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2 de marzo de 2008. Círculo cultural San Miguel. Conmemoraciones. Celebración de la festividad del día de los mártires de la Tradición. Discurso de José Miguel Orts

   

Este año la fiesta de los Mártires de la Tradición la estamos celebrando una semana antes, por la coincidencia del día 9 con la jornada electoral. Pero la campaña no nos hace olvidar nuestras deudas con quienes, con su sacrificio, hicieron posible que hoy estemos aquí, disfrutando, una vez más, de la hospitalidad del Círculo San Miguel. Sin necesidad  de que el poder aprobase la Ley de Memoria Histórica, los carlistas, por orden del Rey, conmemoramos a los muertos, a los perseguidos, a los exiliados, a los heridos, a las viudas, a los huérfanos. En una palabra: a los que han sufrido  martirio cruento o incruento por Dios y por España, por las Libertades y por la Legitimidad, desde 1833. Algunos de ellos ya proclamados beatos y santos por la Iglesia. Y junto a ellos mantenemos el recuerdo vivo en nuestras oraciones por los miles de niños no nacidos víctimas inocentes del aborto y de la ley que lo ampara. Y de los embriones humanos sacrificados en manipulaciones de la ciencia sin alma. Y de las víctimas del terrorismo de todo pelaje y sus familias destrozadas para siempre. Y de las víctimas de la violencia doméstica. Y de los muertos en el frente del honor del trabajo, en accidentes frecuentemente evitables… Nos acordamos también de nuestros enemigos, de los que mataron, torturaron, denunciaron, persiguieron, hicieron la vida difícil o imposible a nuestros mártires o a nuestros padres o abuelos. Pedimos para ellos perdón y los perdonamos, porque también nosotros estamos necesitados de perdón de Dios y de los hombres. Pero que no se nos imponga el olvido unilateral. Que no se nos cambie la historia. Que no se amputen nuestras raíces. Que no se nos haga comulgar con las ruedas de molino de la mentira y el odio revanchistas.

 

Hoy estamos combatiendo con otras armas: las de los votos y la dialéctica. Estamos aguantando un aluvión de promesas, insultos, falacias, tomaduras de pelo que crispan el ambiente y enfrentan a los ciudadanos en función de sus rivalidades políticas y de intereses no siempre confesables. Los millones de euros, la energía humana, las heridas de los agravios mutuos que ocasiona la campaña electoral, sólo se justifican ante la alternativa de la violencia y la imposición sin consulta al electorado. Aún así, urge que nos preguntemos si los debates televisivos, los mítines, la propaganda masiva que nos inunda, van a cambiar el sentido de un solo voto. Reflexionemos si no es triste considerar no ya el que todos los votos sean iguales sin considerar el peso específico de las distintas capacidades humanas, sino que nos veamos abocados a elegir a los gobernantes en función de su telegenia, de sus cualidades de actor y de las veces que lleguen a nuestros ojos y oídos las mentiras que nos lanzan.

 

¿Qué pasaría si la información a los electores se redujera a una publicación con los programas de los partidos con espacios limitados e iguales, enviada gratuitamente a todo el censo? ¿Temblarían los que hacen de la política su profesión permanente a costa del presupuesto? ¿Qué sería de los partidos hoy parlamentarios si sólo hubieran de percibir las cuotas de sus afiliados o a lo sumo el Estado les pasara un porcentaje simbólico de la declaración de la renta de los contribuyentes, tal como ocurre con la Iglesia?

 

¿Para cuándo la revisión de la ley electoral para aproximar el coste en votos de cada escaño del Parlamento, en todas las provincias? No les interesa a los prebostes del bipartidismo. La clase política tiende a la endogamia y a la perpetuación. No le importa la diferencia de estatus entre los “representantes del pueblo” y las bases representadas. Sólo invitamos a hacer comparaciones entre los salarios comunes y lo que nos cuesta mantener el mito de la soberanía nacional tal como hoy funciona.

 

El caso es que se nos atemoriza para seguir frenando a la revolución, con la estrategia del voto útil. No vamos a seguir el ejemplo de la injuria ni mucho menos de la calumnia. Sólo diremos que los que nos piden ese voto no se comprometen a cambiar una coma de la ley del aborto, ni de la del gaymonio, ni a asegurar el respeto a las convicciones de los padres en la educación de sus hijos, y han negociado antes con terroristas y nos han metido en guerras no deseadas… Ahora sólo les preocupan los indicadores económicos para aprovechar los apuros para llegar a fin de mes de las familias españolas.

 

Los del poder han avanzado hacia el abismo, aunque ahora presuman de alegrías y optimismos. Tenemos en el horizonte un referéndum ilegal convocado en el País Vasco para decidir sobre la independencia del País Vasco. Otro, a más largo plazo en Cataluña. Los nacionalismos se encrespan. El laicismo radical avanza y la no confesionalidad se convierte en expulsión de Dios del ámbito de lo público. La ley de actividades religiosas de la Generalitat Catalana amenaza la libertad e incluso la existencia de la Iglesia. La recesión económica pone en peligro la continuidad del Estado del Bienestar. Y los primeros en notarlo son los sectores más desfavorecidos: los discapacitados, los ancianos, los enfermos, las viudas, los inmigrantes que pierden sus empleos y se quedan aquí, sometidos la explotación más indecente, después de venir a abaratar la mano de obra, los estafados que ven salir impunes de los juicios a los estafadores…

 

Nosotros no entendemos, pues, lo del voto útil. No entendemos lo del mal menor. Es la hora del bien posible.

 

Es la ocasión de abrir una grieta en el sistema por donde entre el oxígeno de la libertad: Hay que respetar la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Hemos de promover la familia fundada en el matrimonio de hombre y mujer. Tenemos que evitar el adoctrinamiento laicista de nuestros hijos en la enseñanza y conseguir una educación de calidad para todos. El terrorismo no puede ser interlocutor político. La unidad de España no es negociable. El Estado ha de estar más cercano a los más débiles. Hay que reducir distancias entre rentas personales y entre los distintos sectores sociales. Los bienes naturales, como el agua, son de todos.

 

Todo esto está implícito en cuatro palabras. Dios, Patria, Fueros y Rey. Eso es el voto a la Comunión Tradicionalista Carlista.

 

Muchas gracias.

 
 
 
 
 

 

 

 

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