. Si, como dice Jackson,
es el momento de dar a conocer la verdad, sirva éste
libro de Luis Pérez Domingo para salvaguardar la
memoria de unos asesinatos tan inclasificables como
los reivindicados por los republicanos.

José Miguel Orts: EL TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES
CARLISTAS
“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (J.,
12, 24) .”Bienaventurados seréis cuando los hombres
os odien , cuando os expulsen, os injurien y
proscriban vuestro nombre como malo, por causa del
Hijo del Hombre” (L., 6, 22).
Nos congrega aquí el homenaje a unos hombres y
mujeres que supieron amar hasta el extremo y
entregaron su vida en oblación generosa por Dios y
por España. Algunos de ellos han sido ya
beatificados por S.S. el Papa. A todos ellos alcanza
la gratitud que merecen por su testimonio.
No
fueron ángeles. Ni superhombres. Ni espíritus
desencarnados. Vivían en un lugar y un tiempo que
condicionaron su creer y su actuar. Tenían unas
convicciones de las que se derivaron unas lealtades
temporales. Para ellos la fe no se circunscribía al
ámbito de su casa o de la sacristía: transcendía a
su vida pública. Incluso en función de su fe, se
configuraba su compromiso político. No se limitaban
a votar cuando había que hacerlo. Ni a pagar una
cuota de socio o de militante. Su entrega era más
profunda. Por eso, en la hora suprema no fallaron.
Superando sus debilidades humanas llegaron a
adquirir el valor de confesar a Cristo en sus obras.
Y entre esas obras figuraba destacadamente el
servicio a sus hermanos, el amor práctico a la
Patria. Y su lealtad al Rey legítimo que cuando
manda, vincula moralmente, porque el poder le viene
de lo Alto y sus órdenes sirven para construir el
Reino.
Sería inútil medir los valores y antivalores que en
aquellos trágicos años de nuestra guerra civil
estaban vigentes con la medida de los que hoy rigen
vidas y conciencias. No es comprensible, desde una
óptica actual, el odio satánico a la fe que ciega a
los perseguidores y que les lleva a matar y destruir
con una saña insólita. Es difícil, por otro lado,
calibrar la fortaleza en la fe de los perseguidos
que les hace capaces de vencer el miedo y les
pertrecha espiritualmente para las pruebas que se
les imponen. Su ejemplo sorprende en estos tiempo de
desacralización, relativismo e indiferentismo: la
muerte antes que la apostasía. Perderlo todo antes
que doblar la rodilla ante los nuevos ídolos.
Nuestros mártires no son sólo victimas pasivas: son
ofrendas vivas que perdonan a sus enemigos y oran
por ellos. Por eso casi setenta años más tarde, su
recuerdo no suscita revanchismos, ni ansias de
venganza. Son gloria de la Iglesia. Y de España. Y,
¿por qué no?, en este caso del carlismo.
Porque si no hemos de odiar, tampoco hemos de
avergonzarnos. Hemos de recuperar la memoria
histórica sin rencores, pero sin complejos.
En
1936 la Comunión Tradicionalista, perdidas las
esperanzas de una salida pacífica y política a la
crisis de descomposición en que estaba sumida la
República, optó por la sublevación con una parte del
Ejército y otras fuerzas. No lo hizo por mandato ni
inspiración de la Iglesia, sino por cuenta propia,
bajo su propia responsabilidad. La Iglesia, en
aquellas circunstancias dramáticas no tuvo opción:
no fue beligerante, fue víctima y perseguida, que no
es lo mismo. Y esa persecución progresiva determinó
sustancialmente la legítima defensa de la parte sana
de la sociedad española.
Y
vino la contienda civil con su secuela de tragedias
individuales y colectivas. Y por fin el término de
la guerra que tuvo más de victoria que de paz. Y el
nuevo orden con su perfil totalitario Con sus
luces y sombras. Entre éstas, los excesos de la
represión, que alcanzó también al carlismo, vencedor
en las armas y derrotado aun antes de entregarlas.
Pero al menos había de nuevo un espacio vital para
la Iglesia y una patria rota, pero digna.
De
la decisión de Don Alfonso Carlos I suscrita por Don
Javier y Fal Conde de sumarse al Alzamiento del 36,
el carlismo ni se avergüenza, ni se arrepiente ni
pide perdón. Nuestros muertos hoy ya son patrimonio
de todos, de la Iglesia y de la Patria. Y su
sacrificio no fue vano.
Hoy ellos son los protagonistas en este acto. Ellos
y su biógrafo, Luis Pérez Domingo.
Hace cuarenta años largos que conozco a Luis Pérez
Domingo. El autor del libro que hoy se presenta ha
sido durante todo ese tiempo un referente moral para
mí y para varias generaciones de carlistas
valencianos. Un hombre de fe tenaz. Con obras. Poco
dado a autocomplacencias y a brillos fáciles. De una
pieza. Coherente. Lo contrario a la esquizofrenia
actual estadísticamente normal. Leal hasta el
sacrificio de la juventud y de la salud. Tímido:
poco dado a mostrar sus sentimientos, pero capaz de
amar con pasión a los suyos y transferir esa
actitud a la política. Y ello le ha ocasionado
disgustos profundos. Pero su amor político nunca ha
sido ciego. Su jerarquía de valores ha estado
siempre muy clara: Luis es hombre de principios.
Esos principios, que él ha rastreado en la memoria
de los mártires, han informado su vida. Una vida
contra corriente, difícil. Autodidacta, con
capacidad de aprender de su entorno: acoger,
depurar, reelaborar y transmitir. Hombre de
tradición. Pero también es hombre de consecuencias:
trabajador. Amante de las tareas bien acabadas:
perfeccionista. De pluma certera y ágil. De palabras
pensadas y sopesadas.
Nace Luis Pérez en 1932 en Valencia. A los 8 años
fallece su padre a consecuencia de una enfermedad
contraída durante la guerra. Pronto hubo de cambiar
los libros por el trabajo. Y esa necesidad de
salario lo lleva a Madrid, a las oficinas de la
revista católica Signo, en 1953. En la capital de
España se vincula al carlismo, entonces en la
clandestinidad y en la oposición. Eran los tiempos
de Don Javier de Borbón Parma como Rey recién
proclamado y Fal Conde como Jefe Delegado. Ingresa
en la Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas de
Madrid . De nuevo en su tierra, prosigue su
militancia y llega a presidir la AET de Valencia,
forma parte del Requeté, donde desempeñó la
delegación de Propaganda y Prensa. Fue secretario
regional de las Juventudes Carlistas. Director de
los periódicos clandestinos Avant y Clarín, de los
boletines Aparisi y Guijarro y Reino de Valencia y
colabora en El Tradicionalista, Horizontes,
Resurgir, etc.. Secretario de la Junta Local de
Valencia, Vicesecretario de la Provincial de la
Comunión Tradicionalista de Valencia. Presidente del
Círculo Cultural Aparisi y Guijarro hasta hace
poco. En 2002 escribió el artículo de carga política
del libro de Homenaje a Don Javier de Borbón en el
XXV aniversario de su muerte. En los 60, cuando nos
conocimos, Luis inventó una especie de seminario
oficioso de jóvenes militantes que se llamó Acción
Carlista del Reino de Valencia y que se reunía en el
bufete de Salvador Ferrando Cabedo en horas
nocturnas, que se llevó con todo rigor formal,
incluso con actas y compromisos escritos.
La
historia personal de Luis Pérez se enmarca dentro de
la trayectoria del carlismo: en 1952, Don Javier es
proclamado Rey. En 1955 es cesado don Manuel Fal
Conde. En 1958, como fruto de la política de
colaboración con el Régimen, se permite la apertura
de los círculos carlistas, como el Aparisi y
Guijarro y los Vázquez de Mella. Brilla la figura de
Don Carlos Hugo como esperanza del carlismo. En el
viejo círculo de la calle del Almirante Luis conoce
a María Dolores Langa, que se convertiría en su
esposa en 1973 y madre de sus hijos: Luis Javier,
María Dolores y Carlos Hugo. Fíjense ustedes en sus
nombres.
Pasan los sesenta de los grandes Montejurras y Don
Carlos Hugo encabeza la desnaturalización del
carlismo so pretexto de “aggiornamento”, siguiendo
los avatares del progresismo católico posconciliar.
La unidad espiritual y orgánica de la Comunión se
rompe en 1972. Y Luis Pérez ha de pedir público
perdón a su hijo pequeño por el nombre de pila en un
memorable artículo. En 1976 los muertos en
Montejurra abren un abismo entre las dos facciones
carlistas enfrentadas y frustran la reconstititución
de la Comunión iniciada por Don Sixto, el hermano
menor de Don Carlos Hugo. Diez años más tarde, tres
grupos carlistas convergentes se unen para formar la
actual Comunión Tradicionalista Carlista,
representada aquí por nuestro amigo Domingo Fal-Conde,
consejero nacional. Estos avatares ocasionan el
apartamiento de Luis Pérez de la actividad política
hasta su retorno a funciones directivas del Círculo
Aparisi y Guijarro. Y ahora lo tenemos entregado de
lleno a la investigación histórica, dispuesto
siempre a un consejo certero, a echar una mano en el
trabajo...
Amigo Luis: Nuestro presidente, Pepe Mas, dice que
la Comunión le impone los correligionarios, pero a
sus amigos se los elige él. Yo doy gracias a Dios de
tenerte como correligionario ejemplar en el seno de
la Comunión Tradicionalista Carlista y del Círculo
Aparisi y Guijarro y me enorgullezco de nuestra
amistad, fruto de una recíproca elección.
Enhorabuena por este nuevo hijo de tu madurez que es
este libro de los Mártires.
He
de expresar la gratitud de Círculo Aparisi y
Guijarro, la de la Comunión Tradicionalista Carlista
del Reino de Valencia y la mía propia a la Fundación
Larramendi por haber hecho posible la edición del
libro y la celebración de este acto. Y a ustedes,
muchas gracias por acompañarnos y haber escuchado
este desahogo de mi corazón.
Luis Pérez Domingo: RESCATAR DEL OLVIDO A LOS
HERMANOS DE IDEAL.
Hace muchos años, al salir a la calle tras una
reunión con un grupo de jóvenes carlistas en una
localidad próxima a Valencia, uno de los asistentes
me dijo: «Ese es uno de los que mataron a mi padre».
Se refería a un hombre de unos cua-renta y tantos
años que, a escasos metros de nosotros, atravesaba
la calzada. La inesperada noticia me afectó
profundamente. Pero mucho más me impresionó el
sosiego, la paz que transmitía su voz, su límpida,
serena y franca mirada, sin el menor vestigio de
odio ni la más insignificante sombra de rencor. Era,
sin duda, la actitud de quien vivía el mandato
evangélico perdonando a los verdugos de su padre, en
la estela de los mártires que rindieron su vida
perdonando a sus victimarios.
Pues bien, con ese mismo espíritu de concordia he
querido escribir este libro. No hay en él afán
reivindicativo alguno ni vislumbre de resentimiento,
porque nada más lejos de ni ánimo que alimentar la
hoguera de las discordias que envenenan buena parte
de la bibliografía más reciente dedicada a los
trágicos sucesos que enlutaron las retaguardias
durante la guerra civil.
No
es, sin embargo, un libro neutral. No puede serlo,
porque no es la obra aséptica de un historiador —que
no soy— contemplando a distancia los
acontecimientos, sino la de un carlista —que sí soy—
empeñado en rescatar del olvido a sus hermanos de
ideal, mártires en la triple significación que
configura el ideario al que sirvieron, para el que
vivieron y por el que murieron. Y doblemente
mártires: por la causa de su muerte y por el
silencio al que los hemos relegado durante demasiado
tiempo. Es, pues, un libro que les debíamos. No es
el que merecen, pero es una primera aproximación, un
primer paso, que espero y confío aliente a
robustecer su memoria, desde ahora, con las
aportaciones de plumas mejor pertrechadas.
Casi un millar de carlistas fueron víctimas de la
persecución, lo que supone, aproximadamente, la
quinta parte de los inmolados en la región
valenciana. Eran nuestros mártires gentes sencillas.
No formaban parte de la elite de los poderosos, y su
perfil sociológico se ceñía a los límites generales
que presenta el conjunto de los asesinados en esos
años nefastos. Es inquietante que, después de varios
lustros, para un cierto sector de la historiografía
continúen vigentes los clichés acuñados cuando se
pretendía justificar la terrible persecución.
Presentar la guerra civil como el enfrentamiento
entre un pueblo inerme, monolítico, de un lado, y
los poderosos y explotadores de otro, es una
ridícula ficción que no se tiene en pie. Considerar
la persecución como la airada reacción espontánea de
un pueblo explotado contra sus explotadores, es
simplemente una superchería. La mejor respuesta la
hallamos en la amplia relación de profesiones de los
carlistas asesinados. Un centenar largo que cubre
casi todas las posibilidades: abogados, albañiles,
comerciantes, dependientes, maestros, carpinteros,
labradores, estudiantes, pintores, jornaleros,
tranviarios, empleados, carteros, tapiceros,
cerrajeros, aperadores, camareros... Y sacerdotes y
religiosos, por supuesto. ¡Faltaría más! En
definitiva, pueblo y nada más que pueblo. Bueno,
algo más: pueblo católico. Porque la religión de las
víctimas fue lo sustantivo, siendo accesorio todo lo
demás.
Desde las páginas de la historia, nuestros mártires
—y no sólo ellos— nos ofrecen la impagable lección
de su conducta afianzada en la coherencia y en su
impecable sentido de la responsabilidad. En tiempos
de tribulación se mostraron perseverantes y firmes,
no rehuyeron el deber y aceptaron sin vacilación su
compromiso de ciudadanos católicos en el campo de la
política. Unos, con el bagaje propio o familiar de
su veteranía, otros con la consciente asunción de un
legado centenario y con la ilusión de sumar su
esfuerzo al de aquéllos, que los acogieron
fervorosamente. De ahí la perplejidad que suscita el
hecho de que, cuando desde diferentes instancias de
la Iglesia se urge a los católicos a intervenir en
política, se silencie con extraño pudor que muchas
de las víctimas de aquel luctuoso periodo de nuestra
historia militaron en diversas formaciones
políticas. ¿Por qué? ¿Para evitar enojos y
reacciones tendenciosas? No nos libramos de ellas.
Una persona, cuyo nombre no mencionaré, que se
supone inteligente y culta, y que por tal se tiene,
después de censurar acremente a la Iglesia la acusa
de estar «beatificando de una manera industrial a
las víctimas de un solo bando». Nada menos. No sé si
caben mayores desatinos conceptuales y formales en
menos palabras.
Hace unos días, el cardenal Rodríguez Madariaga,
arzobispo de Tegucigalpa, declaraba que «Es tarea de
toda la Iglesia, no sólo de la jerarquía, sino
también del laicado consciente, romper el tabú de
que meterse en la vida política es algo parecido a
meterse en algo sucio. (...) los proyectos concretos
y los partidos [ya] no son tarea de la jerarquía,
sino del laicado.»
Me
pregunto si no estaremos perdiendo una oportunidad
de oro para mostrar al mundo católico que la
política no es, necesariamente, «algo sucio», y que
una legión nada desdeñable de hombres y mujeres
alcanzaron la santidad sin que su implicación
política fuera obstáculo para ello.
Una obra de estas características ha de contar
forzosamente con ayudas importantes. Esta las ha
tenido. No tan abundantes como hubiera deseado, pero
sí esenciales. La última en el tiempo, aunque
decisiva, la de la Fundación Hernando de Larramendi,
que ha permitido hacer realidad el sueño de los
carlistas valencianos. Su presidente ha querido
estar hoy con nosotros y le agradezco muy
sinceramente su presencia y cuanto ha hecho para que
el libro se editara, y, además, en muy breve espacio
de tiempo. Agradecimiento que hago extensivo, claro
está, a los miembros de la Fundación que con él se
han desplazado hasta Valencia.
Antes recibí colaboraciones inolvidables. A todos
agradezco su cooperación y les pido disculpas por no
citarlos uno a uno como hubiera hecho en otras
circunstancias. Porque hoy quiero singularizar mi
agradecimiento en un amigo de todos, amigo
excepcional, entrañable, infatigable y ejemplar
carlista, volcado desde el primer instante en favor
de este libro, al que consagró muchas horas.
Primero, alentándome a escribirlo y aportando cuanta
documentación obraba en su poder; luego,
transmitiéndome ánimos cuando me sentía flaquear
ante las dificultades que parecían invencibles
—algunas lo han sido, en efecto—; más tarde,
intentando encontrar la fórmula que posibilitara su
publicación. Dios lo llamó a su presencia hace unos
meses. Aun a riesgo de incurrir en un despropósito
teológico, me atrevo a afirmar que ahora mismo
Alfonso Carlos Fal-Conde Macías es mucho más feliz
al contemplar la realidad de un libro que tanto
anhelaba tener en sus manos. Gracias, querido
Alfonso Carlos. Muchas gracias.
A
todos los presentes, que han tenido la gentileza de
sumarse a este modesto homenaje a los mártires
carlistas, y a quienes con tanto cariño lo han
dispuesto y organizado, gracias. Gracias de corazón.

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