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Este año la fiesta de los Mártires de la Tradición la
estamos celebrando una semana antes, por la
coincidencia del día 9 con la jornada
electoral. Pero la campaña no nos hace
olvidar nuestras deudas con quienes, con su
sacrificio, hicieron posible que hoy estemos
aquí, disfrutando, una vez más, de la
hospitalidad del Círculo San Miguel. Sin
necesidad de que el poder aprobase la Ley
de Memoria Histórica, los carlistas, por
orden del Rey, conmemoramos a los muertos, a
los perseguidos, a los exiliados, a los
heridos, a las viudas, a los huérfanos. En
una palabra: a los que han sufrido martirio
cruento o incruento por Dios y por España,
por las Libertades y por la Legitimidad,
desde 1833. Algunos de ellos ya proclamados
beatos y santos por la Iglesia. Y junto a
ellos mantenemos el recuerdo vivo en
nuestras oraciones por los miles de niños no
nacidos víctimas inocentes del aborto y de
la ley que lo ampara. Y de los embriones
humanos sacrificados en manipulaciones de la
ciencia sin alma. Y de las víctimas del
terrorismo de todo pelaje y sus familias
destrozadas para siempre. Y de las víctimas
de la violencia doméstica. Y de los muertos
en el frente del honor del trabajo, en
accidentes frecuentemente evitables… Nos
acordamos también de nuestros enemigos, de
los que mataron, torturaron, denunciaron,
persiguieron, hicieron la vida difícil o
imposible a nuestros mártires o a nuestros
padres o abuelos. Pedimos para ellos perdón
y los perdonamos, porque también nosotros
estamos necesitados de perdón de Dios y de
los hombres. Pero que no se nos imponga el
olvido unilateral. Que no se nos cambie la
historia. Que no se amputen nuestras raíces.
Que no se nos haga comulgar con las ruedas
de molino de la mentira y el odio
revanchistas.
Hoy estamos combatiendo con otras armas: las de los votos y
la dialéctica. Estamos aguantando un aluvión
de promesas, insultos, falacias, tomaduras
de pelo que crispan el ambiente y enfrentan
a los ciudadanos en función de sus
rivalidades políticas y de intereses no
siempre confesables. Los millones de euros,
la energía humana, las heridas de los
agravios mutuos que ocasiona la campaña
electoral, sólo se justifican ante la
alternativa de la violencia y la imposición
sin consulta al electorado. Aún así, urge
que nos preguntemos si los debates
televisivos, los mítines, la propaganda
masiva que nos inunda, van a cambiar el
sentido de un solo voto. Reflexionemos si no
es triste considerar no ya el que todos los
votos sean iguales sin considerar el peso
específico de las distintas capacidades
humanas, sino que nos veamos abocados a
elegir a los gobernantes en función de su
telegenia, de sus cualidades de actor y de
las veces que lleguen a nuestros ojos y
oídos las mentiras que nos lanzan.
¿Qué pasaría si la información a los electores se redujera a
una publicación con los programas de los
partidos con espacios limitados e iguales,
enviada gratuitamente a todo el censo?
¿Temblarían los que hacen de la política su
profesión permanente a costa del
presupuesto? ¿Qué sería de los partidos hoy
parlamentarios si sólo hubieran de percibir
las cuotas de sus afiliados o a lo sumo el
Estado les pasara un porcentaje simbólico de
la declaración de la renta de los
contribuyentes, tal como ocurre con la
Iglesia?
¿Para cuándo la revisión de la ley electoral para aproximar
el coste en votos de cada escaño del
Parlamento, en todas las provincias? No les
interesa a los prebostes del bipartidismo.
La clase política tiende a la endogamia y a
la perpetuación. No le importa la diferencia
de estatus entre los “representantes del
pueblo” y las bases representadas. Sólo
invitamos a hacer comparaciones entre los
salarios comunes y lo que nos cuesta
mantener el mito de la soberanía nacional
tal como hoy funciona.
El caso es que se nos atemoriza para seguir frenando a la
revolución, con la estrategia del voto útil.
No vamos a seguir el ejemplo de la injuria
ni mucho menos de la calumnia. Sólo diremos
que los que nos piden ese voto no se
comprometen a cambiar una coma de la ley del
aborto, ni de la del gaymonio, ni a asegurar
el respeto a las convicciones de los padres
en la educación de sus hijos, y han
negociado antes con terroristas y nos han
metido en guerras no deseadas… Ahora sólo
les preocupan los indicadores económicos
para aprovechar los apuros para llegar a fin
de mes de las familias españolas.
Los del poder han avanzado hacia el abismo, aunque ahora
presuman de alegrías y optimismos. Tenemos
en el horizonte un referéndum ilegal
convocado en el País Vasco para decidir
sobre la independencia del País Vasco. Otro,
a más largo plazo en Cataluña. Los
nacionalismos se encrespan. El laicismo
radical avanza y la no confesionalidad se
convierte en expulsión de Dios del ámbito de
lo público. La ley de actividades religiosas
de la Generalitat Catalana amenaza la
libertad e incluso la existencia de la
Iglesia. La recesión económica pone en
peligro la continuidad del Estado del
Bienestar. Y los primeros en notarlo son los
sectores más desfavorecidos: los
discapacitados, los ancianos, los enfermos,
las viudas, los inmigrantes que pierden sus
empleos y se quedan aquí, sometidos la
explotación más indecente, después de venir
a abaratar la mano de obra, los estafados
que ven salir impunes de los juicios a los
estafadores…
Nosotros no entendemos, pues, lo del voto útil. No
entendemos lo del mal menor. Es la hora del
bien posible.
Es la ocasión de abrir una grieta en el sistema por donde
entre el oxígeno de la libertad: Hay que
respetar la vida desde la concepción hasta
la muerte natural. Hemos de promover la
familia fundada en el matrimonio de hombre y
mujer. Tenemos que evitar el adoctrinamiento
laicista de nuestros hijos en la enseñanza y
conseguir una educación de calidad para
todos. El terrorismo no puede ser
interlocutor político. La unidad de España
no es negociable. El Estado ha de estar más
cercano a los más débiles. Hay que reducir
distancias entre rentas personales y entre
los distintos sectores sociales. Los bienes
naturales, como el agua, son de todos.
Todo esto está implícito en cuatro palabras. Dios, Patria,
Fueros y Rey. Eso es el voto a la Comunión
Tradicionalista Carlista.
Muchas gracias. |
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